XCÈNTRIC 2022 (7): MARIA KLONARIS / KATERINA THOMADAKI: RETRATOS FÍLMICOS

Cuerpo mousaion

Por Marie-José Mondzain


Chutes.Désert.Syn (Katerina Thomadaki, 1983-85). © Klonaris / Thomadaki.


Avanzo entre el espacio sagrado de los ídolos, donde se encuentran aquellas que exigen adoración y sostienen el discurso de su propia muerte.

¿Por qué está dormido el Hermafrodita? –para ser visible. Porque si está despierto ya no le vemos, o bien está enmascarado, hombre con máscara de mujer, mujer con máscara de hombre. Huye, huye de la máscara, corre bajo las ojivas, entre los árboles, para escapar del sobrecogimiento y reunirse con el mármol del sueño. La cámara respira, se gira y se tambalea alrededor de esta visibilidad cerrada que ya no se escinde, que ya no se enmascara. La imagen avanza, retrocede, da vueltas, se eleva, se aleja y vuelve a lo que ya no es un enigma, sino la verdad de un sueño. Este sueño ya no es el del ser-dos, sino por el contrario el de una unidad, el del ser-uno. Dormir, ser uno –y en esta unidad habitar la totalidad del cuerpo que ya no se diferencia de sí mismo, cuerpo columna, cuerpo ventana, cuerpo arcada y bóveda en el museo, es decir, finalmente, el lugar móvil de las musas (la de la memoria, la danza, la tragedia, la música, el canto) evitando el tejido de las Parcas.

Cuerpo mousaion, todavía puedo verlo a pleno sol, cuerpo erguido que cae y se endereza al sol fuera de la arena –cuerpo fénix. Aquí, en Chutes.Désert.Syn, es el cuerpo de la repetición, no de lo que se vuelve a decir, sino de la dúctil resurrección, cuerpo que muere y que vuelve a la vida en una danza sin sufrimiento. Cuerpo del desierto que ya no es desértico, sino que está habitado por la atracción del cielo que es tan fuerte como la de la tierra. Un cuerpo para las estrellas, el mismo que se sumerge en los Infiernos.

Siempre os sigo a donde me lleváis. Cada vez más al fondo de las cosas, cada vez más al corazón del mundo, donde las raíces de los árboles y el agua de los torrentes hacen nacer el pensamiento. Allí se esconde una mujer que está en proceso de nacer y acepta desaparecer para revelar sus verdaderas conquistas: la potencia del movimiento. La cámara salta y vuelve sobre sus propias huellas, el ojo se agota en la carrera que la lleva constantemente al origen que no se abandona: Selva.

Hay una ceremonia secreta, una alquimia nocturna cuyo deslumbramiento envuelven otras imágenes. Jardins de l'Hermaphrodite endormi/e, la Aurora de dedos de rosa está ahí en esos dedos enguantados que clasifican entre las rosas lo que pasa y lo que quedará. ¿Quedar? Nada queda de la imagen, como vosotras camina, aperigrapteada, incircunscriptible, en el pavor de cualquier sistema que fije los cuerpos.

Hay algo que buscáis y que no queréis encontrar, porque nos detenemos en el hallazgo y montamos el mercadillo de las pequeñas verdades encontradas. Juntas nos volvemos ilocalizables, es la propia esencia de la búsqueda del tesoro. Tesoro del cuerpo femenino que no sólo esconde los secretos arcaicos de la tierra, sino también las promesas del día. Grecia sólo pudo entregar los triunfos solares de la razón velando, en los Misterios, los juegos iniciáticos que la hicieron dueña de la sombra. A mediodía se reía de las religiones porque exploraba los deseos a medianoche. Binaridad del día que no es más que la máscara ágil de las pluralidades nocturnas. La Binaridad conduce a la elección lógica de una unidad amputada. La pluralidad sin miedo al desorden –estar en todas partes, nunca estar allí.

Caminemos juntas, sigo avanzando sin miedo. El imaginario no tiene patria, no tiene botín.

Las imágenes que vienen de las mujeres no tienen nada que ver con el asesinato de un hombre, al menos así deberían ser. Hay otros dioses que piden a los hombres que sacrifiquen a su hijo, dioses que se hacen hijos del hombre para morir mejor bajo sus golpes. Pero aquí los ídolos no piden sacrificio porque han renunciado a la eternidad, ese delirio de grandeza de los que temen a la muerte. Veo vuestros tres rostros, Astarti, y con ellos todos los demás que navegan impecables y ligeros entre el Cielo y los Infiernos; veo esos talones, esos hombros, esas manos, terriblemente mortales e inolvidables porque están a punto de irse. La noche lo rodea todo. Sin asesinato.

Entonces regresa el Hermafrodita sin hacer ruido y se detiene; sólo escucho su respiración en la piedra. Sugiere al niño que ha nacido de vosotras, si de veras quiere oírlo, que nadie tiene derecho a matar, que nadie puede atribuirse una violencia sacrificial. La creación puede obrar en el don sin renuncia, en la sobreabundancia, en la fecundidad, sin más ley que la que le hace ofrecer sus tesoros al mundo: entonces, os convertís en las sabias operadoras de lo que debe llegarnos. Se abre una puerta, un violonchelo toma cuerpo antes de ofrecer su música, entonces la música estalla, la voz susurra íntimamente con el viento, con el fuego, la imagen se enciende, en un calor vivo se escuchan los ídolos: piden que no renunciamos a nada. El conocimiento infinitamente tierno de la mortalidad abre el cuerpo a todas las posibilidades.

Esta noche mearé lentejuelas.

Publicado originalmente en el catálogo de la retrospectiva
Klonaris/Thomadaki, Dix ans de cinéma à Paris,
Galerie J.&J. Donguy, A.S.T.A.R.T.I., 1985.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.