XCÈNTRIC 2O ANIVERSARIO (18): MAURICE LEMAÎTRE

Entrevista con Maurice Lemaître

Por Isabelle Marinone

Le Fim est déjà commencé ? (Maurice Lemaître, 1952). © Bismuth Lemaître Guymer. Cortesía de Light Cone


Nacido en 1926, Maurice Lemaître creció en París, de madre bretona y padre judío tunecino. Durante la Segunda Guerra Mundial, se vio obligado a llevar la estrella amarilla y vio a su alrededor numerosos arrestos de judíos. En este penoso periodo, estudió en la Escuela de Artes y Oficios y en la de Trabajos Públicos. Con la llegada de la Liberación, en la que participó Lemaître, se matriculó en la licenciatura de filosofía en la Sorbona. En 1949, entró en la Federación anarquista y escribió algunos artículos para el periódico Le Libertaire. Un año después, tras conocer a Isidore Isou en la organización anarquista, se unió al Grupo Letrista fundado por este último, y creó dos revistas, Front de la jeunesse y Ur. Tras Traité de bave et d’éternité de Isou, en 1951, Lemaître hizo también una película letrista, Le Film est déjà commencé ?. Trabajó también en otras disciplinas artísticas como el teatro, la poesía, la fotografía, la danza, la literatura... Pero la obra de Maurice Lemaître toca también la economía, la filosofía, la psicopatología, la psicoterapia... La profusión de sus creaciones en todos estos terrenos es excepcional, y sitúa a Maurice Lemaître entre los artistas mayores.

¿Qué le llevó a entrar en la Federación anarquista en 1949?

Era joven, había salido de la guerra, era contestatario, y no me veía con los comunistas. Me parecía demasiado limitado, no lo bastante extremo, por lo que unirme a los anarquistas era para mí normal... Es posible que me encontrase con un número de Le Monde Libertaire o de Le Libertaire, el periódico se llamaba Le Libertaire en aquel momento. Fui a Quai de Valmy para comprar varios ejemplares del periódico, y allí conocí a una de las figuras carismáticas de la anarquía, que en ese momento era Georges Fontenis, y quizá a la otra figura más carismática, cómo se llamaba...

Maurice Joyeux.         

Maurice Joyeux, eso es. Es raro, cuando he pensado en él, no es su nombre lo primero que me ha venido a la vista, sino su apartamento, allá arriba, en Montmartre, que vi hace poco al pasar por allí. Pero estaba cerrado, ya que Maurice Joyeux está muerto. A veces, en lugar de una palabra, lo que sale de la memoria es una imagen. Después fui al comité de redacción de Le Libertaire, ya que en aquel momento me dedicaba a escribir. Ya había escrito en un periódico estudiantil que se llamaba algo así como Quartier Latin. Le dije a Joyeux que escribía, que estudiaba en la Sorbona la licenciatura de filosofía. Me dijo que fuera a la redacción de Le Libertaire, que estaba en el barrio donde estaban los periódicos en aquella época, donde los periódicos se hacían todavía con rotativas, platina, plomo, las máquinas para componer... ¿Lo conoció?

No, pero he escuchado hablar de ello a tipógrafos.

Sí, así que fui a la platina de Le Libertaire, donde conocí a la mujer de Maurice Joyeux, que publicaba una revista llamada La Rue, y le ayudé a corregir las pruebas del periódico. Me apasionó, estaba encantado, por fin había encontrado el lugar en el que hacer algo. En el comité de redacción, en cambio, me sentía más limitado. Los otros militantes eran más obreristas, en general, mientras que Maurice Joyeux estaba entre unos y otros. Era obrero, pero tenía una cultura. Leía a Proust, a Éluard. Nos hicimos amigos y me pidió que escribiera en Le Libertaire. Como en la época era céliniano, muy céliniano, propuse hacer esta famosa encuesta sobre Céline que ha debido leer. Fue así como entré en la Federación anarquista, pero en realidad milité poco. Fui con Joyeux a distribuir octavillas para llamar a la huelga a los obreros. Pero estaba en el límite, porque yo no era un obrero, sino un intelectual. Aún así participé un poco, pero a pesar de todo me consideraban como un intelectual. Creo que Fontenis me dedicó un par de palabras duras en algún libro; Joyeux no, siempre nos tuvo en buena estima a mis amigos y a mí.

Cuando estaba en la Federación, ¿quiénes fueron los teóricos del anarquismo que le interesaron más y por qué?

Oh, ¡Kropotkine! Y todos los que había que leer en aquel momento.

¿No había alguno en particular?

No, quizá Kropotkine. Me parecía que en el anarquismo había algo más vivo, más inmediato, más sincero, más auténtico que en los marxistas. La personalidad de Joyeux me permitió ser un mejor anarquista, si se puede decir así. Porque era alguien que precisamente no hacía una burla de la teoría. ¡Él mismo la practicaba bastante! En aquella época reinaban los estalinistas. Y por otra parte fui el primero que ataqué a los estalinianos en L’Humanité con esta encuesta sobre Céline. Los estalinianos nunca nos citaban. Por supuesto nos insultaron, lo cual es normal. En mi opinión las cosas respiraban mejor en la anarquía. Yo era muy contestatario, y al principio no buscaba para nada el adoctrinamiento, por mucho que no esté en contra. También me interesaba bastante el ocultismo, estuve con Lanza del Vasto, conocía a la gente que se movía con Madame de Salzman y Gurdjieff. Todo eso tiene que ver con lo que vamos a ver ahora sobre Breton.

Antes de conocer a Isidore Isou, ¿qué esperaba del mundo y qué esperaba del anarquismo?

Salíamos de la guerra; hay que tener en cuenta que soy medio judío, mi padre era tunecino, desembarcó en Francia. Primero estuvo en Egipto, luego vino a Francia a trabajar. Se casó con mi madre, una joven bordadora francesa católica. ¡Pero estaba la guerra! Aunque no nos deportasen. Deportaron a todos mis compañeros, nunca les volvimos a ver, salvo a uno quizá. Mi hermana y yo, así como mi padre, salimos de eso, lo cual era algo totalmente excepcional. Después de la guerra, pregunté a Klarsfeld cómo había sido posible que hubiéramos escapado, me parecía extraordinario, increíble. Pero no éramos asquenazis, no éramos extranjeros, éramos franceses. Aunque también deportaron a franceses judíos, y también a católicos. Llevé la estrella en la escuela, mi hermana también. Los medio judíos no eran considerados por los alemanes como judíos. Pero los franceses eran peores que los alemanes, pensaban que los niños franceses medio judíos eran judíos, y que por lo tanto había que deportarlos. Una vez detuvieron a mi hermana por la calle; iba con mi padre, que llevaba una estrella. La llevaron a la comisaría de policía. En aquel momento yo no tenía estrella, sólo tenía una identificación. Pero un día tuve un accidente, tuve que ir a una clínica y vinieron los policías para poner un sello en mi identificación. Una empleada, probablemente antisemita o simplemente estúpida, del ayuntamiento del distrito 10 vio que según las reglas petenistas yo era judío. Entonces enviaron a los policías. Mis padres eran pobres, mi madre era bordadora, mi padre trabajaba en una pequeña oficina; era una familia pequeña muy pobre. Seguía con mis estudios, era un joven exaltado, pensaba que había que cambiar el mundo. No sólo no podía vivir en aquel mundo, sino que no podía vivir tal y como era, por lo que imaginaba que era otro. Seguramente como usted, o eso espero.

¿Cómo reaccionaron los anarquistas de la Federación anarquista a la experiencia letrista? Personas como Maurice Joyeux, por ejemplo. A priori, en la época, ¿es cierto que sólo Jean Rollin apoyaba vuestro movimiento en el seno de los anarquistas?

En el caso de Maurice Joyeux o de los obreristas en general, estrictamente obreristas, no comprendían nada o no estaban de acuerdo. Para ellos, el letrismo, los asuntos poéticos... En aquel momento, no era más que una revolución poética que se convertía en una revolución novelesca también, en 1950. Pero no era tan conocida, nos juzgaban sobre todo a nivel político. Mientras que Joyeux, por sus intereses literarios, veía algo interesante en ello. Ya lo sentía. Para él, aparecí entonces probablemente en tanto que letrista, como alguien que era algo más. Pero fui anarquista antes de ser letrista. Era anarquista, y fue en tanto que anarquista como conocí a Isou. Le conocí a nivel político, porque Isou acababa de publicar Le Soulèvement de la jeunesse1, y llevaba un ejemplar a Louis Pauwels, que en aquel momento era el director de un periódico cuyo propietario era paradójicamente un judío que se llamaba Lévy. Era el redactor jefe. Por tanto conocí a Isou en las oficinas de Pauwels, adonde vino a traer el primer volumen de Le Soulèvement de la jeunesse. Salimos enseguida los tres, porque Pauwels tenía que ir a los Campos Elíseos, a un periódico en el que trabajaba, e Isou nos explicó entonces a los dos, caminando, cuál era su teoría sobre el movimiento de la juventud. En realidad, había ido a ver a Pauwels porque Pauwels tenía relación con Breton. Pauwels era gurdjieffiano. Breton estaba interesado en el ocultismo. Y yo era anarquista. Era una especie de nebulosa, no una galaxia, sino una nebulosa. Siendo además surrealista-anarco-fascista, Pauwels era fascinante. Creo que fue él quien me animó a hacer esta encuesta sobre Céline. Pero yo estaba totalmente de acuerdo. Los anarquistas, finalmente, me vieron como un joven anarquista, literario, presentado por Maurice Joyeux, con quien había simpatizado mucho. Ya sabe, en la época los anarquistas eran un grupo de colegas que hacían Le Libertaire, La Rue, que realizaban una serie de acciones, pero bueno, ¡no era el fin del mundo! ¡No era el estalinismo, no era el Partido de la Resistencia!

Así que no, Jean Rollin no era el único, de hecho apareció más adelante. Un día recibí una carta provocadora de Jean Rollin que me envió una vez vio mis artículos en Le Libertaire. Él también había escrito un artículo, y entonces nos hicimos amigos.


Au-delà du déclic (Maurice Lemaître, 1965). © Bismuth Lemaître Guymer.


¿Se cruzó con André Breton en la Federación anarquista? ¿Qué piensa de su compromiso, en los años 50, con los anarquistas?

No me crucé con Breton en la Federación anarquista, pero le vi varias veces. Pero fue sobre todo con Tzara con quien tuve una relación continuada. Breton –ya conoce el pasado de Breton– sólo tenía relación con los anarquistas con los que podía tener algo en común. Con los otros, los estalinianos, no era posible. Así que, en el plano político, Breton sólo nos tenía a nosotros como contacto. No sé si se puede hablar de compromiso, pero bueno, evidentemente, había puntos en común, acciones comunes. Ahora no lo recuerdo exactamente, pero en todo caso, Breton respondió a la encuesta sobre Céline. Creo que lo hizo de manera ambigua, al contrario que Péret, que fue mucho más agresivo. De todos modos, Péret siempre fue más agresivo.

¿Qué le aportó la Federación anarquista? E inversamente, ¿qué cree que aportó a la Federación anarquista y a los anarquistas?

¿Qué me aportó? Para empezar, un contacto con el movimiento obrero que no tenía antes. Fue la primera vez en que conocí a obreros verdaderamente, personalmente, y obreros militantes. Fue una lección importante para mí. En segundo lugar, en los anarquistas encontré algo que no había visto en otra parte, que no me parecía haber visto en los movimientos obreros ni en las publicaciones obreras: una apertura intelectual, e incluso sentimental, si puedo decirlo así, diferente de los movimientos obreros, según su acepción habitual. También hay que decir, no lo olvide, que habíamos atacado a los estalinistas. Fuimos los primeros que les atacamos, con los surrealistas. Yo mismo ataqué a Aragon, en el ascensor de L’Humanité, por no haber hecho nada por Isou. Salió murmurando, farfullando algo. Sobre todo le pedí que hablara del libro de Artaud que habíamos publicado Isou y yo. No lo hizo. Pero fue sobre todo por Elsa Triolet, porque a Elsa Triolet y a Aragon les gustaban los círculos políticos reaccionarios, como el editor Seghers. Seghers me parecía un bastión político-estalinista, con esta poesía de la Resistencia que horrorizaba a los letristas y que atacamos continuamente, por razones a veces idénticas u otras veces diferentes de las de los surrealistas. Pero todos estábamos de acuerdo en que el enemigo era Aragon. ¡Pero también lo era Elsa Triolet! ¿Por qué Elsa Triolet? Porque siguiendo su habitual sistema, había organizado alrededor de Aragon un movimiento con poetas jóvenes, y todos comían del mismo pesebre, publicaban en el periódico Les Lettres Françaises, con el editor Seghers, y se mostraba en las manifestaciones comunistas. ¡Y no era nada en aquel momento! Fuimos heroicos los dos pequeños letristas, Isou y yo. Porque en ese momento Pomerand2 nos había abandonado, y los demás habían renunciado, por lo que sólo quedábamos en el movimiento Isou, yo y algunos camaradas indefinidos de la época, que pronto crearon el Situacionismo3.

Los dos nos quedamos para oponernos al gran Partido de la Resistencia, L’Humanité, el Comité Nacional de los Escritores con su lista negra... ¡Luchamos contra el dragón! Horrible, éramos pequeños sigfridos. Ellos mismos se pelearon entonces entre ellos, no hablo de los poetas, sino simplemente de los literatos. A partir de ese momento, Jean Paulhan empezó a hablar de Céline. Sobre todo se sublevó contra el organismo político-policial del Comité Nacional de los Escritores, que dispensaba los puestos, las plazas, las prebendas. Nos machacaban, no podíamos hacer nada. Si no hubiera sido industrial, si no hubiera sacado las octavillas duplicadas en el mimógrafo, nadie se habría opuesto nunca a ellos. ¡Porque tenían el poder! Incluso el poder político, policial, de los ministros al gobierno. Pero en cierto momento, la derecha de los literatos les abandonó, bajo la égida de Jean Paulhan y de otros, la NRF tomó distancia. En realidad, lo que se había roto era el gran consenso de la posguerra. Pero no hubo un verdadero vínculo entre Paulhan y nosotros. Al final un poco, con la edición de los libros de Isou, pero no fue posible durante demasiado tiempo, porque no podía haber un acuerdo duradero entre el autor de Les Fleurs de Tarbes y los letristas. Nosotros seguimos nuestro camino y nos dirigimos hacia lo que nos interesaba en esa época, es decir, la economía política juventista4.

Lo que yo aporté a la Federación anarquista y a los anarquistas fue un primer artículo sobre «Le Soulèvement de la jeunesse» en Le Libertaire. Por primera vez aportamos a los anarquistas una alternativa al obrerismo estricto en el que estaban anclados, que les conducía, en el mejor de los casos, a mantenerse como una momia contestataria, y en el peor a hacerse trotskistas, como algunos de mis jóvenes compañeros de la Federación anarquista, que se vieron obligados a abandonar la Federación anarquista porque tuvieron discusiones creo que con Fontenis. En la medida en que Marx había sido superior a Proudhon era inevitable para ellos. La crítica era mucho más fuerte, el sistema más preciso. Los anarquistas sólo transitaban los recuerdos, los antiguos mártires. Y quedó claro cuando Isou escribió en el primer número de mi periódico Le Front de la jeunesse, en 1950, un artículo contra los anarquistas, contra la Federación anarquista. ¿Ha leído este artículo?


Le Fim est déjà commencé ? (Maurice Lemaître, 1952). © Bismuth Lemaître Guymer. Cortesía de Light Cone

 

Sí, en efecto.

Pero Joyeux nunca nos culpó. ¿Por qué? Porque la anarquía era para empezar un lugar de debate. Y por otro lado, cuando hicimos, después, el «encuentro de los fracasados», por supuesto estaba Pauwels, pero también, sobre todo, Joyeux, Isou y yo. Cuando hicimos este encuentro, había una relación objetiva entre nosotros que tenía que ver con una serie de consignas, la juventud. Pero para Maurice Joyeux la juventud, por desgracia, sólo era un volante simpático de la anarquía, mientras que para nosotros era esencial, era la base. Queríamos juventizar a todo el movimiento anarquista, libertario, y por lo tanto a toda la política en general. Juventizar no quiere decir favorecer a los jóvenes, sino vivificar el problema por medio de otros análisis más profundos. Queríamos volver a comenzar el análisis científico a partir de Marx e ir más allá, sin dejar de lado a los anarquistas. Incluso pensábamos que estábamos justificándolos mejor de lo que ellos mismos podían hacerlo, porque explicábamos en qué se diferenciaban realmente de los marxistas, de los estalinistas. Los justificábamos, ¿de qué se quejaban? No pudieron hacer el esfuerzo, porque siempre fueron obreristas, estrictos, limitados; no había nada que hacer, se quedaban en el marco conceptual del proletarianismo. El proletariado era una clase creada por el maquinismo, por supuesto menos marginales en relación con los reaccionarios, con los retrógrados, de lo que lo son hoy, sobre todo después de la disolución de la URSS. En ese momento seguía siendo algo vivo, no sólo representaba a un verdadero sector del mundo social, sino un fermento del juventismo importante, jóvenes decididos a confrontarse. No siempre por fuerza en el plano de la violencia, aunque, cuando los vemos en España, es lo que habríamos podido tener aquí en Francia si los anarquistas hubieran ganado. Ejemplos de una exigencia personal y espiritual que los marxistas habían abandonado, que habían incluso pisoteado voluntariamente. En este plano, me parecía que lo que habíamos aportado a los anarquistas era importante. Podría haber sido más importante si lo hubieran visto mejor, pero no lo vieron. Aunque siempre hayamos conservado la amistad de Maurice Joyeux, y aunque después Isou publicara un texto muy importante en La Rue sobre la hiperteodemocracia... ¿Lo ha leído?

Sí.

Tiene cultura, está muy bien. Por lo tanto, habría que haberles arrastrado hacia un movimiento de juventud, con la idea de situarles como el lado joven del obrerismo. Había que cambiarlo todo. Por otro lado, todo cambió, y dio lugar al 68. Pero nos quedamos aún más marginados. Todo el mundo se colocó del lado de los marxistas, de los trotskistas. Los anarquistas también estaban marginados. Ganaron los situacionistas, que eran marxistas trogloditas que se habían inspirado en nosotros. Ganaron porque se apoyaron en los estudiantes de Nanterre. Y luego se formó un alud, y nos alejamos. Isou, además, no pensaba que el situacionismo, que aborrecía y despreciaba, hubiera podido convertirse en lo que se convirtió, y ése es un problema muy, muy grave, que fue motivo y sigue siendo motivo de discusión entre nosotros. Isou quería la dirección del movimiento, y por otro lado la merecía, puesto que era el teórico más coherente. El conflicto rebosó y lo recrudeció todo, si puedo expresarlo así.

Entonces, eso desembocó en dos cosas: por un lado, liquidó a Debord de una forma brutal, despreciable, lo cual hizo que Debord se ensañara, se anquilosara, haciéndose escuchar en ciertos momentos, ayudado por algunos antiguos letristas como Wolman, etc... que después fueron dejados de lado. Creó una especie de excrecencia marxista de la Sublevación. Debord también era obrerista, por lo tanto era más fácil comprenderle, más fácil seguirle. Y sobre todo, Isou sufrió entonces lo que él llama un «accidente psiquiátrico». Hay que decir que en esa época era algo que nos agitaba, como decía uno de mis amigos. Caldeaba el movimiento, y dentro de los letristas todavía más. Subí a la sexta planta: Isou había reventado el techo, se había subido al tejado, ya ve. Así que surgieron muchos problemas, porque por razones endógenas, o por otras razones, no lo sé, tenía una enfermedad que hacía que sus ojos estuvieran desorbitados, la enfermedad de Basedow. Le llevamos a Sainte-Anne en varias ocasiones, de donde le saqué varias veces. Entramos entonces en el mundo de las concepciones psicológicas, psico-patológicas. Efectivamente, ¡había un recalentamiento! Isou y yo necesitamos un cierto tiempo para salir de ese recalentamiento, nos costó salir a ambos. Isou no confiaba en nadie, se consideraba como Napoleón, es decir, capaz de dictar diez órdenes a la vez y de ocupar todo el terreno. Lo cual hizo que se topara con personas que forzosamente le traicionaron, porque no podían comprenderle totalmente. Si le hubieran seguido, habrían acabado en Sainte-Anne como él, no sólo a causa de su accidente psiquiátrico debido a su Basedow, sino por el discurso, nuestro discurso, que en la época era imbebible.

Pero Isou, sobre todo, no quería avanzar solo. En algunas cosas tenía razón, porque se planeaban problemas de estrategia. Pero a partir del momento en el que empezó el problema psicológico... Ya no dormía, rompía papeles, gritaba por la calle.. Yo no sabía muy bien qué hacer. Si te encuentras delante de un Mahoma, de un Artaud... Por supuesto es tu sistema, puedes delirar también, pero si te encuentras por el contrario delante de alguien que siempre predicó el orden, y bruscamente hay un desajuste... ¡No me parecía verdaderamente coherente! Hay una diferencia entre ser Napoleón, ¡avancemos! ¡avancemos!, con quince órdenes que seguir, y un individuo que de repente, en acción, se volvía totalmente incoherente.. En Mayo del 68, me dijo Isou después del fracaso: «Verás, quizá tendremos que esperar diez años hasta que nos encontremos en otra igual». Y bueno, no hemos esperado diez años, hemos esperado 32 años, e incluso hoy no es lo mismo. Pero era y todavía es nuestro papel, estuvimos en la vanguardia de la vanguardia, y todavía lo estamos.

No sé si hay anarquistas que hayan aprendido algo de esta lección. Yo abandoné a los anarquistas hace mucho. Una vez o dos entré en un local en Montmartre; un callejón sin salida. He visto a anarquistas, siempre con la misma pinta. Bueno, no lo reprocho, las pintas anarquistas hoy son simplemente las de todo el mundo. A usted le gusta más la de Maurice Lemaître, estoy seguro, a quienes los provos le regañaron en una reunión, antes del 68, porque llevaba una corbata de burgués. Ahora se acabaron las pintas anarquistas, están en el 16.


Au-delà du déclic (Maurice Lemaître, 1965). © Bismuth Lemaître Guymer.

 

¿Por qué se alejó?

Porque los anarquistas ya no me parecían coherentes con su movimiento profundo. La teoría de Isou me parecía más justa, más cercana a lo que yo mismo pensaba. Para empezar, la conocía mejor que los anarquistas, que sólo veían un lado superficial, el juventismo, el favorecimiento de la juventud, finalmente. No se tomaron en serio la definición de Isou: «Llamamos joven a toda persona, sea cual sea su edad...». Puede que Isou se equivocara al utilizar esta fórmula. Intentamos sustituirla, por otro lado, por la palabra «externismo», pero la palabra externo es en sí misma una formulación un poco ambigua. Puede que nunca hayamos tenido una formulación tan clara como «comunismo», e incluso el comunismo... Todas las denominaciones son ambiguas. Finalmente, hay que conocer los contenidos profundos. Y luego, Mayo del 68 desbarató todo eso en la medida en que por primera vez vimos a la juventud, según nuestro propio sistema, saliendo y desbordando a los obreristas. Aunque luego llegara el repliegue, repliegue vergonzoso, repliegue cálculo-falso, y todo el mundo estaba como en la Resistencia. Pero al menos nosotros continuamos hasta hoy defendiendo nuestro rigor distinto. El anarquismo se volvió obsoleto para mí, ya no era posible. 

¿Cree que el letrismo superó al anarquismo? Sin embargo, ya sea «Todos Dioses todos Maestros» o «Ni Dios ni Maestros», los dos eslóganes vienen a decir lo mismo: el Hombre es un creador que no tiene que someterse a nadie.

El letrismo, como gran movimiento, podría llamarse creatismo, es decir, la idea de creación como valor central, como motor, que sobrepasa la anarquía. Por supuesto, en la anarquía se pretende que está todo. Pero hay gente que se preocupa del método como Hegel, a quien respondemos. ¿Y en la anarquía? ¿Hay algún filósofo de esta importancia? En la anarquía no lo hay, no lo creo. El letrismo stricto sensu poético no sobrepasó la anarquía. Es una poesía. La anarquía es algo diferente, una teoría económica. Pero en el plano del método general ah, sí, ¡se sobrepasó la anarquía! E incluso en el plano político, en el plano económico, ¡ahí también! Se sobrepasó verdaderamente la anarquía. Sobrepasamos bastante los problemas que plantea la anarquía.

Sin embargo, ya sea «Todos Dioses todos Maestros» o «Ni Dios ni Maestros», los dos eslóganes vienen a decir lo mismo: el Hombre es un creador que no tiene que someterse a nadie, dice. No, hay una gran diferencia entre «Todos Dioses todos Maestros» y «Ni Dios ni Maestros». «Ni Dios ni Maestros» es un eslogan negador, un eslogan de revuelta, que busca liberar al individuo de las cadenas que le son insoportables. «Todos Dioses todos Maestros» es otra cosa. «Ni Dios ni Maestros» es un eslogan crítico, de desorden. Hay que liberar al individuo de todo lo que puede cosificarle, de todo lo que puede encadenarle, y en este plano estamos de acuerdo, era lo menos que se podía hacer. Por el contrario, «Todos Dioses todos Maestros», es un eslogan positivo. Quiere decir que queremos hacer del individuo un creador. El hombre no es forzosamente como dice un creador, y por lo tanto puede que tenga que someterse a alguien en el futuro. Hay que ver en qué condiciones y ante quién. Es ahí donde nos empezamos a distanciar seriamente de la anarquía. «Todos Maestros», es decir, el individuo, habiendo dominado su aprendizaje, debe dominar su creación. Es decir, que luego debe poder recoger el fruto, debe ser maestro, hasta el día en que se convierta quizá en explotador, no-creador, un runrún, o peor, un reaccionario.   


Au-delà du déclic (Maurice Lemaître, 1965). © Bismuth Lemaître Guymer.

 

Un chupatintas.

Un chupatintas. Hay chupatintas entre los anarquistas, como en cualquier parte. Está planteando aquí una serie de preguntas que amalgaman las cosas de una manera insoportable. ¿Me permite que siga atacando esta pregunta? ¿Era una provocación?

Era una provocación.

Oh, ¡una provocación! Habría podido decir otra cosa. Para empezar, podría disgustarme. Podría decir: «Señorita, es una cretina». Transforme su pregunta en algo más interesante. O más bien: «Ha planteado una pregunta estúpida, pequeña genio en ciernes e incluso maestra, ha hecho una pregunta estúpida, y me opongo a ella».

¿Quería reformular el anarquismo gracias a Soulèvement de la jeunesse, quedándose al mismo tiempo en la Federación? En Le Monde libertaire, nº 94, de octubre de 1963 (artículo «Où en est le mouvement Lettriste ?»), dijo: «Concierne a los anarquistas, en la medida en que los anarquistas se interesan por el arte; el Letrismo está en la vanguardia del arte, y de hecho en la vanguardia de la cultura. En el plano de la economía política, los letristas ofrecen soluciones, y creo que los anarquistas deberían afrontar estas soluciones, y puede que incluso reaccionar con nosotros si estas soluciones les parecen válidas».

Sí, de hecho queríamos hacer el entrismo en la Federación anarquista, pero no el entrismo a la manera estalinista, por ejemplo. Nunca escondimos nuestros objetivos, no éramos hipócritas, no teníamos tácticas. Estrategias sí, pues pensamos: «Aquí está una fuerza revolucionaria, la anarquía, con una serie de publicaciones. Somos más fuertes que ella, no a nivel de fuerza social, sino de fuerza teórica; la blindamos, la retransformamos, y volvemos a empezar juntos hacia algo mejor». Era eso, nunca lo escondimos, siempre se lo dijimos a Joyeux y a los demás, ¡son ellos los que no quisieron! A nivel poético, artístico, y por lo tanto cultural, en general, estábamos en la vanguardia, y puesto que los anarquistas se interesaban por el arte, a diferencia de una serie de obreristas que no estaban interesados en ello, o peor, que querían acabar con ello, como algunos estalinistas, o incluso como los estalinistas en general, estábamos de acuerdo con los anarquistas a nivel de placer, o pensábamos ser inmodestos y más eficaces. A nivel de economía política también, los letristas ofrecían soluciones, y creo que los anarquistas deberían afrontarlas, e incluso reaccionar con nosotros si estas soluciones les parecían valiosas. No practicábamos el entrismo, sino que lanzábamos indirectas. Unámonos, hagámoslo rápido; era eso.

¿Por qué necesitaba el letrismo todos esos marcos, esos sistemas, ese vocabulario específico para existir? Le Soulèvement de la jeunesse, construyendo un discurso político específico, muy inflexible, ¿no se acercaba más a las tesis trotskistas, marxistas que a las tesis anarquistas o super-anarquistas, hiper-anarquistas?

Toda creación conlleva diferentes denominaciones. E incluso aunque no las aporte voluntariamente, se les da: el cubismo, el surrealismo, la anarquía, el marxismo... 

Sí, pero en vuestro caso, los letristas tenían un vocabulario específico.

Sí, pero siempre hay un vocabulario, en el caso de los anarquistas lo hay también. Toda nueva nación necesita términos específicos. Acuso a los marxistas, y sobre todo a los anarquistas de no entender nada de nada, de ser imprecisos. Tenemos que ser científicos, hay que aportar un análisis más profundo, una serie de nociones. Y a partir del momento en que se expone este análisis, cuando se empieza a separar lo que está ahí de lo que no lo está, se ofrece una denominación particular.

Si Isou hubiera tenido, si hubiéramos tenido la posibilidad de obtener el poder en el 68, habríamos puesto en marcha un sistema, una especie de federación basada en el juventismo, pero son las propias estructuras las que habrían sido diferentes, porque los principios eran diferentes. Al principio no podíamos llegar a algo como el estalinismo o el fascismo, porque proponíamos la rotación frente al poder. Nuestra propia ideología era incompatible con todo anquilosamiento, con toda burocracia. Así que en ese sentido estábamos en sintonía con los anarquistas, con los insurgentes de todo tipo. Pero había que pasar de un periodo romántico, destructivo, contestatario, a un super clasicismo, a la creación de un nuevo orden, ¡puede que el último orden posible! Un orden eternamente renovable. Por eso teníamos un discurso político, específico y estricto. Porque para empezar no queríamos el poder exclusivo de los obreros, sabíamos perfectamente adónde nos llevaría este poder. Incluso si era anarquista. Podía llevarnos al POUM, al fuego cruzado. ¡Espantoso! Había muchos españoles en Francia con los camaradas anarquistas. Yo nunca fui a España por eso, por Franco. Sólo fui una vez para ver una corrida de toros, fui y vine, sólo pasé la frontera. Nunca fui a España por respeto hacia mis camaradas anarquistas. Era coherente con mis amigos anarquistas. Cuando vi a los policías de la Guardia Civil, sentí algo, y cuando atravesamos en el autobús la frontera francesa, dije: entramos en un país de libertad.

¿Podría haber existido el letrismo sin la aportación de la filosofía anarquista? ¿Habría podido nacer sin ese breve paso por la Federación anarquista?

Sí, pero lo que ocurrió es que fue el punto de contacto. Porque conocí a Isou, porque buscaba a alguien en París que respondiera a sus escritos, y por eso nos hicimos amigos. Y yo comprendí que había cosas nuevas en él, en su teoría, para escribir un artículo. Isou entendió que yo era un joven que podía trabajar como periodista, como propagandista, hacer que su obra tuviera repercusión. Nos conocimos en diciembre de 1949, e inmediatamente escribí sobre Le Soulèvement de la jeunesse.

Según usted, ¿qué queda de la anarquía en el letrismo?

Un sueño. Una anécdota pasada, un fracaso, un fracaso más para ellos que para nosotros, porque seguimos sin ellos. Tuvimos nuestras historias, entre Isou y yo solamente. ¿Podría haber sido menos totalitario? En aquel momento, ¿no habría hecho Debord lo que hizo? En el fondo, Isou no podía admitir que todos esos pequeños sigfridos pudieran querer ser maestros, todos ellos, y que hubiera al menos diez, a su manera. Como Isou es una máquina de pensar, de crear, fue como una apisonadora, los destrozó. Yo lo sabía desde el principio. Comprendí enseguida que Isou destrozaba todo lo que encontraba a su paso. Y no puedo negar que a veces haya hecho el bestia poniéndome debajo de las ruedas. Algunas veces, como en Tiananmén, me puse delante. Dejé que me aplastara. Pero no es grave, lo importante es el resultado. Puede que a veces realizara movimientos totalmente heréticos, los cuales podían convertirse en una excrecencia con poder susceptible de esconder durante mucho tiempo el verdadero pensamiento del grupo. A veces pensé, quizá, que podía convertirme en un Stalin, en un hombre de poder social, dinámico. Tuve incluso más poder que Isou, pero a pesar de eso nunca me convertí en un Stalin. Siempre me esforcé por mantenerme al nivel de Engels, en ese papel. Mientras que Debord nunca quiso que nos reuniéramos y que pusiéramos en duda su movimiento. Incluso en el 68 Isou, queriendo efectivamente asumir el control del movimiento de protesta, aceptó reunirse con los protagonistas del 68, con los cuales quizá podríamos haber alcanzado ese poder. Pero Isou tuvo ese accidente psiquiátrico, tuvo hipertiroides, un desajuste del tiroides, que provocaban crisis con excitaciones fantásticas. Su discurso se aceleró mucho, su comportamiento se volvió aparentemente incoherente. Yo fui seguramente uno de los últimos que le comprendió, tenía alguna referencia más para asumir el sentido de su discurso, pero su comportamiento era absolutamente contrario a lo que había sido hasta entonces. No le veía coherente con esta estrategia, estaba fuera de sí, ya no era competente. Creía que podía llegar solo al Kremlin, conquistar el mundo sin nadie. Ni siquiera lo hacía Napoleón, se coordinaba con una serie de generales. Era coherente. Incluso Hitler; casi todos los generales le siguieron hasta el final, y a pesar de su estado, seguía siendo coherente. Su objetivo era exactamente ése, destrozar el comunismo, el «judeo-bolchevismo», y todo el mundo lo sabía. Mientras que Isou, cuando se encontraba a alguien por la calle, a cualquiera, intentaba entablar acciones, reclutarle. Antes, por el contrario, tenía una cierta estrategia que él ofrecía o que yo presentaba. Pero en ese momento ya no la tenía. Ya no era posible, ya no se conquistaba el mundo.

Entonces, ¿qué queda del anarquismo en el letrismo? Nada. En el sentido en que la anarquía fue más juventista que el marxismo; sin embargo, debe quedar alguna pequeña cosa.


Un navet (Maurice Lemaître, 1975). © Bismuth Lemaître Guymer.

 

¿Sigue teniendo hoy en día simpatía hacia el anarquismo y sus militantes? ¿Ha mantenido el contacto con alguno de ellos?

Simpatía por supuesto. Una vez entré en un local en el que había unos chicos, eso es todo. Maurice Joyeux se murió, Fontenis se murió, Suzie Chevet está muerta, La Rue ya no se publica, Le Monde libertaire es siempre lo mismo, la repetición de los mismos trucos, los mismos eslóganes; se acabó. Pero hay un anarquista que se llama Pietro Ferrua, un italiano, que  al principio se exilió en Brasil y que luego fue profesor en Estados Unidos; me conoció en los años 70 y, aceptando mi propuesta, hicimos un simposio sobre el letrismo en Portland, Oregón, en su universidad. Y luego editamos las actas del coloquio bajo el título de Procedings5.

¿Qué piensa hoy de esta cita de Rudolph Rocker: «La cultura es, en esencia, anarquista, revolucionaria (...). Las fuerzas culturales de la sociedad están en estado de rebelión constante contra la coerción de las instituciones del poder político... Consciente o inconscientemente, intentan romper las formas rígidas que se oponen a su desarrollo natural y dejan en el camino obstáculos siempre renovados»6.

No conocía este libro, pero bueno, este término de «estética anarquista»... No creo que haya una estética anarquista específica en la historia de la estética, no. La anarquía es una teoría política, económica. La unión no sólo se hace en el arte, en la medida en que existe un vínculo entre la filosofía y el arte. Tengo la sensación de que lo único que quiere decir es que la cultura es rebelde en esencia. Pero para nada es cierto. Para empezar, en general, se diferencia mal la cultura, o hay una definición demasiado burda de la cultura. En nuestro caso, la cultura era algo que se analizaba cada vez más, la veíamos a lo largo de una serie de ramas, en las cuales se desarrollaban una serie de formas. Respondiendo rápido, se podría ciertamente decir que toda nueva cultura está quizá en rebelión. Pero no es cierto en un determinado nivel de análisis. Toda aportación creadora entra en una historia, no es rebelde; al contrario, la creación acepta a los maestros, acepta a los dioses de su terreno. Pero efectivamente, es rebelde en la medida en que todo debe quedar verdaderamente reformulado en función de nuestra nueva definición de la creación y de la cultura, donde está menos definida.

¿Es el letrismo un arma que sirve para abrir el pensamiento, como decía Fernand Pelloutier del arte en general: «¿Qué es el arte? Un arma. ¿Cuál es su primera tarea? Hacer revoluciones»?

Si no es un arma, sí es un medio; utilizar el término «arma» es ya colocarnos en el único terreno posible del combate. Sí, es cierto, es un arma... Una cierta cantidad de conocimientos, de aportes del letrismo, de los letristas, son armas, son medios para abrir el pensamiento, para hacer que se desarrolle el arte en general, pero no sólo para crear rebeldes, es una idea burda. Una vez más, habría que precisar. 

El cine letrista propone, en el marco supertemporal, que los espectadores, los asistentes, trabajen, intervengan en función de los soportes propuestos. ¿Se inspiró en lo que dijo Jean Grave (y en su Teatro libre) cuando profetizaba que el espectador debía participar en la elaboración del drama, y abandonar su actitud pasiva para intervenir en el acto creador en curso? («Si cada uno de los espectadores pudiera sentirse útil, a su manera, en la ejecución de la obra a la cual sería llamado para que asistiera, su placer intelectual aumentaría»).

Hubo llamadas a la participación del espectador por todas partes. Se podría decir que incluso en las presentaciones de las primeras películas, en 1895, cuando se pedía al espectador que eligiera entre diferentes secuencias, había una invitación a participar en el espectáculo. Es una cuestión que abordamos, hablando de los pequeños precursores; se trata del desconocimiento de la creación en sus detalles. Pero el primero que en una sala de cine intentó esto explícitamente, como forma de arte, fui yo, y el primero que lo presentó en general, en una galería, fue Isou. Nadie lo hizo antes que yo en una sala de proyección. Podríamos repasar todos los detalles en los que mi creación es diferente de las de otros, por su amplitud, por su precisión, sus dimensiones, etc. Sin todas esas precisiones, ¡no hay creación! Hay premonición, hay todo lo se que quiera... Pero sobre todo hay fetos, fetos que han nacido muertos.

También era eso lo que nos diferenciaba profundamente de los anarquistas. Enseñar la rebelión es fácil, porque eso existe en todas partes. Incluso en el más alienado, en el más aplastado. Pero lo más difícil es coger ese hueso y hacer florecer esta rebelión, llevarlo hasta el fruto, ¿comprende? Debemos ser el líquido amniótico de la creación. Estamos en la profunda verdad de la creación. Toda jerarquía queda abolida en ese momento, se obtiene la anarquía super-soñada.


Le Fim est déjà commencé ? (Maurice Lemaître, 1952). © Bismuth Lemaître Guymer. Cortesía de Light Cone

 

¿Por qué estuvo tentado el letrismo por el cine? ¿Porque era un medio de propaganda más directo, de más fácil acceso que las otras artes (pintura, literatura)?

No; por supuesto nos planteamos el problema de la propaganda; la llamamos con más precisión «propagación». Por ejemplo, creo que yo fui el mayor propagandista del movimiento. Es una dimensión específica. Nos tentó el cine en la medida en que había en nosotros desde el principio una voluntad de creación, incluso implícita, ¡y era un nuevo terreno a explorar! Es evidente que Isou, al principio, tenía sobre todo el deseo de hacer una película comercial. Sobre todo él, que quería ser el más grande, el más conocido. Por un deseo de gloria y de rentabilidad introdujo a actrices en su película. Hay que hablar de ello, quizá algún día... Pero el cine era un terreno de creación como cualquier otro, y fue así como empezamos en el cine después de pasar por el teatro. Por otro lado, lo que sobre todo interesaba a Isou era el teatro. Publicó textos sobre teatro, escribimos algunas obras. El cine no era privilegiado. Otras dimensiones podían ser interesantes también, como las revistas, las octavillas, que dejaban huellas, donde se podía profundizar en el pensamiento, en los argumentos.

Su cine creó una escuela, jóvenes cineastas experimentales (como los del ETNA) que hacen películas partiendo del cincelado, con montajes discrepantes. ¿Cree que el cine letrista será algún día una forma cinematográfica convencional y reconocida por todos?

¡Casi es una forma reconocida por todos! ¿En qué medida se ha vuelto una convención? Al principio sólo éramos dos. Puede que el cine letrista no diera todas sus obras, todas sus formas. ¡Por lo que todavía queda sitio para algunas personas! Pero ya hay bastantes comensales. Tiene a un Lemaître delante suya, ¡a un bulímico! ¿Le han interesado mis películas, le han gustado? Un juicio. ¿Impresionan cada una de las películas o se vuelven fácilmente convencionales?

Sí, claro; si no, no le haría todas estas preguntas. Se ve una trama, un estilo letrista en sus películas, aunque cada una incluya variaciones, novedades.

Quise ser nuevo con cada obra. Hice mi trabajo.

¿Existirá realmente el letrismo después de usted?

¿Sigue viviendo el surrealismo después de Breton, Artaud, Desnos? Sí. ¿En qué estado? ¿En quién? ¿Cómo? Sois vosotros quienes nos lo tenéis que decir.

¿Su cine admite el calificativo de anárquico (en el sentido positivo de este término)?

Sí, en la medida en que se define este calificativo como acabamos de hacerlo, bien desmenuzado. Ésa es la paradoja de nuestro movimiento, es lo que somos nosotros, los verdaderos ordenados. ¡Nosotros somos el orden! Somos el orden de la rebelión perpetua, de la revuelta constante hasta la obediencia del Mejor. Estamos en esta aparente paradoja. ¡Pero por qué luchar, por qué rebelarse, si no es para hacerlo mejor, para aportar un poco más de felicidad! Los anarquistas estaban y siempre están descontentos por vivir en este mundo; yo también lo estoy, usted también lo está.

Entrevista realizada en París, el 2 de febrero de 2002.

Publicado originalmente en
Cinémas libertaires: Au service des forces de transgression et de révolte.
BRENEZ, Nicole y MARIONNE, Isabelle (Eds).
París: Presses Universitaires du Septentrion, 2015.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

 

1. ISOU, Isidore. Le Soulèvement de la jeunesse. Tomo 1: Le Problème. París: Aux escaliers de Lausanne, 1949.
2. POMERAND, Gabriel (1925-1972), poeta, pintor y compositor, que se encuentra y apoya a Isidore Isou en 1945.
3. Maurice Lemaître hace alusión, sobre todo, a Guy Debord y a Gil Wolman.
4. Es decir, basada en la juventud.
5. FERRUA, Pietro. Procedings of the First International Symposium on Lettrism, Lewis and Clark College. Portland, Oregón. 24-29 de Mayo, 1976.
6. Citado por André Reszler. L’Esthétique anarchiste. París: PUF, 1973. Pág. 14.