ESPECIAL JEAN-CLAUDE ROUSSEAU

La otra cosa

Por Jean-Claude Rousseau
 

 
   

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Un delgado hilo de agua corre en el lecho del torrente. El verano lo evaporó y descubrió en su fondo las capas de detritus. La mirada se aparta, se eleva hasta la horizontal a la altura de la carretera y ahí se detiene el tiempo de ver pasar un velomotor de un borde al otro del plano.
La elevación se reanuda y se interrumpe definitivamente a la vista de un cable eléctrico cuyo recto trazo separa del cielo la montaña adonde apuntan las antenas.
Puede decirse eso. Efectivamente es lo que muestra el último plano de Quei loro incontri, antes de que resuenen sobre el negro, como un desgarramiento visual y sonoro, los acordes del final del tercer movimiento del onceavo cuarteto de cuerdas de Beethoven.

Primero picada, la cámara se endereza, alcanza el nivel medio de la mirada, se detiene en el eje, satisfecha por lo que está enfrente, derecho a los ojos.
A este nivel, sin más oblicuidad, ninguna línea de fuga, ninguna aspiración. Imposible quedarse. Hace falta ver más alto. ¿Qué esperanza hace levantar los ojos? ¿Hasta dónde el contrapicado? La subida reanuda. «¿Hace falta sorprenderse si vinieron aquí a lo alto?».

Hace falta partir del lecho sucio del torrente, de los desechos de lo cotidiano que, en el calor del verano, el agua ya no arrastra. Es sabido que en otoño volverá con fuerza y durante el invierno la margen alta que protege la carretera podría no bastar para contenerla. «Me pregunto qué piensan de esta agua los mortales… A esta hora, la crecida de los ríos ha empezado a desarraigar los árboles.»
A la hora en que la cámara está puesta frente al torrente que cae de la montaña, el agua apenas fluye y hace falta mirar bien abajo para ver su corriente. El plano se inicia en picado. Primero ver esto, puesto que ahí está: las latas de cerveza entre la hierba. Y de ahí, levantarse a altura de hombre, hasta la carretera que sigue el conductor del velomotor.
¿Es por haberlo visto venir, por lo que el movimiento de la cámara se ha interrumpido? ¿Es por verlo atravesar la imagen, por lo que el plano se fija? Puro azar, perfecta coincidencia. Una tirada de dados: lanzada a la vertical, la cámara encuentra el trazado horizontal del velomotor, saluda este encuentro y lo afirma con una corta pausa. Después, a ritmo igual, la mirada se eleva en contrapicado.

Invisible en el teatro, imposible sobre la escena que no conoce la imagen, este último plano fuera de diálogo sucede a la mirada tendida, fija sin vacilar, del cazadar que se ha callado. ¿Tendida a dónde? A la imagen a venir en forma de mutismo.
Los dioses han hablado. Y todo lo que se ha dicho, palabras hechiceras, elevadas, palabras extremadas, no era sino un eco del silencio.
«Intenta decir a los mortales lo que sabes». Es sin palabra, por el simple remate de un movimiento de cámara, que la película al final nos enseña su teología: no más alto. El Más allá está fuera de alcance.
Bajo la línea que divide el plano, en el tercio inferior de la imagen, el paisaje subsiste. La cima del monte dibuja su contorno y las antenas están a la escucha, pero el cielo es silencioso.
Cielo profundo y sin perspectiva. Si la panorámica continuara su subida la mirada se ahogaría. No se irá más alto, donde perder pie. Se mantiene el apoyo sobre el paisaje. Está visto, se mantiene el paisaje y el discernimiento y la tristeza. «No serían hombres si no estuvieran tristes».

Pero ¿por qué, grandes dioses, haber levantado los ojos tan alto? Surge el deseo de volver a bajar la cámara, de volverla a traer al ángulo recto, al nivel de la mirada acogedora. Dispuesto a ver todo sin buscar qué ver. El pensamiento inmóvil, abandonado a lo que se presenta. «El increíble relieve de las cosas en el aire aún hoy toca el corazón.» Encontrar ahí lo absoluto sin estar embrujado por lo Azul. Mantenerse ahí en Sabiduría. «El cielo es, por encima del techo, tan azul, tan calmo…» Verlaine, más que Mallarmé.
«La vita beata», hacia adelante, a altura de la carretera donde la vertical cruza la horizontal. «La vida es ahí simple y tranquila…» En el cruce, la encarnación. El paso del hombre por la imagen basta para trazar el brazo horizontal de la cruz. Pero la intersección no se vería sin prolongar la vertical. ¿Eso es la Esperanza?
Puede creerse eso. Esta geometría no altera lo real. No es una metáfora. Solamente al final de Quei loro incontri, la otra cosa: una cruz escondida.

 

Publicado en L’internationale straubienne,
París: Éditions de l’Œil / Centre Pompidou, 2016.

Todo nuestro agradecimiento
a Jean-Claude Rousseau
por habernos permitido esta publicación.

Traducción del francés de Carlos Saldaña.