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'A ESPADA E A ROSA', DE JOÃO NICOLAU

Algo aún más valioso

por Miguel García


En The Limits of Control (Jim Jarmusch, 2009), el hombre solitario observaba una gran casa desde la perspectiva privilegiada de una colina cercana. Era la guarida donde se escondía su objetivo, la etapa final de su misión secreta. En A Espada e a Rosa (João Nicolau, 2010) hay una escena muy parecida, aquella en la que dos piratas, después de una larga travesía, arriban a la casa del misterioso individuo al que llaman la Rosa y, antes de acercarse a entablar contacto con él, espían su inmensa finca desde la loma de enfrente. En ambos casos los personajes que se esconden en la casa aislada son figuras de autoridad, protectores de una cierta realidad incuestionable. En la película de Jarmusch la austeridad de la vigía estallaba con un helicóptero que atravesaba el encuadre de derecha a izquierda y aterrizaba estrepitosamente frente a la casa, poniendo en juego ciertos valores icónicos del aparato (la paranoia del espionaje post-Watergate en los setenta, la desmesura del cine de acción hipermusculado en los ochenta y noventa) que hervían en contraposición a la apuesta minimalista del resto del metraje.

Ningún helicóptero aparece en la escena gemela de A Espada e a Rosa, pero sí que había aparecido anteriormente en dos secuencias claves para el despegue de su historia; se trataba sin embargo de una maqueta, un juguetito pequeño de aspecto frágil y trayectoria inestable. Lo vemos en el primer plano de la película, cuando empezamos a crear el vínculo con ella y estamos aún algo perdidos: dos científicos alemanes sintetizan con esmero y ceremonia un misterioso elemento (el plutex, descubriremos más tarde: antimateria capaz de hacer desaparecer los objetos, de paralizar a los individuos y de muchas otras cosas que no llegaremos a descubrir en este filme). Y es entonces cuando la maqueta teledirigida, que ni siquiera puede volar recto, aparece en el plano sin razón aparente. Ahí estaba la clave para leer la secuencia y el resto del metraje (no vuelve a aparecer este divertido artefacto, pero ocurre algo similar cuando también en dos ocasiones el protagonista, presunto álter ego del cineasta, comienza un estrambótico baile en solitario para cansarse al poco rato, como harto de sí mismo, y continuar lo que estaba haciendo), un súbito borrado de la gravedad del plano que las imágenes se irán contagiando una a otra hasta el final, perdiéndose el respeto a cada segundo, descartando o arruinando cualquier pretenciosidad. Una decisión artística valiosísima y, sobre todo, muy infrecuente.

Ese es también el primer gesto en el que reconocemos una cierta herencia, el concepto más noble en medio de la invasión de remakes, renacimientos y homenajes. Más tarde confirmaremos esta impresión al escuchar cierta cadencia en los diálogos, ejecutados como duelos de ingenio en fraseos insolentes; con la figura de ese aristócrata desarrapado y fan del Benfica, ese nuevo pícaro vagando por un mundo moderno en el que las necesidades primarias están resueltas. Pero estaba ahí desde el principio: el helicóptero que arruina la seriedad de los dos científicos es otra forma de banalizar lo sublime y sublimar lo banal, no como un fin en sí mismo sino como un medio para replantear una objetividad impuesta y equilibrarla a su antojo. Esas eran las maneras y las políticas de João César Monteiro, y Nicolau luchará las mismas batallas con sus propias armas (reales o de juguete), negándose de nuevo a transigir y aceptar una escala de valores que no le pertenece. Como dice uno de los piratas que le acompañan en su aventura, declarando las prioridades de la tropa: «Tenemos la Historia a nuestro favor, y algo aún más valioso: camareras brasileñas».

Predicar con el ejemplo: la libertad de rodar es la libertad de vivir. El cineasta puede alterar la realidad en el campo de acción de su oficio, y sería irresponsable no aprovecharlo, desperdiciar ese poder: así en los primeros diez minutos tenemos, además de los ya citados experimentadores y su invasión aeromodelista, un personaje que finge su propia muerte para a continuación llevar a cabo un número musical junto a un recaudador de impuestos y una asistenta doméstica, así como un melancólico ensayo de guitarra en un balcón con macetas. Poco después, nuestro héroe recibe un mensaje de unos viejos amigos que le ofrecen reengancharse a su grupo de piratas modernos y parte de un salto rumbo a la aventura; deja atrás un trabajo embrutecedor y los recuerdos de una ruptura, y vuelve a entrar en una comunidad en la que cantan todos o no canta nadie (y la mayor parte del tiempo sí que cantan y bailan; la película anula de raíz cualquier pretensión de encasillamiento genérico o de otro tipo, y es a la vez una comedia musical y una historia de aventuras y un ejemplo de ciencia-ficción barata y alocada, un alegato a favor de la desaparición de las fronteras artísticas), un grupo de profesionales donde las particularidades de cada uno, como en todos los buenos equipos, pueden ser explotadas para el bien común en lugar de reducidas al mínimo denominador.

Así es como nos embarcamos con Manuel en un verano exuberante y agotador, pese a que toda la actividad de los intrépidos corsarios sea disfrutar de buenas cenas, comenzar conciertos improvisados que revelen su estado de ánimo, bailar sin mucho sentido del ritmo, abordar algún barco de japoneses despistados y utilizar el milagroso plutex para trazar planes absurdos e infalibles con los que rellenar la despensa de víveres. Desde Jacques Rozier no recordábamos una sensación similar de tiempo pegajoso, más lento y pesado de lo habitual (contribuye a ello, seguramente, que el barco no parezca moverse sino más bien dejarse llevar por las corrientes, con alguna ola rebelde chocando ocasionalmente con el casco y haciendo que la tripulación pierda el equilibrio) junto al presentimiento de que algunas escenas permanecerán bien guardadas en la memoria, que echaremos de menos esos momentos cuando se conviertan, inminentemente, en pasado. Sí, así duele un verano. Con el calor se intensifican las emociones y como contrapartida éstas se evaporan antes: presenciamos el apogeo de esa vida alegre en alta mar, el ingenio y la frescura de un cineasta con licencia para desbordar libertad, pero también el desvanecimiento de la felicidad con la aparición de desavenencias o traiciones dentro del grupo. Y ahí es donde descubrimos el legítimo mecanismo de Nicolau: cada vez que la narración o los personajes se encuentren en una situación de enquistamiento, cuando el entusiasmo y las fuerzas decaigan, se hallará una forma de escapar de las ataduras y seguir avanzando (aunque sea en círculos). La quimera del movimiento perpetuo para hablar sobre la utopía como motor en el camino hacia la felicidad.

«Calma, rapaz, un día esta vida te hará bien» es uno de los primeros consejos que recibe el protagonista al instalarse en el barco (A Espada e a Rosa podría verse como la respuesta soleada y abiertamente risueña a De la guerre [Bertrand Bonello, 2008], cambiando las sectas por barcos piratas y los bailes en el bosque por travesías y planes descabellados). Presenciamos algún momento efímero en que eso se cumple, pero el resto del tiempo Manuel y los suyos sufrirán las trampas de su propio inconformismo y cada una de sus huidas hacia delante terminarán por agotarse y agotarlos a ellos mismos. En una decisión desesperada, un último recurso para mantener al grupo unido, acudirán al encuentro de la Rosa, expirata y gurú espiritual e intelectual que les ofrece, a cambio de unos cuantos prisioneros extranjeros, un paraíso en el que «no falta nada: sueño, amor, arte y ciencia, literatura, música, tecnología, café y ron»: todo lo que habían intentado conquistar con sus abordajes, ayudándose de la más alta y la más baja tecnología.

«El fin del verano es el fin del mundo», se decían cuando la aventura parecía tocada de muerte. Pero quizá la idea de un verano eterno tampoco sea lo deseable cuando se está acostumbrado a que el camino alegre los pasos. Así sólo se puede terminar como se empieza, escapando hacia un nuevo reinicio de esa búsqueda que alimenta. Con la amargura de una nueva deriva pero la esperanza de una nueva aventura. La predicción de ese apocalipsis que finalmente se cumplía para que todo pudiera comenzar al año siguiente: la vuelta al verano en ochenta mundos.