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CANTINFLAS, ROZIER, CHAN Y OTROS REYES DE LA SAMBA

Si las cosas no fueran...

por Pablo García Canga


para Marine-Océan, que ni me entiende ni la entiendo


1. Contagiando: Cantinflas habla con Petitgas. ¿Visteis Ahí está el detalle, una de las mejores películas de Cantinflas? Una de las primeras, creo. Antes andaba por Internet, en una especie de youtube mejicano. Ahí la vi por primera vez. Buscadla. A lo mejor hay suerte y no ha desaparecido. O a lo mejor anda en DVD, aunque yo nunca la he encontrado, tampoco sé si la he buscado.

Decía todo esto a cuento de Rozier, de Rozier y de Cantinflas. Porque la segunda vez que vi Ahí está el detalle, por fin en cine, en la Filmoteca de Madrid, acabé acordándome de Rozier, de Maine-Océan (1986). Fue al llegar a la escena del juicio, hay una gran escena de juicio al final de la película de Cantinflas, esa sí que podéis encontrarla en youtube, aparece como la quintaesencia de su arte, la prueba incontestable de que Cantinflas podía ser, era, un grande.

Por un malentendido a Cantinflas le acusan de haber matado a un chantajista apodado el Fox-terrier, cuando él a quien ha matado es a un perro que era un fox-terrier, pero no se entera de que le juzgan por la muerte de un hombre, y no de un perro y, claro está, no comprende a qué tantas historias y tanto juicio.

Al llegar a esa escena me acordé de la escena del juicio a Marcel Petitgas en Maine-Océan.

Es muy evidente el parecido entre la secuencia de Ahí está el detalle y la de Maine-Océan. En las dos hay un juicio contra un acusado de clase popular que no se entera de lo que le pasa y que cuando abre la boca para defenderse lo único que consigue es condenarse más y más.

En las dos secuencias lo que hace extraños a los personajes acusados, lo que levanta una frontera insalvable entre ellos y la ley, es el lenguaje. Marcel Petitgas habla raro, con un acento bretón muy marcado. La primera vez que vi la película no podía creerme que fuese un actor, pensaba que era alguien realmente así de raro. (Qué grande es Yves Afonso. Y qué bien habla de su oficio, merece la pena leer el monólogo suyo en el libro que los Cahiers le dedicaron a Rozier).

Y si Marcel Petitgas habla raro, Cantinflas no le anda a la zaga, con sus frases que no paran de interrumpirse y de volver a empezar, como si fuese uno de esos jugadores que se regatean a todos y a sí mismos, con la vista fija en el balón, enredándose hasta que acaban por encerrarse en el córner.

Y en las dos películas el lenguaje improbable de los acusados acaba contagiando a los otros personajes. Al final del juicio a Cantinflas todos se ponen a hablar como él. Al final del juicio a Petitgas la abogada se pone aún más improbable que él y empieza a recitar un texto de Chomsky. (¿Me equivoco o este momento es quizás el único en el que un personaje femenino se echa a hombros la carga cómica en Maine-Océan? El resto del tiempo, quienes se ocupan de ello son sólo los personajes masculinos. Al volver a verla llegué a preguntarme si las dos mujeres no eran las primeras espectadoras del espectáculo que dan los hombres, unas espectadoras que han sido incluidas en la película y que la van comentando. [En serio, mirad atentamente cómo hacen comentarios entre ellas por lo bajo, comentando la función que a cada instante dan los hombres]. ¿No había algo de esto ya en Les Naufragés de l'île de la Tortue (1974), con la chica espectadora de Pierre Richard y de Jacques Villeret? ¿O quizás empezó antes, cuando el personaje de Bernard Menez se fue convirtiendo, de manera inesperada, en el eje de Du côté d'Orouet [1973]?).

Volviendo a Chomsky. ¿Analizaría a Cantinflas? ¿Deberíamos pedírselo? ¿No será Cantinflas uno de los casos, escasos casos, en los que la crítica cinematográfica necesitaría recurrir a la lingüística? Apenas conozco a Cantinflas, he visto muy pocas de sus películas, pero con Ahí está el detalle un lingüista se podría hinchar a hacer análisis de la comicidad en el lenguaje. Con además un misterio añadido: cuando otros personajes hacen una cantinflada (mi corrector ortográfico da esta palabra por buena), no resulta ni de lejos tan graciosa como cuando la hace Cantinflas.

Tirando el hilo del contagio del lenguaje en Cantinflas me da ahora por pensar que Maine-Océan es también la historia de un contagio, una locura vitalista de origen más o menos sudamericano que contagia, despierta y hace bailar a dos controladores de trenes franceses y un pescador bretón.

A lo que aspiran estas comedias quizás sea al contagio de una locura que se lleve por delante el orden establecido. La revolución por contagio cómico. Por eso es tan triste cuando algunos cómicos, como parece que le sucedió a Cantinflas (no verificado), viran al moralismo, renunciando así a la moral revolucionaria del contagio.

2. Largo paréntesis: Cantinflas baila con Jackie Chan. A cuento de la comedia y su libertad bajo fianza, recuerdo ahora otro dueto que una vez intuí para Cantinflas. (Me habría gustado escribir algo que fuese como un disco de duetos con Cantinflas, algo así como Cantinflas canta con... , pero por ahora no tengo suficientes artistas invitados.)

Fue una noche, en un autobús, Madrid-París. Yo iba leyendo un libro gordo y en la tele ponían una de Jackie Chan. Una película china, no una de sus películas americanas. Una película de época, primera mitad del siglo XX.

De vez en cuando levantaba la vista del libro y me quedaba mirando la pantalla, viendo sin oír, no tenía auriculares. Me quedaba mirando largo rato, fascinado por las luchas coreográficas de Jackie Chan, y cuanto más se peleaba él menos me recordaba a un héroe de acción, uno de esos héroes aterradores que a finales de los ochenta y principios de los noventa se dedicaban a dar patadas con cara triste, como si supiesen que por muchas patadas que diesen y muchos tiros que pegasen todo estaba perdido, y más me recordaba a un actor cómico, un buen actor cómico y popular (del pueblo y para el pueblo, debí de pensar, era ya tarde y a esas horas uno piensa con frases que el resto del tiempo evita). Curiosamente el primer actor cómico en el que pensé no fue alguno del burlesco, tan hábiles y físicos como él, sino en Cantinflas, cuya especialidad es la palabra más que el cuerpo.

Jackie Chan se pasaba la película peleando, Cantinflas se las pasa hablando, hablando aparentemente de cualquier manera, con torpeza acelerada, en realidad con un virtuosismo de la torpeza y del desorden que acaba contagiando al resto del mundo. Jackie Chan también peleaba de manera aparentemente torpe, más bajito y menos elegante que los otros.

En la película que vi y no oí en el autobús había varias escenas en las que lucha borracho, en las que se emborracha para luchar mejor (tirando del hilo descubrí que era La leyenda del luchador borracho], remake o secuela de una película similar que el mismo Jackie Chan había protagonizado años antes). En cada pausa de su lucha ebria parece que Jackie Chan se va a caer, le cuesta mantenerse en pie, y sin embargo vuelve al ataque y por medios poco ortodoxos acaba ganando. Parece que lucha tan sólo reaccionando a lo que tiene delante, (hay un momento magnífico en el que se encuentra con un dedo ante las narices, un dedo que le señala, conminándole a parar la pelea, y él intenta morderlo), y sin embargo, de reacción puntual en reacción puntual lo que hace acaba teniendo sentido, como esos juegos en los que hay que ir trazando líneas entre puntos numerados para que al final aparezca el dibujo que estaba latente.

Me pareció ver en la lucha de Jackie Chan, en lo que vi en la tele del autobús, como antes en la manera de hablar de Cantinflas, un arte de la pausa y de la aceleración, una forma de heterodoxia respecto a sus artes respectivas, la palabra y la lucha, una respuesta heterodoxa y popular a las reglas de los juegos y artes del poder.

Y quizás pensé en Cantinflas, y no en otros actores cómicos, porque, vistos de lejos, parece que los dos tendían a ser recuperados por el poder, en películas que no los merecían. Esto habrá que aclararlo viendo más películas de ellos. Aunque al fin y al cabo lo recuperable es el conjunto, la historia, el sentido, pero no el instante, el gesto, la palabra a contrapié, el baile. Al baile no lo harán trabajar.

(Luego, buceando en IMDB, descubrí que la relación entre Cantinflas y Jackie Chan iba más allá de mis cortocircuitos mentales durante un viaje en autobús. Los dos habían interpretado a Passepartout en sendas adaptaciones de La vuelta al mundo en ochenta días.)

3. A trabajar ('llegó el comandante, se acabó la diversión'). El libro que iba leyendo en aquel autobús era uno de José Luis Pardo, que ahora recuerdo, a cuento de Cantinflas, porque decía aquello de salir de casa, que salir de casa era siempre salir a la guerra, aunque ahora la guerra fuese el trabajo y no siempre la lucha a muerte.

(Escribía Pardo en otro libro cosas como: «Hay historia porque los hombres salen de casa, fundamentalmente para ir a la guerra, aunque luego a eso se le llame también ir a la escuela, ir al trabajo, etc. El niño que consiguiese no abandonar su hogar –cosa que yo, lamentablemente, no conseguí– no haría historia alguna, pero sería feliz. Su felicidad le parecería a todo el mundo –y los freudianos no serían más que una vocecilla en ese inmenso coro– injusta, irresponsable, inmadura, insolente, etc. Pero como ninguna de las voces de ese inmenso coro está en condiciones de aportar siquiera la menor prueba a favor de que el niño tenga que salir de casa para hacer historia o aún el menor argumento que ligeramente pueda sugerir que es preferible hacer historia que no hacerla, todas esas voces pueden irse al cuerno y dejar al niño en paz».)

Pues a Cantinflas en Ahí está el detalle tampoco quieren dejarle tranquilo y le ponen una pistola en la mano, si es que quiere comer tiene que salir primero a matar al perro, y quien le pone esa pistola en la mano es la criada que le da de comer en secreto y que le reprocha a Cantinflas que no trabaje. En el fondo parecen la misma cosa, salir a matar o salir a trabajar, para qué, cuando se puede estar ahí en la cocina tomando una copita.

(«—¿Pero bueno, Cantinflas, es que nunca has tenidos ganas de trabajar? —Ganas sí, pero para eso soy un hombre, para aguantarme, como los machos».)

Cantinflas es en Ahí está el detalle un héroe de la vagancia, tarea no tan fácil. Ustedes que leen esto, ¿serían capaces de pasarse el día con su purito y su copita de coñac y descansando y luego descansando del descanso? Porque cuando al fin tiene ocasión eso es lo que hace Cantinflas, heroicamente resistir a la tentación de hacer algo. Eso es lo que hacen también las películas de Rozier, heroicamente resistir a la tentación de la seriedad. Heroicamente resistir y, sin que lo parezca, contraatacar por contagio cómico.

4. Entra Glauber (llega tarde). Volviendo a Rozier. ¿Os imaginais si Rozier hubiese hecho una película con Cantinflas? Habría sido una película larguísima, medio viaje Madrid-París, por lo menos seis o siete horas de atajos que no llevan a ninguna parte y de desvíos fulgurantes e interminables. Un contagio del mundo entero, una revolución cómica.

No es tan inverosímil, al fin y al cabo la escena de Pierre Richard al teléfono en Les Naufragés de l'île de la Tortue es tan delirante como algunas de Ahí está el detalle. Y a Rozier le gusta trabajar con actores de cine comercial, actores cómicos y populares que se han quedado o se iban a quedar encerrados en películas no muy buenas, Pierre Richard, Bernard Menez, Jacques Villeret, Jean Lefebvre, todos estrellas de la comedia francesa antes o después de trabajar con Rozier, todos en películas comerciales cómicas anticontagiosas (o que presumimos anticontagiosas, habría que verlas, porque ya se sabe, se puede controlar la historia, pero se puede escapar el gesto, el contrapié).

(Y estos actores bien saben lo que es bueno. Contaba Manuel Peláez sobre un programa de tele en el que Pierre Richard presentaba un libro de memorias y anécdotas. Sale, claro, Rozier.

El presentador lee algunas anécdotas en voz alta. El público se ríe. Qué loco el Rozier. Qué divertido. Siguen hablando. Otras películas. Otros directores. Y unos minutos más tarde, Pierre Richard dice (a veces la televisión puede ser grande): de todos modos, de todas las películas que he hecho, la preferida de mis hijos, de mis amigos, es Les Naufragés de l'île de la Tortue. Eso me contaba Manuel y pensábamos los dos que en el fondo la ambición de Rozier, su tremenda ambición, no era la de hacer las mejores películas de la historia del cine, sino la de hacer nuestras películas preferidas. Difícil, mucho más difícil.)

Rozier, el cineasta popular que nunca ha sido comercial, podría haber encontrado a un actor ideal en Cantinflas, actor que parece que se volvió cada vez menos contagioso pero cada vez más comercial. Uno habría alcanzado al público que se merece, el otro hubiese recuperado el contagio de sus inicios.

Quizás si Glauber Rocha hubiese llevado a cabo uno de sus últimos proyectos, montar un ciclo Cantinflas en el festival de Venecia (esto me lo contó hace años otro Manuel, Asín este, mientras paseábamos por Barcelona), quizás entonces…


Si las cosas no fueran

tan enojosas,

si quedara más tiempo

para otras cosas

que no fueran andarse

desesperando

y abominar del mundo

de cuando en cuando...

que cantaba Chicho Ferlosio,


Quizás entonces, si las cosas no fueran, no hubiesen sido, no siguiesen siendo tan enojosas, Glauber Rocha no solo habría conseguido organizar su ciclo Cantinflas en Venecia, sino que habría presentado a Cantinflas y a Rozier, y en vez de andar cada cual por su lado habrían trabajado juntos y sin duda las cosas habrían ido, seguirían yendo, mejor, mucho mejor.