XCÈNTRIC 2021 (8): DIARIO DE LUCHA. TORRE BELA, DE THOMAS HARLAN

La etnografía militante de Thomas Harlan

Por Serge Daney


 


Torre Bela (Thomas Harlan, 1977)

Torre Bela es, para empezar, un documento extraordinario, de esos que se producen a veces en el corazón de las luchas o en las situaciones límite, cuando la obstinación para «seguir filmando» desborda al que filma en todas sus ideas, pensadas o no, acometidas o no. Los amantes de lo «real», los caníbales del «en vivo» (entre los cuales nos encontramos) se quedarán alucinados con la película de Thomas Harlan. Pocas veces se verá mejor cómo se hace y deshace una colectividad singular en tanto que tal, formada en sí misma por singularidades, tomada en un proceso político del cual es la ciega verdad, el punto de utopía.

Pero hay más. Torre Bela da a ver, materializadas, encarnadas, todas las ideas del empuje del izquierdismo político y teórico de estos últimos diez años. «Como si estuviéramos ahí» –pero, precisamente, ya no estamos ahí; nadie lo está –se ve la carne de la que decían alimentarse los discursos de ayer, las imágenes sobre las que el sonido «estaba demasiado fuerte»: toma de la palabra (caótica: un día la película servirá para estudiar el habla campesina y la lengua portuguesa), palabra popular (y sus tartamudeos), pueblo en armas (los extraños soldados del M.F.A.), memoria popular (con sus relatos amargos), fabricación de un líder de masas (Wilson) y desconfianza hacia el héroe (Wilson de nuevo), contradicciones en el seno del pueblo (hombres/mujeres...), discurso cínico y brutal del enemigo de clase (sorprendente entrevista con el duque de Lafões), etc.

Por supuesto, todo esto llega tarde. Hemos creído en todo eso, pero cuando se ha acabado, de repente, la película aparece, en una precisión hiperrealista, a la vez como una sonda de lo que ha sido y como el espectáculo alucinatorio de aquello en lo que hemos creído (en el pueblo, en su autonomía, en su revuelta). Sin duda, ya no hay que creer ciegamente para empezar a verlo, de la misma manera que para nada había que verlo para continuar creyéndolo. Este «décalage» entre lo crudo y lo cocido1 quizá sea la verdad de las pocas «buenas películas militantes». Ha habido que esperar a que las palabras de orden y los eslóganes dejaran de tranquilizarnos para que las películas llegaran por fin. Pero en un paisaje devastado. La experiencia de la comuna popular de Torre Bela (1975-1979) acaba en el año en el que la película, una vez terminada, se «estrena». Ya sólo queda (para nosotros, para Harlan, para cualquier persona) una relación de canibalismo etnográfico con estas imágenes (¿la etnografía no es nuestro propio canibalismo?) o de esteticismo perverso (Torre Bela como utopía, como una utopía de más).

Así es el cine. El cine nunca llega a tiempo. Y a fortiori el cine de intervención, el único que para existir debe tomarse el tiempo para constituir su propia materia, es el que nunca se acabará a tiempo. El cineasta se encuentra entonces en una situación imposible, con la mirada estrábica, apreciando sea cual sea la piedad conveniente para sus discursos. Ya se trate de Moullet, permitiéndose el lujo de hacer una película militante-didáctica-tercermundista en un momento en el que nadie sabe qué hacer (mientras que todo el mundo quería cuando nadie sabía hacerlo), o la extraña temporalidad de la experiencia-Ogawa, redoblando la atrocidad de lo real por medio de una película interminable e igualmente atroz, o incluso Godard, dedicando cinco años a montar una película sobre Palestina; es el mismo punto de llegada, la misma victoria a lo Pirro, la misma flecha del Parto, la misma revancha de los artistas sobre los jefes políticos y los militantes: aquí está la carne de las ideas que habéis creído tener, aquí está el referente de las palabras de las que habéis abusado, la prueba de que de lo que habláis (sin saber verlo) ha existido sin lugar a dudas: se muestra porque se ha terminado. Esta dialéctica perversa de lo cocido y de lo crudo es a día de hoy la última palabra del cine llamado «documental» (de Flaherty a Ogawa, de Rouch a Harlan, de Ivens a Van der Keuken): una mirada igual de aguda –incluso afilada– que fija el trazo de lo que no tiene futuro.

Publicado originalmente en Cahiers du cinéma, nº 301, junio de 1979.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

1 NdT: juego de palabras entre cru (creído) y cru (crudo).