XCÈNTRIC 2021 (14): LA CÁMARA COMO INSTRUMENTO PEDAGÓGICO. FERNAND DELIGNY

‘Sin embargo es uno de los nuestros’

Por Fernand Deligny


 

Le Moindre geste (Fernand Deligny, 1971)


Esta película, Le Moindre geste, de la que me anuncian que «ha sido seleccionada por la Semana de la Crítica y que por lo tanto se mostrará en Cannes», casi se queda enrollada en esas grandes latas blancas de acero que podríamos tomar por latas de conserva, como ocurre a menudo con esos niños «anormales» cuya suerte se enrosca en los lugares previstos para ello. ¿Qué hacer en ellos?

El destino común de las personas de las que voy a hablar y los kilómetros de película que llevan su imagen puede que iluminen un poco lo que voy a decir cuando hablo de tentativa.

Una película puede ser una obra maestra o una birria, una pequeña fiesta o una cinta adhesiva en la que vienen a pegarse las ideas que están en el entorno como moscas en este papel viscoso que se usaba en la época en que había bicicletas por las carreteras.

Que Yves, «deficiente profundo», haya escapado de su destino que consistía en vivir en una morada de retrasados, y que esta extraña película no sea para siempre autista como lo son los objetos abandonados, enrollados en sus latas: he ahí dos acontecimientos que en realidad no son más que uno.

Hace un momento Yves y su padre estaban ahí. El padre me hablaba. Yves palpaba, con tres dedos, un sacapuntas en mi mesa, con ese aire que tiene de estar viendo en un objeto mucho más que su uso corriente, del cual se burla. En 1957 estaban ahí, pero ese ahí era entonces Allier, y su padre me había dicho que ese muro que veía, una tapia, alta, de cuatro o cinco metros, que no había sobrevivido a la caída de un granero, había que derribarla. Yves no decía nada, como siempre seguía con su costumbre de no dirigir nunca la palabra a cualquiera, tosco, rojizo, moreno, torpe, con este muro de silencio que colocaba entre «nosotros otros» y él, no pudiendo ser sin embargo más humano, y todo lo que tiene de más vívido, pues con él necesitamos años, caminando uno al lado del otro, un día tras otro, por lugares y lugares, de Allier a Cévennes, para hacer esta película «que ahora se mostrará en Cannes».

Mucho me temo que ese muro sagrado que forma un eco con las palabras de cada cual no volverá para resurgir entre la pantalla y los que verán este documento filmado cuyo título habría podido ser «Le royaume des cieux» –pero este título era propiedad de un académico. Elegí Le Moindre geste; subtítulo clandestino: ...quelles en sont les racines?

Mi proyecto, siguiendo las tomas, consistía en dar a ver a los que lo verían su parte de este ser al que veía y escuchaba vivir con nosotros desde hacía seis o siete años, sus actitudes, sus gestos e ideas, puesto que era familiar y soberbio, palabra vacante y de golpe locuaz y vituperante y, en el río de palabras, reconocía, hasta confundirme, esta palabra que hace de nosotros lo que somos y que reina, universal, histórica, demostrativa, cómica, mortal.

Comenzamos cinco, más la cámara, más el otro que era ese niño de trece años al que se recogió en la ciudad de al lado. Las Cévennes son vastas y el tema estaba claro: dos adolescentes escapan de un lugar psiquiátrico, uno que corre delante, que huye como respira, y el otro que le sigue, deficiente mental un poco loco, puede que por haber vivido entre los que allí lo son.

Le dije a Yves: «Eres tú... en la película eres tú... pero habrías pasado cuatro o cinco años con los locos... ¡y ahora puedes irte!». Con la cámara rodando, se puso a imitar a Fernandel. No rodábamos hasta que pasaba esta sombra de la tele, como tampoco lo hacíamos cuando llegaban las nubes para arruinar la luz habitualmente tan generosa como para poder filmar sin focos, ignorando la manea de utilizar esta maquinaria que nos parecía tan específica.

Tras Fernandel, nos tocó un festival de de Gaulle y después pudo empezar el rodaje; cada lugar y lo que había en él provocaba lo que sucedía. Apenas había conciliábulos preestablecidos. No se puede decir que Yves y el otro chico actuaran. Se cansaban, estaban en la película y en el sol, a veces durante horas, era julio. Yves se puso a jadear tan fuerte que llegó la policía con una ambulancia que aparcaron en la carretera. Nos encontraron a voces, buscando de una terraza a otra. Alrededor, formando una hilera, como en medio de un gran pilla-pilla como al que juegan los niños en la escuela, los habitantes nos rodeaban en una batida propia de la Edad Media. Ahí estábamos los cinco, más el otro, más la cámara filmando, en aquella casa con techos altos, a cielo abierto, de las Cévennes, por la que a decir verdad habían pasado otros. 

En los momentos de descanso, por la tarde, por la noche, al amanecer, Yves registraba esta palabra rumiada; deliraba toda su embriaguez y las bandas se llenaban en este magnetófono al cual respetaba, golpeando contra la hierba, sin embargo, mientras vociferaba con espuma en los labios, secándose esta espuma, franja tenaz de la palabra, de la misma manera que en las playas vemos los trazos de las últimas mareas.

Al día siguiente, en cuanto se anunciaba la luz como buena, volvíamos a salir para descubrir, hacia Saint-Jean-du-Gard o cerca de Anduze, un lugar que se prestara a los que Yves encontrase.

Siguiendo este juego, casi cotidiano, sin saber lo que se había registrado en la película, acabamos con más de veinte horas de imágenes.

Es una película-monstruo, nada sorprendente que haya quedado encerrada durante años.

El que me dijo: «Debo montarla...» no debió darse cuenta. Creo que le llevó dos años –contando las noches, no se podía hacer otra cosa que eso... Queda esta película de una hora cuarenta unida a lo que se pudo conservar de este discurso tan fascinante, eco de todo lo dicho, incluyendo la misa, cuando Yves, oyéndose pensar, detiene sus manos haciendo que vuelvan a esos gestos de los primeros tiempos, mientras que astutamente se me dirá que se trata del niño o de este ser ante el cual me resisto, a pesar de todo, a llamarlo humano, aunque la palabra no sea de este mundo.

He escrito al comienzo de este artículo que esta película es una tentativa. Me explico.

He visto entonces esta película montada, mezclada... De este torbellino de intenciones que han podido ser las mías a lo largo de este rodaje y que siguieron proliferando en este asilo a plazo largo, casi no encontré nada. Mientras defiendo ciertos pasajes, filmados el día anterior, tomados desde esta «posición» en este momento, en esta búsqueda «de guerrilla».

Esta misma sensación la siento a menudo con esta «obra» extraña que consiste en hacer negocio con un niño-loco. Acaba olvidándose. Después de todo, es lo que pasa al final. La gran lotería de las circunstancias. SLON, que ha tomado el relevo para que se estrene Le Moindre geste, no es más, al mismo tiempo, que otro intento, del que esta película es a la vez la herramienta y la huella.

Cuando vi esta película por última vez antes de que se dejara de ver, Yves y casi todos los que habían sido sus compañeros estaban ahí, en una casa de Monoblet. Yves dijo: «¿Le gusta?».

Ese «le» se dirigía a todos aquellos que le verían, al que aparece en la película.

Yves, fuerte, colorado, «simple», es aún así de los nuestros. Si tiene que trabajar, lo hace como un caballo. No hay que equivocarse cuando se afirma que es de los nuestros. Se escapa, de eso en lo que persiste a la hora de seguir, en un intento tras otro, siempre a cinco para mantener la mano, aunque un individuo reemplace a otro. Yves se escapa de ello. La película se ha escapado. No hay más que verlo.

Si tuviéramos una cámara y película, comenzaría con otro, por lo que el personaje ya no sería más que un ser en persona, un «particular», pero NOSOTROS, no nosotros cinco, sino NOSOTROS, nosotros otros, todo el mundo y cualquiera, en las tomas, con:

Como ser humano ante niños gravemente psicóticos que vienen para quedarse en estas mismas Cévennes, de espaldas bien anchas, erosionados por esta cadena herciniana que, según me han dicho, perforaba la corriente del propio Diluvio. 

En las laderas de los montes abundan las encinas que invaden las terrazas en las que ya no crecen olivos. La luz me parece intacta, la misma que hace siete años nos hacía decir: «Vamos...».

Y empieza esta carrera en la que de lejos queda evocado un ruido, un barco pesquero de motor bastante fatigado que no termina de salir. A lo largo del Gardon, somos cinco más uno, el que sigue en el agujero, porque para Yves la palabra no sirve para decir, sino para proclamar.

Los niños que viven ahora con nosotros no son ni sordos, ni mudos. La mayoría no ha dicho una palabra en toda su vida.

¿Y NOSOTROS?

 

Publicado originalmente en Jeune Cinéma, nº 55, mayo de 1971
y recogido en Fernand Deligny. OEuvres, París: Éditions L’Arachnéen, 2007.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.



Le Moindre geste (Fernand Deligny, 1971)