XCÈNTRIC 2020 (7): I DIARI DI ANGELA. NOI DUE CINEASTI

Notas sobre las películas perfumadas

Por Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi

Erat-Sora (Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi, 1975). Cortesía de Yervant Gianikian.


Durante varios años, nos hemos sumergido en el descubrimiento de una gran cantidad de objetos que pertenecieron a una familia rural, en la Austria de comienzos del siglo XX. Comenzamos a hacer el inventario y a asociar diversas situaciones presentes en los materiales –que consistían en casi diez mil piezas subdivididas en varias categorías–, concentrándonos particularmente en lo que concernía a la infancia de las cuatro hermanas de la familia, hoy todas fallecidas, y de las cuales sólo quedan unos retratos hechos en cera, así como una ristra de objetos de su infancia, a veces repetidos en ejemplares diferentes –una acumulación que no tiene mucho que ver con la colección. En otra serie, y en otra categoría, figuran los objetos de uso común y cotidiano; y, en otra más, las fotografías, no sólo de la familia, sino también del pueblo, de viajes y de paisajes.

Analizando nuestros trabajos de archivado, de organización y de inventariado, nos parecen mostrar evidencias y una especie de déjà-vu de un modo de representación muy de moda en la época; pero la lectura de la correspondencia de la familia introduce una «variante» diferente, un elemento nuevo, que nos ofrece una clave de lectura de este trabajo de reconstrucción del relato, introduciendo una trama de imágenes sensoriales en las que juega un papel importante el sentido del olfato.

En alguna de sus cartas, Katerina (una de las hermanas) describe el jardín en el que, apenas atravesado el umbral, a veces se podía identificar inmediatamente con las flores y las plantas; primero sentirse ser un olor, luego otro; donde el olfato venía a ser considerado una entidad en sí misma, como en algunas teorías de los sentidos que se formularon en la Francia de las Luces. Esta sensación, a menudo asociada a otras –como ocurre generalmente–, acompaña a las descripciones, por otro lado bastante breves, de alguno de sus sueños o de la observación de una flor. Existe una proximidad estrecha entre lo que leemos en la correspondencia y el resto de los materiales: numerosos objetos que pertenecen al mundo de la infancia a menudo no son sino reconstrucciones ficticias –de lo real o de otras imágenes y situaciones–, refiriéndose ellas mismas a los olores y perfumes que estos objetos suscitaron. Dada la enorme cantidad de cosas que hemos encontrado, así como su diversidad –el todo figura en una especie de «enciclopedia personal»–, tomamos continuamente nuevas imágenes, que nos empujan a hacer nuevas asociaciones, nuevas referencias, en un montaje intercambiable de voces donde la «voz» del olor o del perfume se ofrece en toda su materialidad, paralelamente a la imagen, como «otra» presencia. Al final de los años 1960, comenzamos a interesarnos por los olores y perfumes, y a reunir un «catálogo» de 80 esencias diferentes que, con el tiempo, no ha parado de ampliarse. Hemos anotado las reacciones de las personas, a quienes planteamos una especie de «cuestión perfumada». Estas se revelaron siempre extremadamente variadas y discordantes, aunque inmediatas, y a menudo adecuadas para alcanzar los círculos más lejanos de la memoria. Antes de todo, lo que nos interesaba era explorar las reacciones psicofísicas y emocionales de la gente –un aspecto aún inexplorado en este sentido, mientras que los niveles químico-moleculares y neuronales de las sustancias odorantes han sido perfectamente estudiadas. La construcción de instalaciones y de aparatos, incluso de un dispositivo complejo, capaz de evaporar y de esparcir estas sustancias en diversos medios, condujo al deseo de dar una imagen a un «objeto que no puede ser descrito» y, de esta manera, constituyó las premisas del descubrimiento antes mencionado –que no ocurrió, pues, al azar, en 1972-1973.

1977.

Texto publicado originalmente en
 Notre caméra analytique - mise en catalogue des images et objets.
París: Post Éditions, 2015.

Traducción del italiano de Séverine Weiss y del francés de Carlos Saldaña.