XCÈNTRIC 2016 (8): DEL RETRATO EN EL ARTE . L'ART, DE PASCALE BODET

Prolongar la primavera

por Moisés Granda

L'Art (Pascale Bodet, 2015)


En L’Art, Pascale Bodet registra el quehacer diario de Lucien Marin, jardinero, desbordando la miniatura que parece e incluso pretende ser, funcionando como punto de encuentro entre visiones duales, la del jardinero y la de la cineasta, la del trabajo y el arte, sobrevolando y afrontando esa dicotomía entre la belleza natural y la belleza artística, entre el didacticismo y la emoción que desborda la modificación de la naturaleza a través de la mirada del artista. El espectador se adentra no tanto en la lógica de lo natural como en la de Marin al situarse frente a ella, y comprende la necesidad de balancear el árbol, de tener en cuenta el peso de las ramas laterales, la importancia de fortalecer el tronco, pues cuando se ha de transformar la materia hay que saber cómo ésta tiende a reaccionar y cuáles son las prácticas habituales.

Bodet sigue y filma cada trazo, cada movimiento, del pensamiento y del trabajo. Se suceden los pequeños cortes en las plantas, en los árboles, acciones rutinarias que modifican la aleatoriedad de lo que viene dado, que dan forma, crean y modelan, en una búsqueda por una perfección que en realidad no es otra cosa que un ideal difuso. Pasaje entre tiempos: si alguien se ha cortado alguna vez el pelo frente a un espejo reconocerá estos gestos y percepciones.

En su trayecto, el plano se llena de naturaleza, se abarrota de hojas, ramas y flores. Una inmensidad de tonos verdes de donde despuntan remaches rojos, rosas y azules celeste, que terminan por revelar emociones, quizá porque supone el punto álgido de un ser vivo subordinado al paso del tiempo. Marin trabaja con árboles que se encuentran muchas veces en su esplendor, pero también intenta la recomponer otros, injertando nuevas ramas, buscando dar una segunda vida al árbol.

El vídeo digital evidencia la concisión y el pragmatismo del filme de Bodet. Su objetivo es menos acercarse a esa cualidad efímera (también la del cine) de lo dispuesto por la naturaleza, que adentrarse (no sin obviar cierta veta cómica, casi slapstick, y los juegos con los cuerpos y las figuras) en este imaginario de paralelos, donde parece haber dos grandes lienzos (siempre el símil pictórico cuando hablamos de arte): el físico, que sigue la actividad del jardinero; y, el imaginario, que sería la manifestación de lo bello como resultado de la transformación de lo natural por la mano humana. Ambos lienzos encuentran en los otros elementos del metraje rimas y reflejos -preguntas y respuestas- bañados en una poética de la delicadeza (simple, llana, humanista) que a su vez encuentra su eco en la fragilidad de las plantas, en las hojas y las flores: pensamos en el momento, memorable, en que la cineasta filma el rostro de Marin en la ventana, y le pregunta: «¿Si no tuvieras esa barba, tendrías el mismo jardín?»; o ese otro, ya al final del filme, en que el jardinero reconoce la belleza de los dibujos que le muestra Bodet pero les resta relevancia: «La vida en un cuadro representa algo pero es inerte. La naturaleza, sin embargo, sigue y sigue. Vive».

Formalista, estático y frío, L’Art recuerda a veces a Seurat o a Magritte, pero cuando entramos en terrenos simbólicos, de transmisión, aprendizaje, poesía y emoción, podríamos pensar también en los retratos de Renoir, en su naturaleza resplandeciente. Es otra de las posibilidades del cine, ir más allá de las tareas y aprender métodos a través de ejemplos y explicaciones, sin perder de vista la emoción, que brota del entendimiento y la participación con el medio natural, como cuando aparece en escena ese manzano con las ramas dobladas que le dan un aspecto coniforme. «¿Por qué doblando las ramas consigues más frutos?», pregunta Bodet. «Porque de esa manera las esquinas se desarrollan y generan botones de donde sale el fruto. Si dejara las ramas crecer y crecer no generarían fruto más que al final».

El espectador se encuentra con figuras estáticas, bufonescas, y, enseguida, la emoción emana de lo natural, de ver al artista trabajar y de sentir a Bodet registrar (siempre intentando cuestionar, con su extraña voz, desde la banda de sonido el discurso del protagonista, buscando el giro y su consecuencia: el traspiés). Eshermoso imaginar cada caso como si se tratara de un pequeño filme a la manera de Lumière: El rosal con forma de paraguas, El cerezo rehecho, La espaldera artificial. Vemos el arte y vemos la técnica pero, sobre todo, experimentamos el misterio.