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XCÈNTRIC 2011-2012 (5): BLACK FILMS (I)

Out of Light Cometh Darkness

por Vanessa Agudo (texto e imágenes)

Black Is (Aldo Tambellini, 1965)



No existe un solo negro, sino una infinita variedad de tonos. Los encontramos todos en los Black Films de Aldo Tambellini. Pudimos disfrutar de una amplia selección de títulos, todos jugando con la manipulación de la oscuridad. Se dirigen a la parte más sensible del espectador, es una sensación plenamente física. Los ritmos abstractos de Black Is, hábilmente conjugados con el sonido de un latido, proporcionaron un trance que ya no desaparecería hasta el final de la sesión. Tambellini juega con la distorsión, la música, los motivos figurativos y abstractos... Ya desde los créditos nos presenta una rueda de hipnosis (véase la imagen de Black Trip); un clásico del arte cinético, desde Duchamp hasta Nauman. En Black Trip y Black Trip II el ritmo visual se acompaña por un “canto” en loop, el pueblo se hace presente, hay una marcada reivindicación política. Es curioso cómo Tambellini va estableciendo diferentes grados de acción, del más sutil al más concreto. No es fácil conseguirlo sin el colchón de seguridad del cine narrativo.


Black Trip (Aldo Tambellini, 1965)



Black Trip II (Aldo Tambellini, 1965)



Blackout (Aldo Tambellini, 1965)



Black Plus X (Aldo Tambellini, 1966)



El negro se alía con el Black Power. Al más puro estilo del cine de atracciones, los niños se divierten en la playa, en los autos de choque, dan vueltas de manera frenética en el tiovivo. Se me asemeja a la «Coney Island» vista por Weegee... pero más inquietante. Los juegos infantiles parecen esconder una cierta violencia. Algo oscuro que sale a la luz: Tambellini opera literalmente, pues la imagen negra hecha en negativo provoca esa luz. La piel negra se transforma en blanca. Se hace la magia de la transfiguración.


Black TV (Aldo Tambellini, 1968)



El uso de la doble pantalla siempre implica un mayor esfuerzo por parte del espectador. Se ponen en relación dos mundos, en este caso con un montaje rapidísimo, como si se tratara de una descarga eléctrica al cerebro. Los monitores son filmados, Tambellini explicita ser nuestro filtro. La pantalla acapara la gestión del pasado. Sobreexposición. La guerra es televisada. Sumidos en un bombardeo de imágenes, nos es imposible apartar la mirada. La habitual pasividad del espectador se vuelve hiriente. Duele esta imposibilidad de acción, la verdad ya ha quedado compuesta.


Transit of Venus (Nicky Hamlyn, 2005)

«Afrodita, hija de Zeus, respondióle en el acto:
- Oh Anquises, el más glorioso de los hombres que de la tierra han nacido,
no soy ciertamente una diosa.
¿Por qué me confundes con las inmortales?»1



Unos breves destellos de luz irrumpen diagonalmente en la pantalla en negro. Casi imperceptibles la primera vez, en forma de corona lumínica la segunda. Se ha materializado el eclipse. Gracias a la técnica, Hamlyn nos hace partícipes de la brevedad de este lapso sublime. El universo, ancestral y eterno, se vuelve concreto y accesible. Se incluye un plano de especificaciones técnicas; se han superado los márgenes de la experiencia humana. Venus aparece cada 243 años... Se crea un nuevo ritmo, somos conscientes de los límites de nuestras propias facultades, la definición misma de lo sublime. El momento queda grabado a fuego en la retina, mientras que la línea de luz quema lentamente a su paso el negro absoluto antes proyectado.


Nocturne (Phil Solomon, 1980)



El espíritu romántico se infiltra en esta pequeña pieza. Composición intimista, a través del contraste en blanco y negro, muestra los paisajes nocturnos. Recuerda a aquellas composiciones de Friedrich que retrataban los árboles en medio de la noche con un pequeño personaje que nos daba la espalda. Aquí se transforma en la sombra de un niño que va en bicicleta. El espacio natural lo vemos en negro. En cambio, la actividad “artificial” es plasmada en blanco... Flashes de humanidad que se funden con la belleza natural, en una propuesta de un lirismo exacerbado.


Psalm III: “Night of the Meek” (Phil Solomon, 2002)



Aemet era la palabra que adornaba la frente del Golem, dotándole de vida. Tan sólo hacía falta borrar las primeras letras para transformarla en met (“está muerto”) y dejarlo inerte. Así opera Solomon, pues a través del cambio de texturas consigue hacer abstracta o figurativa la imagen en su filme, ocultando o resaltando el significado. El celuloide se muestra recubierto por una especie de pátina, material acuoso o arenoso, tal vez el propio metal fundido de las armas que aparecen. Hay una fuerte tensión bélica asociada al concepto de historia, y por momentos se nos muestran esos monstruos que se fueron produciendo en el pasado siglo, ya tomen la forma de Frankenstein, de los símbolos del nazismo o del propio Golem. De innegable belleza, su hipnótico transcurrir contiene el estigma de la violencia. Todos participamos de ella.


The Coming Race (Ben Rivers, 2006)



La fría y blanca silueta de la montaña se ve empañada por la niebla. Lejos de ser un fenómeno natural, surge de la acción humana. El polvo dejado por el rinoceronte. Aquí se revela, se hace patente la existencia. Se trata de una sociedad sin rumbo, o embriagada por un eco primigenio; ritmo desconocido, generado por el mal de altura. ¿Realmente está ocurriendo? Todo vuelve a estar cubierto de polvo. Hay un retorno al cauce natural, sólo nos queda el vestigio del movimiento. Se hace el blanco absoluto, se pierde el origen.


1. Homero. Himno V, dedicado a Afrodita.