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XCÈNTRIC 2010-2011 (24): JEAN-CLAUDE ROUSSEAU. FILMS EN DISCUSIÓN I

Nota aclaratoria sobre un conflicto barcelonés

por Fernando Ganzo



Sobreentendidos los reparos ante la tentación de lo teorizante, tentación a la que yo mismo suelo resistirme en las escasas ocasiones en que se me presenta, se impone la necesidad de levantar levemente la barrera y abandonarnos a ella, tras los eventos en los que nos vimos relacionados en Barcelona, la semana del 4 al 8 de abril de 2011. En efecto, allí estuvimos hablando públicamente de Straub, al mismo tiempo que Jean-Claude Rousseau hablaba de sus películas, y entre sus palabras y las nuestras, surgieron encontronazos o equívocos que me dispongo a aclarar (espero).

A mi modo de ver, la imagen es siempre herramienta de poder, o, mejor dicho, define los usos por los que una ideología se instaura y se impone. Trataré de ser más claro recurriendo a una especie de cuento (en la forma; en el fondo, poco tiene de cuento): en la prehistoria, los diversos grupos y tribus que ocupaban un territorio tenían un poder de ocupación limitado, que no iba más allá del conjunto de hombres que, por la fuerza, mantenían el poder de su líder. La figura del líder era precisa para conservar la unión de la tribu. Necesitaban verlo, saber que existía, pues de otro modo no podrían creer en su poder. Más allá de ese espacio de influencia, de ese espacio físico desde el que se le podía percibir, seguir a un líder no tenía sentido alguno, más valía seguir al siguiente líder más cercano. Es por ello que, durante mucho tiempo, las tribus fueron bastante pequeñas. La situación cambió cuando (descubrimiento quizá más importante que el del fuego) se ideo la «imagen» del líder: una figura, símbolo, o dibujo, que lo representase aunque él no estuviera físicamente presente (y, en la prehistoria, se sabe que más allá del valor mimético, el valor primordial de la imagen era su valor representativo, metafórico). Gracias a tal hallazgo, un mismo líder podía gobernar a grupos de gente más amplios de lo que físicamente podía controlar y ver, pues su presencia ya no era necesaria: estaba su imagen. Gracias, pues, a la imagen, el poder había conseguido sortear una barrera, tal vez la más grande y decisiva que jamás haya superado.

Esa imagen, pues, de carácter más metafórico que mímico, imagen representativa, pues, es la que ha perdurado hasta nuestros días. Pese a la complejidad que ha adquirido, cada momento histórico acepta una serie de imágenes que componen, definen y mantienen un modo de vida, una ideología. Como tales, son (o al menos a un cierto nivel) incuestionables. Si tal cuestionamiento fuera posible, significaría que han perdido su poder, de ahí que en el momento en que esto sucede, quedan desarticuladas gracias a una nueva artillería de imágenes que las reemplaza (y con ellas, otro modo de poder).

Esta base, tan cuestionable que está lejos de poder ser llamada teoría, es interesante en la medida en que, creo, puede aclarar el conflicto terminológico producido con Jean-Claude Rousseau en Barcelona, y que me dispongo a explicar.

Por nuestra parte, cuando distinguíamos entre plano e imagen, estando ésta privada de la verdadera imaginación, tratábamos la imagen bajo esa perspectiva. La imagen era toda esa batería simbólica, incuestionable, metafórica, que sostiene y representa hasta tal punto la ideología establecida que no cuestiona nada (pues no se puede cuestionar, no choca, no extraña), que no puede suceder en ella nada inesperado. Mi ejemplo fue, citando a Félix García de Villegas, la que es la imagen del cine hoy: una mujer sosteniendo una espada (cosa que Tarantino ha comprendido muy bien, y con ello perfecciona su trabajo). Una imagen tal (pensemos en el cine de Tarantino), no posee verdadera imaginación, no posee fuerza de cambio. Pasa lo que tiene que pasar, por muy violenta o trabajada que sea su ejecución. El contrapunto es el plano de Straub (juraría que también cité a Rohmer), que sí requiere de imaginación pues está fuera de la imagen, de la imagen que nos somete (por ejemplo, Empédokles bebiendo agua de un botijo, pero podría decir muchos otros, para Straub el cine sigue siendo un hombre que pisa una piel de plátano), y que sí puede llevar a lo inesperado, dar lugar al surgimiento de «algo más» (ese algo ausente, por continuar el ejemplo, del cine de Tarantino).

Una atenta espectadora nos señaló lo confuso de tal retahíla conceptual tras haber escuchado, el mismo día, inmediatamente después, a J.-C. Rousseau decir que no se puede prever algo antes de filmarlo, que no se puede filmar algo «previsto», pues eso no es más que una imagen mental, concluyendo que no se puede ver una imagen antes de que ésta se presente.

Naturalmente, esta espectadora encontró una incompatibilidad entre las dos afirmaciones (torpes, aceleradas todas ellas, sobre todo la nuestra), entendiendo que Rousseau decía que la imaginación no tenía lugar en toda esta historia, pues no crea más que imágenes mentales.

Sin embargo, creo que, con mayor solidez teórica, Rousseau estaba en nuestra misma longitud de onda, y la prueba de ello está en esa última palabra «presentarse», sobre la que tanto insistió él mismo, en oposición a la «representación». A fin de cuentas, lo que Rousseau viene a defender es que para escapar de ese valor metafórico, representativo, de la imagen (de esa imagen de la que hablo más arriba, y que es lo que él llama «imagen mental», creo), es necesario no prever nada, pues el acto de prever es del orden de la imagen establecida, forma parte de la lógica del pensamiento simbólico y representativo, pues nuestro pensamiento se expresa siempre a través de una traducción, es decir, de una metáfora. Por lo tanto, tal procedimiento impediría la verdadera presencia, es decir, aquello a lo que nosotros hacíamos referencia respecto a los planos de Straub, ese «algo» que puede surgir, presentarse, de manera inesperada. Frente a la imaginación straubiana, Rousseau propone el abandono, el encuentro con lo filmado, una especie de limitación que permita al plano presentarse por sí mismo.

Confío que, con esto, la confusión quede un tanto esclarecida.



PROGRAMA

Keep in Touch, Jean-Claude Rousseau, 1987, 16 mm, 25 min.

Jeune femme à sa fenêtre lisant une lettre, Jean-Claude Rousseau, 1983, vídeo, 45 min.