Viennale

Algunos días en la Viennale 2014: ocho momentos

Por Alfonso Crespo

Kommunisten (Jean-Marie Straub, 2014).

1) Jean-Marie Straub echa a más gente de la sala que Jean-Luc Godard. Una de las tomas más lumièrescas de Kommunisten (2014), en concreto de Trop tôt, trop tard (1982), una auténtica sinfonía humana, hizo que el público abandonase la sala como ratas. Ni el regalo de La Guerre d’Algérie!, el recuerdo-parábola de Jean Sandretto, les conmovió lo suficiente. Un día antes Godard tuvo más suerte, supongo que por el juego de las 3-D; cuesta más irse con los gadgets prestados encima. Adieu au langage (2014) es, sin embargo, uno de los filmes más lautréamontianos de Godard desde el Grupo Dziga Vertov, es decir, donde más finamente se ejercita el arte de atacar. Y, como el conde, de tanto enfurecerse con Dios y los hombres termina conmovido con los animales; aquí se concentran algunos de sus planos más bellos, a veces, incluso demasiado. Lo único que se podía echar a dialogar con Godard en Viena estaba en los bajos y altos del Albertina. Abajo el ciclo de John Ford en Filmmuseum; arriba, la retrospectiva de Arnulf Rainer. Las capas, los encuadres, las dimensiones también estaban allí, en las übermalungen de Rainer, donde la pintura atrapa, desgarra u oblitera la fotografía. En ambos casos se trata del gesto: destrucción y afianzamiento de la personalidad en un mismo movimiento.

Natural History (James Benning, 2014).

2) James Benning ha entrado en la categoría de cineastas que despiertan más interés que sus propias películas. Explicando los entresijos y la estructura íntima de Natural History (2014) aprendemos más de cine que ante sus imágenes, aniquiladas por el digital que convierte en fijeza la duración. En Stemple Pass (2012) al menos la palabra le permitía animar los encuadres mediante el conflicto con lo óptico, aquí los ruidos y ecos de fondo sólo alimentan la esperanza de que la parada de imagen no sea total. Farocki (2014) es un as precipitadamente sacado de la manga que no merece mayor comentario.

The Whole Town’s Talking (John Ford, 1935),

3) Todos los festivales deberían tener una retrospectiva clásica en paralelo, a donde ir a limpiarse las retinas una vez al día o donde refugiarse toda la jornada ante la producción de actualidad. De nuevo el 35mm.: Bucking Broadway (1917), Four Sons (1928), Pilgrimage (1933), Fort Apache (1948), The Sun Shines Bright (1933). La absoluta conmoción fue ante The Whole Town’s Talking (1935), una screwball fordiana (extraño sintagma) que vuelve a dejar claro que la noción de manierismo supone el más vago de los conceptos alguna vez aplicados al cine. El mejor Edward G. Robinson que hayamos visto nunca se multiplica literalmente en una comedia a la que la contundencia de Ford le añade un plus, digamos, de primitivismo: ese suplemento de aspereza que otros como Capra tuvieron que abandonar después de Hays. Inolvidable también asistir a Fort Apache con Abel Ferrara en la sala, que aplaudía y vitoreaba como un niño. A veces lo hacía en planos insospechados, con ojos de cineasta.

Pasolini (Abel Ferrara, 2014).

4) Más Ferrara. Pasolini (2014) es sin lugar a dudas un filme a defender, y no por los resultados. Como Strauss-Kahn en Welcome to New York (2014), el cineasta italiano representa en puridad un motor para rodar, y esto resulta sumamente importante, ya que no hablamos de un tema o de unos hechos, sino de una intensidad en la que Ferrara se monta. Cuatro duros y unas pelucas… un puñado de gestos y la sensación de que la fascinación, antes que por el cine de Pasolini, se produce por una afinidad profunda con el hombre: vemos a Pasolini protagonizando The Funeral (1996) como ya vimos a Ferrara en Accattone (1961).

Quixote (Bruce Baillie, 1965).

5) Volver al 16mm.: Mr. Hayashi (1961), Mass for the Dakota Sioux (1964), Quixote (1965). La trilogía de Bruce Baillie, un contenedor de fantasías y fantasmas por fin experimentado en su verdadera piel. Una tras otra se siente más clara la tremenda ambición del fresco americano, la colisión entre el progreso y la ruina; el paso del tiempo empañado por la eternidad que absorben los retratos de personas y paisajes al margen.

Tiger Morse (Reel 14****), (Andy Warhol, 1967).

6) El trabajo del alcohol en Portrait of Jason (Shirley Clarke) lo ocupan las anfetaminas en Tiger Morse (Reel 14****), que Warhol rodara en el mismo año, 1967. En este rollo, uno de los cinco rodados con ella, la gurú de la moda aparece en su boutique (la famosa Teeny Weeny) brillando como un objeto más. Al trabajo con el celuloide para provocar esa igualación de figura-fondo lo acompaña Warhol de todos los guiños imaginables, de rápidas panorámicas a cortes bruscos que pretenden convertir los planos en las pequeñas teselas de una bola de espejos. Como un niño, Warhol parece cansarse al rato, o quizás abismarse ante la pura duración del delirio de amoríos y folleteo de Tiger.

Torneranno i prati (Ermanno Olmi, 2014).

7) En un pasillo, y con Álvaro Arroba de testigo, Olaf Möller explica que la mejor película del año la pusieron el día anterior en Viena, pero no en la Viennale. Fue en el Instituto de Cultura Italiano, y se trata de la última película de Ermanno Olmi, Torneranno i prati (2014).

Leben – BRD (Harun Farocki 1990).

8) Volver a ver un gran Farocki, Leben – BRD (1990), y la que será su última colaboración con Petzold, Phoenix (2014), que lleva la reescritura de Vértigo (1958), campo de trabajo del dúo, a sus últimas consecuencias. La película se empeña en algunas secuencias de efectismo cinéfilo, pero se trata de su filme más arriesgado, pues no espera al espectador a la hora de asumir sus incongruencias.