MELANCHOLIA (VON TRIER), THE TURIN HORSE (TARR), INVASION OF ALIEN BIKINI (OH YOUNG-DOO)

Sitges 2011 (IV)

por Miguel Blanco Hortas

 



Muchas veces nos obsesionamos con los temas de las películas. En Sitges el tema es el fin del mundo, así que hay que ver el fin del mundo por todas partes. Un crítico le pregunta a Marco Weber, el director de Leashed, en qué medida su película trata sobre el fin del mundo. Está claro que todas las películas pueden versar sobre el fin del mundo, a su manera. Tratar un tema tan importante y profundo te da un plus de respetabilidad. Te convierte en un autor. Esto ha pasado desde siempre. Quizás ya en los tiempos en que Howard Hawks hizo Río Bravo (1959) para reaccionar frente a High Noon (1952) de Fred Zinnemann. En Francia defendieron a Hawks y luego a Jerry Lewis, directores que muchas veces trabajaban sobre temas frívolos, pero que en su mecanismo interno eran innovadores y modernos. De todas formas, creo que esa tendencia nunca se impuso y, aunque a la mayoría de los críticos se les llena la boca con una palabra tan bonita como «lenguaje cinematográfico», al final suelen (solemos) sucumbir a la importancia de los temas.

Eso sucede estos días en Sitges, donde la atención la atraen dos películas serias e intelectuales como Melancholia de Lars Von Trier y The Turin Horse de Béla Tarr. Son dos películas que apabullan al espectador, pero de manera bastante discutible. La primera comienza con la famosa suite de la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner, con imágenes a cámara lenta que tratan de fusionar en un mismo significado lo sublime y lo abyecto. Todo es exagerado y gigantesco. El primer plano de la película es una mirada fúnebre de Kirsten Dunst hacia el espectador. Una imagen casi de ultratumba. Desagradable. Como si en su intento de sublimar todas las cosas, Von Trier cayera muy profundamente en lo grotesco.

A continuación, la película se mueve dentro de los márgenes habituales del cine de Von Trier. Hay una boda entre Justine (el personaje interpretado por Kirsten Dunst) y Michael (Alexander Skarsgard). La novia pasa continuamente de la felicidad a la depresión. Se divierte al llegar andando con su (futuro) marido, por culpa de una limusina que no podía avanzar por un camino con muchos obstáculos. Saluda a su familia y sus amigos. Pero pronto se queda sola. Va al campo de golf adyacente al palacio en el que tiene lugar la boda y se pone a orinar en un bunker, acompañada de la música de Wagner, nuevamente. El mecanismo de Von Trier de llevar la película de un extremo a otro resulta tan simplón que hace gracia. Quizás el problema es que esa simpleza no desarrolla una película más activa, más mecánica, como ocurría con Antichrist. Aquí todo pretende ser filosófico. Y termina siendo ridículo.

Aún así, lo que menos me gustó de la película es el poco protagonismo que Von Trier cede a sus imágenes. Todo parece rodado con desgana, como si no fuera importante el emplazamiento la cámara, ni qué imagen iba antes ni cuál a continuación. Todo es pobre. Imagino un rodaje con varias cámaras, con los operadores siguiendo a los personajes sin ninguna indicación concreta y luego Von Trier troceándolo todo en la sala de montaje. Ninguna reflexión sobre cuáles son las imágenes correctas. Ni hay placer, ni gusto, ni ningún tipo de sentimiento (de amor o de odio) hacia lo que filma. En una escena, Kirsten Dunst yace desnuda a la orilla de un río. El encuadre, esta vez, sí es fijo, pero tan preparado y postproducido que resulta ridículo. Una Kirsten Dunst de piel brillante y neumática en un bosque que casi parece realizado por ordenador.

Hay también otros temas habituales en Von Trier, como la relación violenta, casi asesina, entre padres e hijos. Una transmisión genética de la violencia y de la locura. Las protagonistas, Justine y Claire, son hijas de un matrimonio roto, entre un padre vividor y una madre severa (Charlotte Rampling en su rol habitual), que odia todas las convenciones sociales. Pero también entra en juego la siguiente generación, el hijo de Claire, que tiene que vivir su infancia durante el advenimiento del planeta Melancholia, dispuesto a destruir la Tierra y la vida humana. También el discurso anticapitalista aparece de la mano del jefe de Justine, un creador de tendencias que vive obsesionado con su trabajo y que chantajea a la novia, en su propia noche de bodas, en busca de un slogan potente para su nueva campaña. Su primera aparición, introduciendo su chantaje en su discurso a los novios, resulta atractiva. Pero luego Von Trier vuelve una y otra (y otra y otra y otra) vez sobre ese tema, hasta gastarlo.

La película avanza únicamente gracias a la seriedad de su argumento y a las notas inmortales de la ópera de Wagner, a la que el director danés recurre una y otra vez. Hay, también, un discurso místico donde la intuición y la premonición se imponen a la ciencia, con lo que Von Trier se ríe de la física gravitatoria y cuántica. Hay algo retrógrado, injusto y falso en todo ello, y queda en manos del espectador decidir si ese «The earth is evil» que Von Trier pronuncia a través de los labios de Dunst hace (o no) honor a la realidad.

Béla Tarr tiene el mismo problema que Von Trier. Su estilo y sus temas se han convertido en un cliché. En un mecanismo que se enciende y se apaga con una disciplina robótica. En el primer plano de la película vemos a un caballo tirando de un carro por un camino pedregoso, mientras el viento golpea sus crines y el cabello desordenado del hombre que avanza junto a él. La cámara se acerca y se aleja otorgándole unas enormes proporciones épicas. La película ya no rebajará ese nivel. Al igual que en Von Trier, el primer plano ya define toda la película. Todo tiene que ser grandioso en esta película de Béla Tarr. El objetivo de su cámara debe sublimar todo lo que encuentra, encontrar trascendencia en cada partícula de polvo. No hay libertad, sólo un férreo destino imperturbable e inevitable que lleva a los protagonistas hacia el apocalipsis.

A la película hay que agradecerle que no caiga en excesivas simplificaciones. Al menos, Béla Tarr filma los gestos cotidianos de los protagonistas, una y otra vez. Pero decepciona que el director húngaro no sea capaz de romper su mecanismo, de apiadarse de lo que ve. Hay quizás una intención de convertir la cámara en el reflejo del destino funesto e inexorable de los dos protagonistas, de toda la raza humana. Es algo demasiado simple. El cine ha de ser algo más libre, donde el movimiento de la cámara no determine nada. Béla Tarr intenta unir el significado y el significante en un mismo cuerpo, en una misma forma y ahí es donde pierde su fuerza evocadora. No hay esa descoordinación que existía en Werckmeister Harmoniak (2000), una de sus obras maestras, donde precisamente ese mundo que había perdido su armonía daba lugar a bellos momentos poéticos, espacios de libertad que escapaban a todo significado. En The Turin Horse todo se debe a ese Gran Significado, a esas Grandes Imágenes que crea Béla Tarr. No hay humildad ni humanidad. Y lo que es peor, en su pretenciosidad, el director de Satantango (1994) se cree con la capacidad de filmarlo todo, llegando incluso a mostrar planos de gran fealdad…

Como revulsivo, casi terrorista, a estas películas, aparece otra que trata sobre el fin del mundo. Que al igual que The Turin Horse sucede en casi todo su metraje en una única habitación y en el que lo cósmico tiene mucha importancia, como en Melancholia o The Tree of Life. Se trata de Invasion of the Alien Bikini, del director coreano Oh Young-doo. La película trata sobre un justiciero ciudadano que un día salva a una mujer de unos matones. Él es una persona muy gris y ella una belleza, pero ambos conectan. En el piso del primero tiene lugar casi toda la acción, reducida a dos eventos puntuales: una partida de jenga1, que es en realidad algo así como un ritual de apareamiento en el que los protagonistas se van acercando cada vez más, y una escena sadomasoquista donde ella, descubierta como alienígena, se dedica a violarlo para conseguir su semen y así poder procrear. La grandeza de la película radica en la sencillez de sus pequeños gestos, en cómo, pese a tratar un tema tan complejo como el fin del mundo, demuestra que, aún entonces, las personas seguirán dedicándose a sus pequeñas tareas, seguirán dominados por sus obsesiones. Incluso cuando el protagonista descubre que su amada no es más que un alienígena que quiere aprovecharse de él, quiere seguir creyendo que había algo de verdadero en sus sentimientos.

Invasion of Alien Bikini es patética, cutre, pero también libre y humana. No quiere apabullar al espectador con imágenes poderosas, ni pretende filmar el destino de la Humanidad. Sabe que eso es algo que seguramente no se puede filmar, ni falta que hace. Todos los temas que tratan (o pretenden tratar) Melancholia o The Turin Horse aparecen también en esta película coreana, pero nunca en primer plano. Lars Von Trier trata de convertir temas realmente profundos en algo inmediato, aprovechando el fin del mundo. Pero termina siendo pretencioso y ridículo. Y quizás la película de Oh Young-doo también sea ridícula, pero lo es conscientemente y a partir de ahí puede conquistar nuevos territorios. Saber dejar un espacio para que el espectador comience a pensar por sí mismo, a partir de la película y no abrumarlo. Lars Von Trier y Béla Tarr realizan bullying en el espectador, en una estrategia no muy lejana a la de Michael Haneke o Christopher Nolan, por citar dos expertos en estas lides.

Finalmente Invasion of Alien Bikini no representa el fin del mundo, sino que tiene un epílogo abstracto en el que el protagonista habla con su hijo nacido de la «relación» con el extraterrestre. Ahí los tiempos empiezan a fundirse y Oh Young-doo mezcla de manera magistral lo íntimo y lo astronómico. En lugar de terminar con un plano apoteósico como firma autoral, el director vuelve a realizar un cruce de significados imposible (o incomprensible para el momento en el que la vi, en una maratón nocturna con más de cinco películas encima), cerrando su hermosa (por íntima y por sincera) película con un poema chino alrededor de una paradoja de dos leñadores y sus diferentes visiones de la realidad.

Todo es esquivo en esta película. Empieza como una parodia, pero desde luego que no lo es. Recuerda al Miike más extremo y radical, aquel que golpeó el cambio de siglo gracias a obras oscuras como Silver (1999), Visitor Q (2001) o Ichi the killer (2001). Es decir, el Miike más antisocial, más freak y radical, donde lo paródico iba de la mano de lo político, creando un explosivo cóctel pop antisistema. Oh Young-doo parece ahora su mejor sucesor.


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1. Juego en el que es necesario ir quitando piezas de una torre y en el que pierde quien desploma la torre.


MELANCHOLIA
FRANCIA, ITALIA, ALEMANIA, SUECIA, DINAMARCA. 2011
Director: Lars von Trier
Guión: Lars von Trier
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Montaje: Molly Marlene Stensgård, Morten Højbjerg
Diseño de producción: Jette Lehmann
Intérpretes: Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland

THE TURIN HORSE
HUNGRÍA, FRANCIA, ALEMANIA, ESTADOS UNIDOS. 2011
Director: Béla Tarr, Ágnes Hranitzky
Guión: László Krasznahorkai, Béla Tarr
Fotografía: Fred Kelemen
Montaje: Ágnes Hranitzky
Diseño de producción: Czigler Kata
Música: Mihály Vig
Intérpretes: Erika Bók, János Derzsi, Mihály Kormos

INVASION OF ALIEN BIKINI
COREA DEL SUR. 2011
Director: Young Doo Oh
Guión: Young Doo Oh
Fotografía: Chun Mo Gu
Montaje: Young Doo Oh
Diseño de producción: Young-doo Oh
Música: Jung Youn Kim
Intérpretes: Eun-Jung Ha, Hoon Young Jo, Yong-Jo Choi