I SAW THE DEVIL (Kim), DETECTIVE DEE… (Tsui), RAAVAN (Ratnam), LES NUITS ROUGES DU BORREAU DU JADE (Carbon, Courtiaud):

SITGES'10 (10)

por Miguel Blanco Hortas

Casi sin tiempo para reflexionar sobre ello, llegamos al último día del festival. Ha sido una edición extraña, pues entre el frenesí de las películas, los cambios de sala, los efímeros encuentros con amigos, las largas colas (provocadas por culpa del puente del día del Pilar), las conferencias, ruedas de prensa y entrevistas, apenas me ha dado tiempo a reposar y analizar fríamente las películas. Las crónicas de este año han sido algo deslavazadas e improvisadas, aunque con el tiempo se verá si fueron útiles o no. También uno empieza a lamentar haberse perdido algunas películas. Rubber, por ejemplo. De no haber visto ninguna película española (a excepción del maestro Val del Omar) no me arrepiento. Las razones ya las he dado en anteriores crónicas y quizás hoy comente algo a propósito del lamentable cortometraje Merry Little Christmas, aunque no prometo nada, lo decidiré cuando llegue a esa altura.

Otro de los puntos fuertes de esta edición, al menos a priori, era el cine de América Latina, al que por problemas de agenda no me acerqué. Fase 7 y La casa muda despertaron interés a muchos colegas. O también The Famous and the Dead, la película brasileña de Seven Chances. De Brasil, lo único que vi fue Ninjas aquel corto hiperviolento del que no sabía el nombre. Su director, Dennison Ramalho, se convierte en una de las esperanzas del cine gore mundial. Aparte de este corto tan impactante, ha escrito la magnífica Encarnaçao do demonio, la obra final del clásico del cine de terror brasileño José Mójica Marins. Espero verlo en Sitges en el futuro con una película.

Curioso también que, a pesar de ver buena parte de la sección oficial, me salté la ganadora final, Rare Exports: A Christmas Tale (Halmari Jalander), aunque el jurado reconoce que le dio el premio por ser muy graciosa y tratar de manera original la figura de Papá Noel. En fin, aún así, me siento un poco como Oti y Boyero en Venezia 2006, por mucho que esta película de un Papá Noel finlandés asesino no tenga el renombre de Jia Zhang-ke. Mea culpa.

Del resto del palmarés, deja estupefacto el Premio del Jurado a We are the Night. Un premio que tradicionalmente se otorga a films poco convencionales fue a parar a la película más industrial, aunque poco había que esperar de un jurado en el que había dos productores y un director comercial como Jaume Collet-Serra.

El último día, hablando ya de las películas, estuvo protagonizado por el cine asiático. Esto hizo justicia a la omnipresencia que tuvo el cine de estas latitudes en mi programación particular. No fue algo provocado, quizás una atracción inconsciente hacia lo asiático, no sé. Pero está claro que ningún otro continente juntó tantos nombres de interés.

Sea como fuere, el día empezó con una de las cinematografías que menos me interesan de Asia Oriental, la coreana. I Saw the Devil es la tercera película que veo de Kim Jee-woon, director de culto para el festival (donde ganó varios premios en su día), que le entrega la Máquina dels Temps. Kim tiene una muy buena película llamada A Bittersweet Life, la historia de un frío asesino que un día tiene un breve instante de humana debilidad, lo que desemboca en tragedia. A pesar de ser una versión excesiva y demasiado calculada de los heroic bloodshed hongkoneses (sin olvidarnos de la seminal Le Samouraï de Jean Pierre Melville), es una película hermosa y filmada con gusto, por alguien que siente aprecio, amor incluso, por sus personajes. Algo que no se podía decir de su siguiente trabajo, The Good, The Bad & The Weird, el desagradable remake del film de Sergio Leone. Si el spaguetti western protagonizado por Clint Eastwood ya me parece cuestionable por sus excesos y su mirada grotesca al universo del western, Kim va un poco más allá en la exageración. Todo parece un circo sin control, a medio camino entre el peor Leone y la estética de Takeshi’s Castle (Humor Amarillo).

I Saw the Devil la situamos a medio camino entre las dos películas anteriores de Kim. No es tan fea y desagradable como The Good, The Bad & The Weird, pero tampoco tiene la intensidad dramática de A Bittersweet Life. Se trata de la enésima película sobre la venganza en el cine coreano. Park Chan-wook hizo un montón de películas sobre el tema. Suponemos que hay una razón cultural para la repetición de estos temas, pero a mi se me escapa. Lo que no me gusta nada es la forma de realizar esas venganzas. En mi opinión, la venganza es un sentimiento visceral e incontrolable. Un sentimiento que te domina, que apenas te deja pensar. Posiblemente, la mejor película que se ha hecho sobre este tema sea Rancho Notorious de Fritz Lang, en la que un hombre (Arthur Kennedy) persigue a los asesinos de su prometida. Pero es una persecución dominada por la locura y el egoísmo. La venganza del protagonista de I Saw the Devil es demasiado calculada y perfeccionista. Carece de ese fulgor desatado que hace interesantes las venganzas. También hay que aclarar que no llega a los niveles ridículos de la parte final de Sympathy for Lady Vengeance, una simpática película de Park (la más ambiciosa formalmente de su filmografía) malograda por su esperpéntica resolución.

Parece que Kim está más preocupado por sorprender al espectador con retorcidas y «originales» formas de venganza que por otorgarle un sentido a las acciones de su protagonista. Así, la película vive de sus aspectos más superficiales, como por ejemplo su cruda exposición de la violencia, que incluye violaciones, capitalismo y decapitaciones. Como ya he dicho, le falta impulsividad, pero aún así la experiencia deja contento al fan más sanguinolento de Sitges. Y también vive del carisma de su dúo protagonista. Lee Byung-hun, actor fetiche de Kim, vuelve a incorporar un personaje sobrio que ejecuta la violencia con frialdad; y el mítico Choi Min-sik, protagonista de Old Boy, en el papel de un despiadado psicópata. Pero en definitiva, Kim se muestra como un director muy válido para las escenas de acción (aunque esta película no es tan desbordante como la anterior), pero que se complica la vida al querer proponer historias complejas.

El que nunca se complica la vida ni piensa cuando realiza una película es Tsui Hark. Es uno de los directores más carismáticos del mundo. Se ha pasado 30 años realizando montones de películas sin preocuparse de la crítica y sin tener ambiciones autorales. Tsui es uno de los pocos directores hoy en día con los que nos podemos sentir inocentes como espectadores. Filma a una velocidad tal que es imposible pensar. Sin embargo, también hay hueco para lo sentimental. Tsui es un director que comenzó a hacer películas cuando empezó la crisis del cine clásico cantonés. Cuando él empezó, clásicos como Chang Cheh y King Hu (este en Taiwán) todavía hacían películas. El logo de la Shaw Brothers todavía se veía regularmente en las pantallas. Por eso, su cine muestra el fin de una época dorada. Y aunque él contribuyó a una segunda y efímera época de esplendor, el cine de Hong Kong nunca fue el mismo.

Y eso lo demuestra su última película (penúltima, porque ya prepara la primera película hongkonesa en 3D), donde me tiro toda la película echando de menos el estilo artesanal de los wuxia de los años 70, o las exageradas coreografías de las de los 90. Detective Dee and the Mystery of the Phantom Flame tiene más que ver con el último cine histórico que se hace en China. Todas esas películas de prestigio, de intrigas cortesanas que tienen demasiados efectos especiales. Pero si ya la mezcla de wuxia y melodrama palaciego nunca me ha terminado de gustar, Tsui, en su estilo, le añade cuatro o cinco películas más. Porque Detective Dee también aspira a ser película de terror, comedia, love story y lo que se le ponga delante. Este gran director siempre parece, cuando hace una película, que tiene otras tres o cuatro en la cabeza. Así es su estilo caótico e imposible. Odiado por la mayoría y querido por unos pocos valientes, Tsui no va a cambiar nunca. El problema es que lo que sí cambian son los medios de producción. Y a pesar de que aquí tiene la colaboración del mítico Sammo Hung como director de las escenas de acción, estas no tienen la fuerza expresiva de grandes clásicos del director como The Blade o Once Upon a Time in China. Todo es demasiado artificial.

Aún así, Tsui se las apaña, entre tanto medio de producción excesivo, para realizar, otra vez, una película política, sobre la responsabilidad de los gobernantes. El cine de Tsui siempre se sitúa hábilmente en situaciones de cambio político: la revolución republicana de Sun Yat-sen en Once Upon a Time in China II, la llegada de los comunistas en Shanghai Blues o el traspaso de la regencia de Hong Kong de Reino Unido a China en la infravalorada Knock Off son unos pocos ejemplos. Siempre se siente cómodo en esos tiempos tan ínfimos, quizás por coherencia con su estilo visual, totalmente desenfadado y demencial, sin pausas ni reflexiones. Para Detective Dee nos traslada a la China del siglo VII, justo cuando la regente Wu Zetian está a punto de convertirse en la primera (y única) emperatriz de China. Las intrigas políticas se mezclan con los momentos mágicos, especialmente una magnífica escena en la que aparece un ciervo parlanchín. Hay que decir que la sesión es un caos, porque los subtítulos en castellano están totalmente desincronizados y los ingleses distan mucho de ser perfectos. Además, desconcierta que unos y otros muchas veces no tengan nada que ver, y en un par de ocasiones incluso decían cosas opuestas. Una pena.

Se trata de una película extraña. Extraña en general y extraña para Tsui. En general, porque nadie a filmado nunca una película histórica tan caótica, con tantos cambios de tono ni tantos argumentos incompletos (especialmente reseñable esa historia de amor que se acaba antes de que empiece). Y para los fans de Tsui, pese a lo desconcertante que es... le falta algo de locura. Es una película demasiado previsible, sin las habituales transgresiones del maestro (sí, Tsui Hark también es un maestro). Es una película poco imaginativa, quizás debido a la gran producción que tiene detrás. Se ve a un director algo incómodo.

Temáticamente, la película se acerca a las primeras de Tsui Hark. Especialmente a The Butterfly Murders y We’re Going to Eat You. Al igual que estas, son fábulas situadas en tiempos oscuros, alrededor de extraños enigmas. Este retorno se debe a que con esta película, Hark celebraba el vigésimo aniversario de su productora Film Workshop, en la que ha realizado prácticamente toda su carrera. Así que la película recuerda a personajes y lugares de la obra de Tsui. Pero tampoco puedo decir que tenga algo de nostálgico, porque el estilo de Tsui va en contra de esa mentalidad. Siempre se explica en su presente más inmediato. Y esa es la razón por la que me encanta todo su cine y, con el tiempo, lo he llegado a considerar el más grande los cineastas cantoneses. Detective Dee no es una de sus películas más inspiradas, pero sí es la primera vez que veo un Tsui en su país natal en una pantalla de cine. Solo por eso, agradezco el visionado.

La tercera película del día es Raavan, la cinta de Bollywood que ningún crítico quiere ver. Yo sí, por supuesto. Antes de empezar la película me encuentro a la inevitable delegación de Allzine, que tampoco las tiene todas consigo. La película es bastante flojita. No voy a tirar el rollo de la multiculturalidad, ni a hablar del colorismo, de las diferencias con Occidente y esas cosas. Hoy en día, el cinéfilo que tenga interés, puede verse cientos de películas de Bollywood. Así que no tiene sentido hacer comentarios introductorios a este cine. Las películas se explican por su lógica interna. Bollywood es una gran industria, con su propio estilo, su propio star-system y sus propias temáticas.

Dicho esto, Raavan no es uno de los mejores ejemplos de cine de Bollywood. Es una cinta de acción demasiado inconsistente, que mezcla los tópicos del cine de Hollywood más pretencioso (véase esos planos grandilocuentes realizados con grúa, a lo Peter Jackson o Ridley Scott) y lo más sensacionalista de Bollywood. Le falta más imaginación en sus números musicales, que parece que están puestos para cumplir, sin una necesidad real. Además, tardan mucho en llegar. El primero no lo vemos hasta cuarenta minutos avanzada la película. El público, aliviado, rompe a aplaudir. No es para menos. Pero el problema de la película es la tensión, nunca resuelta, entre el realismo de la acción y la fantasía del musical, todo ello bañado con toques cómicos poco productivos. Como convertir al protagonista, el ladrón Beera (Abhishek Bachchan), en un auténtico desequilibrado mental, un hombre con problemas psicológicos que nunca tiene claro lo que debe hacer. Así la película salta del drama a la comedia sin mucha explicación. Esto es algo habitual en Bollywood, pero que en esta película nunca termina de funcionar.

La parte final del film tiene lugar en una montaña india. El paisaje es espectacular y allí sucede lo mejor de la película. Especialmente una pelea en un puente a punto de derrumbarse que recuerda a Indiana Jones y el Templo Maldito. Os puedo asegurar de que esta pelea es una de las mejores escenas de acción que se pueden ver. Un enfrentamiento vertiginoso entre Beera y su némesis. Más bello, a la par que desconcertante (por los continuos cambios de tono) es todo el epílogo, en el que Beera y Ragini (Aishwara Rai) se encuentran en un paisaje mágico, digno de una película de Miyazaki.

Es, en definitiva, una película demasiado caótica, que difícilmente disfrutarán los fans del cine de Bollywood, porque se inspira en exceso en el cine americano. El espectador medio también puede sentirse desconcertado, por los tics de los actores y la diferencia cultural existente. Una pena que el único representante de Bollywood en Sitges no fuese un ejemplo más brillante.

Casi sin tiempo de descansar me meto en Isolation, la única película Occidental del día. Justo al terminar Ravaan tenía pensado descartarla, por el cansancio acumulado, para cenar tranquilamente y esas cosas, pero a última hora decido que, siendo el último día, mejor no pensárselo. La película es una cinta de terror psicológico demasiado convencional. O mejor dicho, dentro de lo poco convencional que es su punto de partida, tiene pocas sorpresas. Trata sobre una chica, una estudiante de medicina (auspiciada por su propio padre, un reputado doctor) que un día contrae una extraña y desconocida enfermedad y es recluida en una habitación de hospital. Allí únicamente tiene contacto con un médico y un enfermero, debido a las desconocidas consecuencias que puede tener esa enfermedad en una exposición normal. Lo que ocurre es que la protagonista comienza a sospechar con tanto secretismo y a imaginar teorías conspiradoras, en las que el médico y el enfermero no dicen lo que son en realidad.

Esta película podría estar bien si el director creyese más en su argumento. Si se quedase junto a su personaje principal, recluido en esa sala. Sería la mejor manera de crear tensión, de mantener atento al espectador, cercado por las paredes blancas de esa habitación. Pero obviamente, no lo hace, y empieza a desviar la atención del relato a otras líneas narrativas. Por ejemplo, desvela con demasiada antelación la trampa argumental: el equipo médico en realidad no es tal. Hubiera tenido mérito que se atreviese a dudar de su protagonista. Que obligara al espectador a pensar si lo que ella imagina es real o pura imaginación provocada por la reclusión.

Pero al final nada. Y claro, tampoco hay un drama que te mantenga atento a la pantalla. Todo queda en una cinta de terror excesivamente pulcra, sin aristas. Todo sucede como tiene que suceder. El productor de la película declara antes del pase que es una mirada crítica al mundo de la sanidad en los EEUU... bueno, no lo dudo, pero prefiere guiarse por los tópicos del cine de intriga antes que superarlos e ir más allá. Es una película de esas que no queda muy claro lo que hacen en Sitges, porque ni es lo suficientemente rara, ni suficientemente violenta, ni suficientemente buena. Su lugar correcto sería un multicine. Dicho esto no como crítica. Cada película, teniendo en cuenta sus aspiraciones tiene su lugar.

Y llegamos al final. A la última película. Se trata de Red Nights (Les nuits rouges du borreau de Jade). Claro que fue la última de manera improvisada, ya que pensaba quedarme a ver unas cuántas más del maratón. Pero en fin, completó el número redondo de cincuenta películas (si tenemos en cuenta el Tríptico elemental de Val del Omar como una única película). La película de Julien Carbon y Laurent Courtiaud era una de las más esperadas del Festival. Muchos la tenían apuntada como esa obra cinéfila y formalmente ambiciosa que sucediera a Amer como la película sorpresa de este año. Al igual que esta tomaba como base el cine policiaco de los años 70, aunque más que el giallo buscaba sus referentes en el polar francés y la categoría III del cine de Hong Kong. Este último es un género muy famoso en Hong Kong. Si en Japón tenemos el pinku eiga, adaptado a las costumbres de la cultura japonesa, en HK lo que se extendió fue la Categoría III, un cine de bajo coste que juntase acción y erotismo. Acción para aprovechar a la gran cantidad de técnicos especialistas de la industria, y erotismo para atraer a los espectadores a las salas, puesto que era algo que no se podía ver en la televisión. Así, pronto se creó una demanda creciente de este tipo de películas, generando sus propios tópicos y su propio star-system. Entre lo zafio y lo atrevido, muchos directores no tuvieron más remedio que debutar en este género. También era un espacio de libertad en el que un director podía hacer lo que quisiera mientras hubiera unas cuantas escenas gore y alguna escena de humillación femenina (mayormente tortura).

Las películas de la Categoría III nunca fueron reputadas. Pero con el creciente interés que tuvo el cine de HK en Oriente a finales de los ochenta y principios de los noventa, gracias primero a los estudios de Cahiers du Cinéma sobre cinematografías de Extremo Oriente y a la popularización de ciertos directores (no de Cat. III, sino de cine de acción, como John Woo o Ringo Lam gracias a Quentin Tarantino después, muchos cinéfilos descubrieron este género poco conocido fuera de sus fronteras. La Categoría III sobrevivió mientras HK mantuvo su sistema de censura. Cuando la ciudad abrió su mercado y relajó su ley de censura, la Categoría III empezó a perder su importancia. De ahí que una de las últimas estrellas del género, Carrie Ng, llevara ocho años apartada del cine. Uno de los atractivos de esta película es volver a encontrarnos con ella.

Las expectativas eran las máximas y quizás no las cumple del todo. Es una muy buena película, pero no ese aparato reflexivo que muchos esperaban. No es Amer, ni mucho menos. Su mirada al género es más respetuosa, como si se tratara de unos amantes de la categoría III que cumplen su sueño de rodar una pieza de este género. Es una película que mezcla, como ya he dicho, la Categoría III con rasgos de estilo del giallo y del polar. Del primero, la utilización de la música y ciertos ambientes fantasmagóricos. Del segundo, la frialdad estilizada de la ciudad, ambientes sofisticados y cristalinos. Y de la Categoría III, la extrema violencia sexual.

Carrie Ng interpreta a una sádica del sexo que busca mujeres para torturar de las formas más extremas. Una sadomasoquista que está detrás de un veneno fabricado por el verdugo del primer emperador de China. Este veneno provoca que las personas que lo toman no pierdan el conocimiento pese al dolor extremo que se les practique. Para el personaje interpretado por Carrie Ng, esto es el placer experimentado hasta el infinito. Así, la película mezcla las escenas de torturas practicadas por ella con ambientes chic de HK, espacios anestesiados por formas perfectas. Es una película que mezcla violentamente gore con la sofisticación. No hay término medio. Es una película muy sugestiva, que sin embargo no intenta ir más allá en el plano dramático, tampoco plantear una lectura algo más complejo. Se contenta con mantenerse dentro de los espacios del cine policíaco que homenajea.

Aún así, a pesar de estar algo decepcionado, la disfruto mucho. Hemos visto todo tipo de películas de Hong Kong en esta edición de Sitges, pero faltaba algo al estilo de Olivier Assayas. Algo tan sofisticado y cool que se puede amar tanto como odiar. Cada detalle de vestuario está perfectamente construido. El abrigo beis de Catherine (Frédérique Bel). El vestido que deja entrever la marca de los pezones de Sandrine (Carole Brana). Todo parece estar perfectamente estudiado. En una escena, Catherine identifica a la mujer que le ha robado (Carrie Ng) por lo único que conoce de ella, sus zapatos de tacón. A todas las referencias dichas anteriormente, hay que añadir a Hitchcock, por ese fetichismo con los objetos, por toda esa colección de mujeres enigmáticas, que nunca sabremos de dónde han venido.

Es una película construida a retazos, que quizás no funciona como un todo. Vive de sus referencias cinéfilas. Pero sinceramente, no me importa. Es una obra de amor al cine, no cine en sí mismo. Y como tal, lo respeto profundamente. No hacerlo sería injusto, pues yo mismo he estado diez días viviendo más dentro del cine que fuera, pasando del cine experimental griego (In the Woods) al cine industrial de primer orden alemán (We are the Night). Del Japan Madness apadrinado por Yoshihiro Nishimura (The Ultimate Battle Royale) al cine místico español de Val del Omar. De la fantasía radical de Apichatpong Weerasethakul a los contornos realistas de Simon Werner a disparu, de Fabrice Gobert. O de los viajes en el tiempo de George Pal en The Time Machine a los viajes por los mundos virtuales de R U There. Tras todo esto, terminar con Red Nights es como resumir nuestra posición como cinéfilos en un mundo de experiencias inabarcables, una cinefilia que se contradice. Es el mensaje que nos manda Sitges. Se cierra el telón. Al final no hablé de la aberrante Merry Little Christmas. Ni yo quiero escribir, ni vosotros queréis leerlo (hacedme caso). Mejor quedarse con un buen recuerdo.

— Miguel Blanco Hortas