UNCLE BOONMEE… (AW), THE SECOND CIVIL WAR (Dante), SIMON WERNER A DISPARU (Gobert), 5150 RUE DES ORMES (Tessier), THE HOUSEMAID (Im):

SITGES'10 (9)

por Miguel Blanco Hortas

Y al fin llegó el día que estaba esperando desde que llegué a Sitges. El día, o mejor dicho, la película que justifica la existencia de un festival. Si el certamen hubiera incluido esta película y decenas de ellas muy malas, no habría sido una mala edición. La película en cuestión es la obra maestra de Apichatpong Weerasethakul Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, que ya he utilizado en crónicas anteriores para cargarme o ensalzar obras de otros cineastas. Y es que Uncle Boonmee es una película faro, un film que acoge y define el resto de películas del festival. Pero más importante que la película (que ya había visto, aunque nunca en condiciones tan perfectas como las del Auditori Melià) es la presencia de este indiscutible genio del cine en Sitges. Es la primera vez que el maestro (si se le puede llamar así con tan solo cinco películas) visita España, así que todos los que lo vemos y lo saludamos somos unos privilegiados. Hace unos meses, Isaki Lacuesta presentó un documental sobre la estancia en España de Ava Gardner. Quizás dentro de unos años tengamos algo igual con Apichatpong. Porque Joe (como quieren que le llamen) es una presencia luminosa, un hombre que habla reposado y amable, siempre seguro de sus palabras, pero siempre dispuesto a escuchar otra opinión.

La noche anterior unos amigos me cuentan que en una cola escucharon a alguien decir: «mañana tengo que entrevistar a un director tailandés muy raro». Ese es el gran problema, que intereses mediáticos obligan a este gran hombre de cine a malgastar su tiempo en responder preguntas inútiles y prefabricadas. Esperemos que el esfuerzo de Eddie Saeta (la productora) y del director realmente sirvan para algo y, para cuando se estrene la película, los medios generalistas le hayan explicado a la gente quién es Apichatpong y por qué es interesante su cine. A nosotros nos llega la oportunidad a las 18:30 de la tarde. Hemos ido al pase de las once y hemos sacrificado toda la mañana y parte de la tarde esperando al feliz encuentro. En la rueda de prensa podemos hacerle un par de preguntas. No sé si buenas o malas, pero seguro que mejores que una que, con toda la desfachatez del mundo, le cuestiona si realiza películas para el público o para ganar premios en festivales. Apichatpong no se descompone y dice que él realiza películas personales, para él mismo y que es el público y los festivales los que tienen que decidir si les gustan o no. Únicamente tengo media hora con Joe, en las que intento evitar las preguntas inútiles, preguntas que ha respondido mil veces. Nada de cómo realizó los efectos especiales, nada de su relación con el fantástico tailandés. Intento ir hacia lo específico, quizás demasiado específico, tanto que al final está algo desconcertado. La entrevista, que podréis ver, escuchar y leer en un futuro es más bien un coloquio. Los nervios me traicionan, pero es difícil que no ocurra ante un director de esta categoría. Sobre la entrevista también tengo que decir que no hubiera sido posible sin el apoyo de Helen Martín Rosas, compañera de Lumière, Covadonga G. Lahera de Transit, el amigo Jesús González Notario y el apoyo técnico (je) de Gerard Casau. Gracias a todos ellos. Y también a Àlex Tovar y los compañeros de Eddie Saeta que guardaron un hueco para nosotros en la ajetreada agenda de Joe.

La película, es tan magnífica que solo puedo hablar de ella como una quinceañera pija hablaría de los músculos de Cristiano Ronaldo. Comienza con unos planos espectaculares de unos animales caminando por un mundo primitivo, o un mundo apocalíptico, no lo sabemos. Vemos imágenes de los primeros (o últimos hombres). La película misma, la estructura, es una sucesión de las vidas pasadas de su protagonista, el tío Boonmee, el dueño de una plantación que fue soldado (asesino de comunistas) en el pasado. Sus vidas pasadas se escenifican como recuerdos, cuentos y leyendas, como apariciones fantasmales de los familiares perdidos, su mujer y su hijo. La película se desplaza tranquila entre varios planos de la realidad. Toda la narración posee una inmaterialidad que nunca habíamos visto en el cine. El año pasado en Sitges asistimos a algo similar en Enter the Void, pero allí Gaspar Noé dirigía demasiado nuestra mirada. No había libertad. Tampoco el exquisito gusto del cineasta tailandés. En Apichatpong todas las realidades parecen convivir, como estrellas de una constelación.

Uncle Boonmee es una película sobre la naturaleza. La mejor película ecologista que se haya hecho nunca. Sin discursos ni proclamas. Pero se defiende la naturaleza, sin la cursilería naïve de los documentales prefabricados que se llaman (presuntuosamente) Agua, Tierra, etc… No, Uncle Boonmee es mucho más sutil, todo nace de un suceso muy particular, un hombre insignificante para el mundo. Porque para Joe, o eso me parece a mí, cada hombre que ha vivido, cada hombre que se puede filmar, es el más importante, independientemente de sus acciones y su condición.

La cámara, como si de un espíritu se tratara, o más bien como un alma en continua transformación, filma cómo, casi de manera imperceptible, cómo cambian los cuerpos que muestra. Cómo unas formas se reencarnan en otras. Las convulsiones del agua nos permiten ver el funcionamiento molecular de la vida misma. Las rocas, gracias al impacto de la luz, parecen convertirse en estrellas. No hay límites para Apichatpong. Las dos películas de género fantástico más taquilleras del año, Avatar e Inception, palidecen al lado de esta descomunal obra maestra. Lo que allí trata de explicarse, aquí se oculta. Jordi Costa dijo que Avatar conseguía mostrar todo aquello que el fan más entregado de la ciencia ficción fantástica era capaz de imaginar. Uncle Boonmee obliga a ese fan del fantástico a pensar mucho más allá.

Y finalmente, es una película política. Porque debajo de todos esos mundos fantásticos, de esa desbordante imaginación visual, una de las vidas de Boonmee, una de las vidas del cine mismo, es la realidad política del país de Apichatpong, Tailandia. El tío Boonmee tiene remordimientos de conciencia por haber matado a comunistas en su juventud. Pero al mismo tiempo, el estreno de la película en Cannes coincidió con los enfrentamientos entre manifestantes y policías en Bangkok, en mayo de este mismo año. Y Apichatpong, como si él mismo hubiera viajado al futuro, filma una de las próximas vidas de Boonmee, fotografías, imágenes congeladas de un presente/futuro desolador, en la que los soldados toman la selva. Pero al igual que las imágenes iniciales, ¿es el futuro o es el pasado? ¿Es la deriva política e ideológica de su país o el rescate de las imágenes de Tropical Malady? Al igual que Boonmee, el espectador puede ver esas vidas pasadas, pero es incapaz de situarlas. Siempre existe un fuera de campo inexplicable y amenazante, como en las películas de Jacques Tourneur, como en todas las grandes películas de género fantástico de la Historia del Cine. Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives es la más grande y perfecta de sus herederas. La única película de todo el festival, junto a House de Obayashi y el Tríptico elemental de España de Val del Omar que consiguieron ser, completamente, cine fantástico.

Tras el éxtasis Apichatpong era difícil que me entusiasmase con el resto de películas que se tenía que ver. Por la mañana únicamente vi Uncle Boonmee, porque fui incapaz de llegar a Let Me In (pase a las 08:30 de la mañana). Por la tarde estuve ocupado con la entrevista. Y a las 20:30 por fin pude alejarme del influjo del maestro tailandés y acercarme a otro de los maestros presentes en Sitges, Joe Dante. Tercera sesión de Dante en este festival. Primero el monumento The Movie Orgy, después la masterclass y en esta ocasión su tv-movie The Second Civil War. Se trata de una de sus películas más rabiosamente políticas, filmadas tras ser expulsado del sistema de estudios tras los fracasos de Matinee y The Burbs. Los oscuros intereses económicos de Hollywood se comen a todo aquel que no sea productivo, aunque este sea el creador de films tan legendarios como Gremlins y Innerspace. Así que Dante no entró a jugar a lo que le proponían los estudios. Otros directores que triunfaron en los 80 como Robert Zemeckis, James Cameron y Ron Howard rebajaron su nivel crítico y terminaron ganando Óscars. Joe Dante decidió no hacerlo y radicalizó su discurso en medios paralelos, como la televisión. O destruyendo el sistema desde dentro, como en Small Soldiers, ese remake encubierto de Gremlins en clave de sátira antimilitarista.

The Second Civil War plantea cómo empieza una nueva Guerra civil en EEUU a propósito de la negativa del Estado de Idaho para dejar entrar a unos refugiados pakistaníes (niños huérfanos traídos por una ONG) en su territorio. Esta visión extrema de las políticas anti inmigración resulta muy acertada hoy en día, aunque la película sea de 1997. El pulso de poder entre la Presidencia del país y el Gobernador de Idaho se verá influenciado por toda una serie de factores, empezando por las decisiones que tome cada Estado a favor o en contra de la decisión del Estado rebelde; la influencia de las agencias de estrategia política en las decisiones gubernamentales (personificadas en la figura de un James Coburn pasado de vueltas) o, sobre todo, por la presencia de un canal de televisión (NetNews) que registra la crisis en tiempo real desde todos los puntos de vista posibles. La película está llena de ácidos momentos de humor, especialmente los del director de programación de la cadena, obsesionado con subir los datos de audiencia cueste lo que cueste. Dante consigue que este personaje nunca resulte antipático, porque en el fondo no es más que un producto de un país obsesionado con el máximo beneficio, pero que también respeta reglas como la neutralidad informativa y el trabajo duro. Igualmente memorable es el retrato del Presidente de los EEUU. En aquel momento, al mando del país estaba Bill Clinton, cuando su popularidad comenzaba a caer en picado, por las consecuencias de la guerra de Yugoslavia, el «proceso de paz» de Oriente Medio y diversos escándalos políticos relacionados con restos de fluidos en ropas ajenas. Pero aún así, este presidente fanfarrón e ignorante recuerda más a George W. Bush, aunque en cierta forma define la hipocresía de todos los presidentes de los EEUU: un irresponsable culto a la personalidad, cuando realmente no es más que una figura muy limitada políticamente por el resto de poderes del país (legislativo, judicial, militar, económico) y que en muchas ocasiones no es más que el portavoz de un conjunto de consejeros (internos y externos) de tamaño y procedencia variable. En The Second Civil War, el presidente nunca toma ninguna iniciativa, únicamente realiza discursos grandilocuentes, buscando inspiración y apoyo mediático al citar e intentar emular a presidentes del pasado. Primero Roosevelt, luego Eisenhower, finalmente, la tragedia, Lincoln.

Dante muestra un país al borde de la ruina, obsesionado con su pasado. Un presidente que solo puede copiar conductas de sus predecesores, unos medios de comunicación que se agazapan en su espíritu pionero, como «fundadores intelectuales» de la nación y unos políticos que interpretan a su gusto los textos legislativos para justificar las más delirantes decisiones. A la película únicamente se le puede achacar que a veces se pase de excesiva en alguna trama, especialmente con la historia de amor entre el gobernador de Idaho y la reportera mexicana del canal de noticias. Es una zona de conflicto demasiado evidente: el gobernador de Idaho lleva a cabo una política de inmigración muy dura, pero al empezará a cambiar de opinión cuando descubra su amor por la periodista. Así que la película alterna momentos algo blandengues con otros de gran fuerza cómica. En líneas generales es otra gran película imperfecta de Dante, un maestro que quizás nunca hace obras maestras, pero que es de esos directores que, como decía François Truffaut, «está poseído por el genio». Y pese a todos los impedimentos que se presentan en sus películas, en el fondo de todas ellas podemos encontrar la firma de este animal cinematográfico.

Al finalizar la sesión, nos dan la oportunidad, al público, de cruzar unas palabras con Dante, y resulta ser mucho más satisfactorio que el día de la masterclass, porque no hay tanto fan de Gremlins y sí del director, de su obra y de su estilo. Es decir, menos nostálgico ochentero y más analista perfeccionista. Así que las preguntas son más interesantes. Dante habla de sus intereses políticos, de su decepción con el sistema de Hollywood. También está presente Israel Pita (creo que se llama así), un crítico de cine (no sé de qué medio, creo que de la revista Sci-Fi World) que va a escribir un libro sobre Joe Dante, algo que interesa y mucho. Sus palabras a modo de presentación no dejan claro si el libro será interesante o no, porque el hombre está tan nervioso que apenas dice algo coherente. No se lo tengo en cuenta porque hace unas horas me pasó algo similar con Apichatpong. Así que desde aquí desearle suerte y espero de todo corazón que salga un buen trabajo.

Ya llevaba dos grandes experiencias, así que para el resto de la noche no había más expectativas. Gran error. Quedaba la sorpresa de todo el festival. Simon Werner a disparu (Fabrice Gobert, Noves Visions) es de esas películas que no ves venir. Qué hacía en Sitges seguramente nadie lo sabía, porque es una película sin terror y sin fantástico, sin mimbres genéricos. Es una película con ADN de festival de Gijón. Por resumir (antes de ponernos manos a la obra) se trata de adolescentes con jeans, chupas de cuero, gesto crispado y largos paseos a ritmo de Sonic Youth. Una película que todo fan fatal del certamen asturiano desearía ver en las pantallas de Gijón. Sitges seguramente la justificaba poniéndola en Noves Visions y aprovechando su mínima y finalmente banal intriga. Esta sección del festival programa muchas rarezas, pero incluso en la experimental In the Woods podemos encontrar una mirada más alucinada, más dispuesta a quebrar nuestra concepción de la realidad.

Simon Werner… presenta a unos personajes a medio camino entre un film de Gus Van Sant y uno de Olivier Assayas. De Van Sant recoge sus largas caminatas en silencio, su mirada individual y pormenorizada de cada punto de vista (ya hemos hablado en otra crónica de la historia del elefante). La película se divide en diferentes capítulos, diferentes puntos de vista de los mismos sucesos. Cada punto de vista asociado a un alumno de un instituto. Y toda la película gira alrededor de dos acontecimientos, la desaparición de Simon Werner y el decimoctavo cumpleaños de Jeremie, personaje a cuya espalda comenzamos este viaje alucinante al mundo adolescente de los años 90. Al revés que en Elephant, aquí la estructura que va hacia adelante y hacia atrás en el tiempo siguiendo puntos de vista diferentes no es un mecanismo de «cine de autor» (por simplificar la razón de por qué lo usa van Sant), sino que quiere convertir en una intriga los sucesos que provocaron la desaparición de Simon Werner.

Con respecto a Olivier Assayas, es imposible no relacionarlo con sus primeras películas. Desordre, Paris s’eveille o Une nouvelle vie son películas marcadamente generacionales. En ellas vemos a jóvenes que actúan y piensan como jóvenes de aquella época. Las intrigas se construyen de forma muy contemporánea. Sus gustos cinéfilos, musicales, culturales en general tienen mucho que ver con su contexto. No hay mirada crítica, como sí existía en el Tavernier de La carnaza. La película de Fabrice Gobert funciona de la misma manera, aunque manejando a la perfección la distancia temporal que existe. Aquí todo está muy estilizado, es una mirada reflexiva, a la manera de lo que Claire Denis hizo con su adolescencia en la obra total U.S. Go Home. La fiesta de cumpleaños de Jeremie recuerda a la fiesta de esta gran película de Claire Denis. Aquí también vemos, disfrutamos, nos maravillamos con esos adolescentes bailando rutinariamente en la penumbra a ritmo de música de vinilo, por mucho que Gobert no detenga tanto su cámara como lo hacía Denis.

Eso sí, es una película irregular, que en ocasiones se pierde demasiado en explicar o mostrar hechos intrascendentes, como buscando dar una lógica estructural en la película, en lugar de dejarse llevar por los cuerpos de sus actores protagonistas. Si tienes banda sonora de Sonic Youth y uno de los mejores castings adolescentes que se pueden tener, no necesitas ir explicando cosas. Eso lo hizo Van Sant en Elephant sin tener música de Sonic Youth y sin un casting tan bueno. Los capítulos dedicados a Jeremie, Alice (la novia de Simon) y Simon son muy buenos, pero el de Rabier, el chico marginado del instituto, es menos interesante.

También es posible que a mucha gente le moleste que la película adquiera las formas de una intriga y luego lo resuelva de manera muy simplista. Pero yo no veo donde está el problema. Incluso celebro que sea así. La intriga es la mejor forma de explicar esa inquietud existencial que recorre a todos los personajes. Todo es como un mcguffin hitchcockiano, porque la trama no deja de ser un pretexto para filmar todos esos bellos cuerpos jóvenes en su intimidad. Para filmar el hermoso paseo en moto entre Jeremie y Alice, en el que el tiempo en la que la segunda derrama una lágrima parece eterno de lo bello que es. O el sueño de Rabier, el chico tímido y anulado por su padre, en el que imagina un encuentro sexual con Monica, la chica punk del instituto. Y al final, cuando Gobert descubre la artificiosidad de su estructura y de su intriga, yo acepto de buena gana su ocultación, porque de haber sido una película de misterio no habría sido tan satisfactoria. Tampoco si hubiera optado por ser un drama adolescente al uso. La película termina con un entierro, al igual que Desordre, pero aquí ya no hace falta ningún discurso, ninguna palabra. Porque Assayas miraba al mundo de los jóvenes que venían detrás suyo. Gobert parece que filma su propia vida. Así que la película termina con el mejor plano de todo el festival. Una cámara hierática busca los rostros de los adolescentes en una reunión posterior al funeral. Es un plano poderoso, que no explica nada y deja la película en suspenso. Porque en el fondo, y tras haber desvelado la falsedad de su intriga, sí es una película de misterio. Sobre lo que pasó en aquella década y por qué somos como somos. Grande.

Tras comentar esta bella película, poco bueno puedo decir del último visionado del día. Una película no excesivamente mala, pero tampoco buena. Se trata de 5150 Rue des Ormes (Eric Tessier), película que está en la misma sección paralela que Simon Werner a disparu, aunque mientras esta está en Noves Visions Ficciò y la película de Tessier aparece radicada en Noves Visions Dark Ficciò. Si una mira la selección de una categoría y la de otra, no queda muy claro el porqué de esta división. Lo único claro es que la película de Tessier es muy inferior a la de Gobert. Trata sobre un adolescente odioso, Yannick, que quiere ser director de cine. Parece que es alguien que ha fracasado varias veces en la vida, por lo que sus padres no creen mucho en él, pero aún así le dan una oportunidad de redimirse dejándole hacer un curso de dirección. Un día, filmando un proyecto para clase se cae de la bicicleta y decide pedirle a un hombre si puede entrar a su casa a llamar por teléfono. Se trata del 5150 del título. El hombre le dice que no puede entrar, que avisará a un taxi para que le venga a recoger. Pero el chaval, que es muy listo, o se cree muy listo, decide pasar del señor y entrar en la casa. Si esto fuera una película americana, el hombre tendría derecho a pegarle un tiro. La película sería entonces un corto y mucho más divertido. Lo que ocurre es que a Yannick le puede la curiosidad y se pone a fisgonear por la casa, hasta que descubre en una habitación a un chico desangrándose. Y claro, cuando el hombre, un psicópata ultrarreligioso, lo descubre, decide encerrar a Yannick. Hay entonces un montón de escenas del protagonista pidiendo a gritos que le dejen salir, pero es que, vamos a ver, ¿cuál es la lógica de todo esto? Si entras en la casa de un desconocido y descubres que es un asesino psicópata, ¿con qué esperanza pides que te dejen marchar? Puedo entender que se queje alguien que ha sido secuestrado, arrancado de la seguridad de su hogar, pero joder, si vas a meterte donde nadie te llaman, no vengas después pidiendo explicaciones. Por ejemplo, los chicos de Hostel eran unos idiotas, pero joder, no se lo merecían. O no tanto como el protagonista de esta película. Al menos según la lógica del cine de terror.

La película gana interés cuando descubrimos que el resto de los miembros de la familia están igual de pirados que el padre. La madre sigue a rajatabla todas las órdenes del marido, con un nerviosismo obsesivo. La hija mayor es una punk rebelde y ultraviolenta, siempre vestida con poca ropa (aunque desgraciadamente no da lugar a ningún momento erótico). Y la hija pequeña no habla nunca, únicamente sangra por la boca y la nariz y trata, infructuosamente, de urdir planes para matar a su padre. Pensaba que la película trataría de cómo el personaje se iría contagiando poco a poco de la locura de la familia, encontrando una figura paterna en el padre (su padre real desconfiaba de él), un apoyo cariñoso incondicional en la madre. Incluso algún sentimiento morboso respecto a la hija. Vamos, la hija mayor está totalmente desaprovechada.

De lo que trata la película realmente es del enfrentamiento psicológico entre Yannick y el padre de la familia. Porque el padre es un fundamentalista religioso tan salvaje que cree que tiene una misión sagrada: limpiar el mundo de «injustos». Es un fanático del ajedrez, siempre juega con las blancas porque son los «justos». Nunca pierde. Entonces reta a Yannick diciéndole que si le gana, le dejará marchar. Es mentira, porque lo que realmente quiere es que el chaval comprenda la importancia de la misión y le sustituya como responsable de limpiar el mundo, dado que descubre que su hija mayor no vale para el puesto, porque es demasiado sádica y ultraviolenta. La película poco a poco se convierte en la descripción de la progresiva locura del protagonista, provocado por el encierro y por las conductas desequilibradas de esta familia. Incluye la escenificación de sueños demenciales en los que Yannick alucina con escenarios de estética kubrickiana en los que vemos al cabeza de familia sangrando por las orejas. Totalmente inexplicable.

Así que perdonad por haberos hecho leer cuatro párrafos sobre una película que no merece la pena, aunque siempre recomiendo leerlos porque hasta en las películas más malas podemos encontrar una razón para quedarnos con ella. Aquí estuve hasta las tres de la madrugada, porque encima antes nos pusieron un par de cortos. Uno español bastante flojo (para no perder la costumbre) presentado por el propio director, una especie de Guillermo del Toro cutre; y uno francés bastante graciosillo pero demasiado largo sobre un zombie vestido como Freddy Krugger que quiere ligar con su (aparente) víctima. Pero bueno, no recuerdo el nombre de ninguno de los dos. El que sienta interés que lo busque en la página web del festival. De 5150 Rue des Ormes apenas destaco nada más allá de la actriz que hace de hija mayor, que no os puedo decir cómo se llama porque cuando escribo esta crítica no tengo internet ni tampoco información sobre la película. Pero esperemos ver a esta chica en el futuro.

Después ponen Strayed, una película kazaka. Empiezo a verla sin ánimo, esperando a que sea una de esas películas sorprendentes que te sorprenden desde el primer minuto y te mantienen en trance durante hora y media (como Simon Werner a disparu). Pero desgraciadamente no es el caso. Va sobre un hombre que viaja en coche con su mujer y su hijo por el desierto. Entonces se quedan sin gasolina, y claro, allí muchas gasolineras cerca no hay. Kazajistán es un país que ha crecido estos últimos años gracias a la exportación de petróleo, así que es algo paradójico que la familia se quede sin gasolina en medio de la nada. Pero bueno, no creo (aunque todo puede ser) que sea una crítica a su presidente-dictador, que se ha gastado todos los beneficios de estas exportaciones en levantar una ciudad faraónica llamada Astana, nombre familiar para los españoles porque es el equipo donde el ciclista Alberto Contador (últimamente también conocido por su visita relámpago a La noria, ese programa de divulgación cultural) ha conseguido los dos últimos Tours. Astana era hasta hace unas décadas un pueblo de cabras, pero gracias a los petrodólares se ha convertido en una metrópolis de avenidas inmensas y edificios imposibles, con la que Kazajistán puede competir en gasto irresponsable con los jeques árabes más excéntricos del mundo.

Comento estas cosas porque son más interesantes que la película. La familia perdida decide dormir en el coche, pero cuando amanece el hombre está solo. Decide acercarse a una cabaña que ve a lo lejos. Allí hay un hombre y una mujer. Parecen padre e hija, pero no queda muy claro. La película es una intriga psicológica de ambiente pesado. Planos largos poco atractivos y de poca utilidad. Gestos exageradamente lentos que no revelan nada. Hay gente que se queja de la lentitud de Apichatpong Weerasethakul, pero el director tailandés es en realidad un maestro a la hora de manejar los tiempos, porque sabe que cada situación requiere su propio tiempo y él filma, por intereses particulares, espacios y conductas que apenas cambian, o que cambian de manera casi imperceptible. Así que requieren esa lentitud. El problema es cuando la lentitud resulta artificial, falsa e impostada. Que es lo que pasa con esta película kazaka. A la película le di los quince minutos reglamentarios que hay que darle a toda película que empiezas a ver más allá de las 3 de la madrugada. Si fuese una hora más respetable, seguramente aguantaría hasta el final, pero mañana hay que levantarse antes de las 10, hora a la que empieza I Saw the Devil, así que me quedo sin descubrir si la película de Akan Satayev será capaz de sorprenderme.

Para terminar la extensa crónica de hoy rescato una película que vi en días anteriores y que se descolgó de la crónica correspondiente por falta de ganas. Se trata de The Housemaid, la nueva película de Im Sang-soo que es además una reelaboración de un clásico del cine coreano. A Im lo conozco de A Good Lawyer’s Wife, una película que mejora en mi recuerdo según pasan los años. Quizás es una apreciación equivocada, ya que en su momento me gustó menos de lo que esperaba. Sin embargo, cuando pienso en ella recuerdo que las tensiones internas que manejaba, alrededor de una mujer de vida tan intrascendente que decidía complicársela con una aventura estúpida, tenía más mala leche de lo que parecía en un principio. Y que es, Hong Sang-soo al margen, una de las miradas más cínicas y más hábilmente contenidas a la sociedad coreana contemporánea. Porque, como ya he dicho en la primera crónica de este festival, hablando de Possessed, mi desencanto con buena parte del cine coreano viene por su falta de contención. Por tener siempre un trazo exagerado, buscando de forma demasiado fuerte la colisión con la realidad, la evidencia de su discurso crítico. Hong Sang-soo con sus tragicomedias aparentemente costumbristas consigue ser mucho más agresivo que toda la filmografía del pretencioso Park Chan-wook.

A Good Lawyer’s Wife era una película que se movía en esa línea que tanto me gustaba. Pero parece que el éxito de esta y de otras sucesivas que hizo le ha hecho cambiar de opinión y ha realizado en The Housemaid una de esas películas coreanas que no me gustan. Antes de continuar, debe quedar claro que no es un remake del clásico de Kim Ki-young. Hay gente que se ha sentido decepcionada por las enormes diferencias que hay entre una y otra, pero creo que Im tiene todo el derecho de apartarse de la línea argumental de la original, de la que solo toma la premisa argumental de una doncella que entra a trabajar para una familia acomodada. Creo que alejarse de la original es un acierto (uno de los pocos de la película), ya que así queda como obra complementaria y no anula ni sustituye a la original.

Los problemas de esta nueva The Housemaid son de otra índole. Comenzando porque convierte el enfrentamiento ideológico en algo demasiado simple. En el original, la familia protagonista era acomodada, con hijos consentidos y llena de hipocresía, pero también eran trabajadores y tenían problemas económicos. Por su parte, la doncella venía de un mundo marginal, era una víctima, pero también una mujer caprichosa y egoísta. Lo que ha hecho Im ha sido convertir a la familia en un grupo de personas indeseables, unos nuevos ricos únicamente preocupados por su apariencia social y a la doncella en una víctima santurrona, una monjita mártir de los desamparados y explotados por los ricos. Así, la tensión dramática e ideológica resulta demasiado esquemática, no hay matices, solo una descripción de los vicios de unos y las privaciones de otros. Se incluye también un nuevo personaje, otra doncella, ama de llaves de la familia, la persona encargada de dirigir la casa y de enseñar a la nueva doncella. Con este personaje, Im describe el proceso de concienciación de esta señora, que pasa de estar totalmente alienada por la aparente brillantez de la familia rica a reaccionar contra ellos y defender a la doncella. Es una especie de conciencia crítica para el espectador, una guía para que nadie se pierda en el ya de por sí simple camino que esboza Im Sang-soo.

Otra cosa que aumenta en esta nueva versión (además del maniqueísmo) es el erotismo. Muy presente en la película de Kim Ki-young, especialmente con la alumna del protagonista y con la doncella, aquí todo es muy explícito, con desnudos y escenas de sexo en primer plano. Pero también el fetichismo por los objetos, pues la nueva casa es mucho más sofisticada. El padre de la familia empieza a sentirse atraído por la doncella cuando ve sus piernas desnudas mientras limpia la bañera. El papel de Jeon Do-youn es muy sacrificado, una de las grandes interpretaciones de todo el festival, demostrando el buen nivel de las actrices coreanas. Y por encima suya tenemos que destacar a esa belleza enigmática llamada Seo Woo, que interpreta a la madre de la familia. A esta mujer de ojos inconmensurables la descubrimos en la interesante Paju (otra película a la que ya he recurrido en las crónicas), como mujer de enigmático pasado que obsesionaba al protagonista. Aquí cambia de registro e interpreta a una mujer sofisticada, educada como mujer rica desde pequeña, que únicamente encuentra placer en la acumulación de objetos de gran valor. La preocupación por el posible desengaño amoroso de su marido es atenuada por la promesa de que, ante la vergüenza del marido por descubrirse su aventura con la doncella, podrá obtener todo cuanto quiera.

Y es en este perverso juego de deseos y traiciones donde alguien encontrará interés en The Housemaid. También podríamos entender la simpleza de su descripción social como una forma de atacar de frente al sistema. A fin de cuentas, no hay interés de crear psicologías complejas, como en las películas de Fernando León de Aranoa, igual de simplista a la hora de mostrar la confrontación social. Así que todo se puede interpretar como una sátira abiertamente antiburguesa, pese a que el final, con el suicidio liberador de la doncella, quede todo demasiado claro, como si no existiera espectro posible. Así que a mí que me devuelvan al Im Sang-soo de A Good Lawyers Wife.

— Miguel Blanco Hortas