R U THERE (Verbeek), L’AUTRE MONDE (Marchand), MARS (Marslett), WE ARE THE NIGHT (Gansel):

SITGES'10 (8)

por Miguel Blanco Hortas

Cold Fish terminó ayer tardísimo, pero hoy hay que estar ya en primera línea para ver R U There (David Verbeek, Noves Visions Ficció), una película de la que recordaba su pase en Cannes, aunque no tenía muchas referencias acerca de las valoraciones que obtuvo. Es a las 10:30, así que temo que sea incapaz de disfrutarla por las pocas horas de sueño. Nada de eso. Es una de esas pequeñas películas que crecen y crecen sin parar a medida que avanzan. Gira alrededor de Jitze, un jugador profesional de videojuegos que viaja a Taiwán para competir en un torneo internacional. La película plantea de modo minimalista la confluencia de la vida real y la vida virtual de Jitze, aunque en realidad lo que rastrea es los cambios que se están produciendo en la personalidad de las personas el hecho de que nuestra vida virtual se haga tan importante. Deja de ser «otra» vida para fundirse con nuestro avatar real. En los torneos de videojuegos, los jugadores rompen con su anonimato, se libran de su nick y de su avatar para mostrar su verdadera cara. En cierta manera, a nosotros en los festivales nos pasa lo mismo. Ponemos cara a la gente que hemos conocido por internet.

El drama de Jitze es que para él, tanto un mundo como el otro son igual de importantes, así que la película no plantea ningún roce entre ellos. Durante el principio de la película te esperas que aparezca algo que convierta la película en un thriller. Algo que le permita al director hablar sobre la bondad/maldad de internet y las nuevas tecnologías. Pero no hay nada de eso. Para Verbeek (y aquí es donde su película es inmensa), las nuevas formas de comunicación no son más que eso: nuevas posibilidades de relacionarnos con el resto de las personas. Llevar nuestras experiencias vitales más allá de los límites que imaginábamos. Jitze tiene miedo a la realidad, pero mediante su avatar, su yo virtual, consigue superar las barreras físicas, pero también sociales y lingüísticas. De hecho, la película recuerda bastante a Lost in Translation, pues tanto Scarlett Johansson como Stijn Koomen (Jitze) viven aislados en un hotel, en un país extranjero, en el que no conocen a nadie. Los amigos de Jitze no son más que amigos virtuales. En una gran escena de la película, el protagonista mira a través de los ventanales de la habitación. Sigue a un hombre en moto y empieza a seguirlo con el dedo, como si el cristal fuese una pantalla táctil y él quien dirigiera a los peatones.

Y es también una bella historia de amor, que avanza gracias a esas barreras que rompe internet, y retrocede cuando los amantes vuelven a la realidad. Tanto Jitze como Min Min (Ke Huan-ru) se sienten extraños en la realidad. Tienen que comunicarse de manera indirecta. No hablan sobre lo que sienten, sino sobre convenciones y lugares comunes. Sin embargo, cuando se encuentran por Second Life, Min Min le habla de manera íntima, le cuenta a Jitze cuánto le gusta mirar los atardeceres. Allí pueden volar juntos, abrazarse, besarse. Normalmente, los videojuegos siempre se han mostrado de forma pervertida, como una suerte de subcultura mediocre de la que únicamente merece la pena echar pestes. Lo hemos visto en la inaguantable Gamer, pero también en Sitges con Chatroom. R U There trata a los jugadores, a los visitantes de mundos virtuales, como lo que son: personas normales que buscan una forma de comunicación y expresión paralela. No hay nada de morbo detrás de esta película. En mi caso, pasé muchas horas de mi infancia y adolescencia jugando a videojuegos. Seguramente más de lo que debería. Así que puedo decir que R U There es la película que siempre había esperado.

Para Jitze y Min Min no queda claro si el mundo real es anterior al virtual, pero cuando el primero visita el pueblo montañoso de la segunda, en un Taiwán rural, es como si ese espacio paradisíaco perteneciese antes a un mundo vectorial, como si fuese creado a partir de un entorno tridimensional. Pero Jitze se maravilla al notar la rugosidad de las rocas, la temperatura del agua. En cierta manera, a través de su experiencia en los mundos virtuales, Jitze recupera su amor por el mundo. Aquello que nunca había sentido al estar rodeado de bloques de edificios y de pantallas de ordenador.

La película de David Verbeek es posiblemente la que cuente con las ideas más contemporáneas de todo el festival. Esa mañana estuvo acompañada de L’Autre monde (Gilles Marchand, SOF Panorama), otra película de mundos virtuales. Pero la película de Gilles Marchand no resiste la tentación del morbo, de jugar con la inestabilidad de internet como medio de comunicación. El principio de la película está muy bien. Es una de adolescentes franceses en verano. Se reúnen en la playa, hacen botellón por las noches, se enamoran… Hay los clásicos paseos en moto, las declaraciones de amor inseguras, pero también chatean e interactúan a través del móvil. Marchand intenta reformular los dramas adolescentes contando con la influencia de las nuevas tecnologías. La película poco a poco se tiñe de thriller, cuando entra en juego la figura de Audrey, una rubia fatal interpretada por Louise Bourgoin. Y quizás es esta línea narrativa es la que poco a poco estropea la película. Porque al revés que en R U There, para L’Autre monde, internet es más bien siniestro. El mundo virtual que crea es oscuro, digno de una pesadilla de David Lynch. Y únicamente esconde mentiras y peligros. La película prefiere convertirse en un thriller barato, antes que abrirse a la posibilidad de mostrar internet como una nueva forma de relacionar personas. Si es un medio bueno o malo, debería ser juicio del espectador.

De todas formas, L’Autre monde es un thriller bien realizado. De estos que los franceses saben facturar y que en España jamás haremos. Aquí tenemos a Christian Molina presentando una película llamada I Want to Be a Soldier, cuya portada es un niño vestido de militar y con la cabeza rapada, que se apunta a la sien con una pistola cuyo cañón es un mando de televisión. Pero más vergonzoso es su press-book. Bajo la forma de un periódico, presenta, durante 20 páginas toda una colección de sucesos relacionados con la violencia infantil y juvenil, y, por supuesto, la malvada influencia que las nuevas tecnologías ejercen sobre nuestros niños. Para colmo, una última parte de ese «periódico» está dedicada a «La opinión de los niños», textos escritos por niños que relatan qué es para ellos la guerra. Y es por cosas como esta por la que odio al cine español, así que no daremos más publicidad a este lamentable proyecto.

L’Autre monde, si no se hubiera convertido en un thriller tan convencional en su parte final, hubiera estado cerca del cine de Olivier Assayas, aunque carece de los personajes obsesivos de demonlover, de su sofisticación y contundencia. Pero demuestra la habilidad que existe en Francia para realizar thrillers. También para descubrir rostros jóvenes y filmarlos en su entorno, sin necesidad de determinarlos o coartarlos debido a las intenciones moralistas de su director.

A otro mundo, en esta ocasión real, o mejor dicho material, viajé en la siguiente película del día. Se trata de Mars, la agradable y simpática película de animación dirigida por Geoff Marslett. El director está en la sala, y es una persona muy amable y curiosa, habla con humildad y (aparente) sinceridad de su película, lo que siempre te predispone a que te guste. Se trata de una cinta de animación realizada mediante el método del rotoscopiado, que hemos visto antes en dos cintas de Richard Linklater, las magistrales Waking Life y A Scanner Darkly, aunque para bien o para mal, la película de Marslett poco tiene que ver con estas dos. En las de Linklater, el rotoscopiado permitía convertir los cuerpos en materias en constante movimiento. La piel de los protagonistas estaba en continuo movimiento, como si pudiésemos ver el funcionamiento molecular de sus organismos. Mars no recurre a ese estilo, sus cuerpos son sólidos, muy rugosos, como pintados con ceras de punta gorda. Tengo que decir que cuando llegué a la sala, pensaba que sería un drama espacial. Pero nada de eso, es una comedia en la línea de lo que se ha llamado «nueva comedia americana». Y dentro de esta habría que situarla en el estilo de Jody Hill (autor de una de las mejores comedias de los últimos años, The Foot Fist Way, además de Observe and Report), o, por afinar todavía más, con aquella magnífica Idiocracy, en la que Luke Wilson viajaba trescientos años en el futuro para encontrarse con unos EEUU sumidos en la estupidez total. Marslett únicamente avanza cinco años en el tiempo, pero el presidente de Mars parece tan estúpido como el de Idiocracy. También unos medios de comunicación únicamente movidos por el sensacionalismo y los datos de audiencia: el aterrizaje en Marte es una cuestión publicitaria, hay que hacerlo en horario de máxima audiencia.

Pero más allá del contexto en el que se mueve, en esa crítica al sensacionalismo de la política y el sensacionalismo americano, Mars funciona, al igual que las mejores nuevas comedias americanas, al mostrar los sentimientos de un individuo completamente anulado por el mundo, sobrepasado por sus expectativas en la vida. Al igual que los personajes de Adam Sandler, el protagonista de Mars (interpretado por el cineasta Mark Duplass) es alguien fuera de su tiempo, que (sobre)vive como un paria. Alguien que no le cae bien a nadie, salvo a la audiencia. Su razón de ser en la misión es comunicarse con el programa de televisión que narra el viaje a Marte. La película puede decepcionar porque carece totalmente de ritmo, su única innovación es el rotoscopiado y porque los chistes casi nunca hacen gracia y en muchas ocasiones se repiten. Pero creo que en esto último está precisamente su interés. En mostrar esa América cutre, sin interés, resto patético de lo que un día fue.

Y en medio de este caos, surge el amor. Y Marslett nos lo muestra sin cambiar el tono. Con escenas cutres, cotidianas, muchos dirán que poco inspiradas, pero que triunfan por su sencillez. Los dos enamorados son las primeras personas en pisar la superficie del planeta rojo. Allí, como inspirados por su aterrizaje en otro mundo, sin las barreras del mundo que dejaron atrás, pueden crear su propia realidad. Viajan en un vehículo antigravitacional como si fuera un viaje de novios. Allí se dan cuenta de que sus micrófonos pitan cuando dicen tacos, o palabras que empiezan igual que esos insultos, porque la conquista del planeta está siendo grabada en su integridad. Se besan chocando sus cascos. Ella quiere ir al baño, pero no hay arbustos en Marte, así que tiene que «hacerlo» delante de él. Le dice: «Ya verás». Y gracias al tubito para hacer sus necesidades dibuja un corazón en la arena roja. Son estos hermosos detalles los que van construyendo esta tan pequeña y a la vez gran película. Porque las historias de amor no tienen que ser grandes e intensas, imaginativas o diferentes, a veces es mejor que sean tan cercanas que nos podamos imaginar a nosotros viviéndolas.

Y al salir de Mars, nos vamos a otro mundo. En esta ocasión como cinéfilos. Un mundo que apenas conocía. El mundo del cine de explotación vietnamita. Este mundo está representado en Sitges por Clash, ni más ni menos que una gang movie de artes marciales, con unos ladrones que reparten hostias como panes. La película es una copia demencial de las cintas de acción hongkonesas de los años 80. Argumentos muy ingenuos sobre mujeres valerosas que deben hacer «cosas malas» para ganarse su libertad, mafiosos psicópatas con ansias de poder y policías infiltrados que deben dejar al lado sus sentimientos. Todo está muy visto, pero como es en Vietnam, o en Camboya (no está muy claro), es más gracioso. No hay ninguna intención de realismo, así que aparecen todo tipo de patadas voladoras. El público se lo toma como hay que tomárselo y ríe y aplaude a rabiar. No es para menos.

También es destacable la pretenciosidad de sus momentos dramáticos a ritmo de arias operísticas. Todo muy grandilocuente, con cámara lenta e intercalando bellos paisajes de la selva y la naturaleza virgen. Es algo desvergonzado, pero da igual. El chico es muy guapo y la chica es espectacular, cambiándose de vestidito (cuanto más ceñido mejor) en cada plano. Estamos en Sitges y no se puede pedir más.

La siguiente película del día era The Famous and the Dead, pero mi cuerpo es incapaz de asimilarlo. Tengo que saltarme alguna. Quizás me equivoqué… bueno, no, seguro que me equivoqué porque me salté esta película brasileña con muy buena pinta para descansar un rato e ir a ver We are the Night (Dennis Gansel, SOF), la, en acertada definición de una chica que me crucé en una sesión, de las vampiras guarras. Además, la película de Dennis Gansel iba con el lote de la gala Meliès, una cosa bastante esperpéntica que montan todos los años y que viene a ser como una reunión de la Federación de Festivales Europeos de Cine Fantástico. Nada en contra de esta reivindicación, es más, estoy muy a favor. Mucho mejor que la acartonada y siempre lamentable Academia del Cine Europeo. Pero joder, la gala demostró las deficiencias que de momento tiene esta federación. Primero, a la hora de otorgar premios. Porque un jurado, compuesto por críticos españoles elegidos por el Festival de Sitges (entre ellos el ilustre Carlos Pumares), tenía que elegir al mejor corto y mejor largo fantástico europeo del año. Y, evidentemente, ganaron las dos españolas que participaban. Un gesto de valiente espíritu paleto que siempre tenemos en España, por mucho que esto sea Cataluña. Así que por el corto que ganó subió al estrado un hombre que ni sabía dónde estaba. Su corto se llamaba El ataque de los robots de la nebulosa 5, o algo así. Él, felicísimo, explicó que rodó el corto en un par de días con ayuda de su primo. El largo fue para el omnipresente Rodrigo Cortés y su Buried, que es una película americana, se pongan como se pongan. Buena o no, no lo sé, porque no la he visto. Así que en cierta manera se puede decir que los españoles no votaron a una española… al menos ese es el razonamiento que me contó después Pumares, diciendo que si está él en un jurado, siempre ganará una película norteamericana.

No contentos con que la sesión llevara minutos y minutos de retraso, decidieron programar dos cortos antes del pase de We are the Night. De You are so Undead no voy a hablar, porque es de esos cortos-curiosidad de los que se hacen millones cada año. Mejores o peores, qué más da. Pero mención especial merece el esperpéntico corto dirigido por Leticia Dolera. Si habéis visto Amélie, pues lo mismo, pero más cutre. Y por supuesto con el inevitable mensaje «social» del cine industrial español, para aliviar (o aligerar conciencias). Por supuesto, esta parte es la más divertida. Unos niños abusando de una niña porque estudia alemán (¿?) y obligan a otro niño a que se una a la fiesta. El niño, secretamente enamorado de ella, no quiere, pero le fuerzan. Entonces uno dice: «Date prisa, que cerda tiene pocas letras». Sencillamente memorable. La sala rompe a reír. El corto está dedicado a Àngel Sala (director del festival) y a Jose Luis Rebordinos (próximo director de Zinemaldia), así que si veis a Leticia Dolera el año que viene en el Kursaal con una película bajo el brazo ya sabéis por qué es.

En fin, que todo esto fue una señal de algún poder que está más allá de nuestro conocimiento, para avisarnos que la noche tampoco terminaría bien. Y no terminó bien. We are the Night no es una buena película. El cine español no es el único que tiene problemas. Bueno, el cine español se practicaría un hara-kiri colectivo a cambio de poder realizar una película tan profesional como We are the night, pero en fin que no vamos a justificar una película comparándola con la filmografía patria, porque entonces se podría justificar prácticamente cualquier película.

La película de Dennis Gansel trata sobre vampiras pijas. Su lema es «come todo lo que quieras y nunca engordarás». Así que van de compras, se tiran a quien quieren y están todo el día de fiesta. Es, claro, una metáfora de nuestro derrochador estilo de vida. El problema es que es una película derrochadora. Una película que no tiene ningún tipo de autocontrol. No basta con que una vampira mate a alguien, tiene que hacerlo de la forma más espectacular y cara posible. Y así es toda la película, frenética y sin sentido, llena de ideas banales. Gansel se hizo famoso por su anterior trabajo, The Wave, aquella cinta sobre unos alumnos de instituto que descubrían lo guay que era ser nazi. En aquella película, los adolescentes únicamente se daban cuenta de su error cuando un desequilibrado mental se ponía a pegar tiros. Lo que no explicaba es qué hubiera pasado si no existiera ese pirado. ¿Todos nazis? Quiero decir que era una película que se metía en un tema que no sabía resolver, o que le daba miedo, al llegar a determinado punto, tratar, y tiraba por la resolución más convencional. We are the Night es algo parecido. Empieza con imágenes de archivo de la Historia de Alemania, como si intentara trazar una metáfora sobre la situación del país en la actualidad, pero al dejarse llevar por la ideología del derroche termina pareciendo una justificación del capitalismo más extremo.

A última hora, el director Dennis Gansel canceló su viaje a Sitges. Únicamente disfrutamos de la presencia de la simpática y guapa Jennifer Ulrich, que interpreta un papel secundario. Al finalizar la sesión me acerco y la saludo. Nada más, la película no motiva a acosarla (ella sí, desde luego). Encima es de reseñar que la imagen promocional más utilizada del film (una foto en la que una de las vampiras le mete el dedo en la boca a la otra) no sale en el montaje final. Su defensa del capitalismo salvaje es encima poco loco y nada gracioso, siempre para todos los públicos, pues estas vampiras, pese a lo que decía la amiga improvisada que hice en una sesión, son poco guarras.

— Miguel Blanco Hortas