HOUSE (Obayashi), DRACULA IN A COFFIN (Lee), SUPER (Gunn), DREAM HOME (Pang), IN THE WOODS (Frantzis), THE NEW DAUGHTER (Berdejo), THE ULTIMATE BATTLE ROYALE (Nakahira), THE MOVIE ORGY (Dante):

SITGES'10 (5)

por Miguel Blanco Hortas

Nobuhiko Obayashi fue uno de esos creadores japoneses que cayó en el olvido por culpa de la crisis de los estudios nipones en los años 70. En un proceso similar a lo que ocurrió en Hollywood, la Segunda Edad de Oro del Cine japonés (en los años 50) duró lo que duraron sus grandes directores Ozu, Mizoguchi y Naruse. A partir de ahí, la aparición de la televisión provocó una gran caída en el número de espectadores que los estudios solventaron dedicando buena parte de su producción a obras que, por contenido, no tenían espacio en el formato doméstico. Esto es, el cine erótico (pinku eiga) y el trash, violento, crítico y paródico. Ni siquiera lo que Oshima llamó la Tercera Edad de Oro (lo que comprendería a los nuevos directores de los años 60 –el propio Oshima, Shinoda, Yoshida, Masumura o Imamura– la mal llamada «nueva ola japonesa») salvó el cine de autor japonés. Así, en una situación que dura hasta hoy en día (viendo cómo se han hecho un nombre directores como Shinya Tsukamoto, Takeshi Kitano o Kiyoshi Kurosawa), muchos creadores han tenido que dedicarse a este tipo de cine marginal. Gran parte de ellos permanecen ocultos para los especialistas, otros se van descubriendo poco a poco. Koji Wakamatsu pudo realizar sus agresivos discursos políticos a base de combinarlos con escenas de sexo. Seijun Suzuki habló de los problemas de la juventud japonesa en clave de policiaco, pero finalmente fue expulsado del sistema. Y el malogrado Tatsumi Kumashiro realizó decenas de intimistas películas que jamás fueron consideradas en Occidente. Hace poco leí un artículo de un autor japonés que consideraba a Kumashiro como el más grande director japonés de los años 70.

Obayashi entraría en esta última categoría. House es una película sorprendente. A pesar de ser decididamente un film exploitation, encuentras en cada plano un cariño especial. A veces es zafia, facilona, pero al mismo tiempo te maravilla con secuencias imposibles de esqueletos bailando, cabezas decapitadas volando y gatos-brujos de ojos brillantes. En ocasiones, Obayashi rompe en pedazitos el celuloide, mostrando lo que hay más allá, o por no interpretarlo como un metarrelato, riéndose de lo que está contando. Nunca una casa encantada había aportado tantas cosas diferentes. Es un musical, una comedia, un film fantástico, pero también un film experimental, basado en el found-footage, en la animación del celuloide. Como es una sesión de madrugada, la gente viene de fiesta al cine. Así que se aplaude constantemente, se sigue con palmas el ritmo de las canciones y se hacen comentarios ad-hoc. Pero dejemos de lado su origen como serie Z. House es una de las grandes películas japonesas de los años 70.

A su lado, Dracula in a Coffin fue bastante decepcionante. Aunque la información de la que disponíamos la asociaba con los films de la Hammer, a los que realmente se parece es a los de Paul Naschy. Cine muy básico, basado en primeros planos de Drácula pasando a la acción y primeros planos de las víctimas retorciéndose de terror. Muy simplón, con un Drácula totalmente ridículo. Sin apenas desarrollo argumental, la película deja la idea clave: un Rey de los Vampiros estadounidense que, asociado con una multinacional, le chupa la sangre a los coreanos. Más claro, agua. Y si es recomendable por algo, lo es por su final, muy místico, con una dolorosa ceremonia religiosa en la que el recuerdo del vampiro sirve para cuestionar los posicionamientos ideológicos y morales de los protagonistas.

En principio tenía buena parte de la mañana libre. Pero quizás el feliz recuerdo de la obra maestra de Obayashi me hizo dormir mejor de lo esperado. Esto hizo que tuviese tiempo para asistir a la conferencia sobre Val del Omar, donde escuchamos los valiosos testimonios de grandes especialistas como Gonzalo Sáenz de Buruaga, Román Gubern, Andrés Hispano o Piluca Baquero. Quizás es que ya ando pasado de vueltas, pero mientras escuchaba la conferencia pensaba que los mundos de Obayashi y Val del Omar no estaban tan lejanos, salvo porque el primero encontró un rincón de la industria desde el que desarrollar su obra y el místico español lo hizo en la mayor independencia. A los especialistas clásicos se les suman Velasco Broca y Víctor Berlín, que han hecho una pieza sobre este maestro del cine. La conferencia parece que trata más sobre la publicación de la obra del autor en DVD (el día 20 de octubre) que sobre la obra en sí. Por desgracia, quedan fuera muchas cuestiones, porque el festival no para y ha programado poco tiempo después otra clase magistral, con el pirado del gore japonés Yoshihiro Nishimura (en estos extremos se mueve Sitges…).

Dudo por un momento entre Nishimura y Super, la nueva producción de James Gunn, autor de Tromeo y Julieta (un clásico de la Troma), pero también de Slither, aquella de bicho-ataca-pueblo que tan bien se movía entre el cine de terror y la parodia. Al final elijo la peli, porque luego en las crónicas siempre queda mejor hablar de las películas que de las conferencias. Sin embargo, Super no es ninguna maravilla, por lo que me arrepiento de haber perdido la conferencia. El principal problema de la película es su excesivo afán por querer hacer reír a cada momento. Todo parece demasiado bobo, demasiado geek. Y el tratamiento no es muy bueno. En teoría, trata sobre un pringao que es un fracasado en la vida, siempre ha tenido que chupar hostias de los demás y un día decide rebelarse. Pero en todo hay un fallo, y es que este «fracasado» está casado con Liv Tyler y Ellen Page mea las bragas por él. Así que joder, ¡quién fuera fracasado! Luego todo gira alrededor de los sueños frustrados, de la parodia de superhéroes y de la violencia en los EEUU, pues el Rayo Carmesí (nombre del protagonista como superhéroe) combate violentamente a todos los villanos, sean traficantes de drogas o gente que se cuela en las colas (no vamos a comentar nada a propósito de esto). Lo mejor es un final hiperviolento, una venganza sin cuartel, donde dan igual los chistecillos, las parodias y todo lo que nos han contado anteriormente. Pero nuevamente, un epílogo bastante sencillo y amable, en el que el superhéroe acepta su condición vital, termina por convertir la película en una propuesta demasiado acomodada, especialmente para un director al que relacionamos con la Troma.

Casi de manera consecutiva vi Dream Home, la nueva película de Pang Ho-cheung, el director de Exodus, aquella película que planteaba la muy creíble y más que probable conspiración de las mujeres para hacer desaparecer a los hombres y dominar el mundo. Era una película pausada, preciosa y muy poética. Dream Home no tiene mucho que ver. Es un slasher con mensaje social. Pero vamos, tanto en un caso como otro, alcanza unas dimensiones que nadie podría esperar. Posiblemente Dream Home sea la película más violenta que haya visto en el festival. Hay todo tipo de desmembramientos, aberturas en canal, empalamientos, etc. Todo forma parte de la desesperación de una mujer por cumplir el sueño de su vida: conseguir un piso con vistas al mar. Y ese sueño materialista arrasará con todo lo demás: su moral y su familia. Para abaratar el piso cometerá una masacre que desvalorice el lugar, y para conseguir el dinero necesario será capaz de dejar morir a su padre.

Pero la gran protagonista de la película es la ciudad de Hong Kong. Una ciudad que crece exponencialmente y que se traga todo aquello que se le opone. Montañas de edificios en las que han ocurrido muchísimas persecuciones, muchísimos duelos entre policías, ladrones y asesinos. Quizás, la más memorable, aquella persecución acrobática gloriosa en la obra maestra absoluta de Tsui Hark Time and Tide, una de los mejores retratos que se han realizado sobre la ciudad. Esta mole va eliminando todos los rasgos de identidad, uniformándolo todo. Sin embargo, en Dream Home, este sueño capitalista se transforma en pesadilla, que estalla visualmente a través del gore. Un ejercicio de autoflagelación que no se disfruta, sino que se siente en carne viva. No se trata tanto de una película gore, como una película que utiliza el gore como mecanismo de subversión política.

Y de la ciudad al bosque. El bosque de In the Woods (Angelos Frantzis, Noves Visions Discovery) que podemos decir que es el mismo que aquel en el que se perdía Blake, el protagonista de Last Days. El mismo en el que se encontraban los amantes de Tropical Malady. El mismo al que volvía Argentino Vargas en Los muertos. El bosque como zona cero de significación de A Zona. Incluso el mismo al que llegaban los primeros pobladores anglosajones de América en The New World. Pero muy especialmente, el bosque donde los dioses y los hombres se encontraban en la memorable Quei loro incontri, la película de los Straub que reúne a todas las anteriores. El bosque como lugar de encuentro, como espacio en el que se desatan las pasiones, donde los hombres se liberan de su condición social. El trío amoroso de la película de Angelos Frantzis camina por el bosque. Miran las montañas a lo lejos. Juegan. Se tocan, se abrazan, se besan, se masturban (en primerísimo plano). La película alcanza un nivel de libertad que ya no podemos cuestionar lo que se nos muestra. En ocasiones, Frantzis mueve la cámara y los cuerpos pierden su propiedad material. Únicamente vemos colores que se desplazan por la pantalla, rayos de luz que impactan sobre el espectador. Una deuda con el cine experimental. Las escenas de sexo no consisten en la unión de los cuerpos de un hombre y una mujer, sino en dedos entrecruzados, labios que besan la carne, manos que se aferran a la piel del otro…

Se trata, en definitiva, de esa película inmensa que llevábamos varios días esperando. De esa película nada convencional que hacía falta. Una película que no se guía por reglas genéricas (lo que no es malo de por sí), sino que crea las suyas propias, nosotros somos sus víctimas. Pero a base de destruirlo todo, parece una película de ciencia ficción, un film apocalíptico. Porque ya no queda nada. Nada más que una casa abandonada y tres chicos; dos hombres y una mujer. Y los animales. Hay planos en In the Woods que podrían ligarse con los iniciales de Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, la obra maestra de Apichatpong Weerasethakul (de la que hablaré en su momento cuando se pase en el festival. Imágenes primitivas que, sin embargo, las asociamos más al futuro que al pasado. Quizás porque es hacia dónde nos dirigen este tipo de películas. El pasado ya lo conocemos, el futuro está por descubrir. Y por eso pueden vivir tranquilamente en un festival de cine fantástico. Porque el tío Boonmee o los protagonistas de In the Woods viven en mundos mucho más inestables y menos concretos que los de gran parte del cine fantástico.

El que ha hecho el camino inverso, del cine codificado hacia la disolución de las normas del mismo es Luis Berdejo, director de The New Daughter. La película, vapuleada, insultada y atacada por prácticamente todo aquel que la vio, es bastante interesante porque es un film de suspense sin suspense. En su primera parte no ocurre prácticamente nada. El espectador sabe que es una película de terror, pero… ¿es una película de terror? Puede que finalmente se convierta en eso, puede que en su primera hora haya pistas (algo innecesarias) en ese sentido, pero básicamente trata de un enfrentamiento entre un padre y su hija. La hija, en una edad muy difícil, empieza a cambiar y el padre no sabe qué hacer. No confía en su hija, posiblemente ni le guste. Berdejo filma constantemente escenas de peleas y de reconciliaciones, gestos domésticos que no llevan a ninguna parte. Al menos no directamente. Al menos no de lo que se espera de una película de terror. Pero es que más bien es una película con piel de película de terror, pero entrañas de otra cosa. Sin escenas de tensión, sin atmósferas de ningún tipo, los seguidores canónicos del cine de terror se sentirán decepcionados, como se sintieron con Carpenter por apegarse en exceso.

Es una película asombrosamente plana. Las escenas transcurren con parsimonia, como si nunca ocurriese nada. Como si los conflictos subyacentes se escondieran bajo capas de personalidad. Como si padre e hija no quisieran romper ese pacto de silencio familiar. Es el enfrentamiento entre lo que institucionalmente se entiende como padre e hija y la situación real de este padre y esta hija. Así, con este problema latente, es normal que la película derive hacia una película de monstruos, en un mecanismo algo similar a los zombies de Romero. La hipocresía de la familia es un velo que oculta la realidad y Berdejo anestesia el conflicto. Por el camino, multitud de sugerencias: un montículo extraño, viejas leyendas aborígenes, una muñeca realizada con ramas…

No es una gran película, pero tampoco el bodrio desechable que se ha dicho. No se vende como «el Guy Ritchie español» (Carne de neón) ni «el Haneke español» (Secuestrados) ni tiene la arrogancia de todo este cine español de género apadrinado por Guillermo del Toro y compañía. Es simplemente lo que tiene que ser una película de estas características. Bueno, ni siquiera es española. Y no vamos a decir que si fuera española sería mala o si fuera española no la vería (porque ayer vi un par de películas españolas), pero vamos, casi casi… Después de cenar, saldo mi deuda con Yoshihiro Nishimura. Me voy al Brigadoon, el lugar donde se pasan las pelis más freak de Sitges. Y obviamente allí Nishimura tiene su espacio. Viene a presentar una película de unos amigos suyos en la que él hizo los efectos especiales. Se llama The Ultimate Battle Royale, que por supuesto nada tiene que ver con la película de Fukasaku. Va sobre una chica que mata personas. La chica en cuestión es la ex-actriz porno Asami. Nishimura se ríe cuando lo cuenta, nosotros también, así que él dice: «jeje, veo que algunos ya saben a qué se dedicaba antes». Y se sigue riendo, él solo, a saber de qué. Dice: «Ninguno de mis amigos saben que sus películas se están pasando en Sitges». Y venga a reír. Desgraciadamente, no se queda a ver la peli, porque tiene otra cita, puesto que hoy vuelven a pasar su maratón de cine de gore y él vuelve a presentarlo.

Sobre la película, pues poco que comentar. Va sobre una mujer que se carga a una banda yakuza. Primero aparece desnuda cargando una cruz, lo que nos hace rememorar Violent Virgin, uno de los grandes pinku eiga de Wakamatsu, pero no. Lo demás es puro exploitation. Chicas con poca ropa repartiendo hostias. Hay alguna escena cruel en la que recuerda a Miike, como la escena en la cual Asami es torturada por su némesis. La mala es lo mejor de la película, una jefa yakuza sádica y tramposa. Y por supuesto, el duelo de finger cutting final, totalmente imprescindible.

La película, aunque te ríes a carcajadas, deja un sabor agridulce. El Brigadoon no es lo que esperábamos. Es un lugar bastante aburrido. Es inexplicable que en un lugar en el que pasan unas doce horas diarias del peor y más cutre cine exploitation, el público no se ponga más loco. Porque mira que me dediqué a aplaudir las escenas más sádicas y apenas había acompañamiento. Unos extranjeros (¿alemanes?) tirados en el suelo, con pinta de haberse tragado la sesión completa, parecen demasiado cansados para seguirme. Pero lo lógico es que estuviéramos todos saltando, bailando y aplaudiendo el tiempo que dura la película. Y, sin embargo, hasta hay personas roncando.

Desgraciadamente no me pude quedar a la otra película del programa doble, The Revenge Duel in Hell (Shinichi Okuda), también con Asami, porque había que ir a ver al maestro Joe Dante y su obra magna The Movie Orgy. Dante la presenta orgulloso, defendiendo su fuerza política y la personalidad intransferible que tiene. Se trata de un monumento de más de cuatro horas y media compuesto únicamente de found-footage. Películas de serie B y Z se alternan violentamente con anuncios de televisión (pasta de dientes Colgate, unos cereales graciosísimos que regalaban cromos del ejército), donde pronto descubres su fuerza, su compromiso político. Sale Tarzan diciendo: «la jungla es divertida» y acto seguido una pieza informativa sobre la guerra de Vietnam, donde los soldados americanos queman la selva. Y así se va construyendo la película. Es imposible contener todo lo que propone. Sería como verse seguidos todos los capítulos de Histoire(s) du Cinéma. Obviamente, el aparato formal no es tan contundente como el film de Godard, pero la película sitúa a Dante como uno de los grandes directores de su tiempo. Aunque supongo que los pocos que estábamos allí ya lo considerábamos como tal. El resto seguirá sin convencerse.

Aún así, tras cuatro películas fue imposible verla en buenas condiciones. Y menos si la programan a las 00:30. A eso de las tres de la madrugada desisto. Es demasiado para mí. Me giro y prácticamente todo el público está echando una cabezadita, aunque algunos valientes se retuercen y continúan mirando a la pantalla. Esta noche, yo no estoy entre ellos.

— Miguel Blanco Hortas