TETSUO: THE BULLET MAN (Tsukamoto), UN LAC (Grandrieux), HEARTLESS (Ridley), MOON (Jones):

SITGES'09 (7)

por Miguel Blanco Hortas

Primero fue la materia bruta, el acero. Después su refinamiento en instrumento, el martillo. Y ahora su perfección como arma, la bala. O, si se prefiere, del blanco y negro al color, para terminar en el digital. Se trata, por supuesto, de Tetsuo, la mítica saga de Shinya Tsukamoto que regresa por tercera vez para abrumarnos y machacarnos. Pero cada episodio es un salto evolutivo. Primero materia, luego percusión, ahora velocidad. La velocidad expresada en la frialdad de la imagen digital, en su forma difuminada e imprecisa. La textura digital se equipara a la superficie brillante y gélida del metal refinado. Es otra película abrumadora (pensándolo más tarde, es la primera vez que veo en cine una obra de Tsukamoto), que conmociona el corazón. Una hora después todavía estoy en estado de shock. Tetsuo nace del hombre alienado, del salaryman que únicamente vive para trabajar, que decide pasar a la acción, vengarse de esa mole de acero y cemento que es Japón recurriendo a las mismas armas con las que ha sido condenado. El metal de la industria japonesa fundido con la carne, una simbiosis de hombre-máquina fruto de la perversión del capitalismo, pero también la esperanza de un mundo nuevo, o la promesa de la supervivencia en un planeta que se precipita a su final. La película es estadounidense pero sigue transcurriendo en Tokio. Tsukamoto aclara en la rueda de prensa que en principio iba a rodarse en una ciudad americana con protagonista japonés, pero que nadie le dejaría rodar a un nipón reduciendo a cenizas una ciudad de Estados Unidos. En cambio, no sería la primera vez que un americano acaba con una ciudad japonesa. Esta idea me acompaña toda la película. La venganza siempre es más agresiva en manos de un estadounidense y quizás sean estos los únicos capaces de cumplir el sueño de los protagonistas del Tetsuo original: oxidar el mundo y reducirlo a polvo cósmico.

Es una película más narrativa. El director explica que es para hacerla más comprensible al público occidental, pero supongo que experiencias psicológicamente más complejas como Tokyo Fist o Bullet Ballet (sus dos grandes obras maestras) también le habrán afectado. De hecho, esta tercera parte de la trilogía se encuentra en un punto intermedio entre sus predecesoras y las obras más introspectivas de Tsukamoto (añadir a las dos anteriores A Snake of June y Haze). En todas ellas se encuentra el antihéroe Tsukamoto, obsesionado con provocarse dolor ante la pantalla y así acabar con su cuerpo frágil, mortal. Tsukamoto siempre se ha mostrado ambiguo respecto a los cuerpos que filma: los golpea y los destruye, pero también los convierte en objeto de culto (Vital), sentimos la añoranza por amar, por besar ese rostro ajeno, aunque la distancia física se lo impida. Sus manifiestos cyberpunk chocan con la concepción artesanal de su trabajo, con esa cámara que se mueve con violencia y en la que se puede llegar a sentir el pulso del director. Tsukamoto es un poeta cuya frustración le lleva inevitablemente a la violencia, a la autodestrucción. Posiblemente no exista ningún director (quizás Abel Ferrara) que se exponga tanto en sus películas. Tetsuo: The Bullet Man, es otra etapa más de su cine, otra obra mayor tras unos años dedicados al cine más comercial.

Otro artesano (no en el sentido hollywoodiense, claro) que mueve su cámara al ritmo de sus pulsaciones es Philippe Grandrieux. Posiblemente al mencionar su nombre hablemos del cineasta que mejor mueve la cámara de todos cuantos conozco. Grandrieux destruye toda la Historia del Cine (al menos la historia de la puesta en escena) a partir de movimientos impulsivos que sólo él es capaz de realizar. Jamás olvidaré un plano de Sombre en el que comienza filmando el rostro de una mujer y poco a poco desplaza su cámara hacia arriba, hasta filmar el techo, momento en el que la pared se convierte en un cielo atravesado por un avión. Al igual que en Tsukamoto, los cuerpos que filma Grandrieux también se descomponen, aunque no para fundirse con el acero (el director francés no tiene una relación tan enfermiza con la ciudad), sino para convertirse en sustancia y disolverse con el paisaje. Un lac (la película que presenta en Sitges) es muy diferente a sus dos anteriores obras. En Sombre y La Vie nouvelle existía un itinerario, eran películas con un punto de partida y un final. Sin embargo, su último trabajo parece moverse en círculos, sin referentes. Aquí existe la Familia, no el Hombre y la Mujer. Lo cierto es que las películas de Grandrieux resultan algo limitadas, puesto que su habilidad para crear escenas inolvidables está muy por delante del resto de los factores de sus películas, que a veces caen en el ridículo por intentar alcanzar lo sublime de forma algo sensacionalista (las escenas del burdel en La Vie nouvelle). Su postura como moralista restringe su valor como creador. Pero hay que olvidarse de las impurezas para disfrutar de su cine. Imperfecto sí, pero enormemente evocador. Es, por decirlo de manera pretenciosa, cine de Hombres que miran al Cielo, exclamando preguntas que no encuentran respuesta. Está claro que a través de su cámara Grandrieux forma una sustancia que se podría considerar trascendental, pero el silencio de ese ser desconocido que envuelve a sus personajes (por decirlo de una manera bergmaniana), que quizás no exista, hace que mantenga un pie en la Tierra y otro en el Cielo. Un lac se aparta de la ciudad, de la civilización para moverse en un bosque nevado que añade todavía más misterio a la película. A pesar de ser la segunda vez que la veo, por momentos sigo alejándome de ella, pues otro de los problemas (quizás valores) del cine del francés es que te quedes embobado admirando su estilo apoteósico. A esa bella mujer que protagoniza el film y que Grandrieux filma en planos cortísimos, con sus cabellos golpeándole el rostro por culpa del viento. Su forma de cortar planos es poética, pues no responde a ninguna razón más que a sí mismo.

Pero me extiendo demasiado. Un lac será otra de las protagonistas de nuestro número dos, donde los auténticos expertos de la revista se encargan a fondo de hablar de los valores de este cineasta irregular pero imprescindible. A mí me toca hablar de Heartless, la siguiente película en importancia de la jornada. Una buena película, aunque seguramente se acabe olvidando con el paso de los meses. Es una extraña historia de terror en un Londres invadido por monstruos (una especie de hombres-lagarto). Interesa especialmente por su pareja protagonista: un Jim Sturgess impecable gracias a su rostro quebradizo (nos recuerda al Joaquin Phoenix de Two Lovers) y la bellísima Clémence Poésy que, pese a lo que anuncia el programa y la presentadora de la sesión, no está en Sitges. Y tampoco hay que olvidar la presencia del gran maestro David Julyan como creador de la banda sonora. Se trata de otro score que lleva la descripción de la acción hasta lo romántico con una progresión sin apenas rupturas, convirtiéndose en una especie de Bernard Hermann contemporáneo. La película no está al nivel de The Descent o Eden Lake, pero se disfruta cada vez que suenan las notas del maestro. Por momentos, parece que el film llegará a utilizar lo fantástico como elemento transgresor de la realidad, pero nunca lo llega a conseguir, al describir de manera exagerada todas las dudas existenciales del protagonista. Cuando más me gusta este representante del nuevo cine de terror inglés es cuando más se parece al cómic underground al estilo de Spawn, especialmente con la aparición de ese personaje siniestro llamado Papa B, una especie de trasunto del diablo, pero finalmente vuelve a cauces más tranquilos, a un final más pactista y, claro está, decepciona.

A Moon también podría considerarla decepcionante, pero tampoco esperaba mucho. Empieza con ese estilo indie prefabricado que tanto odio (Little Miss Sunshine, Away We Go): muchos planos simétricos, una fotografía que marca en exceso los contrastes entre los colores y una banda sonora de un mal alumno de Carter Burwell (Clint Mansell en esta ocasión). Y celebridad indie como protagonista (Sam Rockwell), regalando toda una colección de guiños, a cada cual más exagerado y feo. Así que estoy a punto de recostarme en la butaca, cerrar los ojos y echar una cabezadita (es la primera película del día a las 8:30 de la mañana), pero hay que reconocer que tiene algún detalle gracioso en el guión que hace que siga prestando atención. Principalmente, que escape a lo que propone en un principio (la enésima versión frívola de 2001) y se centre en una trama alrededor de dos clones de la misma persona que tienen que sobrevivir en una base lunar. Por un lado es un problema, pues hay que aguantar a Rockwell haciendo el doble de tics, pero interesa en el contexto del festival, donde ya se han visto varias películas sobre personas que no se reconocen ante el reflejo de su rostro (Visage, Ne te retourne pas, Nymph, Mr. Nobody). Funciona mejor como una pieza (casi insignificante) de un engranaje mayor que como una obra con entidad propia.

Aparte de películas (a la hora que escribo esta crónica todavía me falta asistir a un nuevo pase de The Bullet Man en el que su director recibirá el premio honorífico Máquina dels temps), el público de Sitges pudo disfrutar de la master class de Vincenzo Natali. La ponencia resultó algo limitada, especialmente porque la traducción no sólo alargaba en exceso el evento, sino porque el director se autocensuraba para no resultar demasiado excesivo. Así que sirvió para descubrir la rara personalidad de Natali y su evolución como seguidor/creador de la ciencia ficción, camino que comenzó con Star Wars e Indiana Jones (según palabras propias) para terminar en Orwell, William Golding y Phillip K. Dick. La otra presencia que perturbó el festival en esta jornada fue Shinya Tsukamoto, director con el que comenzaba esta crónica. Hoy nos regaló una suculenta rueda de prensa y el viernes realizará una improvisada master class que no constaba en el programa oficial. Sus seguidores nos estamos relamiendo.