INDEPENDENCIA (Martin), THIRST (Park), THE COUNTESS (Delpy):

SITGES'09 (2)

por Miguel Blanco Hortas

Tras el aterrizaje el primer día de Visage, del maestro Tsai Ming-liang, en la segunda jornada se programaron otras dos películas de importantes directores orientales: Thirst, de Park Chan-wook (una de las triunfadoras de Cannes) e Independencia, del prominente filipino Raya Martin. El cine oriental es, de momento, el que marca la máxima expectación en Sitges, a la espera de George A. Romero, Joe Dante o Vincenzo Natali. Sin embargo, la distancia que separa a Park de Martin es similar a la que separa a estos de los directores norteamericanos.

Raya Martin es la gran esperanza del cine de autor más radical, pues desde hace un par de años presenta en los festivales internacionales las películas más experimentales y polémicas. Pero más allá de las reacciones que provoca su estilo, el cine de Raya Martin trata de encontrar las raíces de la Historia y del Cine de su país. En Autohystoria, la honda pegada del capitalismo en una economía primitiva como la filipina hacía desaparecer el sustrato cultural del país, lo que nos sumergía en una realidad agobiante, fantasmagórica, donde los referentes históricos aparecían abruptamente, alejados de su contexto. Al tiempo, Martin realiza un work-in-progress acerca de la Historia de su país a partir de los materiales del cine pretérito, tratando de crear una tradición estética que nunca existió. El primer paso fue A Short Film About the Indio Nacional. En Independencia, el trabajo parece más complejo. Si aquella apelaba al cine mudo y al teatro, ahora Martin rueda una película semejante a las primeras del cine sonoro, en pocos planos, con actuaciones teatrales y cierta ingenuidad formal. Pero el director filipino a base de enfrentarse a la Historia como si la estuviera viviendo en ese momento consigue un documento extrañamente bello en su postura sencilla.

Si la Historia del Cine ha estado dominada por la importancia de Hollywood, Martin se rebela contra esta tradición y reclama una herencia propia, autóctona, que no tiene por qué referirse al cine clásico. Martin convierte el cine, el acto de rodar en una forma de rebelarse contra la Historia, contra lo americano como cultura (Cine), pero también como invasor, como asesino de indios. Es tan sólo una película sobre una familia (madre e hijo) que escapa del ejército americano y se refugia en la selva. Entonces asistimos al paso de los ciclos vitales: aparece una joven mujer de la que el hijo se enamora, la madre muere, nace un niño… Pero es su forma de film pequeño donde adquiere importancia como film político, como ataque al cine más institucional, al que considera la herencia del cine clásico como la única válida.

Este estilo pausado y sin adornos de Raya Martin se enfrenta al universo desquiciado y multirreferencial de Park Chan-wook. El director de Old Boy consigue, con cada nueva película, acercarse poco a poco a la parodia de sí mismo. Si con Sympathy for Mr Vengeance o Old Boy podíamos criticar su tremendismo y sus excesos dramáticos, ahora habría que hablar largo y tendido de la enfermiza mezcla de drama sentimental y parodia de las convenciones sociales que propone en Thirst. No niego que tenga escenas interesantes, especialmente cuando la relación entre el protagonista y la mujer que ama llega a extremos violentos, pero se desinfla por las ganas que tiene Park de reírse de cualquier situación, o de remarcar hasta el exceso el más mínimo gesto. Cada vez que los protagonistas se besan tenemos que escuchar el intercambio de fluidos que se produce. No hay sensibilidad alguna y mucho menos naturalidad. Ya sabemos que es el estilo del cine coreano, pero siempre podremos apelar al gran Hong Sang-soo y a sus crónicas amorosas desencantadas.

Thirst es un film de vampiros sin misterio, porque Park necesita dejar claros todos los conflictos morales de los personajes, en lugar de dejar espacio al espectador y a la ambigüedad. Cada acción tiene su recompensa o su castigo. Siguiendo otro tópico del cine coreano, la película cambia continuamente de género, tratando de explotar todas las líneas argumentales posibles: de agradable parodia sobre un cura que se convierte en vampiro a una reformulación de Crimen y castigo, con un muerto que se aparece a los protagonistas (las escenas más ridículas que veremos en una pantalla este año, aventuro). Y de aquí a melodrama masoquista sobre la pareja, cuando el cura-vampiro encuentra por fin a su pareja perfecta: una mujer desquiciada, obsesionada con la sangre, que con tal de saciar su sed es capaz de pasar del amor al odio en un instante. Es en este episodio cuando encontramos alguna ambigüedad, sobre todo gracias al personaje femenino incorporado por Kim Ok-vin. A pesar de sus errores, los buenos momentos que encontramos a lo largo de sus (excesivas) dos horas y cuarto nos hacen olvidar el desastre que fue I’m a Cyborg, But That’s OK.

Por último, The Countess es una pelicula comercial cuyo único aliciente previo al pase era la dirección de Julie Delpy, gran musa para los admiradores de Before Sunrise y Before Sunset, las dos obras maestras de Richard Linklater. En su segunda película como directora, Delpy cuenta a historia de Madame Bathory, la mujer que se bañaba con sangre de vírgenes para preservar su juventud (nos viene a la cabeza La condesa Drácula, un delirante subproducto de los años de decadencia de la Hammer). Delpy propone a Bathory como una mujer inteligente e independiente, capaz de triunfar en un mundo de hombres, dominado por la religión y las reglas de sociedad; y que es difamada y destruida por estos, incapaces de reconocer la superioridad de una mujer. Según Delpy, los rumores convirtieron a una mujer exitosa en una sádica de la sangre. Pero su discurso feminista no impide que nos muestre un carrusel de excesos. Dominada por el morbo que representa la figura de Bathory, es fácil pensar que Delpy cae rendida ante el mito que pretende destruir. En cierta forma, comete errores similares a los de Antichrist, de Lars Von Trier, pero la película del danés, pese a toda la colección de excesos que presentaba, conseguía mantener a flote su feminismo radical. De la película de Delpy no se puede decir lo mismo, anclada en su clasicismo formal y en su innumerable colección de tópicos (sobre el amor, el deseo, el paso del tiempo) no termino de saber qué piensa realmente la directora acerca de su personaje.