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Testimonio de una artista. Gran cantidad de rabias acumuladas...

Por Danièle Huillet

3 de enero de 1994

Volviendo de un periplo bastante largo encontramos el Nº1 de Nuances, por el cual os damos las gracias: es raro que todavía se lean cosas concretas, precisas, documentadas y apasionadas. Gracias. ¡Pero qué depresión, al mismo tiempo!
En 1975 habíamos hecho un viaje por USA, adonde habíamos sido invitados, ya que nuestra película Moses und Aron se proyectaba en el Festival de Nueva York y los estudiantes nos rogaban que fuéramos con las películas. Habíamos elegido estas universidades en función de los museos en los que se encontraban los Cézanne, y fue así como vimos por primera vez los de la Barnes Foundation, que venimos de volver a ver, en parte, en Orsay. Tuvimos que hacer autostop para volver a la ciudad, ya que es cierto que son pocos los transportes públicos que cumplen el servicio por los alrededores de la Foundation, pero estábamos tan contentos de haber encontrado por fin un museo donde se considerara como algo normal que sea la gente quien vaya a ver las pinturas, algo que siempre podemos conseguir si hay realmente ganas, incluso casi sin dinero –¡la prueba, nosotros!– y no las pinturas a la gente. Eso es lo que se ha conseguido; y también los rechazos de la reproducción, lo cual es incluso de sentido común, ya que es una «trufa», como dicen los italianos, que hace creer a la gente que han «visto» (por tanto, toma de posesión) una pintura, mientras que sin la materia no poseen más que una sombra, una información.
            En Orsay, cuando preparábamos nuestro filme Cézanne, el 15 de agosto de 1989, vimos un chicle pegado sobre un Cézanne; busqué durante una media hora un vigilante (perdón, ¡un agente de vigilancia!) para señalárselo, con el corazón temblando, ya que tenía miedo de desencadenar una avalancha: cristales de «protección» sobre las pinturas… Una vez le encontré, nos dijo que no podía hacer nada, sólo un restaurador podía alejar esa cosa… Ocho días después, el chicle seguía allí.
            Aún en 1975, lo primero que hicimos al llegar a Nueva York fue ir al Museum of Modern Art, a ver… los Cézanne; un deslumbramiento. Y un agotamiento, ya que no podíamos sentarnos, y varias horas de pie, concentrados, mirando, cansa. Volviendo de nuestra gira por los cuatro rincones del país, disponíamos de una jornada antes de la fecha, fija, del chárter que nos debía llevar de vuelta: por tanto volvimos al Momart; y no reconocimos nuestros Cézanne; horror: cada pintura estaba entonces bajo un cristal blindado; y a menudo dañada por la operación: nuevas pequeñas grietas, etc. Como protestamos contra esta locura, diciendo que valía más la pena correr el riesgo de un acto de locura –extraño– que convertir todas las pinturas en invisibles –reflejos, etc. – y dañarlas con total seguridad, nos dijeron de mala gana: era una exigencia de la compañía de seguros…
            Sabéis también, supongo, que las pinturas de la Tate Gallery, en Londres, viajan casi sin parar entre ésta y la «sucursal» de… ¡Liverpool! La privatización ayudando. Por tanto, todas las pinturas están bajo un cristal, rigurosamente invisibles, ya que la Tate no dispone de bastante dinero como para pagarse unos cristales antirreflectantes. Como el Museo de Basilea, el único museo «público» de los que hemos visitado, y donde hemos filmado para la película Cézanne, en el que los cristales de protección son (casi) invisibles, en el que la luz es correcta (con las Tullerías, gracias a la luz de las ventanas y del Sena), y donde los cuadros están colgados de forma recta, horizontalmente, y no inclinados hacia la izquierda o hacia la derecha…
            Ya ven que Nuances ha despertado gran cantidad de rabias acumuladas; la obra de destrucción del trabajo de los predecesores no ha comenzado hoy. Cuando preparábamos Chronik der Anna Magdalena Bach, vimos, en la Staatsbibliothek de Berlín (Este) los manuscritos y las partituras de Bach, en particular la gran partitura «caligrafiada» por él, con el Cantus firmus en rojo, de la Matthäus-Passion, en 1959. Cuando por fin conseguimos reunir el dinero para hacer la película, en 1966-67, volvimos para ver de nuevo las partituras. Allí también, no las reconocimos: ¿qué había sucedido? Nos explicarían que para proteger las partituras, las habían pegado sobre la tela. Olvidando que en el pegamento había un ácido que «ahuecaba» el papel. Pero, añadieron, no es tan grave, tenemos los microfilmes…
            Sólo cuando el espíritu es corto de luces, la arrogancia de una clase y de un siglo que se cree «científico» y más inteligente que los siglos pasados y que es incapaz de preveer las consecuencias, de calcular los riesgos de sus empresas, en todos los terrenos, sumándose el afán de lucro, o de poder, lleva por ejemplo a Monsieur a considerar las obras de arte reunidas por Barnes como un capital que debe, por definición, conllevar una plus valía –y eso vale para tantos directores de museos del Estado impulsados por las privatizaciones, que son el equivalente del saqueo de los bienes comunes por la misma burguesía por otra parte, y por la supuesta necesidad publicitaria–, bien, esto es el pillaje y el saqueo sin frenos, cortamos los plataneros para comer los plátanos y, detrás nuestra, el diluvio.
            Y no hablo de lo que sucede en nuestro ámbito, tan joven todavía sin embargo, las famosas «restauraciones» de películas –el rechazo de la pátina, ¡con la idea imbécil y arrogante de que podemos hacer como si el tiempo no hubiera pasado!

Danièle Straub-Huillet, cineasta

Carta publicada originalmente en Nuances, nº 3-4.

Traducido del francés por Francisco Algarín Navarro.

Agradecemos su ayuda a Andrew Parrish y Ted Fent.