INTERNACIONAL STRAUB-HUILLET

1967-1968

Por Franco Fortini


Fortini/Cani (Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 1976)


A través de otra guerra, y luego de innumerables episodios de masacres, de asesinatos, de conversaciones y de paranoia política, el conflicto de Medio Oriente perdió este perfil ejemplar de dialéctica histórica que era el suyo, y que, en 1967, todavía podía mostrar a un observador apasionado, aunque distante. Sucedieron otros acontecimientos, demasiados: hasta el punto de persuadirme de que el derecho a la palabra, que por entonces había tomado en I Cani en nombre de mi ascendencia familiar y de mi rechazo adulto de ésta, era ridículo, y que los únicos auténticos intérpretes de la realidad serían más bien los fragmentos de la propia realidad, los periodistas internacionales, los cadáveres de los libaneses asesinados, las fotos de la subversión, las repulsivas máscaras de la historia. Habíamos visto a los rusos entrar a Praga y a los americanos salir de Saïgon; crecer el movimiento de los estudiantes por Europa y luego desaparecer, gritar a la voz del proletariado chileno y luego apagarse; y, en mi país, durante años y años, desarrollarse y enrollarse una guerra civil cada vez más enmascarada y falsificada, hasta la desagregación y la degradación de toda una generación. Miré, como pude, con los ojos acostumbrados a mirar; pero justamente por eso me parece hoy lejano y mezquino haber querido todavía, en 1967, hacerme una misma pregunta en una misma página sobre los acontecimientos israelí-árabes y mis vicisitudes biográficas.

Creo que hoy no existe, si se quiere evitar el ridículo, ninguna posibilidad de confundir la noción de «judío» y la de «israelí»; además, toda la gran esfera cultural del judaísmo, su acento histórico y alegórico, se han según creo separado definitivamente de toda la verdad (positiva y negativa) del Estado israelí y de sus asuntos; y sobre todo de todas las bobadas de las editoriales, de la televisión y de las películas, que crecen sobre las fosas judías de 1939-1945 y la crónica sanguinaria de nuestros años.

A fin de cuentas, no creo tener que cambiar de opinión en lo que respecta al conflicto del Próximo Oriente en relación con lo que decía hace diez años. Precisamente porque no se trataba de la opinión de un «experto», ni tampoco de una autobiografía patética y lírica, sino más bien de una opinión que se pretendía motivada y fundada, aunque se expresara bajo una forma no rigurosa. Unos meses después de la publicación de I Cani, escribí, a propósito de un número voluminoso de Temps Modernes dedicado a la cuestión que la clave de la futura situación se encontraba en la capacidad de organización política anti-capitalista y anti-imperialista, tanto en Israel como en los países árabes. Era una evidencia, pero no un error. O era más bien una previsión desmentida hasta hoy por los hechos, los hechos que han conducido a la situación presente, de reacción generalizada sobre todo el globo. E incluso viendo cómo el conflicto del Medio Oriente ha llegado para reproducirse, caso ejemplar de las guerras modernas de los pueblos interpuestos, en África y alrededor de las costas del Océano Índico, llegamos a preguntarnos si no se va a volver cada vez más claro, hasta convertirse en insoportable para los ojos de los europeos, el perfil de la lucha de clases que se dibuja detrás de los conflictos anti-imperialistas y el sufrimiento de los pueblos enrolados al servicio de las superpotencias. I Cani del Sinai se escribió con cólera, con los músculos tensos, con una rabia extrema. La desesperación del libro sigue siendo juvenil porque disimula mal la esperanza.

En realidad, en torno a este verano de 1967, la situación era -hablando al estilo chino- «excelente»: los burgueses filo-israelíes, es decir, filo-imperialistas de Occidente aplaudían con grandes gritos a Dayan y a los suyos, pero en Francia, Italia, Alemania ya había comenzado ese levantamiento de la juventud que, durante todo el siguiente año (acompañado, al menos en Italia, por un importante movimiento de la clase obrera), debía conducir a un cambio TAN profundo en los equilibrios como para que fuera necesaria una década para que los viejos poderes políticos, los partidos, las instituciones, remontando la crisis económica, volvieran a tomar las riendas. Y hoy muchos de nosotros aceptamos la imagen mentirosa a la que algunas películas querrían acostumbrarnos: la imagen del caos y de la extravagancia. Nuestros enemigos sólo se hacen fuertes con nuestra debilidad.

Por no haber sabido, en el pasado, dar a nuestra razón la fluidez del agua y de la hierba, hoy en día tenemos que volver a soportar los repugnantes hedores místicos, iniciáticos, herméticos, codiciados y transversales que se elevan de las ceremonias intelectuales, editoriales y bancarias. En ese sentido, debemos medir la diferencia entre el momento que correspondía -en la Nueva Izquierda italiana al menos- al año de I Cani del Sinai, y el momento actual que es el de la deserción, no tanto de la «política como de toda finalidad», y que se traduce por un abreviamiento de la previsión y de la dirección, por un rechazo del proyecto, en resumen, por una contemplación fascinada de la muerte.

Me parece que todo eso se ha previsto claramente en la película de Straub-Huillet. Ya no puedo identificarme con su interpretación crítica, ni siquiera con la genial reescritura de mi texto. Lo que he escrito, para bien o para mal, se encuentra en las páginas de este opúsculo con portada amarilla, en su puntuación y en su ritmo. Y no es el yo quien lo ha escrito, y quien escribe, que es ese señor en la foto de Straub-Huillet, cuidando una existencia derrotada, y leyendo, casi incrédulo, lo que otro sí-mismo ha escrito, con un énfasis repercutido por los silencios o por los brillos del presente.

En varias imágenes fundamentales de la película, que hacen abiertamente alusión al pasado que puede ser también el futuro, hay, si alguien sabe quererlo (las montañas pacificadas, el laurel-rosal en flor, la panorámica por Florencia, la colina del final), hay una dialéctica permanente entre «renuncia» y «promesa». La renuncia, la Entsagung, se convierte, también, en promesa. La ausencia del hombre, ahí donde es más completa (porque incluso la voz se calla, como en la secuencia de los Apuanos) afirma la «enorme presencia de los muertos» (Montale), pero estos muertos no son solamente las víctimas de los asesinatos nazis. Cuando se ve el presente desde un lugar que está fuera del presente, se convierte en el lugar en el que se proyectan los espíritus pasados o por venir. Aquí, por lo tanto, el espacio de las montañas de los Apuanos se convierte en una propuesta de habitabilidad; y lo mismo sucede con Florencia, hasta que es vista desde la colina1. Esta humilde propuesta se contradice continuamente, en otras secuencias, con el ruido del presente o con la ley del pasado, con una impracticable santidad (los campanarios, el tráfico, la voz del rabino que domina por encima de la del narrador). Algo se ha destruido, arrancado o ahogado. La historia es una trampa inmunda de monumentos, de piedras, de recuerdos. «No aquí sino en otra parte» es el pensamiento dominante de la película. Pero esto significa en verdad: «No hoy, sino ayer y mañana». Su intención profunda no es diferente de la que había sido la mía. Se dice con otros instrumentos, se dilata hasta una mayor significación. La panorámica de los Apuanos no «dice» solamente lo que ocurre o el tipo de calma que recubre los lugares de las masacres antiguas y modernas; «dice» también que esta tierra es un lugar habitable para los hombres, que es la que debemos habitar. Entonces Straub me dice, a mí, que debo callarme, que mi voz debe desaparecer porque, como se escribe en Le Temps retrouvé, es una «ley», que «crece la hierba no del olvido, sino de las obras fecundas, a la que las futuras generaciones vendrán felizmente a hacer su “almuerzo en la hierba”, despreocupados por quienes duermen allí debajo». Esto se dice en la relación entre los razonamientos -o las ofensas- del texto y la atención (es la palabra de Simone Weil) de la cámara. Straub ha alejado y cerrado para siempre no sólo un episodio de la interminable «Judenfrage», sino también un intento (el mío) de ajustar ciertas cuentas, de deshacerme de ellas. La película va más allá.









Fortini/Cani (Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 1976)

A través del ojo de la cámara que me miraba, pude comprender mejor ciertas enseñanzas formales que había recibido a lo largo de tantos años de algunos maestros poco numerosos y absolutos. Una de ellas es la regla del muerto-viviente; del zombie, si queremos. Vitalidad, pasión, espontaneidad: sin las cuales no hacemos nada. Pero, al mismo tiempo, si éstas no se transforman, no se ponen a distancia, no se vuelven mudas, destruidas, miradas como bienes perdidos para siempre, que no están destinados para nosotros, que no pueden convertirse en «alimento para un gran nombre». Dentro de unos años ya nadie comprenderá lo que fue la guerra de Vietnam y el conflicto israelí-árabe. Hemos olvidado muchas otras cosas. Sólo quedarán las conmemoraciones televisadas y los libros de historia. Esto se dice, con todas las letras, en mis páginas de I Cani, y mi voz es estridente justamente porque, en el mismo instante en que habla de «realidad», está dominada por la ausencia; y si Straub ha comprendido y ha dicho todo eso tal y como un músico dice su música a partir de un libreto, es así porque él mismo está dominado por la ausencia, porque él y yo podemos esperar anunciar un futuro (es eso lo que queremos) simplemente señalando, con exactitud, las fosas de la ausencia, las lagunas de lo real.

La terraza estaba en sombra por la mañana y luego estaba entera recalentada por el sol. Alrededor había árboles y flores, estaba la limpidez y la luz, estaba el canto múltiple de los pájaros. Detrás de la casa pequeña se levantaba la montaña, cubierta de plantas. Delante, las hayas y los campos en pendiente y la mar calma y azul. El pequeño patio en el que trabajaban los colaboradores de Straub era un espacio delimitado, un estrado de ceremonia. En ese estrado, pasé diez días repitiendo los nombres de mi adolescencia, las palabras de mi padre, el horror y la vergüenza de donde todos nosotros surgimos. Pero esta naturaleza tan tranquila no era ni de paz ni de felicidad. Como en la gran panorámica de los Apuanos, la calma era aparente, como una llamada a la ayuda, a lo más profundo. Nosotros éramos conscientes, de una forma o de otra. El mar y el cielo cegaban pero no era el verano ardiente y feroz del sur. El paisaje pedía (nosotros nos pedíamos a nosotros mismos a través del paisaje) algo así como un «suplemento de alma» y yo no tenía vergüenza, así como no la tengo actualmente, ante esta locución espiritualista; toda la realidad de la lucha materialista de las clases estaba incluida en esos colores idílicos; para nosotros era inseparable del canto de los pájaros.

A partir de las indicaciones que me daban Danièle y Jean-Marie, el texto se convertía en extranjero bajo mis ojos: mi defensa era muy débil, dejaba relaciones inesperadas, alteraba la puntuación y la sintaxis. Aunque inconscientemente, comprendía que la operación cinematográfica, alterando precisamente lo que llevaba mi firma, deshaciendo precisamente el tejido de mis pensamientos, los sobrepasaba, los conservaba y los hacía más verdaderos. No sé si en esas palabras que eran mías había lo que se llama «valor»; pero esta destrucción-renacimiento lo tenía seguro. Recordaba haber leído que Cézanne miraba a veces a gran distancia la tela del paisaje que iba a pintar para saber si, introducida en la naturaleza de alrededor, se «sostenía» la comparación. Me sucedía algo parecido en el patio de la pequeña villa en el que Straub me forzaba a repetir la angustia de una autobiografía. Palabras e ideas que habían nacido en otra parte, manchadas con los periódicos y la rabia, en años de desolación y de piedad, todo aquello se había acabado delante del pequeño laurel-rosal en flor, en una luz sorprendente. La palabra «conversión» es ciertamente grande y falsa. Pero la de «cambio», más discreta, la viví gracias, creo, a la operación de Danièle y Jean-Marie durante esos días. Desde entonces, las palabras y las ideas que en I Cani me eran dolorosas dejaron de hacerme daño.

En una de mis notas de entonces, encuentro: «Estoy enfermo, cansado, tengo una neuralgia del trigémino, vértigos. Esto es lo que pasa cuando uno quiere volver a su propia biografía. Pero los dos amigos muertos-vivientes me dieron, durante esos días, una extraordinaria lección de métrica».

Hoy, sé que podemos mirar hacia un real sin fantasmas de consuelo. Podemos hablar sin lirismo y sin autobiografía de la continuidad atroz de la opresión y la violencia que tenemos frente a nosotros, en Israel y aquí y en otra parte.

Si me preguntan qué he aprendido de la última relectura de I Cani del Sinai, en la traducción, la efectuada por Straub, debo responder o bien con falsa modestia o bien con un orgullo verdadero. La falsa modestia me dice que el texto, y la película que interpretándolo lo sobrepasa, son un interesante episodio, psicológico y sociológico, de las reacciones de los intelectuales europeos, herederos de los filósofos y de los políticos revolucionarios de la primera mitad del siglo, en un episodio -el conflicto israelí-árabe- que por esas ideologías parece de una extraordinaria eficacia didáctica y propagandística. Teniendo en cuenta que el proceso de nulificación y de destrucción de las diferencias se encamina triunfalmente hacia el cuerpo de las últimas generaciones de europeos, a partir de ahora ya no cuenta lo que ocurre en casa del vecino, porque no somos vecinos de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, y no existe ninguna cuestión judía o árabe, de la misma manera que ya no existe ninguna cuestión cristiana o marxista o blanca o negra o roja: no existe nada. Pero el verdadero orgullo me dice que no es así.

Ciertamente, es doloroso percibir que hemos penado toda la vida para que penetren en la izquierda, en la condición de los hombres, las cuestiones fundamentales, que precisamente la peor tradición de esta izquierda ignoraba o desfiguraba, y ver hoy estas cuestiones -que se han convertido en irreconocibles- recibidas, retorcidas, explotadas por nuestros enemigos, sirviendo para destruir toda hipótesis de transformación del presente. Y lo que hemos buscado escribir contra el mundo se repite hoy distraídamente contra nosotros y contra las verdades en las que seguimos creyendo. ¿No ve el propio Straub, vulgarizado de aquí en adelante por los astutos adaptadores, el cine o sus modas, lo que ha sido, en su obra de vida, el resultado de un rigor de la atención y de una esperanza ciega?

Pero eso que es nuestra aparente derrota nos llena de alegría: no por la inversión de las tendencias, quizá automática, psicológica, confiada al tiempo y a su pereza, sino porque, como se ha dicho, «la tentación del bien es irresistible», y cuanto más se destruye un destino, más se parece a la libertad. La resistencia, en lucha con el presente, ya existe, ignorándose incluso a sí misma. Nuestras páginas, puede que incluso nuestras imágenes, pueden ser ignoradas. Después de todo, no es eso lo que importa. No somos solo nosotros, sino las palabras del deportado muerto en Birkeanu con que acaba I Cani, las que continúan apresurando a creer en la verdad.

Octubre de 1978.

Texto publicado originalmente en
Jean-Marie Straub et Danièle Huillet: Conversations en archipel.
 Anne-Marie Faux (Ed). Paris: Cinémathèque Française, 1999.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

 

1 Cuando en Contocello, la localidad de la isla de Elba donde leí las páginas de I Cani del Sinai, empezó a rodar Straub, el pequeño laurel-rosal todavía no había florecido. Straub sabía que la floración era inminente, y durante dos días, pidió que le dieran agua con un tubo de goma; a la mañana del tercer día, habían salido las primeras flores rojas. (F.F.).








Fortini/Cani (Jean-Marie Straub, Danièle Huillet, 1976)