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E-mail de un amigo

por Jean-Pierre Gorin

[Acabo de llegar de un viaje de dos días, San Diego-París, ida y vuelta, para asistir al funeral de Danièle Huillet. El alma hecha tristeza]. La primera película que ella dirigió con Jean-Marie Straub me hizo cineasta. Era en 1965, y yo tenía veintidós años. Caminé hasta un cine donde se pasaba Nicht versöhnt oder Es hilft nur Gewalt wo Gewalt herrscht. ¿Cómo podía resistirme a un título que englobaba de forma tan absoluta mi música? Vi la película sin entender nada de ella, pero hacia el final algo extraño sucedió: yo que no sabía una sola palabra de alemán, estaba tan anonadado que de alguna forma lo entendí todo con absoluta claridad. Salí del cine con el deseo de verme envuelto en un medio capaz de llevar a cabo ese tipo de magia [tan íntima]. Y, hasta hoy, desde que vi Nicht Versöhnt Y ahora temo por la vida de Jean-Marie… Podría imaginar a ella sobreviviéndole a él, pero no a él sobreviviéndole a ella…

Como en todos los funerales, claro, estaba ese sentimiento devastador proustiano de Le Temps retrouvée. Había allí un centenar de personas con «guele de circonstance». JLG y Anne-Marie… otros que no conocéis y que pasaron por la vida de Danièle. Un puñado de rostros jóvenes, que empujaron el día de la desesperación a la esperanza. Es el gracioso deber de la juventud. Jean-Marie estaba allí (había rumores de que no asistiría) con su eterno puro, vestido de la forma menos propia de un funeral posible. La cara de ella estaba visible, su serenidad, su tierna belleza asomaba por una pequeña apertura del ataúd cerrado. Un icono bizantino. El viento y el sonido del tráfico, fuera del cementerio, se llevaron las palabras que fueron citadas antes de que ella fuera llevada a la tumba. Escuché un texto en alemán, y las palabras «No nombraré el nombre de aquel cuyo nombre es más fuerte que el propio amor…» Desfilamos junto a la tumba, lanzamos rosas en ese hueco tan profundo y tan oscuro que tuvimos por primera vez la noción de lo que habíamos perdido irremediablemente. Jean-Marie, sentado en la tumba de al lado, observaba. Uno de los asistentes le entregó un ramo de rosas. Caminó hacia la tumba y lo lanzó. Le salió un grito espantoso de rabia contra la muerte y sus obras, y después volvió y echó a correr, corrió entre las tumbas, con aullidos de dolor, mientras algunos amigos le seguían. Le trajeron de vuelta. Asistió al cierre de la tumba, con el cuerpo medio doblado, como si le hubieran golpeado en el estómago con la fuera de un puñetazo y levantó el puño izquierdo, en un saludo de orgullo optimista por los huelguistas del Frente Popular Francés, por los luchadores republicanos españoles y por los comunistas alemanes, cuando la piedra finalmente se deslizó hasta taparla. JLG, Anne-Marie y yo caminos cogidos del brazo por las callejuelas ensombrecidas durante algún tiempo. Finalmente me quedé solo, caminando durante el resto de la tarde y la noche siguiente antes de tomar un vuelo de vuelta para Estados Unidos.

Fecha: jueves, 17 de octubre de 2006 23:34: 06

Traducido del francés por Francisco Algarín Navarro a partir de dos versiones: la original, publicada en Internet en un sinfín de lugares, y posteriormente en New Filmkritik, y la reescrita por Jean-Pierre Gorin como coda a un texto sobre Onde jaz o teu sorriso? en Cem mil cigarros - Os Filmes de Pedro Costa, Ricardo Matos Cabo (ed.), Orfeu Negro, Lisboa, 2009