FID MARSEILLE'09 (8): BERNARDETTE, LES OISEAUX D’ARABIE, LES ARCHERS, THE CAT..., LE PLEIN PAYS, VIDEOMAPPINGS

La realidad multiplicada (lire en français)

por Fernando Ganzo

Últimos días en Marsella y las conversaciones en sus terrazas dejan pensar que este año el nivel ha sido algo inferior respecto a últimas ediciones. Sorprendente cantidad de films sobre ancianos y ningún gran shock. Lunch Break ya fue vista en Punto de Vista, Costa y Raya Martin en Cannes, Deutsch tampoco nació ayer… Material es quizás el gran descubrimiento, habiéndome llegado a mí en el último día. Y con ella, muchas otras cosas de interés. Bernadette de Ducan Campbell es un excelente film de recopilación, incluyendo algunos pasajes de film pintado, pero sobre todo un retrato de la fundadora del Partido Socialista Republicano Irlandés, o más bien de su rostro. Un rostro ingridbergmaniano, de espantosos dientes. Los discursos de Bernadette, a distancia de su actualidad, pierden su naturaleza. La revolución sólo queda en sus facciones. La piel es una cuestión política. El tramo final de la película es una sorprendente abstracción poética sobre su identidad, su doble mediático y la realidad, inspirado en su libro de memorias El precio de mi alma. El montaje duplica su imagen mediatizada y, finalmente, sobre sus palabras, dejamos de ver a Bernadette, volviendo la mirada al cielo. De la resistencia a la nube.

Les oiseaux d’Arabie, debut del responsable de Derives, David Yon (en su site podemos leer el diario de rodaje), tiene su gran valor en la transposición. Las cartas de la filosofa judía Simone Weil dirigidas al anarquista catalán Antonio Atarés, prisionero en Francia primero, en Argelia después, tras haber escapado al inicio de la dictadura española, son leídas por Lou Castel, actor migratorio, desraizado, y completadas por las filmaciones documentales de Yon en el país africano (junto con ciertas imágenes de archivo). Añaden belleza los poemas de Max Aub y la pieza El cant dels ocells. Entendamos pues esta doble desubicación, esta miseria moral histórica aplicada a imágenes del económicamente miserable presente argelino. Momentos magníficos se alternan con otros menos logrados visualmente, y sobre todo con la sensación de un desequilibrio en su planteamiento. El realizador nos invita a dejarnos llevar en su viaje, pero sin plantearse si ha dejado espacio suficiente para que acompañemos al film. Afortunadamente, sí hace viajar a las cartas.

Todo lo contrario ofrece Les Archers. Menos movimiento, pero deslumbrantemente bello film de Martin Verdet, en el que filma a grupos de estudiantes de violín y violoncelo en Dinamarca. Los planos largos de la majestuosa casa, o de la criada, nos envían a otro tiempo. Los primerísimos primeros planos de los estudiantes y profesores, cuyos instrumentos prácticamente no se ven en el cuadro, nos transportan a un mundo imposible: la música como producto del cuerpo. Un plano especialmente logrado, la nuca de uno de los músicos mientras ejecuta una serie de vibratos, en deslumbrante sincronismo. Detrás de todo esto, es el peso de lo siniestro quien sostiene esta estructura de belleza: algo nos perturba al ver a las mujeres trabajando preparando la comida en la casa en medio de la naturaleza, rodeados de silencio o instrucciones poéticas sobre la interpretación, o al ver al maestro comer una fruta cuyo jugo chorrea sobre la mesa. Algo ensucia ese entorno de perfección y elitismo cultural. Moscas muertas, escarabajos malheridos.

Dos películas con aroma de premio en Competición Francesa: The Cat, the Reverend and the Slave (Alain Della Negra y Kaori Kinoshita) comienza con una puesta en abismo. Desde una ventana de un avión vemos un paisaje residencial americano en plano cenital. Después, una vista tipo satélite nos muestra un mapa similar. Una voz nos describe dónde vive, y salimos fuera de la pantalla del ordenador. Se trataba de Second Life, universo virtual que abastece a esta película rodada en los Estados Unidos. El documental lleva al límite la relación entre representación y realidad. Los personajes dialogan entre sí sobre sus relaciones en el mundo virtual, y durante varios momentos resulta difícil saber si hablan la realidad o no. Prueba brillante de la adolescencia moral de la sociedad: la representación no sólo iguala en veracidad a la realidad, sino que la desborda. Al fin y al cabo, la realidad no es más que una ficción de grado bajo y máxima aceptación consensuada. La representación, Second Life, se basa en la apariencia, y como tal, representa la verdad social a un nivel más fiable. Second Life sería, pues, el gran film documental de nuestra época, quizás. Ligero problema del film, inevitable, los sujetos que van apareciendo en el relato derivan cada vez más en una troup de freaks, provocando una distanciación, pero haciendo ganar al film en sobrio feísmo. Menor lectura antropológica, mejor repertorio de extremismos. La propia puesta en imágenes contribuye a identificar Second Life y realidad, y a los sujetos con el propio film: Cuando los protagonistas sean viciosos (travestidos propietarios de esclavos que determinan la vida sexual, a todos los niveles, de otras personas), el film también lo será, presentándolos en su oscura habitación, dejándose llevar por su pulsión. Del mismo modo, cuando la fe sea el motor de los personajes, la religiosa se identificará con la devoción en Second Life, mundo en el que el contacto con Dios sería, por lo tanto, verdadero: creencia en mundos virtuales, fe absoluta en un contacto no físico. ¿Limites en la creencia en la imagen? Además de los momentos de bizarradas con usuarios que se sienten animales de peluche (sic. La Identidad, conflicto evidente del mundo occidental en este inicio de siglo es el otro gran tema del film. Estamos ante transanimales, crisis de identidad entre la naturaleza humana, la animal y la… del peluche), destaquemos el final en la asombrosa comunidad del Burning Man, deslumbrante. En el estante fuera de la sala se vendía La Cecilia, una confrontación entre esas dos sociedades utópicas sería brutalmente enriquecedora.

La segunda película de la que hablaba como premiable es Le Plein pays, de Antoine Boutet, que nos introduce sin preámbulos en un mundo virado por la locura ermitaña de un hombre que habita un lugar perdido de los bosques de Francia. Su carácter obsesivo le convierte, además, en artista y filósofo brut, obsesionado por un maltusianismo casero, y en compositor de canciones delirantes. La reciente visión del deslumbrante proyecto de Wang Bing, L’Homme sans nomme, me impide acercarme con ojos limpios a la película. Pero quizás partiendo Herzog tampoco habría podido hacerlo. No encuentro una relación entre el film y su derecho a entrar en la vida del personaje. Desde el primer plano se expone su intimidad, su hogar, sus comidas. No hay misterio. No encuentro una verdadera dimensión mitológica en ver al personaje recolectando piedras para su extraño museo. Si encuentro humor. Así cuando intenta remolcar una enorme piedra, el encuadre permanece en exclusiva sobre esta, y la imposibilidad de sacarla de su agujero, y no en los esfuerzos del personaje, al que sólo oímos, de forma muy graciosa, maldecir. Y sin embargo lo merecería. Él es el mejor director en este film: los intentos de una visión más contemplativa por parte de Boutet (que sin embargo otorgan una fuerza inmensa al arranque, una violenta zambullida en un universo solitario donde nada más existe) terminan cayendo abajo. La relación de fuerzas entre él y el protagonista es vencida por este: terminará haciendo seguirle al director, entrar en su ritmo, perder el control. Segunda revancha del personaje: ofrece al director una canción. La letra recomienda a una mujer no tener sexo, para no tener que ir al hospital. Risas. La canción avanza y el personaje le indica a esa mujer que siempre podrá ir a verle, le da su dirección, le dice quién es: un jardinero que vivía con su madre. Dice su nombre completo. Fin de las risas. Él recupera su dignidad. Él crea el momento fordiano. He ahí la belleza del film.

Completemos con la opinión de Independencia sobre Videomappings, Aïda Palestine, de Till Roeskens: «Dispositivo gráfico que evoca Le Mystére Picasso. La cámara fija delante de una hoja a la espalda de la cual los testigos cartografían, contándolo todo, los trayectos a lo largo y fuera de los campos de refugiados de Aïda. Los check-points, las zancadillas, los muros y las brechas. El dispositivo, claramente más cheap que el de Cluzot (una fina hoja traspasada por la tinta del marker) gana en precisión a lo largo del filme. Apasiona sobre todo por la función que da al realizador: filmar un trazo que puede llegar a crecer por cualquier parte».

Y tras esto sólo quedó Material antes de mi despedida de Marsella, y mi aturdimiento ante la construcción de este muro inmenso utilizando distintos materiales, para hablar de la caída de otro muro, en un film que, sin embargo, puede ser visto con el estómago. De ello ha habido mucho en las crónicas escritas durante la semana, casi con sonido de sirenas por la sensación de celeridad, pero es ese el sonido que se escucha en el viaje imparable entre la realidad y la representación.