FID MARSEILLE'09 (2): L'IMPOSSIBLE - PAGES ARRANCHÉES, FILM IST, A GIRL AND A GUN, MANIQUERVILLE y SKORECKI DÉMENAGE

Imágenes que queman (lire en français)

por Fernando Ganzo

Nuestras sensaciones del primer día se han visto confirmadas: la urgencia del festival, el escribir a pie de obra, y la temática de los filmes llevan a añadir un sentimiento de responsabilidad al escribir sobre las películas del FID. Responsabilidad y, al fin y al cabo, vida, excitación, sentimiento de intercambio y reflexión a distintos niveles gracias a Internet. Encuentros con colegas de Blogs & Docs e Independencia ayudan a tener esta impresión. Pero vayamos con las películas.

L’Impossible – Pages arrachées, de Sylvain George, largo filme en diversos capítulos, evoluciona sinuosamente entre el documental y el cine experimental. Empecemos por este último. La supuesta imposibilidad de un trabajo con la materialidad fílmica en formato digital sigue sin ser tan apocalíptico como, en una excesiva radicalidad, ciertos estudiosos propugnan. George alterna super 8 y DV sin mayor problema, aprovechando las características de ambos. La piedra con la que mucho cine experimental, especialmente el francés tiende a tropezar, es más bien el ritmo. Una cierta cadencia de las imágenes que responde más a una cuestión de género (filmes de género experimental) que a un verdadero cuestionamiento sobre la duración de los cortes. Pasada esta molestia, bastante frecuente, sobre la que se debería reflexionar más, la primera parte de la película no plantea otras (excepción: el abuso de la metonimia; planos detalle a modo simbólico mostrando los restos de basura sobre raíles dejados por los inmigrantes, ropas sobre ramas, desechos…), más bien todo lo contrario. Aroma de Jonas Mekas, cine migratorio, retrato del tránsito de personas que vienen de otros países y que atraviesan Francia con la esperanza de llegar a Inglaterra. El cineasta les acompaña, la cámara dialoga con ellos, no hay extrañeza ni falsas distancias. El ralentí y el montaje ayudan a crear imágenes de síntesis: personas que arden. Más tarde, serán las imágenes las que ardan: Plaza de Nation, en París. Manifestaciones de marzo de 2009. Lo imposible es traspasar las líneas de la policía. George lo testimonia con su cámara digital, en blanco y negro, dialoga con algunos manifestantes que toman el relevo a las protestas de los inmigrantes para llevarlo al terreno estudiantil. El problema está entre medias. El lado «testimonio» del filme otorga de una autoridad al realizador: uno de los inmigrantes de la primera parte fue asesinado poco después del rodaje, el texto sobreimpresionado acusa: fue la sociedad la que lo asesinó. Aceptamos la justicia de elaborar casi cualquier discurso, pero en este momento se apoya sobre el valor de testigo de la cámara, y eso es más que cuestionable. Hay algo de limpieza de conciencia, pues, en la parte posterior enlazada a este momento. Esa carga de autoridad moral impregna a los sublevados manifestantes, cuando puede que no haya mucho más que una expresión de rabia. Arriesgado, pues. La conclusión: Puta Francia, viva Francia.

Más estimulante resulta la parte final: acusación de la intelectualidad de izquierdas de su propia intelectualidad, que la condenó a situarse más a la derecha de la derecha. Entre apoyarse en Bernard Henri-Levi o desintegrarse, «venderse», como Marguerite Duras, cabe, efectivamente, plantearse qué fue lo peor para la conciencia política francesa.

Llega a límites emocionantes la nueva parte de Film Ist, A girl and a gun, de Gustav Deutsch. Con una recopilación de found footage (que llega a Segundo de Chomón) y banda de sonido a cargo de Christian Fennesz, la película construye una reflexión alrededor del sexo y la perversión cinematográfica. El cine como segregación. Imágenes viscerales, táctiles, van dando paso a un mundo codificado tras la ocultación del eros, mundo de pulsiones, mundo de tanathos, crímenes, muertes y perversiones. Mundo también del amor romántico, del anhelo de la espera y del recorrido hacia el ser amado. El discurso sensorial, cuando no se pierde en superficialidad es, repetimos, emocionante.

Más emociones ante la pantalla, más lentas, más duraderas. Maniquerville, de Pierre Creton, es una película en voz baja. Lejos de radicalismos, de lecturas predefinidas antes de acercarse al objeto filmado (una residencia de ancianos). El proceso, la confrontación de una realidad cerrada y silenciosa, ante una ficción cinematográfica y literaria. Los residentes asistirán a la lectura de En busca del tiempo perdido, y será la Veronika de Eustache quien la dé voz, invitada por una falsa animatriz/enfermera. El dialógo entre esos dos mundos es fluído. Ambos se retroalimentan, y también la experiencia del espectador. Transformados por el texto proustiano, el mutismo rutinario de los ancianos (no tanto, siguen existiendo al fondo gritos terroríficos, el pavor de la senectud) y la artificialidad de la ficción, desembocan en una simbiosis que impregna de vida: recuperar la memoria, recuperar el pasado. El mayor miedo de envejecer es olvidar todo, no la decrepitud física. Admirable prudencia de Creton al filmar a los ancianos. Maniquerville es discreta. Pierre Creton es un cineasta mayúsculo.

El ego de Louis Skorecki devora Skorecki Démenage, que relata en primera persona el proceso de desintegración vivido tras el cambio de propiedad del periódico de izquierdas Libération tras la entrada del millonario Rothschild en la propiedad. Skorecki se propone la noble labor de, digamoslo finamente, tocar las narices hasta el final sabiéndose fuera del periódico. Y lo consigue, la cámara digital le sigue improvisadamente. Descalzo, con una sudadera de Bob Dylan y una camiseta de Merle Hagard, acompañado de otro pequeño Louis. Inocente y acusador. Y la necesidad de una constatación: una redacción es, sobre todo, algo físico, una convivencia.

Termino abruptamente antes de la última película del día, de comienzo inminente. And I ride, and I ride…