CANNES 2013 (2): A TOUCH OF SIN, DE JIA ZHANGKE

Emboscada desde cuatro direcciones

Por Daniel Kasman

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La elegancia inconfundible en la ejecución de Jia Zhangke continúa asegurando la evolución radical de su búsqueda de huéspedes documentales para profundizar en el territorio de la narración de ficción. A Touch of Sin, su título en la Competencia, no es diferente, experimental y desesperanzada, con una gracia calmada que amortigua hábilmente su forma afilada. Su experimento más dominante e incluso sublimado consiste fundamentalmente en seguir siendo una piedra de toque, citando el cineasta a King Hu y a Chang Cheh como referentes para esta película y para su proyecto wuxia todavía en proceso, una inspiración tanto para los valores morales como para las soluciones formales. Estableciendo sus arquetipos y su iconografía a partir de la historia del cine, y recordando a la vez a una versión transmutada de Tarantino, Rohmer y Rivette, nunca traiciona sin embargo el agudo sentido de Jia para observar inquisitiva y serenamente el mundo. La integración el método para representar la ficción de la Nouvelle Vague como algo en lo que se involucran sus participantes y el cine de acción de los años 60 y 70 prolongan el alcance de A Touch of Sin más allá de las continuas referencias de Jia a la historia cultural china y revela la complejidad de la película.

Serie en cuatro partes de relatos morales de perversidad y venganza por toda China (vean la detallada revelación, por Marie-Pierre, de las historias, iconografías y geografías de la película aquí), lo que esta nueva obra consigue con gran éxito es acumular en capas opacas una tradición encima de otra. De esta manea reúne y descubre sincronicidades y comparatividades/compatibilidades narrativas entre ellas, hasta que el mundo de la película y el reflejo formal del mundo externo a ella, aparecen cosidos inextricablemente por el lánguido pasaje de sus habitantes a través de estas capas vivientes.

Estas capas comienzan en la China contemporánea, especificadas en la imagen y la narrativa. La cámara de Yu Lik-wai documenta el mundo —fábricas, carreteras, ciudades, construcción, clubs nocturnos— a la vez que registra las situaciones ficticias que Jia funda en esa realidad, revelando injusticias en niveles que van desde lo personal (abuso femenino y conyugal) y lo económico (la corrupción a lo largo del progreso) a lo social (las condiciones laborales, la política local). Gran parte del contenido de esta realidad se traduce de inmediato a la lingua franca del cine de arte internacional que hablan los críticos nacionales, donde la alegoría es un lugar común y cada relación es representativa de preocupaciones más profundas, con todas las conversaciones pasajeras hurgando en espinosos temas de actualidad, y los lentos movimientos de cámara asegurándose de contener en sí mismos la importancia de cada localización real. Es un acercamiento que se arriesga a caer en la severidad, el esquematismo y la obviedad autocomplaciente, pero la claridad áspera y directa, y la movilidad de estas imágenes y palabras fluye sin esfuerzo entre estos dos modelos de narrativa realista y exposición metonímica silenciosamente grandiosa. La elegancia de Jia triunfa de nuevo. El tono es el de la intemporalidad frente a la actualidad tremenda, con cada gesto hacia el presente acompañado de un sentido de asuntos eternos, de existencia permanente.

Jia complica este hábil punto de partida de una realidad severamente moldeada llenando el mundo con una historia cultural de la canción, la ópera, los mitos, el cine, los animales y los dioses que según el momento interactúa, mira por encima del hombro, encarna, expresa, re-narrativiza y posee aspectos de la cotidianidad popular. Vemos a gente que sale, a la vez que se crea a sí misma —o revive—, de historias que han estado contando, o de las que han sido parte, durante siglos. Sobre todo esto encontramos el tributo de Jia al género, con cada relato moral que tarde o temprano termina movido cruentamente de la mano de un mundo de wuxia fatalista con modernos caballeros errantes que resuelven todo tipo de problemas con una aplicación ética de la violencia. (Leyendas pero ciertas: relatos basados en la literatura y a ópear, pero basados en cuatro muertes reales). Los cuatro personajes fluyen con claridad a lo largo de estas escalas, pasando de observadores a actores (en los dos sentidos de la palabra) a algo incluso más metafísico, cultural y espiritualmente. Y así vemos la realidad que fuerza la actuación hasta convertirse en mito que vuelve a entrar en la realidad reformándola. Es un proceso migrante muy rico que, pese a toda la desesperación y el pesimismo que A Touch of Sin contiene en su baño de sangre como callejón sin salida—elocuente, perenne e inconclusivo— de un injusto ahora, la película sugiere una continuidad y un continuismo, de los que la película como obra de arte forma parte, y que acoge el compromiso directo del mundo a través de la apropiación y la reforma de las (H)historias humanas. De hecho, aunque una película no puede hacer sangre, los dos últimos planos documentales de Jia y la banda sonora que los acompaña muestra cómo esta película, como cada uno de sus relatos morales, puede concluir con una impresionante violencia directa.

 

Traducción de Francisco Algarín Navarro y Miguel García

 

A TOUCH OF SIN (TIAN ZHU DING)
Competición Internacional

China. 2013. 133’
Director: Jia Zhangke
Guión: Jia Zhangke
Fotografía:Yu Likwai
Montaje:Xudong Lin, Matthieu Laclau
Sonido:Yang Zhang
Intérpretes:Jiang Wu, Meng Li, Lanshan Luo, Baoqiang Wang, Jiayi Zhang, Zhao Tao