CANNES 2012 (12): HOLY MOTORS, DE LÉOS CARAX

Fuck the universe

Por Fernando Ganzo

(read in English)


Tras verla en dos ocasiones, no he dejado de preguntarme de dónde viene el placer que, mayoritariamente, sentimos al ver Holy Motors, pues rechazo la idea nostálgica o de homenaje, como se ha dicho mucho por los cuatro rincones de Cannes («homenaje al cine», «el cine en estado puro», y demás frases que deben de dar con la acreditación). Nos sabemos hijos bastardos del cine. Si pensamos en los verdaderos cinéfils, no podemos sentirnos realmente sus hermanos. Nacimos demasiado tarde, llegamos a un mundo que ya no era nuestro y que ya no se podía comprender igual. De ahí que, en cierto modo, a todos nos guste ver la ropa interior más cara de papá tirada del revés por el suelo, pensar que ha sido forzado en la más lujosa de sus habitaciones. El placer viene de la carga destructiva latente en cada una de las etapas que pasa el protagonista de la película, su fuerza herética, pero no sería lo mismo si esas imágenes no conservaran en sí la esencia de ser puramente imágenes cinematográficas (Carax siempre estuvo en el bando de «la bella imagen», el bando Murnau, si se quiere), frontera que por ejemplo sí atravesó Tsai Ming-liang con Visage, y que le costó la horca.

En cierto modo, Holy Motors es el particular De la guerre de Carax. Un personaje al que se pone el nombre del director (Monsieur Oscar, y ya se sabe que Léos Carax = Alex Oscar), quien atraviesa una serie de etapas como quien juega a un videojuego y ha de superar diferentes fases. Y si las dos películas establecen un discurso tan marcado sobre su propio autor, se debe a que la lucha del personaje por llevar a cabo esas fases son, en un caso, la lucha por la felicidad en nuestro tiempo (Bonello) y, en el otro, la lucha por hacer una película (Carax). Oscar se agota interpretando diferentes papeles, para los cuales se prepara en el interior de una limusina que recorre París conducida por Edith Scob, del mismo modo que se agota la vida de las películas en su gestación cuando han de superar las pruebas para obtener la ayuda del CNC. Holy Motors es una película de ayuda económica irrechazable en Francia. ¿Por qué? Porque incluye todo lo que se apoya hoy en el cine «de autor», y que Carax se encarga de acometer con una irreverencia que no llega a corromper la constante ambigüedad de esas representaciones (belleza/parodia). A saber: una película social (Oscar como anciana mendiga extranjera en parís), una de acción con estética americana (Oscar como asesino venido del este), una autorista autoficción (Oscar como sosias de Carax, teniendo problemas con su hija mientras la lleva de vuelta a casa en coche), una extraña animación digital (Oscar en la sesión de la capture motion), una historia naturalista de ambigüedad incestuosa (Oscar como anciano moribundo acompañado por su joven y coja sobrina), hasta un intermedio musical, de esos que tienen todas las películas francesas prefabricadas para «dar vitalidad»… La aparición del M. Merde de Tokyo suma a la batidora los proyectos de películas compuestas de cortometrajes dirigidos por diferentes cineastas, que nadie sabe por qué se hacen, pero para los que sí hay dinero, como el propio Carax bien sabe.

El «truco» de la película consiste en que la frontera que cierra las diferentes misiones va siendo cada vez más difusa. En los primeros casos, una elipsis bastante cómica nos lleva de vuelta a la limusina, pero, cada vez más, penetramos en el contenido de esa elipsis, y nos cuesta saber si Oscar está representando o si todo ello está sucediendo «de verdad». Porque cuando sucede «de verdad» tenemos la sensación de que el que habla por Oscar es Carax, en primera persona. El jefe, o productor, misterioso responsable de que Oscar esté en esa limusina, aparece inopinadamente en el asiento de enfrente. Es Michel Piccoli. Durante el diálogo, Oscar le dice:

– Al principio las cámaras pesaban más que nosotros. Luego se hicieron más pequeñas que nuestras cabezas. Ahora ni siquiera las vemos.

– Los macarras de extrarradio tampoco ven las cámaras de vigilancia, y eso no quiere decir que no sean conscientes de ellas. (…) Yo también me vuelvo paranoico. Por ejemplo, suelo creer que voy a morir algún día. (…) ¿Nunca te has planteado dejarlo? ¿Por qué sigues en esto?

– Por lo mismo que empecé: por la belleza del gesto.

– Pero dicen que la belleza, en realidad, está en el ojo del que mira.

– Y entonces, ¿si ya nadie mira?

Tragedia narrativa: Oscar constantemente filmado, su vida como una interpretación sin fin en la cual está encerrado como Charlot en la fábrica. Tragedia cinematográfica: si ya nadie mira nada, y si, al mismo tiempo, las imágenes están por todas partes, Carax, el antiguo privilegiado, acepta ser buen chico, pasar todas las pruebas, pero asumiendo esa tragedia con un «Fuck The Universe» revitalizante. O quizás nos lo parezca por el contexto actual. En cierto momento, Oscar, disfrazado de asesino, avanza en su limusina por los Campos Elíseos. Pide violentamente que detengan el coche y sale armado y con una máscara recubierta de alambre de espinos. Se encamina hacia Fouquet’s (restaurante donde se celebró oficialmente, hace más de cinco años, la victoria electoral de Nicolas Sarkozy). Juro que en ese momento pensé que iba a matar al mismo Sarkozy. Sin embargo, mata al primer personaje que interpretó al inicio de la película (un rico banquero, en una nueva puesta en abismo). La alegría que puede sentirse viendo Holy Motors es la de, inconscientemente, celebrar la muerte de cinco años de «cine sarkozysta», un cine que aún sigue dando coletazos en Cannes, rodeando la película de Carax.

En realidad, el difícil equilibrio de Holy Motors es el de ser irreverente y respetuosa al mismo tiempo, divertida y tremendamente egocéntrica. El más claro ejemplo: en una de las «pausas», Oscar se encuentra con otra actriz, Kylie Minogue, en otra limusina, como la suya (casi se chocan; Scob insulta al otro chofer: «hectoplasme à roulettes ! »). Caminan juntos, evocan un amor de hace veinte años. Ella canta. Están en el edificio de Samaritaine, que domina el Pont Neuf en el que Carax se suicidó… hace precisamente veinte años. Carax vuelve a conseguir a la chica guapa, Kylie, y evoca las chicas guapas que consiguió con su cine, que deseó filmar, que entraron en su fiesta, y a las que otras se añaden ahora (Eva Mendes en muñeca, una grémillonesca Elise L’hommeau…). Pero la evocación de su anhelo en guisa de musical es también una parodia de los falsos soñadores que le siguieron («Honorés» de este mundo). Nos emocionamos y nos reímos.

El impactantemente godardiano inicio de la película muestra imágenes de Marey insertadas en los títulos de crédito. Después, Carax se despierta, o empieza a soñar. Penetra en una sala donde los espectadores, como espectros, parecen dormidos o muertos, y oímos el mar. Un cine barco. E la nave va. Quizás nos equivocáramos totalmente, quizás el cine no nos enseñaba un teatro de sombras, sino que éramos nosotros las sombras. Quizás nos equivocamos abandonando a Marey y Muybridge, quizá debimos aceptar siempre que el cine era un invento sin futuro, consiguiendo así entonarlo como celebración. No future. Truffaut dijo que la cinefilia conoció una vez el cine de las salas, y que era como ir a misa. Después llegó el vídeo, que era como leer un libro de oraciones. Ir a un festival es como ir a ver la visita del papamóvil. Un espectro de la antigua creencia. Quizás por ello sentimos tanta necesidad de herejes; porque, como dice la voz de Michel Delahaye al final de la película: ya nadie quiere motores («Moteur ! Ça tourne ! Action !»). Ya nadie quiere acción.



HOLY MOTORS
Sección Oficial
FRANCIA, 2012, 115’
Director: Leos Carax.
Guión: Leos Carax.
Fotografía: Yves Cape, Caroline Champetier.
Montaje: Nelly Quetier.
Sonido: Emmanuel Croset, Erwan Kerzanet.
Intérpretes: Denis Lavant, Edith Scob,
Eva Mendes, Kylie Minogue,
Michel Piccoli, Jean-François Balmer,
François Rimbau, Big John, Karl Hoffmeister.