CANNES 2012 (9): LIKE SOMEONE IN LOVE, DE ABBAS KIAROSTAMI

Uno, dos y tres

Por Fernando Ganzo

(lire en français / read in English)


Las cosas suelen salir bien a la de tres. Tres personajes, tres actos. Primer acto: una chica, en un bar, mantiene una conversación telefónica en la cual engaña a su novio, haciéndole creer que está en otro lugar. Pronto descubrimos por qué: está en el club de un proxeneta de chicas de compañía, aunque tanto el club como el proxeneta parezcan algo totalmente «normal» y agradable. Como sucede a menudo con Kiarostami, la puesta en escena y el guión van un poco por delante de nosotros: tardamos unos segundos en reconocer que la chica que habla está fuera de campo, tardamos unos minutos en comprender que se prostituye. Y si tardamos, es porque la chica protagonista parece albergar varias naturalezas: su rostro parece ingenuo pero atractivo; sobre su provocativo traje verde, una camisa florida y recatada... Al día siguiente la chica se pondrá unas mallas que cubran sus piernas para poder ir a la universidad. Varias capas de una misma persona, una puta triste porque no quiere serlo (podemos deducir que lo hace para pagarse sus estudios). Su cliente es un anciano profesor, tan anciano que la velada es incapaz de girar hacia lo sexual. Ella terminará acostándose sin cenar siquiera.

Segundo acto: entra un tercer personaje y todo cambia. Es el novio engañado en la conversación telefónica. Evidentemente, aquí ya comprendemos todo. El anciano ha llevado a la chica a la universidad la mañana siguiente de su velada, y la espera dentro del coche. El novio los ve llegar y, tras discutir con ella, entra junto al anciano. Lo toma por el abuelo de la chica. Por lo tanto, en este punto, somos «los que más sabemos»: cuando la chica entre también en el coche, comenzará nuestro placer por el análisis, descomponiendo las reacciones de cada personaje en función de su situación, ya que la conocemos perfectamente. En realidad, Kiarostami trata al personaje del novio tal y como lo hizo con nosotros en la primera parte (pues le llevará todo el segundo acto descubrir la verdad, y lo hará fuera del relato). En cierto modo, está compartiendo con nosotros el placer del cineasta: durante la primera parte, nuestro placer consistía en conseguir entrar en el juego; en el segundo acto, se trata de verlo en marcha, y ahí descubrimos el que el cineasta acababa de gozar poco antes a nuestra costa.

Conocemos bien la afinidad de Kiarostami por las conversaciones a dos voces. Pues bien, aquí son tres. Y como se trata de dialogar, los tres son un poco como las tres partes del alma de Platón: la cabeza (el abuelo), el corazón (la chica, aunque es un corazón roto, carece de valor) y la concupiscencia (el chico). También, poniéndonos banales, podemos imaginar que los personajes son así porque, si pensamos en un viejo japonés, le imaginamos casi siempre como un sabio; si lo hacemos en un joven, nos lo figuramos como un rabioso héroe de kárate y, en el caso de la chica, la ideamos como una damisela en apuros. Lo curioso es que Kiarostami invierte esta relación en su modo de filmarlos, pues queda claro que al abuelo lo ve con el corazón (su emocionante acopio de valor para rescatar a la chica cuando le pide ayuda), al chico con la cabeza (la medida relación del segundo acto que ya describí), y a la chica con la concupiscencia (o sea, la entrepierna). Seguro que recordáis esa sensación en las películas del iraní, cuando los personajes van en coche y nos parece que están como encerrados en él, enfrentados al otro ocupante del mismo, y de que allí está pasando algo esencial. Cuando la chica acude a la cita con el anciano, escucha los mensajes de su teléfono durante el trayecto en taxi. Varios de ellos son de su abuela, que ha ido a pasar el día a Tokyo esperando verla. Ya es de noche, y en el último mensaje ella le dice que la esperará junto a una estatua situada en la estación de tren. La chica le pide al taxista que se acerque, dando vueltas a la rotonda en repetidas ocasiones, viendo a su abuela sola, en la distancia, esperando en vano. Las emociones apenas sugeridas en su rostro son tan intensas porque las sabemos contenidas: su vida está compartimentada en secretos, y ni su novio ni su familia pueden saberlo todo. Por culpa de esa farsa su personalidad se va borrando, de ahí que su corazón esté roto. Pues bien: al mismo tiempo de todo esto, en la intimidad del coche, la sensualidad del rostro de la actriz, la carnalidad de sus labios, el misterio de sus ojos, con lágrimas apenas sugeridas, concentran toda la atención del Kiarostami de los placeres carnales y de la alegría de vivir el momento.

¿Y el tercer acto? Es aquel en el que explota el fuera de campo. La chica pide ayuda por teléfono al viejo, que sale de casa descuidando otras urgencias para buscarla. Cuando ella está esperando en la entrada a que él vuelva de la farmacia para curarle del golpe que su novio (adivinamos) le ha propinado, la vecina de enfrente, una cotilla que hasta entonces sólo era una voz fuera de campo, emerge en la imagen. Es anciana, ella también, pesada e indiscreta, pero su testimonio cambia la forma en que la chica ve al anciano. De hecho, da la sensación de que siempre hay alguien ahí, de que la menor aparición, aunque sea una voz fugaz en un mensaje de contestador sin continuidad en la trama –o el taxista que lleva a la chica– es una presencia viva. Así, llegaremos a las dudas y al pavor del anciano, mientras el chico les acosa loco de rabia a ambos por la puerta y por la ventana sin que nunca le veamos.

Lo interesante del tono y el tempo de la película es que, al releer ahora la descripción de la historia, ésta puede parecer frenética, pero no es en absoluto así. El tiempo se posa en cada secuencia (aunque, por desgracia, algunos planos pierden esa sensación de ser esenciales que suele transmitir todo lo que filma el iraní, pero de hecho, reconocer lo fallido de esta película no nos impide recibir su belleza, supongo que hay cosas que siguen siendo ciertas, como aquello de que un mal Walsh, aun pareciéndonos malo, siempre nos iba a aportar más que una buena película de cualquiera de los del furgón de cola, pues sus aciertos estarían aún muy lejos de los errores del otro), el tiempo se posa, decía, tanto durante la noche de la cita como en la mañana siguiente donde transcurren los otros dos actos. Kiarostami se da prisa lentamente, o puede que el tiempo oriental incorpore en él ese poso, y que el iraní simplemente lo esté olfateando con temple y con buen paladar, como sus películas siempre nos animaron a hacer.



LIKE SOMEONE IN LOVE
Sección Oficial
FRANCIA, IRÁN, JAPÓN. 2012. 109’
Director: Abbas Kiarostami.
Guión: Abbas Kiarostami.
Fotografía: Katsumi Yanagijima.
Montaje: Bahman Kiarostami.
Sonido: Mohamadreza Delpak, Nobuyuki Kikuchi.
Intérpretes: Ryo Kase, Denden, Rin Takanashi, Tadashi Okuno.