CANNES 2011 (10): DRIVE, DE NICOLAS WINDING REFN

El diablo probablemente sobre ruedas

Por Fernando Ganzo



                    


Nadie esperaba en 1939 que el último frente en cerrarse sería el del Pacífico. Al igual que en 1945, la última batalla de Cannes se ha librado allí, concretamente en Los Angeles. El desafío que se plantea Drive (si es que las películas se plantean desafíos) es tan simple en la apariencia como arriesgado en la ejecución: servirse de todo el arsenal formal desarrollado por algunos hijos bastardos del Hollywood herido de muerte, como Walter Hill, con el fin de tumbar de un seco guantazo el postmonumento erigido a Quentin Tarantino. En menos brillante, con un trazo más débil, pero de eso se trata.

En la mayoría de películas de Tarantino, el relato teje una red repleta de trampas en las que el espectador cae prisionero, lo quiera o no. Es deslumbrante y muy lúdico, pero normalmente es más divertido poner trampas que caer en ellas. Salir de una de sus películas es como regresar de visitar a aquel amigo que te invitaba de niño a su casa repleta de juguetes alucinantes con los que le veías jugar, embobado, sin que él te dejase siquiera tocarlos. Al volver a casa, tus padres preguntaban: «¿Lo has pasado bien en casa de Quentin?». Y tú, como un tonto, envidioso inconfeso de sus cachivaches y de la imagen que desprendían, exclamabas «¡Sí!». Por eso su mejor película es Death Proof, aquella en la que las trampas se reconocen y los árboles no impiden ver el bosque. Todo volvía a ser materia.

Nicolas Winding Refn, al contrario que Tarantino, no usa nada que se parezca a una trampa. Un argumento torpe, sumamente escueto y obvio, casi minimalista… Todo lo que ofrece la película para seducirnos está en la superficie: su estética, su música, sus coches, las letras rosas de los créditos de inicio, la lenta o rápida sucesión de las acciones físicas ejecutadas por los actores… La única estrategia de fondo en Drive es la composición del protagonista, un personaje de abstracto mutismo y mítica melancolía. Viendo a Ryan Gosling en esta película, su fría belleza, uno se imagina a un escultor a sueldo, descaradamente académico, que, estando deprimido, talla por encargo la escultura de un titán, dando algunos martillazos de más en los que aflora la debilidad de su obra. La película basa buena parte de su atractivo en verle hacer cosas en el plano, pero más hermoso aún es ver durante cuanto tiempo es capaz de estar sin hacer nada, borrarse del todo en un ascetismo que tiene algo de mortuorio. En esta concentración en un solo personaje puede estar la razón, quizás, de que el resto sean tan fallidos, tan rápidamente olvidados.

Con utensilios tan descaradamente reportados del pasado es difícil erigir una película verdaderamente fascinante: nada que se parezca a The Warriors será tan atractivo como The Warriors. Las persecuciones, hipnóticas por momentos, no son tampoco brillantes. Por no decir que, desde hace mucho tiempo, el cine parece incapaz de hacernos ver por qué un gran conductor es un gran conductor. Pero pulsando un par de teclas más, puede meter a todo el mundo en el bote.

No es casualidad que muchos profesores de autoescuela digan que hay que coger el volante como si se estuviera cogiendo a una mujer. La relación entre un hombre y su coche (y, para algunos cineastas, entre un espectador y el halo de luz que se refleja en una pantalla) es una historia de seducción. Stephen King y John Carpenter lo comprendieron perfectamente. El protagonista sin nombre de Drive seduce a Irene (Carey Mulligan, actriz tan hermosa como irritantes son sus interpretaciones) como conduce los coches. Sin hablar, manejando tempos, con tacto pero sin casi tocarla: cuidándola.

Por eso, a diferencia de Tarantino, no hay ninguna necesidad de erotizar la violencia, pues la seducción está en otra parte. Las muertes son muy explícitas y sorprenden por su brutalidad, pero no implican un contacto físico prolongado; los cuchillos, más que penetrar, rasgan la piel como si fuera papel de fumar, y los cráneos se abren como cocos. Frente a la tensión epidérmica europea sublimada por Tarantino, Refn, que nació en Dinamarca, abraza la desbordante hemoglobina yanqui. El personaje interpretado por Albert Brooks dice haber sido productor de cine en los ochenta, y espeta la mejor frase de la película: «Hacíamos películas de acción sexys. La crítica encontraba en ellas un toque europeo. Eran pura mierda.» Drive puede ser también recordada por sus imponentes planos nocturnos de la ciudad de Los Ángeles. Sin carne, sola, fría, hermosa y fascinante. Que los placeres de esta película también nos lo resulten puede indicar que algo anda mal en la joven cinefilia.