Notas:

BERLINALE 2010 (2)

por Violeta Kovacsics

Sobre el texto

A la Berlinale le gustan los diálogos. Le gustan las frases mordaces. Le gusta que Polanski haga un guiño a su situación actual mediante un comentario en boca de un personaje. Le encanta que grandes actores reciten textos brillantes. Quizá por esto, el festival optó por dos películas fuera de competición en las que se habla mucho y se ve muy poco: Please, Give y The Kids Are Alright. La palabra marcó el cine norteamericano: desde la voz en off de The Killer Inside Me de Michael Winterbottom —en una aventura estadounidense— a la literalidad con la que Howl adaptó el poema de Allen Ginsberg. Lo que queda es el gesto del actor, la seriedad y la apatía de Ben Stiller en Greenberg de Noah Baumbach, un filme con diálogos que cuida el gesto de sus intérpretes. Baumbach se mueve a su antojo en el terreno del retrato y en la confrontación del protagonista a su entorno —la ciudad, la sociedad, la posibilidad del amor y, al fin y al cabo, uno mismo— y Stiller cambia de registro. El actor se convierte así en motor, como ocurre en Jud Süss - Film ohne Gewissen de Oskar Roehler, una película cuyo mérito está en el trabajo del actor principal para acercarse al modelo del actor hollywoodiense de la época. Roehler y Baumbach sitúan al actor en el centro, un poco a la manera de Jason Reitman en Up In the Air, una celebración de los dejes, a lo Cary Grant, de George Clooney. En Crueldad intolerable —filme con alguna correspondencia con Up In the Air, pero más excesiva en su humor— los Coen planteaban un protagonista obsesionado con sus dientes; antes, en O Brother!, Clooney pasaba el rato pendiente de su pelo. A través de lo cómico, los Coen ponen al icono Clooney en contacto directo con su imagen, en una labor sobre el actor en la que interviene el director.

Sobre la provocación

A la Berlinale le gusta ser el epicentro de cinematografías menores. Le gusta la reivindicación política y social y si esta se produce a gritos, mejor. Le gustan las películas aparentemente pobres, pero que en su factura parecen ricas. Le gusta seguir de cerca al nuevo cine alemán, pero no siempre lo consigue. Le gusta la provocación en el tema y la corrección en la forma y quizá por eso, Caterpillar de Koji Wakamatsu resulta un cuerpo tan extraño como adecuado para el festival. El filme de Wakamatsu se trama en torno a una fuerte crítica política, pero lo hace con una forma ajena a las directrices del festival: el digital imprime su huella en la pantalla y la cámara se preocupa más por escudriñar el crescendo de la relación entre una mujer y su esposo, un soldado déspota convertido en un pedazo de carne sin piernas ni brazos y sin capacidad para hablar o escuchar. Wakamatsu cruza la línea con tanta fuerza que el desgarro a menudo se convierte en esperpento. La timidez no forma parte del vocabulario de Wakamatsu, que arma un discurso quizá algo reiterativo, pero directo. Roehler, en cambio, se queda justo en la línea y tan sólo en un momento de Jud Süss - Film ohne Gewissen, la reconstrucción del filme propagandístico que impulsó Goebbles, parece abrazar el exceso, en una secuencia de lujuria aderezada con una explosión de color y efectos especiales. Roehler termina por instalarse piadosamente entre el efecto y el clasicismo, en un terreno peligroso, el de la ambigüedad.

Sobre el tono

La Berlinale apuesta por lo político, sí; pero también por lo correcto. Wakamatsu, en cambio, plantea una película políticamente incorrecta. Todo lo contrario que Bal, la ganadora de esta edición: un filme de bella factura que se aferra a la mirada y al sentimiento del niño protagonista. Sus escuderas en el palmarés, la rumana If I Want To Whistle, I Whistle y la rusa How I Ended Las Summer resumen el tono de esta edición: películas con pulso, en las que la mirada se convierte en motivo de tensión —las mejores escenas de If I Want To Whistle, I Whistle se producen cuando el protagonista, un joven preso, busca el ángulo adecuado justo para poder ver como su madre y hermano montan en su coche—, rodadas en cine o en un digital que procura disimular su textura y con la necesidad de dar cierto empaque a la trama, que finalmente siempre termina por encontrar su motivo —incluso en un filme como How I Ended This Summer, que por momentos insiste en ir a la deriva de la mano de su absorbente paisaje—.