BAFICI'09: SILÊNCIO (F.J. Ossang, 2007)

Trous de mémoire

por Francisco Algarín Navarro

La infancia del arte. «Silent movie!» dice irónicamente F.J. Ossang. No es tanto la película como la tensión entre los elementos y lo elemental lo que se pretende poner en silencio en la primera parte del Tríptico del Paisaje, conformado también por Ciel éteint! (2008) y Vladivostok (2008). Los elementos son los monolitos, los conventos portugueses, la orilla del Tajo, una piscina natural de azulejos azules y blancos, las grutas que el mar ha ido ganando a la tierra, el viento que mueve las ramas de los árboles. Y lo elemental es el redescubrimiento de la infancia del arte a través de los elementos primordiales del cine: un travelling filma la copa de los árboles desde abajo, permitiendo que los rayos del sol penetren, como un cuerpo que se introduce en otro, la superficie de la película, las láminas que los árboles utilizan para revestirse. Ossang desnuda a las plantas para ver cómo transpiran: sintetización de sustancias orgánicas a partir de las inorgánicas utilizando la energía luminosa. Es la vieja lección de la fotosíntesis lo que Ossang filma como un misterio. Como el mayor misterio, al que solo se puede acceder desde las viejas formas en bruto, aún sin corromper, pero empezando a ser empujadas, desplazadas por los caminos de asfalto, el puente del 25 de Abril, las autopistas, los túneles… Es la tensión entre lo que aún puede ser integrado en el paisaje y lo que lo disminuye. Esas construcciones no reconciliables deben ser filmadas como objetos provistos de una cierta inteligencia aglutinante. Ossang no los concilia en el cine, no se pueden incrustar en el paisaje del mismo modo que el contraluz que dibujan las rocas dejando que el mar y el barco que lo cruza emerjan en contornos luminosos cartográficos (¿Creta, Chipre?).

Silêncio es también una película de vacaciones, o una postal vieja y anónima con las esquinas gastadas que ha tardado cien años en llegar. Esa es la otra gran tensión de Silêncio: como A Short Film About the Indio National (2005), o Syndromes and a Century (2006), Ossang no restituye el mundo para el cine, para que los paisajes formen parte del cine, sino para que el cine forme parte de esos paisajes. Y por otro lado, Silêncio no deja de ser el viaje de novios a Portugal de François-Jacques y Elvire: primero la veremos a ella en la piscina de azulejos-piscis con otro hombre (Antonio Camara), como si la escena formara parte de una furtiva película familiar en la que se esconde una historia secreta. Pero luego ella reaparece hacia el final de la película, ahora sin el hombre, descendiendo por un prado a toda prisa, casi huyendo de algo. Y entonces nos damos cuenta de que la carrera está provocada no por un movimiento de repulsión, sino de atracción del cuerpo de la musa hacia el cineasta que la filma. Podemos imaginar a Elvire conduciendo mientras F.J. filma los puentes y le pide que disminuya un poco la velocidad para luego aumentarla (y luego la veremos hacerlo). Podemos imaginar cómo desayunaron temprano esa mañana para coger el coche cuando los lisboetas estuvieran aún por levantarse (y luego un intertítulo nos lo confirmará: «día 14, hora 7»). Silêncio llega entonces como una postal pretendidamente anónima, enviada por Ossang a su propia casa, para desde allí desgastar él mismo las esquinas irisando a Elvire, cerrándola en un círculo de luz antes de que las palabras se impongan sobre fondo negro. Elvire es lo que antecede a las palabras, es la aureola. Elvire es la mujer de L’Eden, la mujer de los confines, se llamen estos Portugal o Rusia. Elvire es la mujer de la flor coloreada.

«El cielo, de un azul demasiado claro», dice uno de los intertítulos. Y en cambio no veremos más que un cielo apenas gris, donde «claro» significa «blanco» y también «transparente». Un cielo que cubre un claro del bosque poblado de tumbas monolíticas que parecen estar dispuestas por los muertos en una danza congelada al abrigo de los tiempos. Veremos las turbinas y los astilleros, los quitamiedos en las carreteras, los caminos de tierra y las desviaciones, e incluso en algún momento a Elvire al volante protegida del claro cielo por unas gafas de sol. Ossang busca siempre esa transparencia elemental, la ausencia total de filtros. Nunca borra las huellas de la experiencia, el rastro que el hombre ha dejado sobre las cosas. Y no por ello deja de buscar los huecos y los vacíos, los lugares en los que aún se produce la fotosíntesis para luego volver al peine de los vientos, a las placas solares o las veletas, en las cuales se produce el segundo misterio: de un lado, la fotosíntesis, misterio natural; del otro, la transformación del viento en luz, misterio humano: Ossang filma primero la veleta y después las farolas de un poblado noctuno. Sobre una charca, el viento empuja al agua, chocándose contra el lodo, formando unas levísimas olas que Ossang llama «ríos de sentimiento». Finalmente, un intertítulo resplandeciente iluminará por completo el camino: «los ruidos de la construcción cubren el último plano de la memoria». Un verbo conjugado en presente, por mucho que previamente se nos haya hablado de presagios. Ya se imponen, como prolongación natural de los cielos «de un azul demasiado claro» los «cielos duros de acero». Vemos las grúas, vemos a Elvire descender el prado, buscando salvarse al abrigo del cineasta. Ya no es capaz de caminar sola. En una mesita improvisada, como en un picnic no muy lejano del que filma Miguel Gomes en Aquele querido mês de Agosto, tres dados: «666». ¡Cielo apagado!, grito de alarma como el que pide silencio, mientras las hierbas se acuestan o se esconden, asustadas por los gritos que trae el viento, ante el pánico de convertirse en esa otra luz ajena.


SILÊNCIO (F.J. Ossang, 2007) se proyecta los días 26, 28, 30 de marzo y 4 de abril de 2009. La programación íntegra del BAFICI'09 se puede consultar aquí.