BAFF'09: ACHILLES AND THE TORTOISE (Takeshi Kitano, 2008)

Hacerse el harakiri

por Manuel J. Lombardo

Achilles and the Tortoise cierra la trilogía autorreflexiva de Takeshi Kitano. Una «trilogía del arte y el entretenimiento» que es a la vez compendio, summa y fin de trayecto, espejo deformante, salida de atolladero y catarsis creativa de quien ha sido uno de los principales valores exportadores del cine japonés de las últimas dos décadas. Zatôichi (2003), su particular homenaje al chambara clásico a través de un personaje mítico del cine popular, se cerraba con un festivo número musical al más puro estilo Broadway. Takeshis’ (2005), la primera de sus tres películas de expiación, desdoblaba al Kitano director de culto y al Beat Takeshi actor, su alter ego cómico, en busca de respuestas ante la autoconciencia especular y el agotamiento creativo. Glory to the Filmmaker! (2007) seguía indagando en esta esquizofrenia todavía con el cine como elemento de referencia. Achilles and the Tortoise parece distanciarse de la operación metalingüística por la vía de la transparencia —no estamos aquí ya ante un juego narrativo de muñecas rusas, tampoco ante la felliniana estructura en âbyme que presidía las dos películas anteriores— y apuesta frontalmente por un retorno a la sencillez y a la linealidad del relato, y a unas formas más limpias y directas. Es, sin embargo, en el trasunto argumental, también en su condición episódica, donde encontramos la operación de desdoblamiento que sigue siendo el objeto de interés de Kitano como base estructural de su cine.

Escindida en dos partes claramente diferenciadas, Achilles and the Tortoise nos da cuenta de la infancia, madurez, ocaso y redención de un personaje, evidente trasunto del director, obsesionado con ser un gran artista, con estar siempre en la vanguardia, por más que sus limitaciones y su ingenuidad le hagan ir siempre un paso por detrás de las modas y las tendencias. Si en la primera mitad de la película la historia familiar del niño pintor parece salida de uno de aquellos melodramas de ambientación rural y protagonista infantil de Keisuke Kinoshita (inevitable no pensar en Veinticuatro ojos [1954]) en su tratamiento casi en el límite de lo autoparódico, la película da un estimulante quiebro cuando, a mitad de metraje, nos encontramos ya con el pintor de boina roja en su edad adulta, entregado a una frenética y desquiciada carrera de aprendizaje, perfeccionamiento y tanteo de sus posibilidades como artista. Sirviéndose una vez más de sus propios cuadros, que ya aparecían en todo su esplendor colorista y naif en Hana-bi (Flores de fuego) (1997), Kitano transfiere a su personaje su condición de cineasta con dudas y, en el que sin duda es el gran logro de la cinta, le presta al fin su propio cuerpo, lastrado por los tics, la cara de palo y el peso de los años, en la tragicómica etapa final de su vida, entregado a una febril y desesperada actividad artística que deja por el camino a una hija (que tiene que prostituirse para que sus padres paguen la pintura) y a una abnegada esposa que también decidió unirse a la aventura de su esposo. Kitano encuentra aquí la comunión que siempre pareció buscar, la fusión de sus dos facetas, el lirismo contenido y poético de su trazo más depurado y serio con la actitud iconoclasta, surrealista y destroyer de ese gamberro que lleva dentro desde sus días de estrella de la televisión en el programa Humor amarillo.

Y lo hace de la manera más natural, encontrando soluciones episódicas en las que la carcajada y la muerte van juntas de la mano en un proceso de autodestrucción que es también un proceso de revelación y expiación y una sátira feroz sobre el mundo del arte (el mundo del cine) y sus valores de cambio. Basta ver algunas de las hilarantes performances y acciones de nuestro protagonista y sus compinches, haciendo estallar bolas de pintura con un bate de béisbol, arrojándose sobre un mural cargado de cubos de pintura, utilizando una bicicleta o una furgoneta para estampar colores sobre un lienzo o una apisonadora para destrozar un bastidor, preámbulos cómicos de ese impulso suicida irremediablemente unido al acto creativo que lleva a nuestro protagonista a intentar ahogarse en una bañera o a quemarse vivo en un cobertizo como último y extremo gesto artístico antes de que un postrero y reconciliador giro chapliniano lo devuelva a casa. Un hogar que habrá que empezar a reconstruir de nuevo a partir de las cenizas.


ACHILLES AND THE TORTOISE (Takeshi Kitano, 2008) se proyecta los días 1 y 7 de mayo de 2009. La programación íntegra del BAFF’09 se puede consultar aquí.