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ACONTECIMIENTOS 2012

Fernando Ganzo

 

Je ne suis pas morte (Jean-Charles Fitoussi, 2012) 


2012 comenzó con un fenómeno literario íntimo y terminó con un espectáculo masivo. Ambos relacionados con la tauromaquia. El íntimo: la lectura de Juan Belmonte, matador de toros, de Chaves Nogales. Narratividad y estética unidas, bailando, imposible separarlas. El masivo: la apoteosis de José Tomas en Nimes en septiembre. Un repertorio de furor cinematográfico que transita de la sequedad de un Kansas City Confidential al derroche pasional del Boris Barnet de U samogo sinego morya, dos de las mejores películas revistas durante este año.

Esta última la presenté junto a José Luis Torrelavega en el cineclub de la Filmoteca de Santander. Ese encuentro semanal cada vez menos reducido, cada vez menos íntimo, siguió nutriéndome este año: el retorno del espectador, la inteligencia espontánea, el ánimo de no transcender, todo aquello que, en definitiva, cuesta encontrar en los festivales de cine.

En esa misma Filmoteca culminó otro de los momentos más hermosos del año: el encuentro, por parte de nuestra revista, con Gonzalo García Pelayo. Comprobar que tras ese cine tan vital se encontraban unas personas de un ánimo y un interés extraordinario. La emoción de presenciar el encuentro de ese cine con el público, ya sea en el Festival de Sevilla o en Santander, y con otros cineastas. Porque en mi ciudad viví el intercambio entre cineastas más generoso del que jamás fui testigo. Paulino Viota, en un arrebato de genio, describiendo con justicia los alcances estéticos del cine de Pelayo. Velada que acabó en lágrimas, en abrazos: Nuevamente, la sensación de que el cine podía seguir siendo algo vivo, no esa coda mortífera en la que parecemos empeñarnos en convertirle, tanto al filmar como al escribir. No es por casualidad que conociera a Pelayo en Cádiz, en un año de constantes idas al sur, difíciles de desmarañar en mi memoria, como las de una de las mejores películas vistas este año, Je ne suis pas morte, de Jean-Charles Fitoussi, películas fuera del tiempo y fuera del espacio (que diría Poe) con los que nos empeñamos en cartografiar al cine sólo para tener la comodidad de poder escribir sobre él.

Esos viajes al sur implicaron también Portugal, la Cinemateca de Lisboa, Manuel Mozos, Rita Azevedo… una tierna emoción de vivir el cine desde allí, aun sin ver películas. Porque esos viajes me enseñaron una lección: el día que deje de ver a un amigo, anule una buena comida o dé plantón a una mujer por ver una película, dejaré de escribir sobre cine.

Imposible no pensar al ver esos abrazos entre Viota y Pelayo en Pepín Bello, en sus relatos de los tiempos del 27, leídos también a lo largo de este año, y en la inmensa tristeza de pensar que ya no queda nadie con vida que haya oído jamás la voz de Lorca. Nos duele.

El recuerdo de este año tiene un turbio paño político, como una dificultad para trazar una perspectiva de la situación de un país, el mío, que volví a abandonar a finales del verano. Mezcla de decepción y de una sensación, irracional, que me pide el cuerpo: afrontar la crisis con júbilo. En ese momento llega una película, por azar, ante mis ojos: Project X. Con ella, una sensación: basta con poner en situación una serie de condiciones para que la situación cambie hasta límites inimaginables. A veces no hace falta hacer nada, simplemente, hay que ayudar a que suceda. Como Pepín.


Fernando Ganzo es coeditor y miembro fundador de Lumière. Ha impartido clases en la Universidad del País Vasco. Ha escrito en la revista Trafic y ha colaborado en la programación de la Filmoteca de Cantabria.