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ACONTECIMIENTOS 2012

Boris Nelepo

(Read the original version in English)

Genius (Gregory Markopoulos, 1970)



La película que he visto más veces a lo largo del año pasado fue la última de Chris Marker, KINO. No fue algo muy complicado: la breve historia del cine con Méliès, Griffith, Welles y Godard, cada uno buscando su «espectador perfecto», dura menos de dos minutos. La película comienza con la imagen de una sala de cine vacía y termina con el famoso plano de Bin Laden, el que apareció en los medios tras su muerte. Se le ve sentado en el suelo sucio, sumergido entre las noticias en las que era el protagonista y los discursos de Obama, el hombre que posteriormente se convertiría en su asesino. En la versión de Marker, Bin Laden está fascinado con los dibujos de Tom y Jerry. Y no quedan otros espectadores –o, al menos, no un espectador perfecto–.

Unos días antes del estreno mundial de KINO, en verano, Marker murió. Fue el día en el que cumplía 91 años. 29 de julio de 1921-29 de julio de 2012: hay una especie de simetría fascinante en esos números. Presumiblemente, su última foto se tomó en un mitín: el cineasta, esbelto y pelón, lleva unas zapatillas deportivas y se encuentra en cuclillas para conseguir un ángulo mejor con un hombre que lleva un folleto que dice, en letras mayúsculas: «L’EGALITE».

Intenté encontrar otras fotos de Marker, y por casualidad di con una entrada de la página web cinéfila, MUBI, escrita por algún gran fan del cineasta. Marker fue siempre el artista más contemporáneo. En los años 90, dejó el cine y se dedicó a la fotografía, al vídeo y a todo tipo de aplicaciones web. En lugar de películas, realizó proyectos multi-media en CD-ROMs. En sus últimos años, era un usuario entregado a Second Life –un mundo virtual on line que te permite no sólo elegir un avatar y hablar con otra gente, sino también crear tu propio ambiente–. El usuario de MUBI se había registrado en Second Life y había acudido a la casa virtual de Marker para rendirle un homenaje. Según él, en ese momento no había más que dos o tres visitantes en ese extraño y lejano lugar. Las casas vacías, sean reales o virtuales, se parecen unas a otras: se convierten en mausoleos donde los objetos que habían pertenecido al propietario se mantienen únicamente para salvaguardar el recuerdo de la persona que fue. Hay un plano de La Jetée en la pared; un boceto de un póster para una película imaginaria, A bout de souffle, y en el rincón se encuentra sentado el amado gato rojo de Marker, el símbolo de los últimos años de su vida.



Han pasado cinco meses desde que se tomaron esas fotos, y puede que la casa haya sido ya demolida. Una cuadra nunca permanece desocupada, ni siquiera en la realidad virtual. El cine lo convierte todo en poesía: hay dos imágenes que me han perseguido todo el año, –París convirtiéndose en píxeles, en Holy Motors, y el cielo explotando en Nueva York en la quinta parte de Resident Evil, convirtiéndose en una cúpula de cristal justo antes de romperse. Todo es más simple en la vida real: la casa de Chris Marker desaparecerá automáticamente debido a una cuenta no pagada.

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Fernando Lopes, Tony Scott, Marcel Hanoun, Eduardo de Gregorio, Koji Wakamatsu, Paulo Rocha.

 

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Esta foto se tomó en el Festival de Cine de Rotterdam. Su programa incluía la hermosa retrospectiva «Boca do Lixo», un título que proviene del barrio de clase obrera de São Paulo que en los años 60 dio lugar al nacimiento del cine de su ciudad. La película al estillo de la Nouvelle Vague, Lilian M.: Relatório confidencial, de Carlos Reichenbach, se convirtió en uno de las cumbres del festival. Creo, de todos modos, que Reichenbach tuvo muy pocas oportunidades para presentar su trabajo delante del público, por lo que estaba demasiado enfermo como para hacerlo en Rotterdam. Gabe Klinger, el responsible de la retrospectiva, quería tomar una foto colectiva de aquellos que estaban presentes en la proyección para alegrar al cineasta. Salimos todos sonriendo y haciéndole la ola. Me pregunto si Reichenbach tuvo la ocasión de ver la foto. ¿Se fijo en alguno de nosotros? La foto es algo rara: la degradación para evitar que las pupilas salgan rojas hace que parezcamos como una mulitud formada por los personajes de una historieta o como los espectadores que duermen en el prólogo de Holy Motors

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En 2012, el celuloide morirá por completo. Fuera de la inercia, los festivales de cine aún conservar el «cine», parte de su nombre, aunque se hayan convertido abruptamente –y, desde ahora, definitivamente– en festivales de archivos. Durante su charla de presentación antes de la proyección de Easy Rider de James Benning, el director de Filmmuseum parecería visiblemente incómodo; se disculpó ante los espectadores diciendo que todavía no se había acostumbrado a proyectar películas sin proyectarlas realmente desde las propias latas de celuloide, en la pared. En el primer día del Festival de Cannes, los asistentes habituales estaban indignados al oír las noticias: de la lista completa de películas que se verían durante el festival, solo una se proyectaría a partir de una copia de celuloide. En Venecia, las cosas iban marginalmente mejor: habría dos copias. Es una nueva y escalofriante impresión, viendo cada película como si fuera la última. Si nos perdemos una proyección, quizá nunca más tengamos la oportunidad. Como en la ensoñadora L’Apollonide, de Bertrand Bonello, donde las chicas pasan toda la película con botellas de champán; pasan sus dedos por el borde de sus copas, viendo cómo el cristal ha sido reemplazado por el vidrio, de modo que ya casi nadie se acuerda del champán.

Cines que mueren. En su conferencia, Kubelka, un fundamentalista del celuloide, cuenta la historia de los trabajadores de las salas de cine, forzados a destruir los equipos analógicos: se les proporcionó con proyectores digitales que sustituirían los equipos fotográficos con ruedas dentadas. En Pol Pot’s Cambodia, se destrozaron las salas de cine con granadas de mano (ver Le Sommeil d'Or de Davy Chou)… No puedo olvidar el mágico ensayo de Apichatpong Weerasethakul, Ghosts in the Darkness, sobre las salas de cine de su infancia, que ya no existen. Los personajes de la magnífica película de Fritz Lang, American Guerrilla in the Philippines, utilizan un generador del último cine activo –una forma de volver a la Segunda Guerra Mundial–. La mejor película experimental de este año, The Great Cinema Party de Raya Martin, se realizó en Filipinas; el director organizó una cena festiva para sus amigos en una casa de madera cerca de Manila. La casa solía ser una localización popular para los rodajes; los invitados echaban un ojo a los álbumes que contenían viejas fotos de las famosas y antiguas estrellas del cine filipino; muchas de esas películas se han perdido desde entonces. Entre los invitados a la cena, reconocí a varios nuevos amigos –como viajo de un festival a otro, realmente les veo con mayor frecuencia que a mis amigos de Moscú–. En la pantalla, Lav Diaz dice: «Con entusiasmo, te damos la bienvenida a nuestra fiesta. André Bazin y Andrei Tarkovski estarán allí».

Cines que siguen estando vivos. El más brillante de ellos: una sala de cine al aire libre, en Grecia, cerca de Arcadia, del pequeño poblado montañoso de ΛΥΣΣΑΡΕΑ. El padre del cine experimental clásico, Gregory Markopoulos, nació allí; en los 80, Markopoulos encontró el lugar y proyectó sus películas en este campo abierto junto con su compañero, Robert Beavers. Antes de morir, Markopoulos pasó 10 años trabajando de nuevo en su monumental ENIAIOS –una compilación remontada de toda su obra, desde 1948 hasta 1990–. Consiguió acabarla, organizándola en 22 ciclos, pero nunca llegó a ver su magnum opus de 80 horas proyectado –sólo se realizaron algunas copias tras su muerte–. Desde entonces, Beavers se ha dedicado a un proceso caro y difícil de restauración e impresión de ENIAIOS; en 2004, consiguió organizar el primer conjunto de proyecciónes en el lugar de Arcadia. En 2012, tuvo su lugar el tercero, que comprendía los capítulos 6, 7 y 8. Puesto que encargarse de tres capítulos lleva aproximadamente unos cuatro años, nadie es capaz de predecir cuántos años más tendrán que trascurrir para que el proyecto se complete. En mi vida, he conocido a muy pocas personas como Beavers, dedicado por completo a su misión, a la obra de su vida. El elegante Beavers da las instrucciones, con suavidad y firmeza, a los espectadores, antes de la proyección: no hablar, no usar teléfonos móviles, no encender las pantallas.

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Viena. Un ojo enorme desde el espacio exterior ataca un centro turístico en una montaña Suiza. Una invasión de grandes champiñones gigantes. Un platillo volante azul vuelva hacia la Tierra con la Cosa a bordo. Las colinas tienen ojos. Todo esto y mucho más en un programa especial de película de terror con el eslógan: They wanted to see something different, but something different saw them first! programado por Jörg Buttgereit.

La brillante Fantastic Voyage de Richard Fleischer dejó una de las grandes impresiones del año. Comienza con la introducción: «Está película le llevará donde nadie ha estado antes; ningún ojo es testigo de lo que va a ver. Pero en este mundo en el que ir a la luna pronto estaré al alcance de todos y donde están sucediendo las cosas más increíbles alrededor, algún día, quizá mañana, los acontecimientos fantásticos que va a ver podrán suceder». Es un verdadero manifiesto del cine. Si los cineastas de hoy siguieran simplemente este manifiesto en lugar del Dogma 95, el mundo podría haber sido un lugar mucho mejor.

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M. HENRI: Ponte tu abrigo, la noche está fría. Deja la ciudad por la carretera que está delante de ti. Cuando las casas comiencen a dispersarse, encontrarás una pequeña subida, cerca de un olivar. Ahí es.

ORFEO: ¿El qué?

M. HENRI: El lugar de tu cita con la muerte. A las nueve. Es casi la hora, no le hagas esperar.

Vous n'avez encore rien vu de Alain Resnais. Paris una vez más, por última vez (y sin píxeles). Un brumoso olivar.


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Jorge era panadero. Vivía en una pequeña ciudad portuguesa que no sabía que existía; este verano, murió a los 28 años. Le conocía por su nick, fitz. Como muchos de mis amigos, estaba convencido de que vivía en Nueva York, o en algún lugar parecido, trabajando para Jonas Mekas y escribiendo para las revistas académicas más importantes. Era uno de los miembros principales de Karagarga, un club de torrents privado para el intercambio de películas poco conocidas. fitz compartía su colección de películas experimentales y de vanguardia: la mayor parte de las 189 películas que puso a disposición de otros miembros nunca se editaron en DVD o en VHS. Por ejemplo, fue quien consiguió, en otros muchos coleccionistas, 8 × 8: A Chess Sonata in 8 Movements de Hans Richter y Jean Cocteau –un cuento de hadas surrealista con Paul Bowles, Marcel Duchamp, Max Ernst e Yves Tanguy. Fue su copia la que más adelante circuló por Internet, apareciendo recientemente en YouTube.

Una vez que Jorge se fue, me enteré de que había pasado los días realizando trabajos artesanales, viendo películas por la noche en su improvisada sala de cine. Coleccionaba películas casi imposible de conseguir –algunas copias sólo estaban disponibles en súper 8– y se escribía con algunos jóvenes cineastas experimentales de todo el mundo, quienes le enviaban sus trabajos. Confesó en alguna ocasión que no tenía un solo amigo en la vida real que compartiera sus interses. ¿Cómo puedes esperar encontrar amantes del cine en medio de ninguna parte, cuando ni siquiera en Moscú nadie recuerda el Museo del Cine, que ha estado forzado, desde hace tiempo, a abandonar su local?

El cine que adoraba de forma tan apasionada es considerado como una forma privilegiada y elitista de arte dirigida exclusivamente a los intelectuales. Con mucho tacto, Jorge nos explicó que una película no tiene por qué tener un mensaje. Como ejemplo, señaló una imagen de su película favorita de vanguardia: «¿Qué significa? Es un jardín. Me gustan los jardines y me gusta ver jardines. Creo que son hermosos». He escrito cientos de miles de palabras este año, pero no estoy seguro de que tengan la mitad de su persuasión.

A diferencia del tristemente desaparecido Ebert, fitz nunca tendrá una película sobre su vida. Marker estaba visiblemente equivocado en su definición del espectador perfecto: si alguna vez existió, su nombre era Jorge, y era panadero.


Traducido del inglés por Francisco Algarín Navarro


Boris Nelepo, crítico de cine y programador, que vive en Moscú, es co-editor de Kinote, una revista de cine on line, y colabora como editor con la revista de cine Séance. Tabién ha publicado en Cinema Scope, MUBI y Museum of the Moving Image, y es el consultante ruso del Festival de Cine de Locarno.