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ACONTECIMIENTOS 2011

Antonio Rodrigues

(Ler a versão original Português)

Rosa da Areia (António Reis y Margarida Cordeiro, 1989)


Luces (Lumière) en 2011

Este texto debe ser escrito en primera persona.

Comienzo por decir que soy un dinosaurio que no tiene televisión, ni lector de DVD (ya tuve) y que no ve películas en un ordenador, sólo en proyecciones. No quiero tener televisión para poder mantener la integridad de mi cerebro. No quiero descargar películas por Internet porque sé que no puedo ver ni la milésima parte de lo que ahí hay. Y que lo que hay, muchas veces cuenta con un sonido y una imagen de mala calidad. Pero al decir ésto, debo reconocer que en los golden years de la cinefilia muchas óperas primas sólo podían ser vistas en copias de mala calidad. Pero eran vistas, con un fervor que las mantiene vivas. Sucede lo mismo hoy en día con Internet. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno, como decía el otro.

También tengo que decir que vivo en una ciudad donde no hay cine, porque en ella no hay cines. Esta ciudad se llama Lisboa. Hay poquísimas salas de cine, pero sobre todo no hay aquello que en Brasil se llama cinema de rua (allí también hay muy pocos): las salas que no se encuentran en el interior de un centro comercial, sino en la propia calle. Los pocos cinemas de rua que aún quedan en Lisboa, aunque tengan las pretensiones del art-et-essai parisino, parecen casas deshabitadas, no cuentan con el menor dinamismo. Y son estas salas de rua las que hacen falta, porque en ellas se pueden programar las películas que nos interesan o que pueden interesar y que jamás se mostrarán en un cine de shopping center de este mundo. El hecho de que esta situación se produzca en la mayoría de las ciudades del mundo no es un consuelo. Es verdad que en Lisboa hay una cinemateca, que muestra cinco películas diferentes al día, seis días por semana, con entradas que cuestan cerca de la mitad del precio de las de un cine comercial. Como trabajo en el servicio de programación de esta cinemateca, ni quiero, ni puedo, ni voy a elogiar lo que allí se hace. Pero es innegable que la programación de esta cinemateca permite a quien vive en Lisboa, si le gusta el cine -y creo que el cine forma parte de la cultura en general-, tener un contacto diario con el cine, desde sus principios hasta los años relativamente recientes. Pero no con una producción contemporánea.

La producción contemporánea llega a esta ciudad sin cines, en la que hay un jardín cerrado de cinefilia –la cinemateca-, a través de los festivales. Es decir, a través de pequeños acontecimientos en los que las personas ven doce películas en siete días y salen convencidas de haber realizado un gran acto cultural. Estos festivales de Lisboa se parecen a la mayoría de los festivales de este mundo: la programación acompaña a las modas, en vez de crear tendencias. En uno de esos dos festivales vi dos monumentos a la mediocridad, presentados como «grandes películas». Dos productos franceses. Uno titulado Sport de filles, supuestamente sobre la lucha de clases (!) en medio de una historia idiota sobre caballos y caballeras, llena de horrorosos «números de actor». La otra era casi peor, Une vie meilleure, «de una imbecilidad casi banal», por retomar una expresión de Borges de una de sus crónicas sobre cine.

Pero también es verdad que ver cine apenas es ver cine de hoy. Pasando por el Festival Cinema Ritrovato (el nombre lo dice todo), en Bolonia, pude ver dos películas que constituyeron los momentos más fuertes para mí de 2011. El primero fue Louis Lumière, de Eric Rohmer, una película sobre el comienzo del cine que consiste en un diálogo entre Jean Renoir y Henri Langlois, el hombre que dio forma a la cinefilia e inventó la profesión del programador de cine. Langlois dice algo que para mí es una evidencia: «En Lumière no hay azar, hay un saber». Es verdad, el cine no nació «primitivo», nació como dominio total del tiempo y del espacio. En los Lumière la cámara siempre se encuentra en el mejor lugar posible, los 35 segundos de proyección están totalmente dominados, nunca se tiene la impresión de que las películas se interrumpan antes del final. Fue después de los Lumière cuando el cine fue primitivo durante algún tiempo, con películas académicas, extraídas del peor teatro de la época, antes de que fuera reinventado en los años 10. Sugiero un programa con películas de los Lumière, con sesiones semanales de una hora, para espectadores de todas las edades y para cineastas jóvenes: va a ser útil para ver con atención, para encuadrar con cuidado y para tener una noción de la duración. El otro momento fuerte fue Hitlerjunge Quex, de Hans Steinhoff, la primera película de ficción de la propaganda nazi. Como el filme se dirige a la clase trabajadora y su joven protagonista es hijo de un obrero, el tercio inicial es filmado al completo como una película de izquierdas, como una película de militancia comunista berlinesa. Una inteligencia tan enorme para la propaganda me dio un escalofrío.

Como antídoto a esta película alemana de 1932, para nosotros, que vivimos en plena era del fascismo de las finanzas, señalo entre mis momentos favoritos como espectador de 2011 Qu´ils reposent en révolte (Des figures en guerre), de Sylvain George. Y como descubrimiento, un pequeño objeto desconocido y olvidado: VW Voyou, de Jean Rouch, al mismo tiempo un filme picaresco, pastiche del cine de propaganda y magnífico ejemplo de etnología invertida.

Como extravagancia (la cinefilia no puede tener miedo de los placeres menos exigentes), una película que vi por Internet, con una imagen y un sonido de escasa calidad: O Menino e o Vento, filme brasileño de 1967, del argentino Carlos Hugo Christensen, realizador de muchas películas, autor de una de las grandes extravagancias del cine argentino de teléfono blanco, Armiño negro. O Menino e o Vento no es mucho menos extravagante: en una pequeña ciudad de provincias, un forastero que se hizo amigo de un niño de unos quince años es sospechoso de pedofilia y homicidio, ya que el niño desaparece. Pero al final, cuando el hombre está en el tribunal, descubrimos que el niño fue, literalmente, llevado por el viento. En el último momento la película (realizada con buen dominio de la sintaxis clásica) deja de ser realista. En este sentido, es casi una metáfora involuntaria del amor por el cine.

Esta fue la parte que se quedó grabada en mí con más claridad en la memoria como espectador en el año 2011. Como programador, me llevé una de las grandes sorpresas de mi vida. Vi en una villa portuguesa un auditorio lleno con cerca de doscientos adolescentes, donde se proyectaba una austera película de António Reis. Debieron haberse aburrido muchísimo, pero la vieron y no protestaron, no se formó el caos. Un milagro aún mayor que la presencia de los adolescentes fue el hecho de que esta película pudiera ser mostrada en público, en una villa portuguesa, en 2011.


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Antonio Rodrigues trabaja en el servicio de programación de la Cinemateca Portuguesa (Lisboa) y es el programador de Cinecoa, encuentros de cine cuya primera edición tuvo lugar en septiembre de 2011, en Vila Nova da Foz Côa, en Portugal.


Traducido del portugués por Francisco Algarín Navarro