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ACONTECIMIENTOS 2011

José Oliveira

(Ler a versão original Português)

O Movimento das cosas (Manuela Serra, 1979/85)

 

2011- Cine y otras cosas más

Desde aquí la tierra de la capital de la cultura de 2012 y también la capital europea de la juventud este mismo año… tierra en otra época de la alegría de donde hace muchos años se despidió Ruy Belo –ahora se cumplieron cincuenta años desde que escribió su primer libro, en el fondo sé que esa fue para mí la fecha más importante del año tratado. Cosas maravillosas irracionales y sin temor por las profundidades de los abismos no se encuentra ni una red ni una salvación posible… cosas como esas, decía, absolutamente despreciadas y traducidas por los bienpensantes y los mercenarios que esperan siempre a la caza del último genio que llegó o del último reducto en el que puedan reconocerse o apaciguarse. Donde pueda brillar la vieja pedagogía o disparar el más revolucionario de los conceptos.

Pocas estrellas me llevaron a las salas del cine hecho hoy, lo reconozco. Porque la Cinemateca Portuguesa jamás tendrá rival, porque poco o nada se impulsa en esas pantallas de grandes superficies o de autores fabricados.

O Estranho Caso de Angélica puede ser el último filme milagro de estos tiempos, donde sus noventa y pocos minutos condensados a la antigua pasan como los fantasmas que por allí vuelan y se amana y se torturan se pierden en el cosmos, la desmesura y el riesgo absoluto de lo que aún puede ser vivir y de lo que aún puede ser hacer cine. La vida de los hombres, sus sacrificios sus ansias, esas dudas seculares, deseos de verificación perpetuación. Secretos jeroglíficos de un arte en el que la vida y la muerte trazan círculos y movimientos indefinidos y se encuentran y se confunden. En el que la belleza más indecible corresponde al más negro de los negros. Belleza mortal en la que el que la ve muere. Manoel de Oliviera es uno de los extraños poetas vivos niño que aún lo arriesga todo y que comienza todo desde el principio o desde el final. La única película a perdurar en el tiempo, ese magnífico escultor.

Algo completamente opuesto es el último trabajo del respetable João Canijo, Sangue do meu sange. Donde todas las certezas se poseen –humanamente, formalmente– entrando el gran cineasta y su ego en un pobre barrio social y todo se pone en orden. Armado con los más sofisticados materiales del cine, donde los raíles y los movimientos ultrasofisticados de la cámara mutilan el espacio y se impone al resto y a lo vital, se copia una realidad no conocida sino cobardemente adivinada y todavía se anuncia lo nuevo, lo nunca visto. Suficientemente fascista y de lamentables distancias y escudos de lo humano, la cubrían de estrellas en los suplementos de cultura gritando que era su obra maestra. Crítica de cine, asunto extinguido y ahora simple publicidad que venció.

De mal en peor con cada año vacío en los festivales y las muestras de cine, con sus colegas y sus amiguismos. Apenas una película para siempre de las muchas o demás que aún intenté ver por ahí. Wolfram de Rodolfo Pimienta y Joana Torgal se pasó en Panorama – 5ª Mostra do Documentário Português, espacio de algunos objetos estimulantes. Llegados sobre todo de la animación, los dos cineastas a cuerpo entero, toman literalmente cuenta del campo de minas de Panasqueira, en el interior portugués, desciendo mucho más abajo hasta las antecámaras o las cámaras del propio infierno. La violencia de las materias, de las cosas son su fuego interior imparable. Oda a la potencia y a lo sublime de la naturaleza y de la creación, es igualmente una película para ellos, para aquella región y para aquellos hombres y mujeres que allí darán vidas. Ningún habló de ella, condenada a evaporarse salvo en las memorias de algunos happy fews.

Porque el artista genial de servicio que importaba promover fue Gonçalo Tocha, con una absolutamente deplorable y despreciable É na terra não é na Lua, vencedora del decadente Doc Lisboa, que pronto se estrenará en las salas, tras los más absurdos ditriambos que recuerdo haber leído. ¿Qué es? Una nada concluyente de la nada, una autopromoción de un músico convertido en cineasta gracias al espíritu santo y a algunos godfathers, viaje a un mundo exótico –se le ocurrió que fueran las Azores– y mil y un planos de carta postal, voz en off graciosa y una mirada gozosa en torno a los habitantes y las tradiciones nobles. Construido –o no construido– con la lógica de los videos de bodas en los que se intenta meter imágenes y más imágenes, sonidos y más sonidos, todo aleatoriamente bonito, es una de las cosas más informes y ridículas de los últimos años, donde el realizador aparece gigantesco a contraluz en el último plano, humillando e imponiéndose a los sencillos asistentes de una discoteca donde se proclama –la estrella soy yo. Inconcebible fanfarronada.

Vale bien la pena hablar de otra muestra, una pequeña muestra para amantes del cine y de la convivencia con la nieve en contra-campo, los segundos Encontros Cinematográficos da Guarda, donde se nos reveló un filme único de una realizadora singular, hecho hace unos treinta años. Manuela Serra y su O Movimento das cosas nos llegó sin aviso de un tiempo en el que los hombres filmaban como hombres hombres, verdaderamente. Cuando la poesía era un golpe fulminante y transformador la máquina que filma es el tiempo que pasa. Poesía serena poesía en esquinas lejanas de las capitales a las que ya no se llega –un bebé acelerado, llegar a casa al final del día, la amada que lleva al marido la comida merecida. Una puesta de sol velado y transparente, aguas y barcas blancas y las fábricas y los humos que todo lo amenazan. Es de esas cineastas de una sola obra eterna un profundo lamento pacificado sobre las saudades del cine: «No, no sentí deseo de volver y hasta perdí el gusto por el cine».

La gran Lisboa y en sentido clásico siempre la filmó Manuel Mozos, pero una sensibilidad aflorada por las cosas pequeñas y por los sentimientos susurrados y tiernos hacen evidente la rima y el encuentro feliz con Manuela Serra, esto también en Guarda, donde se proyectó toda su obra de ficción. El deseo de lo novelesco de Mozos consiste en su amor por sus personajes errantes que en la pérdida pocas veces conseguirán pasar a nuestra frontera, pero quienes se quieran acercar a este romanticismo terminal podrán encontrar regalos impagables.

Dos o tres cosas más que se quedarán en la memoria: la perdición y los tiempos cósmicos de Terrence Malick en un cine de fe sin vergüenza. Las otras perdiciones, estas por el propio cine y por la propia carne de Monte Hellman. La tradición anárquica de John Carpenter.

Última palabra para la Cinemateca Portuguesa, que en un año denominado de crisis en Portugal en el que varios problemas a nivel burocrático le fueron impuestos por el desgraciado estado, presentó en el primer mes del año una de las programaciones más excepcionales que recuerdo haber visto –de Ford al brasileño Candeias, de Wiseman hasta Syberberg, Garrel, Eustache, Monteiro, Pollet… tanto que ya no recuerdo y que nunca olvidaré. Contra el dinero el cine venció y la cinemateca acabó el año con una gran retrospectiva de Nick Ray –el cine.


Traducido del portugués por Francisco Algarín Navarro.