CANNES 2015 (8): CEMETERY OF SPLENDOR, de Apichatpong Weerasethakul

Ojos abiertos como platos

Por Fernando Ganzo

 


Cemetery of Splendor (Apichatpong Weerasethakul, 2015)

 

Cómo hacer otra constatación sobre la absurda ausencia de esta película en competición supondría repetirse (pero aún así, qué escándalo); mejor hablar de lo que ha hecho Apichatpong Weerasethakul: tomar un centro de salud. Soldados, algunos japoneses que sufren una enfermedad que les hace entrar en largos periodos de somnolencia. Una mujer que se presta a cuidarlos y que siente especial apego por uno de ellos. Como siempre en el cine de Apichatpong, llega otra mujer más joven para completar el círculo. Pero esta mujer es médium, puede ver lo que sueñan los soldados. Puede incluso hacer ver a otros lo que sueñan los soldados, si abren mucho los ojos. En Cementery of Splendor, todo está en el plano. Y al mismo tiempo no. Los personajes pueden pasearse por un bosque y describir un palacio, el del sueño. Todo es posible. Ellos, los personajes, al menos en su parte escrita, añaden lo inmaterial, mientras que Apichatpong incluye lo material. Como si a esa estructura ya clásica en él añadiera y añadiera objetos: la estructura sería una maleta y los planos los objetos que la llenan, como en un parque con réplicas de dinosaurios en el que, en un recuadro del plano, percibimos un caballito de juguete. Un bosque con flores cubiertas con bolsas de plástico. Unos molinillos de agua que giran frenéticos sin que sepamos muy bien para qué sirven. Y en medio del agua algo raro, un hipopótamo o un corazón gigante. Un cielo. O el reflejo de un cielo en el agua. Y en el agua, una criatura, una especie de ameba que allí permaneció.

Así que es como si Apichatpong dejara que sus personajes aportasen lo inmaterial mientras que él se limita a construir lo material: filma en un tiempo, uno solo, el cual casi no avanza. Y sus personajes viven en ese tiempo, pero en dos espacios o en dos consciencias para llevarnos y llevarles a algo así como una asimilación natural que hace que ver a un hombre levantarse o tener una erección se parezca a ver una flor al abrirse, un fruto al germinar. Un líquido vertido en la pierna deforme de la mujer mayor y que la joven lame. Un hombre defecando en el campo.

A menudo las máquinas son necesarias, como las que ayudan a orinar a los soldados dormidos. O esos tubos de colores que cambian de tonalidad y que transforman incluso la película en una demencial secuencia de escaleras mecánicas tan escandalosamente bella que casi daban ganas, como el año pasado con Godard, de levantarse para aplaudir. Y es curioso, porque hay mucho de lenguaje en Cementery of Splendor. Unos requiebros que vuelven la película material, desde las frases delirantes en un entorno campechano («esta fruta es más deliciosa que el néctar de la tentación», «esta crema huele como ese fluido al que llaman “semen”») hasta los paneles que pueblan un bosque con refranes. Como ese terreno vago (estas dos palabras casi definen la película) de la mente en el que no sabemos si estamos poniendo nombres a las cosas o imaginando la cosa misma. O incluso imaginando la forma del nombre de la cosa.

Cemetery of Splendor (Apichatpong Weerasethakul, 2015)