CANNES 2015 (1): ACTUA 1 y L'OMBRE DES FEMMES, de Philippe Garrel

Pathé de Garrel

Por Fernando Ganzo

 


Actua 1 (Philippe Garrel, 1968))


No hay quien pueda separar el hecho de haber proyectado Actua 1 (en 35 mm) antes de L’Ombre des femmes (en copia digital). Imposible quitarse de los ojos esas imágenes filmadas y ensambladas por Philippe Garrel en Mayo del 68, entre manifestantes, policías y furgones; el tono irónico de la voz en off, como parodiando el No-Do francés (las actualidades Pathé), como celebrando algo más grande que ella misma, aunque fuera para desaparecer después. Imposible no seguir oyendo los gritos de «LUZ», «SILENCIO» y, sobre todo «seremos libres». Cuarenta años después de aquello, Garrel presentaba por última vez (hasta hoy) una película en Cannes, La Frontière de l’aube (2008). Nos enterábamos de que,el público la abucheaba y que, con condescendencia, incluso se burlaban de ella. Pensábamos, con algo de razón, que era lógico, que es casi hasta raro que una película no abucheada en Cannes sea realmente buena. Pero no pensábamos en aquello que Garrel decía cuarenta años atrás, que seríamos libres, cuando le veíamos necesitado del reconocimiento «social» que supone estar presente en un festival, Cannes, que hoy mismo volvió a despreciarle: «vivimos un cine de crisis, filmamos cada vez en peores condiciones y este festival es como festejar la crisis, es como las fiestas durante la Segunda Guerra Mundial».

En L’Ombre des femmes, un hombre y una mujer viven juntos, se dejan seducir por la infidelidad, casi sin planteárselo, y pasan del estado monstruoso de la cohabitación infiel al de la separación, contemplado como un síndrome de inanición. Y Garrel ha presentado esta película en Cannes. ¿Libre? Quizás. Esas declaraciones esquizofrénicas, mordiendo la mano del perro que le da de comer, pero sin dejar de comer (y atacando también a un público al que considera reprimido en la monogamia), tienen algo de síntoma. Un síntoma de todo lo que está surgiendo en su cine en los últimos años, cada vez con mayor presencia, y que quizás se deba a eso, a esa necesidad de estar, pese a todo, presente. Actua 1 es un prodigio de un gran cineasta capaz de hacer arrastrar toda su película en un mismo movimiento histórico y artístico: la filmación, las voces, los rostros, incluso ese travelling final desde un coche que parece detenerse en los momentos necesarios para lograr que nunca olvidemos esos seis minutos. Ese mismo movimiento ha impulsado desde entonces todo su cine, llevado por corrientes varias, llevando restos en cada etapa hacia algo más (o algo menos): de la experimentación a la ficción, pasando por la repetición, la abstracción, la depuración. Y, en sus últimas películas, a un nivel primario de los sentimientos. Los celos son celos. Engañar es engañar. Un hombre es un hombre. Una pareja es una pareja. Pero ese movimiento parece haberse detenido. Físicamente. Como si el movimiento de la mano de un pintor comenzase a requerir algo más, otra motivación además de la de sentir la nueva capa de óleo deslizándose sobre el lienzo. Garrel ha comenzado trágicamente a imponer algo a sus películas. Su vampirización de estrellas (aquí, la popular Clotilde Courau), su modelización de los hombres (Stanislas Mehrar). Pero, sobre todo, esa mano requiere una cierta violencia hacia sus personajes, a los que impone incluso la promiscuidad. Y eso convierte a los actores, por momentos, en las víctimas de un secuestro. Obviamente, es posible que no veamos una película mejor que ésta en todo el festival. Obviamente, también, algo sucede en el plano que jamás veremos en otras películas en estos días. Pero eso es trabajo de Renato Berta. Garrel era otra cosa más, era algo entre los planos, algo al principio o al final de los planos… Y, como por milagro, ese algo termina por llegar en los últimos instantes de la película. Como si Garrel (y Carrière en la escritura), hubiera escuchado un grito de aquel filme perdido desde 1968 y recuperado hoy. Una combinación de ironía, perversidad y montaje. Un abrazo final en el que los actores se pierden, y una capa más, esta sí, impulsada desde lejos, en el gran retrato que Garrel lleva realizando del amor desde que tuviera 18 años en Les Enfants désaccordés (1964). Algo monstruosamente bello. Algo formulado en luz, cuerpo y palabra: «perdóname, amor, te he mordido».

 

L'Ombre des femmes (Philippe Garrel, 2015))