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ESPECIAL CHICK STRAND

Dirección directa: ‘Señora con flores’, de Chick Strand

Por Max Goldberg

 


Justo después de ver Señora con flores, de Chick Strand (el Academy Film Archive terminó este año el trabajo de post-producción), escribí en mi cuaderno: «Nunca he visto un púrpura como ése». Sé que me estaba refiriendo a las flores, igual que sé que ahora no podría conjurar su delicada forma. Y aún así, durante la inminente efervescencia de los colores y de las texturas de este retrato tardío realizado por Strand (falleció en 2009) elude la memoria consciente, permanece en la mente la resistencia entre la subjetividad con la que filma la cineasta y la voz en off de la persona del título de la película.

Strand experimentó con muchas formas y estilos a lo largo de varias décadas de trabajo, pero los inmersivos primeros planos de Señora con flores son característicos de las películas que rodó en México y en Sudamérica. Utiliza el zoom de su cámara como si fuera una brocha en busca de una sensibilidad universal, inclinándose ante los límites del conocimiento. No es necesario decir que Señora con flores traspasa la distancia objetiva característica de tantas películas etnográficas. Los temblores involuntarios de las manos de la cineasta tambalean el encuadre con una fuerza asombrosa; es la narración de la vendedora de flores la que ofrece algo de estabilidad a esas manos. Su franca descripción de los atroces abusos que sufrió de su marido atraviesan la película como un río. En esos torrentes de color, vemos a la mujer vendiendo puerta a puerta y luego lavando. Las imágenes flotan, libres de los vínculos indexales de la evidencia documental, encarnada aunque abstraída. La voz en off ancla la coz en el tiempo, desencarnada aunque con una presencia en el decir. Strand golpea los diferentes elementos de la experiencia, unos contra otros, como si quisiera encender fuego.

El doloroso testimonio de la mujer existe más allá del alcance de las imágenes de Strand, pero en el intervalo entre lo que muestra la imagen y lo que dice la voz, encontramos algo parecido a la intimidad. La visión floreciente (la mujer y las flores irradian la misma luz maravillosa), así como el peso de la escucha, son expresiones duales de la empatía. Strand aproxima su cámara a la incertidumbre, mientras que el relato de la mujer nos indica que se siente lo suficientemente segura con Strand como para hablar con ella libremente. Estas dos presencias no son equivalentes, pero están entrelazadas (Strand combinó múltiples testimonios de mujeres en varias de sus películas, sobre todo en Soft Fiction, de 1970). Aquí encontramos esos notables interludios propios de la vida en los que encontramos cosas a un extraño que jamás contaríamos a un amigo cercano. Esto parece algo básico para que se produzca un intercambio documental, pero muy pocas veces sucede, sobre todo con tanta poesía.

Los créditos finales de la película señalan los años del rodaje y del montaje, 1986 y 1995. Strand solía dejar descansar a menudo el material, montando al mismo tiempo varios proyectos, pero la apabullante intimidad de Señora con flores evidencia especialmente las elipsis. ¿Por qué pasó tantos años esculpiendo este pequeño fragmento de experiencia que, por su propia fluidez, parece que pudiera haber caído como la fruta de un árbol? Podríamos leer a Odilon Redon, un gran pintor de flores: «Las flores se encuentran en las confluencia de las dos orillas del río, la de la representación y la de la memoria. Es el terreno del propio arte, la buena tierra de lo real, desgarrada y cultivada por el espíritu». Strand recoge lo que ha cosechado, y el resultado es hermoso y justo.

Publicado originalmente en MUBI.

Traducido del inglés por Francisco Algarín Navarro.