www.elumiere.net

ESPECIAL CHICK STRAND

Notas de una artista sobre el cine etnográfico

Por Chick Strand

 

Chick Strand es una artista que hace películas tanto experimentales como etnográficas. En la actualidad, da clases de cine experimental y de cine etnográfico en el Occidental College en Los Ángeles, donde trabaja como profesora asistente. Sus películas etnográficas se han mostrado en festivales, museos, universidades y salas de cine de todo el mundo, así como en los American Anthropology and Visual Anthropology Meetings en Estados Unidos. Obtuvo una beca Guggenheim para filmar, y una ayuda del American Film Institute para hacer sus películas. Su filme Cosas de mi vida ganó recientemente el premio Hubert Herring Memorial por ser la mejor película de una integrante de la Pacific Coast Conference on Latin American Studies.

Empecé a estudiar antropología de forma seria en la Universidad de California, en Berkeley, a mediados de los años 50. Me fascinaba la idea de estudiar la vida de las personas que son diferentes de nosotros, que viven en pequeñas culturas cohesionadas que consiguen ser estables, en comparación con la nuestra. El crecimiento del movimiento por los derechos civiles hizo que mi generación fuese más consciente de la necesidad de aprender cómo viven otras culturas que están desapareciendo. La antropología era la más popular de las ciencias sociales, pues pensábamos que mediante el estudio de las otras culturas podríamos aprender algo valioso sobre la condición humana. La información que manejábamos podía ayudarnos potencialmente a comprender y a resolver una serie de problemas frente a la rápida aculturación de los pueblos indígenas, y nos ayudaría también a entender los propios problemas de nuestra cambiante sociedad. Sabiendo que esas pequeñas culturas se fueron destruyendo por culpa de la marea de las sociedades nacionalistas y tecnológicas, estábamos deseando llegar allí y asumir nuestro papel en tanto que observadores científicos para estudiar, analizar y preservar nuestro conocimiento sobre ellos por medio de la documentación. Éramos idealistas y humanistas. Pensamos que nuestro trabajo podría ser utilizado como una referencia a la hora de tomar decisiones inteligentes y humanas por parte de los legisladores que asumían la autoridad sobre esas personas de las culturas que estudiamos.



Por supuesto, esto no ocurrió. No nos abrieron las puertas, y normalmente no había ningún legislador, salvo el progreso económico, técnico y material. La aculturación se convirtió en una especie de glaciar gigante, incontrolable, imparable e inmutable, usando y tirando a las personas y sus costumbres, mezclándolas de manera casi azarosa, haciendo que se marchasen de su tierra, sacrificándolas, hurgando en sus enormes heridas, siempre insufribles. Cambiaron tanto las culturas que se mezclaron unas con otras formando grandes mezclas de hombres y mujeres anónimos. Las vidas de las personas que vivían en esas culturas remotas y extrañas dejó de ser importante para la mayoría de la gente, sobre todo al ver cuántos problemas no tenían solución en el mundo, el progreso tecnológico y la cuestión de nuestra propia supervivencia.

En los años 50, pensamos que existía la posibilidad de soliviantar el proceso de aculturación de las personas que estudiábamos y a las que queríamos, y creímos que podríamos incorporar ese trabajo a la ética de nuestra profesión y que podríamos trabajar de acuerdo con los dictados de nuestros corazones, de manera privada. Fuimos ingenuos al escuchar el fervor de la llamada.
Me encantaba la antropología. Me encantaba leer sobre las diferentes culturas y sobre los distintos intereses, así como la posibilidad de poder hacer algo que tuviera un sentido más allá del propio estudio, más allá de la documentación. Por encima de todo, me entusiasmaba la idea de poder tener la suerte de conocer a estas personas en sus propios lugares, de conocerlos como seres humanos. Pero la etnografía fue muy decepcionante. Era muy poco habitual poder establecer un contacto con las personas de la cultura que se estudiaba, porque no se presentaban como seres humanos localizables y accesibles. Pensé que quizá en la universidad obtendría la clave que me permitiría abrir la puerta a sus vidas interiores y a sus sentimientos, de manera que pudiera entender su cultura en profundidad. Quería saber cómo vivían los bailarines balineses la preparación de la ceremonia hasta alcanzar el trance, qué significaba eso para ellos, personalmente. Quería saber y sentir lo que significaba para una joven pasar por todos esos ritos de fertilidad. Con el material que tenía a mi disposición, era fácil imaginar esas ceremonias de manera general, ¿pero cómo sería formar parte de ellas? ¿Cómo se sentirían las personas? ¿Cuáles eran sus sueños y sus miedos? ¿De qué hablaban?



Nunca me dieron la clave y, tras un año en la universidad, me sentí desencantada, porque los antropólogos no prestaban demasiada atención al corazón y al alma que se manifestaba en las personas de esa cultura que estudiaban. La antropología, después de todo, consiste en el estudio del homo-sapiens. Se trata de apartar a los individuos y conservar sólo aquello en lo que contribuyen; interesarse por ellos, trabajar así, era una negación de la idea de la antropología como conjunto. Cada vez sentí más que esta profesión era una batalla de egos inflados, de personas insensibles e inflexibles, donde lo que importaba eran esos puntos de vista tan rígidos y donde sólo contaba la sensibilidad de los propios antropólogos. No había ninguna excitación ni entusiasmo ante los nuevos descubrimientos. Los antropólogos se creían que eran ellos quienes habían encontrado sus técnicas y su metodología, aferrándose totalmente a ella y llamándose a sí mismos científicos. Sanos y salvos en sus puestos universitarios, el trabajo de campo les parecía estancado y árido. Para ellos, esa gente loca que pasaba años sobre el terreno intentando ordenar toda esa gran cantidad de información por puro placer, por puro amor, eran disidentes. Su método consistía en entrar y salir de allí tan rápido como fuera posible, para poder volver y organizar su material con vistas a publicarlo.

Estaba en un punto de mi vida en el que tenía que tomar una decisión sobre cómo quería usar mi creatividad. Dejé la antropología porque vi que era un camino sin salida y me fui interesando por el cine de vanguardia. Quería hacer películas experimentales personales. Para aprender la técnica, me matriculé en el UCLA. Aunque en esa época estuviera trabajando como artista con el cine, todavía me interesaba la antropología, por lo que cuando me enteré de que la universidad había creado un programa de cine y etnografía comencé a asistir a las clases y vi muchas películas etnográficas. Recuerdo estar en la oscuridad retorciéndome de rabia y frustración. Salvo algunas excepciones, todas aquellas películas mostraban a las personas con la misma falta de interés y la misma poca sensibilidad con la que lo hacían los etnógrafos, como si fueran animales en un zoológico, como si fueran culturas listas para ser examinadas con un microscopio, como si hubiera una placa protectora entre ellos y el antropólogo. Eran películas en las que se notaba una fuerte indiferencia hacia la forma en que vivían o respiraban esas personas. Si eran fragmentarias y abstractas, se debía a que nunca mostraban a la persona al completo, la relación entre el individuo y la sociedad. Presentaban a estas personas como parte de la masa, como individuos insondables, como si fueran marionetas en un juego de sombras javanés. Mostraban a las personas como parte de la cultura a la que pertenecían, normalmente inmersos en grandes eventos, como si fueran clones unos de otros.



De la misma manera que dudo de que alguien de otra cultura pueda comprender algo de la nuestra asistiendo al ritual de la misa de Navidad, también dudo de que podamos aprender demasiado viendo los rituales de las otras culturas, aunque podamos relacionarlos con otros momentos y con otras estructuras sociales de esa cultura. Tenemos que relacionarnos con los individuos que forman parte de ese evento. Si no sentimos nada hacia esa cultura, se debe a que no se nos han dado las claves para comprender cómo es su verdadera vida o cómo piensan. Estas películas no son objetivas, veraces u holísticas, porque hacen que todos parezcan iguales. Cuando un antropólogo intenta mostrar lo que percibe sólo a partir de lo que ve, todos los matices, las sensibilidades, las estéticas, las emociones y el drama humano de esa cultura, se pierden. Su forma de vivir, su mentalidad, tan única, la compleja variedad de las motivaciones, las acciones y las reacciones individuales no se pueden percibir. Cuando hayamos perdido para siempre esa cultura, serán las personas que formaron parte de ella las que dejarán el vacío más oscuro, árido y lamentable en nuestro mundo, y no la cantidad de saltos que se dan en cada paso de baile o los canastos que utilizan.

En los escritos etnográficos, la vida interior de las personas es estudiada en términos generales, nunca concretos. Y ésta es una manera de aprender cómo se estructura toda esa cultura y cómo funciona en su entorno. Pero el cine es otro mundo, porque es un medio que se basa en la intimidad y en la inmediatez, por lo que por primera vez podíamos ver y sentir esa cultura y a las personas que forman parte de ella, se podía mantener una relación. Pero los antropólogos han utilizado el cine de la misma manera y con los mismos objetivos que en los escritos, restringiendo así su campo de estudio, privilegiando los comportamientos masivos y los comportamientos generalizados que debemos asumir como verdades dentro de una sociedad, ya que no sabemos otra cosa de ella, en lugar de la riqueza de la experiencia humana concreta. Esta presentación de las personas es separatista y racial. Se pierde mucha información, pues es ignorada al mostrar sólo un lado de las cosas.

Me pregunto qué es más científico: ¿presentar toda la información u ocultar parte de ella? Me pregunto qué es más importante para los antropólogos, ¿la ciencia o esos seres humanos que aseguran querer proteger por encima de todo? Los antropólogos siempre presentan las cosas desde su punto de vista, nunca buscan el de los otros. Ni me parece honesto, ni científico. Si les dejaran hablar, podrían mostrar de una forma nueva y excitante otros aspectos de su cultura. ¿Qué podemos aprender de una cultura a partir de la textura de las vidas de las personas, de la forma en que se mueven, de la forma en que se relacionan y reaccionan en su vida cotidiana, en su entorno familiar, con sus amigos y compañeros? ¿Qué podemos aprender de la forma de utilizar sus herramientas, de cómo trabajan sus cuerpos, de lo que hacen con sus manos cuando están descansando en sus casas o cuando charlan unos con otros, de cómo se relacionan con sus hijos, de cómo manifiestan sus sentimientos, o sus afectos, o sus disgustos? 
           
En una novela, estamos obligados a inventarnos una imagen de las personas y del entorno. Creamos una imagen mental a partir de las descripciones que nos proporciona el autor. Tenemos una imagen en nuestra cabeza, nos imaginamos un paisaje entero, e incluso los aspectos físicos/psicológicos de los personajes, como si estuviéramos allí. Mientras leemos la novela, las imágenes centellean en nuestras mentes, creamos nuestra propia película privada. Si leemos el mismo libro unos años después, formamos las mismas imágenes, como si visitáramos un lugar que conocemos muy bien, nos sentimos familiarizados con los lugares, con las cosas, con las personas. La etnografía no nos deja relacionarnos con las personas, con los lugares y con las cosas, porque en su necesidad de ser científico, el antropólogo nunca nos da las claves para que podamos imaginar cómo sería estar allí, cómo sería formar parte de esa sociedad. No estoy diciendo que debamos leer la etnografía como una novela, pero tampoco creo que el papel del antropólogo deba consistir simplemente en ofrecer el lado decadente de esa cultura: también nos tienen que dar la vida.


           
Cuando vemos una película, ya no esperamos poder formar nuestras propias imágenes; vemos los lugares reales, a las personas que se mueven en ellos, las cosas que las personas llevan y usan, a las personas moviéndose en el espacio y en el tiempo, con sus comportamientos, sus relaciones y sus vidas cotidianas. Viendo una película nos podemos relacionar con las personas y las cosas. Pero en la mayoría de las películas etnográficas vemos a las personas como parte de un grupo, forman parte de un ritual como seres anónimos, sin cara, todos se parecen, todos parecen actuar y reaccionar de la misma manera. Vemos las cosas que sólo ocurren una vez, y no lo que sucede de manera cotidiana. Incluso cuando separan a algunas personas, sólo llegamos a verlas de la forma más formal y fragmentaria posible, en tanto que pertenecen al evento, pero no sabemos nada más de ellos, sólo lo que el antropólogo quiere contarnos. Muy pocas veces utilizan las palabras que usan ellos, incluso al traducirlas. Escuchamos la voz fría y aséptica de un narrador que nos cuenta lo que sucede. Esas películas son como libros de texto, no verdaderos documentos de cine sobre esas personas.
          
¿Somos las personas que vemos en esas películas? Para darnos una ligera idea de la mentalidad de esas personas, nos presentan un pequeño tapiz de su cultura muy fácil de asimilar, un tapiz que no posee ningún tipo de fuerza ni de profundidad. Me gustaría saber, de manera concreta, cómo respiran, cómo hablan, cómo se mueven, cómo expresan sus emociones, cómo se relacionan esas personas en sociedad. A esas películas les falta intimidad, dimensión, corazón y alma, y la mayoría de ellas son además torpes. Las personas son presentadas como pseudo-actores de una obra que es la cultura. Sobre las vidas de las personas se superpone una interpretación extraña. Las películas sólo muestran lo que le parece importante al antropólogo, no lo que las personas creen que es importante en sus vidas. Y la única forma de saber lo que es realmente importante en sus vidas es dejarles hablar. ¿Cuánto nos perdemos? ¿Cuánto se contribuye, con el silencio y la indiferencia de los antropólogos, a la destrucción de los seres humanos y de sus culturas?
          
Los antropólogos se niegan a trabajar la personalidad de los individuos en el cine porque todavía no han aprendido a usar las técnicas descubiertas por los artistas para poder presentar a esas personas de forma que el tratamiento sea aceptable dentro de los parámetros de un escrutinio científico. Los antropólogos entienden el cine como una manera de enfatizar algunos aspectos de la etnografía escrita, como una reafirmación. No entienden que el cine puede abrir otras puertas al conocimiento y descubrir una manera de presentar un material que la etnografía, con sus fotografías, nunca podrá mostrar. El cine es un medio cuatridimensional. Hace que las personas sean más grandes que la vida, y no hay forma de impedirlo. ¿Por qué no hacerlo? Puedo darme una vuelta, y como aprendimos de niños, puedo poner del derecho la imagen que en nuestras retinas está del revés; puedo percibir la tercera dimensión en una superficie plana, la de la pantalla. El cine también posee la cuatridimensionalidad del tiempo. En el cine, con el montaje, se puede distorsionar o se puede curvar el tiempo, se puede mostrar el tiempo real y el tiempo comprimido en la misma película. No sólo se omiten las cosas, sino que las diferentes cosas que suceden a la vez se muestran en un único continuum. Al igual que hemos aprendido a «ver» la tercera dimensión en la profundidad, hemos aprendido a manejarnos, como cinéfilos, con el tiempo en el cine. Hemos aprendido a asimilar el tiempo del cine y a introducirlo dentro del tiempo real en nuestra mente. Podemos entender muy bien que un primer plano de alguien hablando y un primer plano de alguien escuchando son dos cosas que suceden al mismo tiempo. Y además de esto, está el sonido, que o bien puede estar relacionado con la imagen, o bien puede ser un contrapunto o una fuga de la información que contiene la imagen.  
           
La gente inteligente que suele ir al cine entiende perfectamente el lenguaje del cine. Los cineastas etnógrafos no deberían dudar a la hora de utilizar la técnica del cine, pero piensan que no están presentando los hechos en su contexto. Si los presentaran correctamente, el espectador podría ponerlos en orden. En el cine etnográfico, cuando hay que elegir entre la etnografía y el ingenio, muchos antropólogos piensan que primero debe venir lo etnográfico, que se debe sacrificar el arte. No puedo imaginarme una situación en la que haya que elegir. Siempre es posible presentar tu material de manera ingeniosa.
            
Los atributos físicos arriba mencionados son la base del desarrollo del lenguaje del cine. Pero también hay otros aspectos psicológicos, como la habilidad para situarnos allí. El cine es una herramienta inmediata, íntima y reveladora a la hora de entender la experiencia humana. Pero los antropólogos se niegan a usar todo su potencial. «No primeros planos, por favor», dicen. «No es la forma normal de ver». Pero para un niño es normal estar cerca de la cara de su madre, para un amante es normal estar cerca del cuerpo de la persona amada, para un amigo es normal hablar frente a frente, a pocos centímetros, en un clima de intimidad, y para la otra persona lo normal es ver sólo la cara del amigo, y no su cara. «No queremos fragmentos de movimientos», dicen. Pero para un niño es normal sentarse detrás de la mujer que tuesta el maíz, viendo sólo el movimiento de sus manos, y es normal ver con el rabillo del ojo sólo trozos del vestido de esa persona que baila a tu lado, es normal ver sólo el costado de la vaca cuando estás ordeñándola. Quizá para el antropólogo es normal colocarse así de lejos, pero no para las personas que viven allí. «No queremos pequeñas conversaciones», te dicen, «no van a ninguna parte». ¿Sobre qué hablan las personas en su vida cotidiana? ¿Quién lo sabe? No nos lo han dicho.
           
El espectador se sienta en una sala oscura a ver la película, el público está atento durante toda la película. Es casi imposible que el proyector retroceda mostrando de nuevo una parte de la película. Toda la información se debe asimilar la primera o la segunda vez. Intentamos reaccionar de forma inmediata a la información visual y sonora e intentamos relacionarla con las personas que aparecen en la película cuando comienza el flujo de imágenes y los sonidos van y vienen. Cuando vemos una película etnográfica, nos sentimos frustrados y aburridos, porque no podemos establecer esta relación. Los antropólogos no creen que el público deba establecer la relación, no creen que sea su función presentar una película donde el público pueda establecer la relación.
           
¿Quién lee los libros de etnografía? Salvo excepciones, los leen los estudiantes de antropología y los profesores. ¿Quién ve una película sobre otras culturas? Normalmente, un grupo mucho más amplio, con motivaciones variadas. Y verían las películas muchas personas más si fueran mejores, si fueran más ingeniosas, si fueran más informativas.
           
No he conocido a nadie, sea o no antropólogo, a quien le haya gustado en general el cine etnográfico. No sólo es que no les guste, sino que además creen que estas películas abarcan muy poca información importante y que apenas ayudan a entender las culturas que tratan. Los antropólogos que han ejercido de cineastas han cometido errores miserables. Mi conclusión: quitemos las cámaras de las manos de los antropólogos y démoslas a los artistas para que hagan películas.
           
Mi interés por el cine etnográfico ha sido liberal y radical en relación con los métodos aceptados por la antropología. Puedo estar de acuerdo en que la etnografía escrita puede ser un buen esbozo de una cultura. Nos proporciona el contexto cultural. Pero creo que el cine se debería utilizar en otro nivel para explorar nuevas formas de reunir la información a través de las personas que viven en esa cultura. Me gusta hacer películas sobre una persona o una familia o dos personas de dos culturas dentro de un proceso de aculturación; me gusta examinar la vida personal con detalle. Soy capaz de filmar un primer plano de uno de los hilos que formarán el tapiz del conjunto de esa cultura. En varias de mis películas, empecé observando cómo se tejían los hilos entre sí, cómo se separaban, cómo se volvían a unir. Me suelo preguntar si no se prepara demasiado el terreno, si no hay demasiados prejuicios a la hora de ver y de aprender a limitar y a presentar la información. Me gustaría sentirme de la misma manera que se debió sentir Bronislaw Malinowski cuando viajó sin saber nada, abierto a cualquier cosa, sin saber lo que esperar o lo que encontraría o cómo presentar aquello. Cuando un artista prepara demasiado las cosas, limita al ojo, cansa a la mente, pone límites a la percepción, y, lo peor de todo, disminuye la oportunidad de estar abierto a revelaciones nuevas y diferentes. No me gusta saber demasiado antes de hacer la película. Mis películas evolucionan sobre el terreno. No me gusta tener muchas ideas previas de lo que voy a mostrar en la película o del tipo de acontecimientos que voy a filmar. Una vez sobre el terreno, sigo lo mejor que puedo lo que se me presenta, pero no me dejo cegar por lo que se supone que es importante para esa noción preconcebida de lo que será importante. Los artistas son los encargados de registrar las vidas humanas, por lo que su percepción de la condición humana debe ser entusiasta. Los buenos artistas necesitan ser golpeados por su experiencia y la de los otros, y la aceptan sin juzgarla. Con un poco de ayuda, pueden centrarse en observar de las manera más objetiva posible, sin dar su propia opinión. Su conocimiento adecuado de las herramientas y de las técnicas del cine, su aguda percepción, su conciencia y su proceso creativo pueden llevarles más allá del lugar en el que los etnógrafos se paran, ese lugar que no pueden imaginar. Las películas etnográficas pueden y deber ser obras de arte, sinfonías sobre la formación de las personas, celebraciones de la tenacidad y de la singularidad del espíritu humano. 

Publicado originalmente en Wide Angle, nº2, 1978. Págs. 45-51.
Traducido del inglés por Francisco Algarín Navarro.