ESPECIAL WERNER SCHROETER. SEFF 2019

En equilibrio. Entrevista con Werner Schroeter

Por Noël Simsolo


Der Tod der Maria Malibran (Werner Schroeter, 1972)

 

Antes de hacer películas, no me dedicaba a ninguna actividad artística. Luego estudié psicología en la universidad de Mannheim, pero mi mente no iba tan rápido como para asimilar las cosas. Por razones familiares, debía conservar la posición de estudiante. Por eso fui a la escuela de cine en Múnich, donde estuve tres semanas. En aquel periodo reunía fuerzas para destruir el equilibrio de la escuela. Dejando de lado eso, el tedio. En 1967, estaba en el festival de Knokke-le-Zoute, donde descubrí una forma de cine marginal de las estructuras comerciales, que se expresaba de manera más simple. Me impresionaron dos películas: Bill’s Hat, unos minutos en violeta y azul, y Twice a Man, de Markopoulos. Luego, volví a Heidelberg e intenté centrarme, trabajando con una vieja cámara de 8mm. Mi primer largometraje se llamaba Grotesk-Burlesk-Pittoresk. Duraba una hora, un montaje rápido. Luego, hice La Morte d’Isotta. Estas películas en 8mm se proyectaron en los museos de arte y la crítica las acogió bien.

Luego hice una película muy ritual: Paula - «Je reviens», que me gusta mucho. Quiero hincharla a 16mm.

Podía filmar sin problemas financieros porque vivía con un crédito y mis padres me pagaban unos estudios que no cursaba: también se ocupaban de mi apartamento en Múnich. Sí, soy un burgués. Incluso podía empezar a trabajar en 16mm, no era demasiado caro y sentía que había agotado la experimentación con el 8mm.

Argila, película en dos pantallas, y Neurasia, fueron mis primeros trabajos en 16mm. Se mostraron en el festival de Hamburgo. Luego, me fui de viaje con Magdalena Montezuma para rodar una película durante un año. La llamamos Eika Katappa. Se presentó en el festival de Mannheim, ganó el premio Josef von Sternberg y la televisión la compró. Se programó dos veces; la segunda, en la víspera de Navidad. Luego vino Cannes...

No me gustan mucho los festivales. En Mannheim, no hay mundanidades ni modas estériles; pero en otros sitios... Sin embargo, en la Quinzaine des Réalisateurs, el público es una minoría que viene a informarse. A veces hay reacciones violentas. Un personaje explosivo tiró sus zapatos contra la pantalla mientras se proyectaba mi película.

Como todos los grandes periódicos alemanes habían publicado críticas, la televisión me pidió que trabajase para ellos. Podía hacer lo que quisiera: era una experiencia interesante y nueva. En aquella época los directores eran muy abiertos. Ahora, la llegada de los neofascistas cerró las puertas a los jóvenes cineastas.

También hago teatro. Monté Emilia Galotti en Hamburgo. Es una obra de Gotthold Ephraim Lessing. Espero montar Salomé de Wilde en París, todos los papeles estarán interpretados por mujeres. ¡Es mucho mejor!




Paula - Je reviens (Werner Schroeter, 1968)
Neurasia
(Werner Schroeter, 1969)


Eika Katappa
: es un poema cuyo contenido no es otra cosa que los gestos de la muerte y de la vida, como la locura. Eika Katappa es un ritual físico, riguroso, elemental, pero no puritano. Represento las cosas con distancia para no engañar al espectador, y la música que añado (bel canto, Catarina Valente, Presley) refuerza esta distancia, no sólo con ironía o ingenuidad, sino con dignidad. La música camufla a menudo, pero no es un problema, podemos mirar La Gioconda del Louvre escuchando una canción de Sylvie Vartan.

Der Bomberpilot: es muy parecida a la anterior, pero sin el ritual. Las intenciones eran las mismas, pero quería hacer algo muy cómico con el lenguaje, aunque igual de sincero con las imágenes. Es un relato construido a partir de la lógica del absurdo, pero aunque la gente de izquierdas la defienda, no es una película política, soy un individualista. Soy tan individualista que ni siquiera puedo ser anarquista. Sin embargo, mi posición es política, porque trabajo de manera rigurosa dentro de mis límites sin preocuparme por las modas...

Salomé, basada en Oscar Wilde: es el texto integral de la tragedia de Wilde rodado en un templo en Baalbek. Corté solamente la escena de los judíos, que me parecía demasiado divertida; yo quería insistir en el lado decimonónico: «El amor es amargo, pero he besado tu boca», dice Salomé. Rodamos con sonido sincrónico, con Magdalena haciendo de Herodes; cuando vi los rushes, la atmósfera me pareció demasiado fría y añadí enseguida fragmentos de Die lustige Witwe y un registro curioso y deteriorado de La Paloma cantado por Rosita Serrano.

Macbeth, basada en Shakespeare: es una realización en vídeo que trata la obra como comedia musical. Hice un arreglo de la música de Verdi para cuarteto de violín, acordeón, oboe y piano. Todo partiendo de los ritmos del tango argentino o del bolero. Los actores cantaban con voces histéricas, agudas, abominables... Los vestidos eran muy hermosos, pero fue un trabajo complicado. El vídeo me permitía conseguir colores extraordinarios, pero tenía que pelearme con la técnica que pretendía modificar esos colores planificándolos. En el plató utilicé tres cámaras para poder montar sin problema, pues en Alemania no se corta el original directamente. Se hace el corte electrónicamente y una máquina devuelve la banda definitiva. De todas mis películas, Macbeth es la que fue peor recibida. Al público no le gusta que se le muestre Shakespeare de esta forma. Pero yo no distingo entre el kitsch y la cultura. Me gustan los pensamientos de base de Shakespeare en Macbeth, pero la obra no me interesa nada. Para mí, el kitsch, es el «camp». No hay ninguna separación entre el kitsch y el arte. Es estúpido buscar los valores tradicionales del arte y de la cultura, sólo hay que buscar algo que esté vivo.






Argila (Werner Schroeter, 1969)
Eika Katappa
(Werner Schroeter, 1969)
Der Bombepilot (Werner Schroeter,1970)

 

Der Tod der Maria Malibran: es un collage; es mi última película en 16mm. En ella resumo de manera más abstracta lo que he hecho antes, ya que mi siguiente película se hará dentro del sistema y se llamará Todos los marinos del mundo.

Esta película está construida también en torno a un lugar cerrado, con una distancia terrible para el espectador, es un poco la idea de Lautréamont, a quien admiro mucho por su «enfermedad» interesante e intensa...

Aquí, sigo trabajando con travestis, como Candy Darling, que canta Ramona y Saint-Louis Woman. Siempre suele haber travestis en mi trabajo. Macbeth está repleta, y en Malibran hay un personaje de peso: un travesti de Hamburgo que se llama Manuela Riva. ¡Su pseudónimo puede ser un homenaje!

Yo mismo hago la foto y el encuadre para conseguir los colores que quiero. Siempre sé lo que busco y, para obtenerlo, utilizo medios simples. Puedo poner unas medias de nylon malva delante del objetivo como filtro. Utilizo la Ektachrome comercial, la Gevachrome o la Kodachrome, pero suelo mezclar todo en la misma película.

Toda la tradición de la preguerra se arruinó con la caída del régimen nazi. Es lógico, las películas de Fritz Lang funcionaban muy bien con este régimen; el expresionismo, por otro lado, divulgaba una ideología que preparaba el Tercer Reich. Todo eso se cayó de golpe. Ya no existe esta estética porque no existe el nazismo. La mitología aria y racista elemental se terminó, al niño quemado le da miedo el fuego. Sin embargo, el partido cristiano de Baviera, el C.S.U., es completamente fascinante. Se introducen por todas partes y tienen grandes apoyos financieros. Recientemente, han conseguido controlar las televisiones. El cine no informa de estos hechos. Las películas militantes piensan que es más urgente mostrar las huelgas y hablar de Vietnam.

Pero de todos modos pienso que la tradición de la posguerra es mejor que la anterior. Por supuesto, me fascinan los años 20; pero me parece que nuestra época es igual de decadente, con las mujeres con el pelo teñido a la moda y lo que ocurre en las calles. La decadencia es impresionante, puede que forme parte de ella por mi origen burgués y mi cultura específicamente germánica. No juzgo con facilidad, por otro lado. En relación con la vanguardia, me burlo de las escuelas. Sólo me interesa lo que piensa la gente. Lo triste es la recuperación por parte de la subcultura de los intentos del underground. El Estado lo engulle todo. Habría que hacer como en los grupos militantes: comprar cámaras de 8 o 16mm y formar grupos de base; pero los artistas quieren beneficiarse de los privilegios que esta noción ofrecía hace veinte años. No estoy de acuerdo: para mí, hacer una película, es como hacer una tarta de manzana: es expresarse con un trabajo.


Salome (Werner Schroeter, 1971)
Macbeth (Werner Schroeter, 1971)

 

Entre los cineastas marginales está Otto Muehl, que me gusta mucho. Lo que hace es típicamente vienés. Es un burgués que se ocupa de la mentalidad de su clase para ensalzarla y demolerla al mismo tiempo. La mejor escena que ha rodado es ésa en la que una mujer gorda come mierda. Vomita y se pone a comer de nuevo los excrementos que salen de su enorme culo: muestra de manera activa su situación como burgués. En Hamburgo, se orinó en la pantalla cuando se proyectaba Neurasia para mostrar que no le gustaba mi película. Es una actitud honesta. Por supuesto, a la gente no le gusta la mierda. La civilización occidental es muy neurótica con todo lo que tiene que ver con el cuerpo. Quizá las películas de orines y de mierda de Otto Muehl son verdaderamente subversivas para la burguesía.

El aburrimiento de nuestra situación tiene que ver con la abundancia de películas de arte a comienzos de los años 60. Estas películas perfectas rechazan todo un cine. Hoy, se debería entender que una película en la que tiembla la cámara puede ser más interesante que una obra sin sorpresas, sin errores. Hay que sobrepasar las etiquetas del buen y el mal gusto, estamos cansados de ver estas cosas estéticas perfectas, con las que no nos comunicamos.

Declaraciones recogidas en 1972 y publicadas en Zoom.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.


Rodaje de Der Tod der Maria Malibran (Werner Schroeter, 1972)