ESPECIAL PAULO ROCHA

Carta de Lisboa

por Pierre Kast

Estreno de Os verdes anos (Paulo Rocha, 1963)

Un pequeño país. Pocas salas. Pocos recursos. Una producción cinematográfica anual hasta ahora muy débil. Luego sucede algo. Un manojo de circunstancias: una película francesa se rueda en Portugal, con medios artesanales; un joven, salido del IDHEC, mezclado con esta producción, decide continuar, y tiene una buena idea, hacer que hagan películas otros jóvenes, sus amigos, con presupuestos limitados. Resultado, nace una nueva ola portuguesa. En un año, cinco películas terminadas, emprendidas, o en curso. La primera película de la serie acaba de estrenarse, con gran éxito. La posición del joven productor se ha consolidado. Tiene intención, tiene los medios para continuar; la intención de resistirse a la tentación de importar, de implantar superproducciones de tipo americano, sabiendo que a largo plazo peligraría. Un balance finalmente ejemplar. Veamos un poco.

La primera película de un hombre muy joven, de 23 años, Paulo Rocha. Ha hecho sus prácticas con Renoir. Es tímido, locamente amable, un poco místico, hablando de las cosas y de la gente que conoce, Os Verdes Anos. «Los proyectos más simples toman el color del alma que los concibe», decía Claude-Nicolas Ledoux. Os Verdes Anos, es la propia simplicidad, una historia de amor entre un joven zapatero y una empleada doméstica, que termina trágicamente, en virtud de la ley de la caída de las consciencias oscuras. Dos jóvenes actores, Ruy Gomes e Isabel Ruth, emocionantes y simples; Paul ama a Virginie, que no le ama bastante, en las islas desiertas de los grandes edificios que se encuentran en el extrarradio de las grandes ciudades. A la sensibilidad de los actores le corresponde la sensibilidad del texto y de la puesta en escena. Ningún neo-miserabilismo, sino una forma simple y clara. Es bastante decir que nos quedamos enmudecidos.

La primera película de un hombre de 28 años, Fernando Lopes, que se ha formado en numerosos y astutos filmes publicitarios. Es divertido, astuto, ágil, infatigable. Ha hecho un motón de profesiones. Se encuentra por la noche tarde, en los bistrots, con un montón de tipos divertidos, astutos, ágiles, infatigables. Con un operador extraordinario, Cabrita, reportero fotográfico, acaba de terminar una película sobre el mundo en el que vive y que conoce, Belarmino. Es una historia que va un poco más allá del cinéma-vérité, de un boxeador que lleva la vida alternada entre disciplina y excesos de los boxeadores. Tiene una finalidad, llegar a París. Nunca sabremos si sabe que no irá jamás. Ese es el tema. Simple, brutal, eficaz, duro, sin falsas poesías. Somos nosotros quienes recibimos los puñetazos. Una vez el montaje esté listo, estoy seguro de que será hermosa y terrible. Fernando Lopes posee una energía y un temperamento formidables. No hay literatura. No hay ni siquiera nada de Hemingway. La fuerza, simplemente.

La primera película de un joven de 26 años, José Fonseca Costa, en prácticas con Antonioni, culto, refinado, seductor, ligero pero profundo. Comienza en ocho días Recordação de Inverno, una historia de amor extraña, en los suburbios de Lisboa, austera y profunda. Rezaré por su dulzor terrible…

La primera película largometraje de un joven portugués, parisino de adopción, Carlos Vilardebo, del que conocemos, y del que aprecio mucho sus cortos franceses. Una adaptación de Les Îles enchantées de Herman Melville, rodada en las Azores y en Porto-Santos con Amalia Rodrigues. Comienza el 1 de febrero.

Finalmente, en rodaje actualmente en las montañas desérticas de la Sierra de la Estrella, un curioso y extraño filme, a partir de la obra de un gran dramaturgo portugués, Bernardo Santaremo, O Crime da Aldeia Velha. Los habitantes de un pueblo someten a una mujer a la que acusan de brujería al suplicio del fuego. El cineasta no está comenzando. Se llama Manuel Guimaraes, y es obstinado y convencido. No ama ni la gloria ni el dinero. He asistido al rodaje en exteriores vertiginosos. La falsa bruja que queman es mi amiga Barbara Laage.

Por el momento, es todo. Pero cinco proyectos siguen, en la misma línea. No sabría, y por otra parte nunca sabré, hablar de las influencias. Les gusta Antonioni y Bergman, pero también Truffaut y Godard. Leen todo lo que pueden, ven todo lo que pueden, con la misma avidez que lanzó a una generación francesa a la Cinémathèque. Les gusta el Free-Cinema, quizá porque la lección se puede aplicar a su inmediata dimensión práctica.

Están unidos como los dedos de una mano. Señor, que lo sigan estando durante mucho tiempo. Todos quieren a un cineasta mayor, Manoel de Oliveira, cuya Aniki Bobo, historia de niños rodada en Oporto, y que no es una guerra de toneles, no tiene una arruga desde hace veinte años. Manoel de Oliveira es el artesano completo. Hace todo él mismo, en Oporto, completamente solo. Acaba de terminar A Paixão, un largometraje rodado con campesinos que interpretan la pasión de Cristo, y A Caça, brutal cortometraje, duro y cruel.

Algunos deseos, para acabar: cada vez que un joven cineasta, que es un joven fanáticamente convencido, hace su primera película, hay que alegrarse profundamente. No es fácil hacer cine en Portugal. Las enfermedades endémicas bien conocidas, falsa mina de una invasión extranjera, qué internos sobresaltos de cólera del espíritu de rutina pueden esperar peligrosamente a esta producción en pleno desarrollo, pero todavía poco asegurada. Hay ejemplos en otras partes, ¿no?

Publicado originalmente en Cahiers du cinéma, nº 153, marzo, 1964.
Traducción de Francisco Algarín Navarro.