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ESPECIAL MANOEL DE OLIVEIRA

Un zapato de siete meses

Por Serge Daney


En Lisboa, en el estudio Tobis, Manoel de Oliveira acaba Le Soulier de satin. Setenta actores, un decorado por semana, siete meses de rodaje, la película más larga del cine portugués. Libération debía festejar estas bodas de Claudel con Oliveira.

25 de febrero, por la mañana

Es la alta sociedad la que entra, como quien no quiere la cosa, en los estudios tradicionalmente frescos de la Tobis Portuguesa. Son los pies ministeriales los que se posan sobre el serrín de estos tablones ya no tan jóvenes. Es casi el movimiento de una multitud. Más allá está Jack Lang y su homólogo portugués, Coimbra Martins, reconocemos a Mario Soares. Los periodistas y los fotógrafos se colocan lo mejor posible para figurar lo que se parece mucho a una alegoría. Algo tipo «los príncipes de la cultura, que se llevan estupendamente, vienen a visitar al amigo solitario». Manoel de Oliveira (en el papel del artista) está a punto de acabar de rodar Sapatos de Cetim, más conocida por su título francés y claudeliano Le Soulier de satin. Lleva rodando desde hace siete meses la película más cara jamás realizada en Portugal (12 millones de francos, una miseria al lado de los presupuestos mastodónticos actuales). Habrá dos versiones, una corta (2h30) y otra más larga (7h. ¡Recordemos que en la edición de Folio la obra de Claudel son 501 páginas!). La versión corta está ya en el buzo (cuestión de paso: ¿se decidirá Cannes algún día a conocer a Oliveira?), y este día son los dos ministros de la cultura los que han ayudado a la financiación de la película, el francés y el portugués, que están dando una vuelta por la Tobis.

            La alta sociedad avanza por el set donde están los decorados. Muchos mapas de geografía (la obra de Claudel no tiene ninguna unidad de lugar: trascurre por todas partes), una enorme tela azul misteriosamente agujereada, un trono, un trozo de palacio entre dos telas pintadas, imitando verdaderos tapices: todo un Renacimiento almacenado, fabricado por un equipo de decoradores portugués. En siete meses, han tenido tiempo de producir (por un precio no muy caro: 300.000 dólares la unidad) un decorado diferente por semana. En los siete meses de rodaje-río, el equipo ha tenido la oportunidad de encontrar el gusto por el artesanado, como sucedía en la otra punta del mundo con esta película situada fuera del tiempo que es el Ran de Kurosawa.           

            La alegoría no es engañosa. Oliveira, infatigable y malicioso, lee un texto en francés en el que tiene como tema Europa. Sabemos, efectivamente, que Portugal va a entrar en el Mercado Común, pero es verdad que Europa es uno de los grandes temas de Le Soulier de satin. Luego presenta al equipo, y cada uno, cuando se dice su nombre, se dirige a estrechar las manos ministeriales y se siente interiormente condecorado (pero es Lang quien fue condecorado en la víspera, cuando llegó a Lisboa). Oliveira homenajea particularmente a su productor ejecutivo, Paulo Branco, del que menciona «una mentalidad muy especial» y «la locura aparente».

            Este homenaje no está fuera de lugar. La visita de los ministros no es solamente alegórica, significa que muchas apuestas se han ganado. La de Manoel de Oliveira (setenta y siete años) añadiendo a su serie de «Los amores frustrados» (Amor de Perdição, Francisca) este Le Soulier de satin. La de Paulo Branco, al producir no solamente la película, sino el marco en el que este cineasta inclasificable podrá trabajar. Marco financiero, para empezar (además de las «ayudas directas» de los dos ministerios, está el Instituto portugués del cine, una cadena de televisión alemana –WDR–, una francesa –el INA–, un distribuidor francés –Forum– y 200.000 dólares de la Cannon a cambio de los derechos mundiales), pero sobre todo un marco humano. ¿Y si la locura aparente –«A aparente locura»– de Paulo Branco no fuera después de todo más que la locura normal de un verdadero productor, es decir, de un aventurero? Branco, es lo menos que podemos decir, tiene tantos amigos como enemigos en Portugal (como Oliveira, por otro lado). No se le perdona, a fin de cuentas, el haber permitido trabajar a cineastas tan diferentes e «inclasificables» como Ruiz, Rozier, Dubroux y Oliveira. ¿No es esa la idea de producción que intenta impulsar el cine? (Sí, pero esa es otra historia, bastante grave).

            Volvamos a la alta sociedad. No han venido sin motivo. Asisten al ensayo y a la puesta en marcha de un plano. Un solo plano con un solo personaje que habla durante diez minutos. Se trata de la escena XIV que cierra el segundo día (Le Soulier de satin está formado por cuatro). Se trata de la Luna. La trapecista, atacada de los nervios, Marie-Christine Barrault, que ha venido a Lisboa para recitar estas cinco páginas y media de texto claudiano (se marchará al día siguiente), va entonces a ensayar, delante de la corte, medio pasmada, medio cuchicheante de los ministros y de los periodistas. No se lanza al agua, es lanzada al cielo. De la misteriosa tela azul agujereada, sólo su pálida cara de luna llena digna de Méliès emerge y habla, frente a «une palme de plus en plus indistincte et que remue faiblement» (Claudel). Frente a ella, la cámara de Elso Roque y los brazos resistentes de un perchman encaramado en una escalera. Frente a ella, Oliveira, que la mira en un pequeño monitor en blanco y negro. Detrás de la tela, emocionado y agazapado a los pies de la actriz, se esconde Jacques Parsi. Este lusitófono, responsable de los subtítulos de los últimos filmes de Oliveira y traductor –por fin– de Amor de Perdição de Camilo Castelo Branco (en Actes-Sud) es el apuntador, repetidor y algo más que eso: la conciencia, ante Oliveira, del texto claudeliano. Por la mañana sólo habrá un ensayo, aún con algunas lagunas en la memoria. Luego los séquitos ministeriales se marchan y los dossiers de estado (en vías de mejora) de las relaciones culturales franco-portuguesas se reparten. El proyecto de reunirse en la tumba de Camões se discute pero luego se deja de lado. Salida de la alta sociedad.

            Al mediodía, se rueda la escena. A puerta cerrada, o casi. Marie-Christine Barrault, entre dos tomas, se comporta como una actriz simpática, impertinente, abatida. Hay una justificación. A la séptima toma, llega por primera vez al final del texto («Il parle et je le baise le coeur»). Texto cuya belleza –a medida que la actriz lo adapta a su respiración y lo pliega a su voz– se puede difícilmente negar. Siempre igual de porosos, las paredes del estudio no filtran nada. Un estornudo, una motocicleta que arranca ruidosamente, un avión que pasa arruinan más de una toma. Hace tres años, en estos mismos estudios, ya vetustos, Oliveira rodaba con sonido directo (algo raro en la época en Portugal) Francisca, bajo el peligro de todos estos ruidos. Luego, construyeron otra pista (el aeropuerto no está lejos) y Oliveira se tranquilizó. Este Le Soulier de satin está a su medida y escucha el texto como una lengua extranjera y familiar a la vez.

            «L’Ombre double s’est disjointe sur le mur qui, au fond de cette prison, correspond à ma présence en haut du ciel.
            Et à la place de ce rameau unique qui s’en détachait, de ce bras nu d’une femme avec la main au bout qui remuait lentement et faiblement,
            Il n’y a plus que cette palme que le vent de la mer, par reprises après un long suspens, fait remuer rt qui tremble,
            Libre et cependant captive, réelle et sans poids.
            Pauvre plante, n’en a-t-elle pas eu assez de tout le jour de se défendre contre le soleil ?».
            Etc. etc.

Libération, 6 y 7 de abril de 1985.

Traducido del francés por Francisco Algarín Navarro.