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Especial Manoel de Oliveira

'Visita, ou Memórias e confissões'

Por Daniel Kasman

Visita, ou Memórias e Confissões

 

La historia llegó a Cannes de una forma bastante diferente e incluso más especial la última noche, por cortesía de Manoel de Oliveira. Tras el fallecimiento de este gran maestro el mes pasado, nos enteramos de que había una película secreta de 1981 que no había querido proyectar hasta después de morir. Visita, ou Memórias e Confissões es aún así no una antigua película, sino una nueva; ¡qué audaz habría sido estrenarla en la Sección Oficial! En lugar de ello, se proyectó en Cannes Classics, el refugio para las prestigiosas restauraciones, muchas de ellas muy conocidas y canónicas, así que allí brilló como algo discreto y privado, como algo compartido, como si todos fuéramos amigos y compañeros.

La película comienza como un filme de Alain Resnais, un documental con una voz en off especulativa, preguntando a lo que claramente son unas imágenes documentales cuestiones del tipo: «¿Es esto como era?». Este documental es un recorrido respetuoso, casi realizado de puntillas por la casa de Oliveira de la época, datada en los años 30 y perteneciente a Oliveira desde 1949, hasta el momento del rodaje de la película. Tras un primer paseo inicial, Oliveira admite que tuvo que venderla para cubrir los gastos de unas deudas que adquirió –queda implícito que también tiene que ver el hecho de dedicarse a hacer películas–. Entre los muchos momentos melancólicos en los que está bañada la película, quizá éste sea el mayor: el cineasta está filmando algo que ha perdido debido al tipo de expresión que utiliza para registrar esto mismo. Es como si está casa se estuviera perdiendo al mismo tiempo que se filma, o, quizá, se está sugiriendo que una vez filmada, queda preservada en cierto modo y se pierde en otro, se pierde en el tiempo.

La cámara viaja en travellings, a veces realizados manualmente, por los caminos del jardín dejando atrás las magnolias, los pinos y las palmeras, y por el interior de la casa, donde la voz de un hombre y una mujer narran una visita incierta a una casa al mismo tiempo conocida y desconocida. Sus palabras, escritas por Agustina Bessa-Luís (autora de varios libros que Oliveira ha adaptado en obras maestras como Francisca y Vale Abrãao), se pasean y se maravillan como los demás, realizando preguntas sobre la casa y sobre su forma de moverse en ella, cargada ésta, provisionalmente, de recuerdos y temores. De esta manera obtenemos una idea amplia, aunque en cierto modo incompleta, de la disposición de la casa y de su atmósfera, así como un catálogo de las pertenencias de Oliveira; es quizá este elemento por encima de todos, esta especie de combinación de la visita real y de la observación material, lo que deja adivinar qué es lo que motivó al cineasta a mantener esta película en privado hasta ahora. Se siente un placer en su estilo de vida; la indiscreción de la cámara se ve aliviada de algún modo al pensar que su dueño ya no está aquí para sentir orgullo o vergüenza.

Visita, ou Memórias e Confissões

Nos encontramos con el propio Oliveira a la edad de 73 años (¿cómo podía saber que estaba en su juventud?), trabajando en su pequeño despacho en el rincón en el que escribió su conocida tetralogía de los amores frustrados. Se pone en pie y explica la historia de la casa, su propia historia, incluye fotos de sus hijos y nietos, y, encendiendo un proyector de 16mm, nos muestra varios «cortos» sobre las otras casas familiares, sobre su infancia. Enumera el informe de la casa –desea que quede registrada como parte del patrimonio histórico de Oporto–, habla de su educación y de un espantoso pero finalmente no concluyente encuentro con la policía bajo la dictadura de Salazar, nos presenta a su esposa –a quien vemos no en la casa, sino en su jardín, hablando con un sorprendente control sobre su largo matrimonio– y, en algún momento, al propio Oliveira recitando de manera directa y concisa cuáles son sus impresiones esenciales en relación a la mujer y al hombre y al lugar en el que se puede encontrar la bondad. Espacio y recitación, las dos grandes herramientas cinematográficas de Oliveira, que aquí abre su casa y su vida al mundo exterior.

En mitad de nuestro recorrido por ese espacio, el de la casa, entramos en una narración, en las memorias y en la historia, a través del poder de las palabras de Oliveira y de la conjuración de imágenes tanto en movimiento como fijas –las últimas se superponen encima de Oliveira, mientras habla, o de su mujer en el jardín–. Comencé a pensar de nuevo en el maestro de la memoria de la arquitectura y de las posibilidades del recuerdo, Alain Resnais. Cuando la pareja fantasma que visita la casa de Oliveira pide permiso para salir tanto de la casa como de la película y escuchamos sus pasos mientras atraviesan al anochecer el oscurecido jardín como si salieran de un cine, el texto que Bessa-Luís ha escrito para ellos acaba de la siguiente manera: «no somos la casa; la casa es el mundo –nuestro mundo–». Aquí, al final, comprendemos la enorme importancia de la casa para Oliveira, que la casa es una confluencia de su material y de la vida que vive a través de ella, una puesta en abismo que refleja el mundo exterior que contiene y que habitamos. Es cierto, también, que esta casa es el cine, una casa de grabaciones y objetos, amigos y familia, visitas, memorias y recuerdos. Algo hermosamente personal e individual, pero que resplandece mucho más cuando se comparte con los demás.

Traducción del inglés de Francisco Algarín Navarro.

Visita, ou Memórias e Confissões