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Especial Manoel de Oliveira

Conversaciones con Manoel de Oliveira (III)

Por Antoine de Baecque y Jacques Parsi

Memórias e Confissões (Manoel de Oliveira, 1981)

 

En su cine, no hay ningún vínculo con las ideologías, al menos políticas…

Películas políticas en el sentido más amplio de la palabra, mis películas lo son sin duda en la medida en que recogen la verdad de los acontecimientos, la verdad de las cosas.

¿Qué quiere decir con la verdad de las cosas?

Tomemos el caso portugués. La Revolución del 25 de abril tuvo lugar para corregir la dictadura nacida con el salazarismo. Es una revolución mundialmente conocida bajo el nombre de la Revolución de los Claveles. Claveles que contenían una cierta ambivalencia, en la medida en que unos eran rojos y otros blancos, aunque fueran los rojos los que quedaron para representarla y no los blancos, siendo sin embargo símbolos de paz y de armonía en una revolución en la que no se había llegado a derramar sangre

Bastante pronto después de la revolución, Sartre se apresuró para venir a ver de cerca lo que tenían original, puesto que era una revolución inesperada que se había sin disparos. Vino a Oporto y fue recibido en la Facultad de las Letras, que se encontraba cerca del hospital de Santo António, pequeño jardín donde se encuentra el busto del gran escritor Júlio Dinís, que murió muy joven, a quien una figura femenina, extiende sus brazos hacia la punta de sus pies para ofrecerle una tierna rama de laurel que ella sostiene en sus delicadas manos. No se por qué esta imagen no se disocia de mi mente en relación con este acontecimiento.

Júlio Dinís es un escritor muy sensible, muy sutil. Sus novelas son retratos de familias en la sociedad portuguesa del siglo XIX… Es una relación que resulta bastante sorprendente…

Sí, es cierto. Para mí también lo es… Eso me hace pensar. Este escritor que falleció muy joven, verdaderamente dotado para literatura y para la construcción de relatos, era una mente muy delicada y sutil y, pensando en todas estas cosas ahora, me gusta ver en esta mujer, que le ofrece el laurel, una confirmación de este reconocimiento. La universidad está separada de esta estatua por una calle. Es justamente la calle de la que ambos hablan, pero cada uno lo hace desde un ángulo diferente. Si Dinís quería comprender la vida de la gente a través de una aproximación compleja, penetrando en toda la sociedad, por otro lado, hablamos también de la sociedad pero en un sentido inverso, me parece, es decir, que no analizamos, sino que queremos aplicar una serie dogmas políticos para corregirla.

¿Qué pasó en esta asamblea en la facultad de las letras?

Llevado por la curiosidad, asistí a todas las asambleas desde el principio. La presencia Sartre había sido bastante anunciada, y la sala estaba llena de gente, sobre todo estudiantes. Se le dejó su sitio a Sartre en la tribuna, tras una pequeña tabla con una silla en la cual se sentó, rodeado de varios intelectuales izquierda. Otros estaban igualmente aquí y allá en la sala.

Los primeros momentos fueron de un silencio total. Sartre miraba al público y éste le miraba a él. Puesto que se dio cuenta que todo el mundo estaba allí para escucharle, inmediatamente disipó el equívoco. Dijo que no estaba allí para hablar sino más bien para escuchar de la boca de la gente aquello que habían hecho de original durante este periodo de la Revolución. Con cada respuesta obtenía un nuevo silencio sepulcral. Esperaba pacientemente. Como nadie se atrevía a decir una palabra, decidió romper el silencio para salir de este impasse y estimular a la gente por medio de preguntas, esperando escuchar de la boca de alguno los trazos originales de la Revolución de los Claveles. Preguntó: «¿Ya habéis ocupado las fábricas?... ¿Ya habéis ocupado las propiedades agrícolas?... ¿Ya habéis ocupado las casas?...». Este tipo de preguntas provocaban un cierto problema en la medida en la que contradecían la originalidad tan vanagloriada de nuestra revolución y dejaban perpleja a la asamblea. La gente seguía en silencio. No se escuchaba, por parte de ninguno de los presentes, ni siquiera un sí o un no, para cortar el silencio sepulcral en la sala. El proceso se había cumplido rigurosamente y se podía decir que éste no se correspondía precisamente con el Decálogo, sino más bien a un calco del programa comunista.

Pero recuerdo en un momento dado la voz de alguien, de pie, en un ala lateral, que se arriesgó a preguntar a Sartre: «¿No hay otra posición que no sea la posición comunista? ¿No hay alternativa?». Respuesta: «No, o somos comunistas, o somos fascistas». La persona que había interpelado a Sartre era un hombre de unos cuarenta, cincuenta años, probablemente uno de los muchos profesores anónimos que estaban allí. Sentí que este hombre no estaba de acuerdo, pero, de cara a esta asamblea que celebraba todo lo que se decía, más por apatía que por verdadera convicción, o como si estuviera intimidada por la presencia prestigiosa de Sartre y, frente a una respuesta tan radical, pensaría que era preferible no arriesgar la menor palabra, de modo que el silencio se instaló de nuevo, largo y cómplice.

Está claro que las ideas que motivaron las preguntas de Sartre se correspondían con un programa marxista. Ciertamente, eso provocó un cierto estremecimiento en la mayor parte del público, especialmente en los de izquierdas, todavía convencidos de la originalidad, más o menos alabada, de la Revolución de los Claveles. Asistíamos a una especie de ósmosis entre estos jóvenes estudiantes, y reinaba en la sala una psicosis inapelable, favorable al comunismo, como solución idea, irreversible y que, de hecho, parecía ya haber ganado. Es exactamente lo que sucedió.

Y esta fue, en resumen, la visita de Sartre a Oporto, por lo que las preguntas, en cierto modo, herían «la originalidad» de la Revolución de los Claveles. Seguía siendo una Revolución que no había derramado una gota de sangre, que había acabado con una dictadura, que había liberado a las antiguas colonias y que tuvo su repercusión en los acontecimientos que tuvieron lugar en Europa, casi en cadena, a veces contradictorios.

En un artículo publicado en 1994, en el periódico Público, con ocasión del veinte aniversario de la Revolución de los Claveles, usted parecía concederle un papel importante al 25 de abril en el futuro de Europa. Lo señalaba como precursor de la izquierda en Francia, en España e incluso la caída del muro de Berlín, tras la Perestroika.

Sí, hoy día veo la Revolución de los Claveles como un reflejo localizado de un movimiento universal. Sus consecuencias contradictorias nos sorprenden hoy en día por la complejidad de unos acontecimientos absolutamente inesperados que se han convertido, por eso mismo, en profundamente significativos y reveladores de una serie de cosas latentes, escondidas hasta entonces.

Agustina Bessa-Luís4 escribía recientemente en un periódico: «Lo mejor de Shakespeare es la franqueza, la hija querida de la crueldad. El ingenio es cruel, puesto que está desprovisto de favores, y siempre es atizado por la verdad, que es de plomo, horrible, si no se la ha dado forma por medio de un amable baile que la hace parecer seda fina». Y añadiría que las ideologías aplicadas tienen como peor enemigo a la verdad porque, en la práctica, desbordan en gran medida este «amable baile que (les) hace parecer de seda fina».

En el mismo artículo escribe: «Lo queramos o no, el 25 de abril quedará como un monumento donde la bandera de la Libertad ondearía una vez más y sería agitada al viento de las profundas contradicciones ideológicas, que siempre han acompañado a los movimientos revolucionarios». Entonces, ¿no es ésta una declaración reveladora de una actitud política?

No, en absoluto. Nunca he tenido una mentalidad política. Pero como dijo alguien, sólo un robot puede ser completamente imparcial. Hablo, aunque no me gusta mucho utilizar esta palabra, en tanto que artista. Y para nosotros, para el resto de las personas, veo que existen otros impulsos que ignoramos y que nos llevan, en ocasiones, a volver a pensar en los hechos que, finalmente, no hacen más que acrecentar nuestras dudas, aunque confirmen la debilidad del hombre y de sus ideas.

Tras el 25 de abril, en efecto, se ocuparon las fábricas y de las propiedades por todas partes. El programa, que estaba, como se puede ver, pre-programado, se cumplió. Los comunistas, bastante antes de la muerte de Salazar, eran la única fuerza política verdaderamente organizada en Portugal. Durante cierto tiempo, fueron ellos quienes condujeron el movimiento. Aportaron un cierto dogmatismo y un programa colectivo.

Al comienzo de la Revolución, casi todos estábamos de acuerdo. El día más hermoso de la revolución tuvo lugar casi una semana después del 25 de abril, el 1 de mayo. Había alegría, euforia, entusiasmo por todas partes. Me emocionó enormemente. Por desgracia, después, los partidos se organizaron, se cerraron, lucharon sin ninguna gratitud por el poder… Debemos tener una gran estima por Mário Soares, que fue quien sostuvo la Revolución en un momento delicado para conducirla por el camino de la democracia. Finalmente, llegamos poco a poco a una democracia.

¿Fue acusado de manera personal por el movimiento revolucionario?

Al principio me sorprendieron mucho algunos hechos que pude ver en las calles de Oporto. Un día vi a la gente coger los muebles de una antigua familia noble en una vieja casa, cerca del barrio general del ejército. En ningún momento intervinieron los militares. Todos estos robos se realizaban en pleno día, bajo las miradas indiferentes, y era una época en la que la idea de colectivo se convertía de golpe en algo natural. Igualmente, vi cómo saqueaban una iglesia. Hubo extorsiones desagradables. ¿Cómo se podía arruinar una revolución que, en su esencia, era algo bueno, era algo justo, no era violenta y era positiva? ¡Pero la revolución es eso! No es exactamente como lo que dice Chaplin cuando compara la multitud con un monstruo sin cabeza. En este caso, por la actitud tolerante de las autoridades, sacaba provecho de todas las oportunidades.

En su película Lisboa Cultural, simbolizó el 25 de abril por medio de una mujer soldado, que llevaba en las manos un fusil y dos claveles, uno blanco y otro rojo. ¿Por qué representó por medio de una mujer el movimiento revolucionario?

Lo sentí así. Deleuze establecía una distinción entre la lucha y la guerra. No había pensando en ello antes. La guerra, tal y como la vemos, siempre está hecha por hombres. No tiene nada que ver con el sentimiento profundo de las mujeres, que piensan en crear, en alimentar y proteger la vida. Ahora me doy cuenta de que una revolución, cuando se trata de un cambio radical como éste, sin pelear, toma un espíritu femenino.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿qué hay en esta película, Memórias e Confissões? ¿Cómo filmó su casa?

Mi mujer y yo pasamos cuarenta años en esta casa. Es toda una vida. Con mis hijos, mis nietos, las reuniones familiares, todo esto forma una historia.

También tuvo lugar la muerte del tío de mi mujer, José Manuel Cardoso, que vivía allí con nosotros. Eso me impresionó mucho. Cuando murió, tenía setenta y seis años, era a comienzos de los años 50. Sentí una sensación horrible. Era como una sombra, una mancha negra que caía sobre la casa. Los empleados de la funeraria llegaron y pusieron cortinas negras, colgantes con bordados de plata. Todo este aparato funerario forma el duelo. Se dice: «Ha muerto», pero sigue estando en la memoria, en la mente. Pero en el momento en el que llega la funeraria, es otra cara de la vida. Es muy desagradable. Me sentí profundamente deprimido, era algo que iba mucho más allá de la pena o del lamento, ya que sentía una gran amistad hacia este tío de mi mujer.

Para ella había sido como un padre. Es él quien, con su mujer, habría criado a Maria Isabel, quien había perdido a su madre cuando sólo tenía dos meses. Era un hombre increíble, muy inteligente, fino y delicado. Era abogado, procedía de una familia de abogados. Incluso después de su jubilación, sus compañeros venían a menudo a preguntarle su opinión, incluyendo a veces, en un mismo caso, a los abogados de la parte contraria. Físicamente, era un hombre que tenía muchos problemas pulmonares. Un médico amigo suyo le había prevenido contra el tabaco. Paró de fumar después de que yo insistiera mucho, y, por suerte, eso le permitió vivir al menos diez años más.

Luego, mi madre vivió algún tiempo con nosotros, pero era alguien muy particular. Le gustaba su independencia. Volvió muy rápido a vivir sola. Como era diabética, tenía que seguir un régimen, pero comía lo que le apetecía, si bien es cierto que necesitó de unos cuidados muy estrictos y fue internada en un sanatorio. La visitábamos todos los días. Asistí a su muerte, igual que con mi padre. Mi madre había demostrado tener una gran valentía, en medio de todas las dificultades que atravesó mi padre.

Una vez, cuando participaba en una carrera en la costa, ¡me acompañó! Estaba abajo, en el punto de salida. Como había cuatro categorías, tenía un automóvil para cada una y debía subir el litoral tres veces. A la segunda, mi madre me pidió ver la llegada desde arriba. E hizo la carrera conmigo…


Entrevista publicada originalmente en el libro Conversations avec Manoel de Oliveira,
de Antoine de Baecque y Jacques Parsi,
Cahiers du cinéma/Éditions de l’étoile, París, 1996.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

 

Memórias e Confissões (Manoel de Oliveira, 1981)