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Especial Manoel de Oliveira

Conversaciones con Manoel de Oliveira (I)

Por Antoine de Baecque y Jacques Parsi

Memórias e Confissões (Manoel de Oliveira, 1981)

 

En 1981, rodó Memórias e Confissões, una película sobre su propia casa, una película que se quedó voluntariamente inédita. Me gustaría comenzar esta conversación compartiendo este secreto. ¿Por qué hizo esta película? ¿Qué cuenta? ¿Por qué sigue siendo invisible?

En esta entrevista, o en esta conversación, debe haber un motivo central, y el motivo central, será el cine, no una casa.

Pero su cine tiene una casa. Verlo es como visitar una casa, y comprenderlo es amar esta casa. Sus películas se sitúan a menudo en una gran casa, como Benilde, O Passado e o Presente, Francisca, Os Canibais, A Divina Comédia o Vale Abraão, O Convento, Party. En cada retoma hay un terreno, unas paredes, unas habitaciones, y la película se adueña de ellos. Una película sobre su propia casa debe ser por lo tanto muy importante, muy íntimo, como si filmara su propia mente, su propio cuerpo, a través de las paredes en las que ha vivido. Por otra parte, en las filmografías, esta película de 1981 se llama Visita ou Memórias e Confissões. Es algo muy personal. Es por este motivo que nos gustaría comenzar esta conversación por ahí, de una visita de usted mismo realizada por usted mismo.

Hay una gran diferencia entre la arquitectura y el cine. La arquitectura no se mueve, y, algunas veces, el cine se mueve demasiado. He ahí una diferencia: una es fija, el otro dinámico.

Pienso en Jean-Luc Godard, a quien escuché un día decir, a menos que lo haya leído en alguna parte: «El cine no es un arte. El cine no es la vida. Pero se sitúa justamente entre ambos». Me pareció muy curioso, porque lo que dice se sitúa justamente en la corriente de mis reflexiones sobre el cine, mi conocimiento, mi viaje cinematográfico.

Por su parte, Jean Rouch realizó una conferencia en el Institut Français de Oporto sobre la comparación entre el cine y la arquitectura, el año pasado, pero yo estaba aquí, en París, o en Lisboa, rodando, no me acuerdo… Finalmente, no pude asistir.

Para mí, lo que Godard dijo sobre el cine puede aplicarse justamente también a las casas. No es verdaderamente un arte, tampoco es la vida, sino que la vida actúa en su interior. Están por lo tanto entre una cosa y la otra. Las casas reciben bastante bien la vida, así como las artes (la pintura, la decoración, etc.). Hay, por otro lado, en la organización de una casa, diferentes habitaciones, desde las más secretas, las más íntimas, a las más públicas o sociales. Una película, por su lado, es un poco así, está compartimentada por el découpage. Hay una especie de composición arquitectónica en la organización de las escenas y de las secuencias. Recuerdo haber leído en una revista que se llamaba Art, una revista lujosa, muy bella, en los años 28-29, a un crítico francés que decía, hablando de los Nibelungen de Fritz Lang que la película tenía una composición arquitectónica. En la época la expresión me llamó la atención, aunque no comprendí el significado. Ahora, en relación con Rouch y Godard, forma un triángulo más comprensible.

Una casa, es una relación íntima, personal, donde se encuentran las raíces. La casa que he filmado en Memórias e Confissões había sido hecha para mí. Llamé a un amigo arquitecto, José Porto, que había estudiado en Francia en la época de los grandes arquitectos, Le Corbusier, Perret. Tenía una gran formación.

Es él quien realiza, en la misma época, los decorados de su primer largometraje, Aniki-Bóbó.

Sí, había imaginado excelentes soluciones para situar la cámara. En cuanto a la casa, seguí de cerca los avances de su diseño y este diseñó se volvió a empezar en tres ocasiones. El primer proyecto era un poco monumental. Se redujo en el siguiente, y luego el tercer proyecto, según mi petición, era más modesto. Fue durante la guerra. Me casé en 1940. Ya había pensando en construir esta casa antes de mi boda, pero se acabó después. Surgieron numerosas dificultades a causa de la guerra, y la construcción llevó tiempo.

¿Se debe a que quería materiales particulares?

No, pero digamos que la casa era para su época de una concepción muy audaz. El arquitecto estaba por otro lado contento por encontrar en mí a un cliente radicalmente diferente de los otros, que no dejaban, en general, apenas libertad. Pero era complicado encontrar la madera, el roble. Hay, por ejemplo, una ventana de siete metros de largo. La madera tenía que tener doce centímetros de espesor y era difícil encontrarla. Por suerte, encontramos a una serradora que tenía, por suerte, este tipo de madera, ya que la madera debe estar bien seca, si no se cae el tanino y eso desentona bastante. El tanino se utiliza mucho en los toneles de aguardiente, en los toneles de castañas verdes, ya que el aguardiente sale dorada, un año después, gracias al tanino.

Volvamos a la casa. Se encuentra en Oporto, a dos kilómetros del mar, en el barrio de Foz du Douro, la palabra foz significa en portugués la desembocadura de un río. Tiene una forma circular, con un eje central, y todo se dirige hacia este eje. No fue fácil conseguirlo, porque José Porto, el arquitecto, se marchó a Mozambique a trabajar en la urbanización antes de haber concluido especialmente la decoración. Y tuve ciertas dificultades en cuanto a los tapices, por ejemplo, ya que las formas eran extrañas. Como José Porto trabajaba para los Ingenieros reunidos, esta sociedad me indicó el nombre de otro arquitecto, Viana de Luma (más adelante adquirió un cierto prestigio y trabajó con Niemeyer en un hotel en Madeira). Los dos estilos eran muy diferentes y esto me produjo de nuevo ciertos problemas. Pero salió todo bien. Más adelante, los estudiantes de arquitectura, con sus profesores, venían a verla a menudo, casi cada año. Para hablar de la casa en la que vivimos, se trate de un palacio o de algo más pequeño, más modesto, digamos, de cuatro paredes, es igual. Podemos partir de la noción de identidad. En mi opinión (es una posición muy personal), nuestro cuerpo es nuestra primera casa. Pero el cuerpo necesita revestirse. Luego, buscamos un hueco, un escondite, un lugar afín donde protegernos. Un día, André Bazin me contó que los perros orinaban por todas partes con la idea de marcar su territorio. Dentro de este territorio, se sienten fuertes, pero fuera tienen miedo. Es muy natural y muy extraño, como la personalidad. Entonces, poco a poco, llegamos a la cabaña, a la casa, al palacio… Y surgen enseguida otras necesidades sociales, con el desarrollo de las relaciones humanas: hacemos estaciones, museos, en definitiva, lugares que no están hechos para ser habitados, que sólo pueden reflejar la identidad de un grupo.

En la casa nacen las raíces, ya que somos dos. Está en juego tanto mi identidad como la de mi mujer. Y con los cuatro hijos que hemos tenido, se forman otras identidades. En esta casa he criado a mis hijos e incluso a mis nietos. Siete nietos. Uno de ellos, David, está muerto. Es a él a quien le dediqué A Divina Comédia, ya que falleció mientras yo escribía el découpage de esta película en agosto de 1990. Con esta casa se inicia una nueva etapa, ya que avanzamos todos juntos.

¿Cuál es la historia de su familia?

Mi padre y mi madre son originarios del norte del país, del Miño. Los padres de mi madre nacieron en Mindelo y, por parte de mi padre, la familia es de Azevedo, una zona del concejo de Vieira do Minho. No eran originarios de allí, pero fue allí donde construyeron una casa.

Mi madre tuvo dos hermanas y un hermano. Conocí a su madre, mi abuela, pero no a mi abuelo. Era una familia burguesa, muy arraigada a la vida portuguesa de esta parte del país. Es un tipo de vida difícil de explicar: en la época, las mujeres se ocupaban sobre todo de la casa, de la familia, del bienestar del hombre. Íbamos a misa, éramos religiosos, pero no demasiado. Las mujeres vivían un poco al margen de lo que sucedía fuera de la casa. El mundo exterior pertenecía al marido. Ya saben, algunos maridos son más libres, otros más fieles. La ley no daba a la mujer derecho a divorciarse, sólo si el adulterio había sido cometido en la casa. Esto expresa muy bien la moral de una época que buscaba, supongo, preservar la unidad de la familia.

Cuando mi padre viajaba al extranjero, me dejaba a veces con su hermano, mi tío António, y a veces con la hermana menor de mi madre, Aurora Hora, que vivía en la calle Alegria, en Oporto. Su marido era funcionario. Era un hombre pacífico, corpulento y calvo, que siempre llevaba una boina en casa y un sombrero en la calle. Allí tenía un primo, Amadeu, y tres primas, Cândida, que si no fue la primera, al menos fue una de las primeras diplomadas en medicina en la Universidad de Oporto, Dulce y finalmente Odete, que aún no había nacido en aquella época. Fue allí donde ojeé por primera vez un gran libro, Don Quijote, ilustrado por Gustave Doré. Aún no leía, pero mi tío Hora me contaba las aventuras, y yo me sentía muy atraído por los grabados.

¿En qué casa vive usted?

En Oporto, en otro barrio. Lo que es curioso es que este tío del que acabo de hablar vivía en la calle Alegria, la misma calle en la que murió en esa época la madre de mi mujer, dos meses después de haber dado a luz. Nos llevamos casi nueve años de diferencia, mi mujer y yo. Por el lado de mi madre, mi abuela tenía casas, algunas alquiladas, pero tenía bastantes como para dejar una a cada una de sus hijas.

He escrito un texto, por petición de Gilles Jacob, para un folleto que se publicará con motivo del cuarenta y cinco aniversario del Festival de Cannes. Cambiaron el título; no protesté pero no entendí por qué. El verdadero título era Prostitución. Contaba una historia que sucedía en una de estas casas típicamente portuguesas. Gilles Jacob me pidió que hiciera el plano. En medio, había una escalera con una linterna arriba del todo. Una sola y única familia vivía en esta casa. En la parte trasera estaba la cocina, abajo, en la parte delantera, un salón para las visitas, y algunas habitaciones detrás. La segunda planta sólo estaba formada por dormitorios. Y, abajo, pasando por una pequeña veranda y una escalera, se podía bajar al jardín donde había un pozo con su polea para sacar agua. Luego, había una planta semi-enterrada, con bodegas.

Mi padre había construido una casa al lado de su fábrica de pasamanería. Era un soñador, le gustaba hacer cosas nuevas. Fue el primero que fabricó bombillas en Portugal, pero como era un avanzado a su tiempo, la demanda no era suficiente. Fue también un pionero en las empresas hidroeléctricas, lo que se llamaba en la época «la hulla blanca». Hice de manera precipitada una pequeña película para conmemorar la inauguración de esta fábrica de «hullas blancas». Puede que el negativo exista, no lo sé. Apenas se ven escenas de la inauguración, que se desarrollaba en el interior de la central eléctrica, porque se hacía de noche.

Este cortometraje no lo firmó como Manoel de Oliveira, sino como Cândido Pinto. ¿Por qué?

Mi nombre completo es Manoel Cândido Pinto de Oliveira. Como considero este cortometraje menor desde el punto de vista cinematográfico, lo firmé así.

¿Es el caso de los cortometrajes que nos han sido encontrados: Miramar, Praia das rosas y Já se fabricam automóveis em Portugal?

No me acuerdo si he hecho eso con otros pequeños documentales, también menores. Si no lo he hecho, debería haberlo hecho.

Volviendo a mi familia, tenía dos hermanos mayores, Francisco y Casimiro. Soy el más pequeño. Nací en la casa que mi padre había construido al lado de la fábrica. Es allí donde crecí y donde viví hasta que me casé. La casa era grande, estilo calle 9 de julho, una casa más moderna que las otras. Había sido construida por un cierto Guimarães, que no era arquitecto pero había sido ayudado por un amigo arquitecto. Estaba situada en una colina, en el monte das formigas, la colina de las hormigas. Se entraba por un gran portal de hierro y una rampa al pie de la cual se encontraba la casa del vigilante. Esta rampa conducía a un jardín muy bonito, a la izquierda, situado delante de la casa, con una variedad increíble de rosas y de lirios que embelesaban, y también un vergel, a la derecha, delante de la fábrica, con perales, naranjos, albaricoques. La fábrica se construyó en 1904 y la casa un poco más tarde, pero se acabó cuando nací en 1908.

La fábrica, una fábrica de pasamanería, se había montado en asociación con hombre que se llamaba Fortuna. La sociedad se llamaba Fortuna & Oliveira. Fortuna era un hombre muy impulsivo y, cuando no iba bien, golpeaba las máquinas. Se encargaba de la parte técnica. Por supuesto, con este carácter, no podía funcionar. Pero era un hombre perfectamente correcto. Mi padre y él decidieron entonces: «Bueno, uno de nosotros debe marcharse». Se pusieron de acuerdo en un precio de compra y, después, decidieron preguntar al personal que dijesen quién debía quedarse. El personal votó por mi padre y Fortuna se marchó. La fábrica tomó el nombre de la calle, 9 de Julho, y la empresa el nombre completo de mi padre, Francisco José de Oliveira.

¿Conserva recuerdos de su infancia relacionados con la fábrica?

Muchos. El personal estaba formado en su gran mayoría por mujeres. Los hombres eran muy poco numerosos: había una forjadora con su forja; me acuerdo de Abel, que se ocupaba de la fragua. Las máquinas funcionaban al vapor activadas por una fragua de carbón. En esa época, se trabaja 12 horas al día. Se empezaba por la noche, se acababa por la noche. La fragua también proporcionaba vapor para los tintes. El tintorero, un hombre llamado Carvalho, era carbonaro. Era un hombre que tenía unos conocimientos destacados en tintes pero que no sabía leer. Con la edad, su mente se debilitó y empezó a mezclarlo todo… Me entendía bien con todo el mundo. Algunos empleados, republicanos, llevaban pistola. Los hombres salían a hacer la revolución. A menudo había movimientos callejeros. Me acuerdo, siendo niño, de cuando miraba por la ventana los disparos. Cerrábamos a toda prisa los postigos y nos protegíamos en casa. Una de mis primas perdió un hijo de esta manera, asesinado por una bala perdida cuando estaba cerca de una ventana, cogiéndolo en brazos1.

Mis hermanos y yo nunca hicimos una repartición en la herencia dividiendo el conjunto formado por la casa y la fábrica. Fue mi hermano mayor Francisco quien dirigió la fábrica y, a su muerte, mi hermano Casimiro y yo. Y, finalmente, después de la muerte de Casimiro, yo solo. Casimiro estaba en desacuerdo. Exigió su parte y como me sentía en el deber de continuar con la actividad de la fábrica, ella se quedó con la casa y yo con la fábrica.

Mi padre también había construido una pequeña casa en Vieira do Minho, al lado de la casa familiar paterna. Era su hermano mayor quien la había heredado. Eran catorce hermanos y hermanas –¡una hermana y trece hermanos!–. Todos los chicos hicieron sus estudios en Braga. Uno de ellos, Casimiro António, que había hecho medicina, era un tipo muy curioso; no podía trabajar a causa de una enfermedad del corazón. Incluso había previsto el día de su muerte. Me quedé con él durante el segundo viaje de mi padre al extranjero. Tenía un hijo, mi primo Francisco, tuberculoso, con quien tenía mucha afinidad. Supongo que es quien me vacunó para la vida… La mayoría de estos tíos tuvieron a su vez muchos hijos y de este modo tuve muchos primos y primas. Dos de mis tíos se volvieron curas, el padre José y el padre Abel.

Podemos remontarnos bastante lejos en la familia de mi padre y en la de mi madre, por parte de su padre más lejos todavía, hasta la época de la batalla de Alcacer Quibir (1578). Desde el punto de vista social, la familia de mi abuela paterna es más importante que la de mi abuelo pero, curiosamente, mientras que en Portugal llevamos el nombre de la madre y el del padre, ninguno de los catorce niños llevó el nombre de mi abuela. No encuentro ninguna explicación para esto. Alguien me explicó que los judíos no utilizan los apellidos de la familia llamándose, por ejemplo, el hijo de Isaac, utilizando solamente el nombre. Me dijeron también que después de la Revolución Francesa, los judíos se vieron obligados a llevar un nombre de familia, así que tomaron como apellido el nombre de las flores, de los arbustos o de los árboles. ¿Eran de origen judío los ancestros más lejanos de mi abuelo? No lo sé. No tengo nada que pueda confirmarlo o desmentirlo. Entre los Oliveira, hubo un alcalde… un militar… no lo sé. Era una familia burguesa. Mi abuelo era un hombre de una gran actividad. Tenía granjas, pero también se dedicaba a los comercios. Era mercante y al mismo tiempo se dedicaba a la explotación de sus granjas –era una época un poco bíblica–.

Nos veíamos en esta casa del Miño con mis tíos y mis primos en las reuniones familiares. Lo hicimos todos los años en los que mi padre estuvo en vida. Había que saltarse un muro y abrir desde el interior, no había llave. Luego se pasaba por un segundo portal y se llegaba a la casa, con una gran veranda donde se podía descansar, pero que servía también para secar los cereales. Había una fuente que cantaba y un comedor no muy grande con una larga mesa, y un armario en una esquina, para dejar más espacio, ya que éramos muchos. Mi abuela falleció allí, en una noche de Navidad, con ochenta y un años, habiendo reunido alrededor de esta mesa a todos sus hijos. La casa todavía existe. Cuando murió mi abuelo, la casa pasó a ser de mi tío, José Maria, el mayor de los hermanos, siguiendo la tradición. Los demás se marcharon para hacer su vida y formar una familia en Oporto. Salvo Abel, el más joven, el cura que se quedó con José Maria, y el padre José que ya estaba muerto.

¿Se llevaba bien con sus hermanos? ¿Qué tipo de vida llevaban?

Sobre todo tenía mucha relación con Casimiro, que tenía un año y medio más que yo. Siempre estábamos juntos. Si veíamos algo que nos gustaba, siempre pensábamos en llamar al otro, tanto él como yo. El mayor, Francisco José, tenía nueve años más.

Mi padre y mi abuelo se llamaban Francisco José y Francisco José junior, hasta la muerte de mi padre, claro. Mi padrino se llamaba Manoel Joaquim de Oliveira; estaba casado con una nieta del gran escritor Ramalho Ortigão. Su madre habría debido ser mi madrina, pero se suicidó antes de que yo naciera. Antes de casarse, mi padre había conocido a una mujer con la que había tenido dos hijos. Cuando se casó, esta mujer se suicidó y él se ocupó de su educación sin decirle nada a mi madre. Pero muy pronto mi madre empezó a sospechar algo. Cuando se enteró, no dijo nada. Todo el mundo lo sabía, pero nadie decía nada. Era un tabú. Cuando mi padre se enteró de que se iba a morir, nos llamó para que rodeáramos su cama y nos lo contó todo. Tenía muchas deudas porque siempre estaba dedicándose a comenzar nuevos negocios. Dividió en cinco partes sus bienes… y sus deudas. En cuanto a estos dos medio-hermanos, tengo primos, como José Matos Cruz de la Cinemateca de Lisboa. Mi padre falleció en junio de 1932, tras la presentación de Douro, Faina fluvial en septiembre de 1931. Tuvo tiempo de inaugurar su empresa hidroeléctrica, y quería ver Douro por las críticas que había recibido en el extranjero.

Entrevista publicada originalmente en el libro Conversations avec Manoel de Oliveira,

de Antoine de Baecque y Jacques Parsi,

Cahiers du cinéma/Éditions de l’étoile, París, 1996.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.

Memórias e Confissões (Manoel de Oliveira, 1981)