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Especial Manoel de Oliveira

No sé volver a casa

Por Manoel de Oliviera

Je rentre à la maison (Manoel de Oliveira, 2001)


La gente piensa generalmente que siempre hay un motivo, una razón fuerte, que justifica la realización o la elección de un filme o de una historia para una película. Esto tanto puede ser así como no ser, puede no haber ninguna razón para elegir una historia o para pensar o recordar una historia que aparentemente no tiene ninguna relación con otras previas. En el caso de Je rentre à la maison, hubo ciertos antecedentes que me hicieron pensar en la hipótesis de hacer una película o de pensar en una historia para una película. Algo semejante había sucedido o iba a suceder en otra película con un actor conocido que en cierto momento se sintió agotado y decidió marcharse a casa. Descansar.

Esta es la idea: «ir a casa, descansar». Es una palabra o una frase muy común y simple. «Voy a casa», «descansar». Pero esta relación entre «Voy a casa» y «descansar» me parece muy importante, porque la casa es un lugar privado, en el que la persona se recoge, en el que la persona se desprende del mundo y es libre respecto a sí mismo. Y esto, realmente, es importante para un individuo cuando está saturado de la gente, de la ansiedad, y necesita un reposo. O incluso cuando sucede una situación trágica, como es el caso de Je rentre à la maison, y es en ese momento en el que esta persona dice: «Voy a casa». «Voy a descansar». Ahí, estas dos frases tienen otro sentido. Y el sentido es el de un regreso al vientre de la madre, que es el único sitio en el que el ser humano es hallado en pleno descanso, en pleno reposo, sin ser incomodado, sin hacer el menor esfuerzo. Todo le viene dado, a la medida de sus necesidades; el organismo de la madre le alimenta, la naturaleza se lo proporciona. No hay la más mínima preocupación. Las preocupaciones pueden venir de fuera, de los padres, especialmente de la madre, pueden estar relacionados con los cuidados por parte de ella, pero allí, el niño está realmente en su casa, vive en una pausa total.

Cuando un hombre está totalmente desesperado, busca refugio en cualquier lugar. En su cuarto, en su sitio, en su casa, pero todos estos lugares son sustitutos insuficientes del vientre de la madre que lo concibió. Esto se puede transponer o desarrollar, puede pasar de ser una cuestión individual a una cuestión social. Lo mismo que sucede con el hombre puede suceder con la sociedad, con la civilización, en este caso. Una civilización puede caer en un estado de caos, de tragedia, y por tanto necesitar regresar al deseo de volver a casa. Quiere volver a esos días gloriosos en los que encontró ese reposo. Pero es siempre difícil o imposible. Es un subterfugio, es una pausa, la gente simplemente se engaña, se dan por vencidos. Es una posposición de las cosas vivas. En otras palabras, una tragedia.

Je rentre à la maison es una tragedia, la tragedia de nuestra civilización. La razón por la que tanta gente flaquea, por la que no saben qué hacer ya, por la que no tienen nada que hacer, encuentra aquí incluso otro mal mayor, que es que no saben cómo regresar a casa. Y esta es la gran desesperación de la sociedad de hoy. Giran a la izquierda, giran a la derecha, van por aquí, van por allí. Creen que la ciencia va a resolverlo todo, y nos olvidamos de que el hombre es una mera criatura y no un Creador, por lo tanto incapaz de aportar grandes soluciones para las grandes tragedias.

Gilbert Valance, el protagonista de Je rentre à la maison, representa un poco eso. Está inspirado en ese episodio del que fui testigo de aquel hombre que se sintió humillado incluso delante del propio equipo, delante de otros compañeros actores. Este hombre, que tiene una carrera realmente brillante, está llegando al final de su vida. Si fuera su primera vez, no sería tan terrible, pero en este caso nos encontramos en el final. Se encuentra en un estado, en una situación verdaderamente trágica que no puede quedar fijada, porque ya ha ocurrido.

Creo que lo que me animó a crear esta historia, la historia de esta película, fue justamente este punto de vista, esta perspectiva que tenía sobre este personaje. Por eso esta historia es una forma de revelar una serie de intenciones. Es una forma de reflexionar sobre la propia historia, sobre los propios acontecimientos, sobre una vida normal y corriente, pero al mismo tiempo que se focaliza en una serie de cuestiones críticas, en una serie de momentos críticos de la vida de nuestros días, como por ejemplo las drogas, como por ejemplo la ambición por el éxito, la ambición del dinero, la globalización, la estandarización…

En todos estos asuntos, que pertenecen a esta modernización, la ciencia juega un papel predominante, porque está continuamente creando aparatos y objetos que avanzan con la nueva tecnología, de un día para otro. En el momento en el que compramos algo, ya está fuera de moda. Siempre hay otro artilugio que es más moderno y que tiene más cualidades en el mercado. Esto produce una gran ansiedad. Y, al mismo tiempo, estos mecanismos atrapan al hombre y el hombre pasa a ser un dependiente absoluto de todos estos objetos, de todas estas cosas. Esto provoca como efecto inmediato una gran deshumanización. El hombre se deshumaniza, cada vez más y más. Se vuelve un ser artificial. Incluso en relación con los productos agrícolas sucede esto. Algunos de estos productos se crean en invernaderos, otros no crecen de la tierra. Algunos peces están contaminados, muchos de ellos han desaparecido, ya no existen, a causa de los diques. Algunas especies de peces que han desaparecido se fabrican en acuarios o en piscifactorías, y estos peces están controlados y manipulados técnicamente, para que tengan un tamaño particular. Los frutos que encontramos hoy en día no son valorados en base a cualidades como su sabor, sino por el propio hecho de que puedan sobrevivir al transporte. No saben a nada: lo que es bueno se convirtió en un desperdicio, nos hemos acostumbrado a aquello que es malo. Así que el hombre se deshumaniza.

Cuando estaba en París, concretamente en Montparnasse, cuando me marchaba de un restaurante con mi esposa, vi a una pareja alta y elegante. Ella era bonita y él tenía un buen porte también. Iban caminando abrazados por una gran avenida. Él iba hablando por teléfono. Nos cruzamos por la calle y, unos pasos más allá, me di la vuelta, por simple curiosidad, y vi que todavía estaba hablando por ese teléfono. Esto es un síntoma de nuestros días, pero es un síntoma terrible de deshumanización.

El hombre se olvida de que es un hijo de la naturaleza y de que no puede vivir sin ella. Es así de simple: no podemos vivir sin ella porque estamos conectados con ella. Mientras que la naturaleza cada vez más se aleja, más y más. Eso es lo que es realmente una tragedia, pues puede que un día –quizá incluso me suceda a mí– suceda, del mismo modo que le sucedió al actor, que se pierda el hilo de la conversación, del diálogo. Y decir: «Vuelvo a casa».

Declaraciones recogidas en vídeo
en la edición en DVD de Je rentre à la maison.

Transcripción y traducción del portugués de Francisco Algarín Navarro.