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Especial Manoel de Oliveira

César Monteiro. Cineasta deontológicamente ejemplar

Por Manoel de Oliviera

As Bodas de Deus (João César Monteiro, 1999)


Ya lo dije una vez y lo vuelvo a repetir. César Monteiro fue, como hombre y como realizador, entre los realizadores portugueses, y por qué no decirlo, mundiales, un caso de una particular excepción. Un esquizofrénico controlado, raramente descontrolado, inteligente y culto que, como realizador y como persona, siempre fue rebelde con el estado civil en vigor, y sumiso, no obstante, con una deontología cinematográfica propia, donde domina la figura de la mujer o, mejor dicho, de las mujeres, a quienes en sus películas toma, por así decirlo, como diosas, y tratándolas así, las sublima y vuelve de ellas, por un lado, un tiempo depredador, y por otro, una sumisión por igual a una equivalencia trascendental de su locura oscilante, entre lo real y lo metafísico.

Es por eso que no dejan de ser muy extraños sus filmes, en su manera de expresar sus impulsos esquizofrénicos que actúan en él como si fuera una normalidad y surgiera de ella esa naturalidad que otorga a las imágenes volviéndose normal en su perfecta excentricidad. Este punto, de una normalidad diferente, es la clave psicológica que penetra en el núcleo de sus películas y que les confiere una extraña particularidad dentro de su particular exotismo.

En César Monteiro hay algo de posesivo de cara a las mujeres que llega hasta el extremo de los extremos, seducido desde la belleza facial hasta el encanto de los contornos del cuerpo, que para él serían el motivo máximo de la razón para vivir. A esos encantos que encontraba en las mujeres, se sometía entre su desequilibrio mental y una pasión siempre correcta, siendo su atracción por las mujeres irresistible, mirándolas desde su lado más femenino, que era para él, como para algunos otros, el lado más atractivo y más seductor de las mujeres. Cuando más femeninas, más mujeres, y cuanto más mujeres, más atractiva la idea de una tentación, de «pecar» en el orden natural de las cosas. Así, viéndolas revestidas más como objeto de tentación que de placer, dentro de que ni mucho más ni mucho menos, nunca dejaba que esto decayera en el tipo de obscenidades a la que a veces se ven sometidas, o se ven a veces dominados por los más bajos instintos algunos otros cineastas, llamados normales, en aspectos más o menos humillantes para la dignidad, sea masculina o femenina, duplicidad que posteriormente sería separada de lo que antes era un andrógino, y que César Monteiro sentiría como si hubiera quedado substraído a su primitivo doble genético.

Y hasta esto creo que era profundo en César Monteiro, lo que me hace preguntarme: ¿no sería este el sentimiento, la savia, que por un lado o por otro, alimentaba todas sus películas?

Era una persona posesiva, y aún así, alguien controlado por ciertos principios éticos. Y, curiosamente, este reconocimiento dado a los valores, siendo común a una buena parte de nuestros cineastas, ¿no será también una buena señal, una señal de riqueza de estos mismos realizadores, como lo es la forma en que se expresan en sus películas?

Veo en él valores que encuentro hoy cada vez más arrinconados, y que parecen estar hasta excluidos, como si se trataran de modas en este contexto actual de la vida moderna, así como en la pregonada globalización. César Monteiro siempre se mostró rebelde ante las tradicionales costumbres vigentes. Se orientaba según una serie de preceptos propios que se correspondían con su ética, que era lo más saludable que poseía su personalidad, frente a todo lo que él veía y escuchaba en el paso de su vida y en los anuncios de los periódicos, en la radio o en la televisión. Él sabía que el cine, en su generalidad, era de una baja condición ética, y que el contenido cultural generalmente ejercido en este tipo de cine no se podía corresponder con una cultura elevada, sino más bien corriente, explorando, en ocasiones, el lado más débil y bajo de la sensibilidad humana, o explorando el lado más rentable en la taquilla, buscando motivos de agrado y de conquista de los grandes públicos. Decía Voltaire que «intentar agradar es intentar engañar». Frente a actitudes como éstas, César oponía a la actitud de engañar una inversión del orden –al César lo que es del César y, por lo tanto, hay que alabarle en eso–.

César Monteiro poseía también el don de la escritura, igualmente rico en sí mismo y con la fuerza de una ironía propia. Recuerdo haber leído una entrevista donde en cierto momento le preguntaba qué opinaba sobre el cineasta Manoel de Oliveira, a lo que respondió, de esta forma enormemente irónica: Manoel de Oliveira es uno de los cineastas a los que admiro entre otros 1734. Y es totalmente verdad que siempre es en cierto modo poco agradable que alguien fuerce a otro a realizar una declaración sobre un colega. La respuesta que dio a la pregunta que le fue hecha evidencia esto mismo. Y es totalmente verdad que es más agradable que sea espontánea la opinión que se da de otro colega.

No terminaré, sin embargo, olvidándome de que César, ese tipo que era como ningún otro, hace falta aquí, y allá donde esté ahora, podrá saber si Dios, en quien creía, existe en sus múltiples formas, o sin forma alguna, en esa invisibilidad espiritual, Espíritu que será como un flujo sensible a los espíritus entre sí, existentes y sin forma y, por esto mismo, sin la impureza de la palabra que, según decía Régio en su obra A Salvação do Mundo, cuando un tercero roba el libro del profeta que escribió el Quinto Evangelio, y viendo todas las páginas en blanco se volvió hacia el profeta, acusándolo de fraude, éste expuso perentoriamente el significado de esas páginas en blanco: «Toda palabra corrompe el Espíritu».

Como la palabra es también imagen y, como dice Aristóteles, «El alma no puede pensar sin una imagen», lo que equivale a decir que el pensamiento es su representación a través de las palabras y de los sonidos, que se traducen siempre como imagen, la palabra equivale a algo igual a la imagen, y a la manera en que ésta corrompe la pureza del Espíritu. Y así llegamos a la extraordinaria película de la palabra sobre la pantalla en negro, cuyas imágenes corruptoras, nos son dadas a través de palabras en una corrupción mutua en paralelo con la intromisión de algunas imágenes, pocas y breves, pero igualmente corruptoras. ¿Corruptoras en qué? En la pureza del Espíritu, donde no hay pensamiento, ni forma ni lugar, ni bien ni mal, porque es puro y absoluto. Pero volvamos al filme-texto Branca de Neve, obra única en la cinematografía y la mejor de todas las películas de César Monteiro, además de ser la más valiosa y la películas más excepcionalmente conseguida, homenaje al autor del mismo texto, Branca de Neve. Blancanieves, nombre que en sí mismo apela a la pureza de la forma, en lo visual, en lo sonoro, quedó destruida. Sólo el Espíritu puede ser puro. Todo lo demás nació bajo el signo de la impureza del que la muerte nos limpiará. También esto acaba por estar presente en esta película de João César Monteiro, justamente cuando nos muestra a su actor, caído muerto, sobre la nieve blanca, símbolo de la pureza.


Diciembre de 2004.

 

Publicado en João César Monteiro, Cinemateca Portuguesa, 2005.
Catálogo coordinado por João Nicolau.
Traducido del francés por Francisco Algarín Navarro.

As Bodas de Deus (João César Monteiro, 1999)