ESPECIAL MARGUERITE DURAS

Conversación entre Jacques Rivette y Marguerite Duras

Por Jacques Rivette y Marguerite Duras

MARGUERITE DURAS: Bueno, así es como veo su película.

La veo en París, en París fuera del tiempo, imprevisible, increíble, como una ciudad que ha sido admirable y que está destruyéndose y que, dentro de esta destrucción, están esas dos mujeres errantes que deben venir de no se sabe muy bien qué lugar ni de qué sociedad, pueden ser prisiones, pueden ser asilos psiquiátricos, pueden ser grandes conjuntos, pueden ser familias francesas, de la aristocracia Muette-Passy. Estas mujeres desafían toda noción de clase y son lanzadas a la destrucción de París, no pueden parar, dan vueltas como los coches, como la actualidad, como Nueva York en Europa, como el cine, como la eternidad. Son perseguidas, mientras dan vueltas, por un poder que no sabemos ya si es el de la policía o el de la pasión. Está Bulle que ama a un hombre y que no muere, está Pascale que ama el karate: nunca hemos visto a mujeres así al aire libre, sin ninguna atadura, sin identidad, es el cine, como corre un río, admirable, admirable, admirable.   

JACQUES RIVETTE: Eso me intriga. ¿Por qué dice «y que no muere»?

M.D.: Porque hago morir de amor a casi todas las mujeres de mis películas. Pero Bulle, aquí, no muere de pasión, muere asesinada.

J.R.: Sí. En cierto modo hace su duelo por la pasión. Bulle termina haciendo su duelo, le lleva cuatro días. Le Pont du Nord es un poco el trayecto del duelo de la pasión. Al final de la película Bulle dice que «se despide» de esta pasión.

M.D.: Bulle llega aquí a una especie de inmensidad, ella sola es un tsunami.

J.R.: Es una actriz inmensa. También en otra de mis películas, L’Amour fou. Cuando volví a ver la película, me quedé muy sorprendido con lo que hace, porque para mí es algo que va más allá de lo que había visto en el montaje y el rodaje; cuando se hizo, sin duda era algo demasiado nuevo, demasiado diferente. Quince años después se comprende mejor.

M.D.: Pascale es a la vez tierna y terrible, y de una belleza muy rara, muy insólita. Está más cerca de los leones que desfilan al principio de la película, de esos leones fabulosos de París descubiertos por usted -no sabíamos que había todo un ejército- que de los humanos.

J.R.: La gracia de las dos actrices, Bulle y Pascale, es lo principal de la película.

M.D.: Me gustaría hablar del final tal y como se habla del final en música, del final de esta película trágica, Le Pont du Nord... Cuando Pascale quiere hacer kárate y cuando Bulle está sola en la acera y se cae, es decir, cuando la película se acaba, aunque podría continuar, es exactamente eso lo que siento, que se termina como se termina la vida, con una crisis cardíaca.

J.R.: «Debería poder continuar», es una frase que me gustaría poner al final de todas las películas.

M.D.: Sí, es verdaderamente el accidente, es decir, el asesinato equivale aquí al accidente cardíaco, es decir, una muerte decidida por Dios. Nadie es responsable de esta muerte, sea Dios o la mala suerte.

J.R.: Alguien que va caminando y tiene de repente una embolia, que treinta segundos antes no sabe que está viendo el sol por última vez, que es la última persona con la que se cruza, a la que ve, y hacia la que, quizá, se girará.

M.D.: Para mí la muerte es el ruido de la calle que de repente dejo de oír, pero es un falso problema, ya no estaré ahí para saber que no la escucho. No recuerdo haber visto en el cine una tragedia de tanta pureza. Puede que las películas no se terminen nunca y que para usted, por primera vez, haya terminado una película de cine.

J.R.: Al final, sentía que estaba tomando prestadas las cosas, me parecía que los personajes de la película estaban todavía vivos, y el decorado, y el movimiento de la cámara; por eso quería que la cámara se girara y saliera, así, sobre la pared; es la idea que nos hacemos de la vida al ritmo normal, después del paréntesis de la ficción; que habíamos tomado prestado este decorado, lo capturamos durante las cinco semanas de rodaje durante las dos horas que dura la película; tomamos prestadas las caras de Pascale, de Bulle, de Pierre, de Jean-François y, al final, hacemos que regresen, liberamos París para las otras películas.

M.D.: Cuando Pascale está en el disfrute físico del kárate, se siente como un travesaño del cuerpo muerto de Bulle, de la película, es inolvidable.

J.R.: Hice este final como un final banal, lo rodé como el final más banal que se pudiera hacer.

M.D.: Guitry decía «he actuado» en el cine y «actúo» en el teatro. Es terrorífico este pasado irremediable del cine.

J.R.: «Una vez por todas», ésa es la sensación que tengo cada vez más a menudo, y cada vez es más fuerte, y al mismo tiempo eso es para mí el corazón del cine, el que le da todo su sentido en relación con las otras artes.

M.D.: ¿Qué diferencia hay entre sus métodos de trabajo en Le Pont du Nord y la improvisación?

J.R.: Para nada hay improvisación, me gusta ver venir las cosas poco a poco. Me gusta decir: el presente de la película es la escena que rodamos hoy, sólo quiero saber eso. Por supuesto, es necesario saber lo que vamos a rodar mañana, es inevitable preverlo; son los amigos los que se ocupan de eso en el rodaje, como Eduardo de Gregorio en varias películas. En este caso lo hizo Jérôme Prieur, siendo alguien a la vez presente y ausente en el rodaje, que puede ir un día o dos por delante del momento presente en el que yo me obstino, ya que no quiero estar en otra parte que no sea el presente de lo que rodamos ahora.

M.D.: Eso se siente en su película, el instante es completamente real, es tratado como el único.

J.R.: Me gusta mucho que en las películas tengamos miedo de lo que va a pasar, creo que las películas que me afectan en el cine son aquellas en las que tenemos miedo de lo que va a suceder en el siguiente instante.

M.D.: Cuando veo su película, pienso: no lo acepto, no acepto que Rivette no tenga dinero para rodar películas.

Siempre empieza siendo así.

J.R.: Y mientras tanto me dan medallas de chocolate, diplomas, grandes premios, órdenes de no sé qué. No gano dinero con mis películas, pero con los Assedic... Los Assedic son los que me dan más dinero. Algunas cosas se hacen con una mentalidad de pobreza, de humildad; todas las virtudes cristianas han sido puestas en práctica en estos rodajes, pero dicho esto, creo que habría que poder alternar las películas en las que practicamos las virtudes cristianas y las películas en las que practicamos las virtudes paganas, me gustaría poder practicar de vez en cuando las virtudes paganas de la prodigalidad, del gasto... (Risas).

M.D.: El CNC rechazó tres veces la ayuda para Le Pont du Nord. Es inconcebible, y sin embargo, es así. ¿Qué piensa de esas personas que forman las comisiones del CNC, y de las que dependemos?

J.R.: La idea que me hago de todas esas personas de las comisiones y de los ministerios es que, finalmente, son personas que tienen todo tipo de buenas intenciones, que quieren hacer bien al cine francés, con la idea de que esté sano y de que haya un buen sentido, y es eso lo que es terrorífico, la gente que quiere el bien para los demás. Porque a partir del momento en el que queremos el bien para los demás, estamos obligados -para que verdaderamente haya el máximo de bien para el máximo de personas- a dejar de lado a otras personas, una minoría que poco a poco queda más excluida y que hay que destruir. El bien, en todos los terrenos, implica la idea de elección, de selección, la idea de que para que esté bien -lo cual no es inagotable- se tiene que distribuir, que una parte, aunque sea pequeña, se aparte. Empezamos por decir que esta parte del cine francés es minoritaria, lo que implica rápidamente que es elitista, lo que hace que pasemos muy pronto a la idea de decadencia, y de ésta a la destrucción, de devastación, de borradura de los márgenes. Pienso en eso cada vez más profundamente, la lógica es tan fuerte que me parece absoluta. Hay películas que no deberían existir, que sólo existen porque algunas personas se obstinan no sabemos muy bien por qué... Por otro lado, todos tenemos momentos en los que nos preguntamos por qué seguimos. Creo que no soy el único que tiene esos momentos de duda, por desgracia... Le admiro y envidio que no los tenga, pero no creo que pueda ser así por mucho tiempo.

M.D.: Puedo decirle, somos nosotros, es Rivette quien gana.

J.R.: Seremos todos quienes ganaremos en nuestras tumbas.

M.D.: No, no, nunca es del todo en las tumbas, ya sucede antes de las tumbas. Un montón de gente ha visto su película ya y la ha adorado, siempre comienza así, al revés.

J.R.: La cuestión no es que las películas, al principio, gusten, al final ni siquiera se trata de que sean buenas o de que estén conseguidas -porque al final, la idea de algo conseguido no es muy interesante-, lo más importante es que existan con una coherencia interna.

Conversación publicada originalmente en Le Monde, el 25 de marzo de 1982.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.