ESPECIAL MARGUERITE DURAS

El deseo, el incesto, la homosexualidad. Conversación entre Marguerite Duras y Yann Andréa

Por Jean Mascolo y Jérôme Beaujour


En la noche del domingo 1 de marzo de 1981, tras llegar el equipo de rodaje de la película Agatha et les lectures illimitées a Trouville, Marguerite Duras se encuentra en su apartamento de Roches Noires. Se dirige a Jean Mascolo, su hijo -dice Outa- y a Jérôme Beaujour, los realizadores de Duras filme, así como a Yann Andréa, que dialoga con ella.

MARGUERITE DURAS: He venido para hacer dos películas al mismo tiempo, Agatha y La Jeune fille et l’enfant, que es un fragmento de L’Été 80. Estos dos textos se escribieron durante el mismo verano, en ese verano de 1980, precisamente, y en el mismo lugar, es decir, aquí, al final de Trouville, en Roches Noires. Pensaba que era posible hacer una misma imagen para los dos textos. Ahora no creo que sea posible, sobre todo por una cuestión de dinero. Así que seguramente sólo haré Agatha, me destroza la idea de abandonar La Jeune fille et l’enfant1. Pero siempre se puede ver lo que pasa.

En quince días, será demasiado tarde para rodar estas películas; seguimos en invierno -estamos a finales de febrero2-, y es el momento exacto, el momento preciso necesario para rodar las películas de verano3. Con esto quiero decir que las películas de verano se ruedan en invierno; incluso puedo ir más lejos, el cine se hace en invierno. Es decir, durante la ausencia, la propia ausencia del tema, la propia huida de las condiciones del tema, es decir, del calor, del placer de vivir, de una especie de turno para el ser humano, para la actuación. Sólo en invierno se puede testimoniar la felicidad de vivir. Es en invierno -cuando es imposible, casi imposible, precisamente, acceder a este placer «de vivir», cuando podemos hacer el testimonio. La joven y el niño no han existido, nunca han existido, en todo cas; y es ahora, en pleno invierno, cuando me doy cuenta de esto, de la imaginación que tuve. Agatha no existió, la Villa Agatha no existió. Y es ahora, en pleno invierno, tratándose del relato de las vacaciones de verano de un hermano y de una hermana, cuando el incesto -porque es una película sobre el incesto- se declara; es ahora, en pleno invierno, cuando puedo hacer el testimonio. Llegamos así a una contradicción esencial, a una paradoja esencial del cine. Hablamos de las cosas a través de la falta, la falta de vivir, la falta de ver. Hablamos de la luz por la falta de luz, por la falta de vivir hablamos de la vida, por la falta de deseo hablamos del deseo, por la falta de amor hablaos del amor; creo que es una regla absoluta. Creo que la plenitud del deseo, del amor, del calor, del placer de vivir... no comporta en sí misma ninguna falta para el ser, por lo que no puede decirse. Creo que a partir de la falta de estar -de estar en el deseo, en el amor, en el verano- podemos hablar del amor, del deseo, de verano y... el incesto, es decir, el crimen. No digo que vaya a conseguirlo; digo que lo haré a mi modo, lo mejor que pueda. Es decir, siempre de la misma forma, dando menos a ver y más a pensar, y más a escuchar.

Puedo decir algo sobre Agatha. Puedo decir que tengo un hermano que murió en la guerra por falta de medicamentos4 -tenía veintisiete años, creo, veintiocho, murió en unos días-, y para mí fue algo tan abominable que me quería morir. Quería matarme. Quería matarme porque mi hermano había muerto -lo cual era un poco sorprendente. Pensé mucho en ello después, y sigo pensando, y he pensado en ello, aún este verano; y de repente me di cuenta que este joven hermano había sido para mí un amor muy... muy grande, inmenso. ¿Pero por qué lo pensé este verano? No lo sé. Debido a esta imaginación de la joven y el niño; porque, en La Jeune fille et l’enfant, en L’Été 80, ya hay algo incestuoso. No se puede amar con amor a un niño de seis años, y sin embargo ocurre. No sabía que se podía amar con amor a un hermano, y ocurre. Entonces hay una especie de paralelismo entre esos dos temas que me afectaron tanto, incluso; que habría hecho que hubiera querido rodarlos al mismo tiempo, en el mismo lugar, con la misma falta de medios. Pero es tal la falta que sólo puedo hacer una, es eso.

Jean Mascolo avisa a su madre de que la cámara de vídeo va a grabar sin cortes.

MARGUERITE DURAS: ¡Me colocáis delante de una cámara y puedo hablar durante ocho horas! Nunca lo he hecho, pero puedo hacerlo.

YANN ANDRÉA: ¿Sobre qué, por ejemplo?

MARGUERITE DURAS: Todo, todo, absolutamente todo.

YANN ANDRÉA: ¿Sobre quién?

MARGUERITE DURAS: Todo, pero todo, todo. Sobre Dios, sobre política, sobre cocina -no sé-, el deseo, el amor... todo, el cine. Así que me puede hacer una pregunta.

YANN ANDRÉA: Entonces, sobre Agatha y La Jeune fille et l’enfant, sobre la falta de la que ha hablado.

MARGUERITE DURAS: Pero no es representable. El amor entre un hermano y una hermana no es representable. Se diría que es una pareja común, se diría: «Mira, se parecen un poco, qué raro». Se podría pensar que son una pareja común, un hombre y una mujer, como todas, todo el tiempo. Pero se trata justamente de una pareja incestuosa y nada puede testimoniar el incesto, salvo... (Risas). Me río porque oigo el ruidos de los pájaros en la casa. Es un pájaro que está encima de la televisión, ahí, ¡mire! ¿Lo escucha? El silencio le hace gritar. Sí, quiero decir, nada testimonia el incesto, la naturaleza del incesto, nada. Así que no es representable; así que no merece la pena representarlo. Y una vez más, voy a hacer una película sin nada, en dos días de cine.

YANN ANDRÉA: ¿Y no hay una contradicción entre el hecho de que no sea representable y el hecho de querer hacer imágenes? ¿Por qué hacer imágenes?

MARGUERITE DURAS: Sí, pero esta contradicción es representable. Lo que muestro en el cine es esta paradoja -bueno, siempre digo paradoja en lugar de contradicción, no debo saber muy bien cuál es la diferencia-, eso es lo que muestro; esta imposibilidad que muestro en el cine. Y es también lo que hace mi cine; es raro, pero es así. Muestro lo que no se puede mostrar, eso es lo que me interesa. Lo que es mostrable -lo que creeos que es normalmente mostrable, los dramas, los dramas entre parejas, etc. los divorcios...

YANN ANDRÉA: ¿El siglo XIX es así?

MARGUERITE DURAS: Oh, el XX también, ¡sí! Y bueno... no merece la pena mostrarlo, porque es la evidencia. Es como si se mostrara -¿cómo decirlo?- lo evidente. Por ejemplo, no hay nada menos mostrable que la felicidad. ¿Por qué? ¿Sabe por qué? ¿Por qué no podemos mostrar la felicidad? No podemos mostrarla, ¡y creen que se puede mostrar en todas las películas americanas! La mujer que sonríe, el marido que vuelve de su trabajo: «Buenas noches, querida, buenos días, querida, adiós querida, qué felicidad de... Cada vez estás más y más guapa», etc. etc. Porque la felicidad no existe. Entonces intentan mostrarnos lo que no existe. Yo intento mostrar lo que existe. Es decir, la felicidad no existe y es en la inexistencia de la felicidad donde la felicidad existe.

Es increíble hasta qué punto le falta inteligencia al cine. Es aterrador. Es eso lo que dan ganas de hacer películas, ¿entiende? A algunas personas, entre ellas yo, sin duda. Sí, es así; por otro lado, estoy segura. Sí.

YANN ANDRÉA: Pero volviendo a Agatha, ¿cree... que es una película, que era un texto sobre el incesto solamente? O algo más, más [...], ¿que se encuentra incluso con lo prohibido?

MARGUERITE DURAS: Sé que no está de acuerdo conmigo en esto; pero creo que es un texto sobre el incesto.

YANN ANDRÉA: ¿Solamente?

MARGUERITE DURAS: Sí. Creo que, en el incesto, está todo el deseo, y todo el amor, y que todo lo demás fluye. Que en la pareja, en los amantes, en lo que llama el matrimonio, quizá -es una palabra que nunca utilizo-, hay una especie de intento de encontrar eso. Un parentesco esencial e irremplazable que es el del incesto -inalienable, sería la palabra justa- de los seres de la misma sangre. Sólo los hermanos y las hermanas, las hermanos y las hermanos y las hermanas y las hermanas tienen la misma sangre. No es el caso del marido y la mujer, los amantes no tienen la misma sangre, son los niños.

YANN ANDRÉA: Sí, ¿pero no cree que la figura central del incesto, que es lo prohibido, es la propia figura a secas?

MARGUERITE DURAS: No... Porque todo tiende ahora a prohibirlo, a la prohibición. Es una época muy pobre. Y luego no hay adulterio, no hay nada.

YANN ANDRÉA: Echa de menos las parejas.

MARGUERITE DURAS: Oh, sí, ¡echo de menos todo! Siempre he echado de menos todo, sí. Es triste, ¿eh? Pero sólo queda esto, creo yo, esto que intento expresar. Si bien... falta admitir lo prohibido. Creo que en lo prohibido; porque creo en lo prohibido de matar, por ejemplo; creo en lo prohibido de matar, en lo prohibido de la maldad en general, en lo prohibido del mal. Creo que no tenemos derecho a hacer el mal, no tenemos derecho a matar; así que entiendo esta prohibición, no me incomoda, sigue siendo un prejuicio. ¿Por qué pensar que no hay nada prohibido?

YANN ANDRÉA: No, yo lo veo a la inversa; es decir, lo prohibido será la figura central de toda relación.

MARGUERITE DURAS: No, pero si no hay prohibición, no existe lo prohibido.

YANN ANDRÉA: Sí, eso es. Es decir, lo prohibido tiene un valor positivo.

MARGUERITE DURAS: Cuando en la Edad Media una mujer se entregaba a un hombre -de acuerdo con la ley cristiana, con el dogma marital, de la pareja-, y luego ella le engañaba, era tan grave como ahora lo es matar. No echo para nada de menos esta -¿cómo decirlo?-, esta regla horrible y bárbara, de la primera época cristiana; pero el hecho es que ahora hay una reducción del deseo, del amor.

YANN ANDRÉA: Sí, se podría decir que plantea la adecuación prohibido/deseo.

MARGUERITE DURAS: Sí. Ahora, todas las mujeres pueden hacer más o menos lo que quieren; y los hombres más o menos lo que quieren. Ya no hay celos; hay una comprensión universal, de la misma forma que se hablaría de una disolución universal...

YANN ANDRÉA: ¿Un cierto liberalismo?

MARGUERITE DURAS: Bueno, es más grave que eso. No sé si es necesario que siga hablando, ¿supongo que sí? Una especie de separación de... -¿cómo decirlo? ¿cómo decirlo mejor?-, de la gravedad del deseo. Bueno, hay cien años, para una mujer era muy grave desear a otro hombre que no fuera su marido. Ahora... no tiene valor; así que ya no sabemos qué es lo que cuenta verdaderamente. Creo que hay una pérdida del individuo en toda esta perdición fragmentada... de sus pulsiones, de su deseo, de su amor, de su conocimiento, de su entendimiento, de su imaginario. Porque desear a otro aparte del marido, para una mujer, en el siglo XIX, por ejemplo, suponía lanzarse a un imaginario diferente, era inventarlo todo. Quizá lo más grave para alguien -hablo de un hombre o de una mujer- es ya no sufrir celos, por ejemplo. Es decir, no conocer ya el deseo, porque el deseo es una pasión absoluta -¿cómo decirlo?- e irrefutable.

Tras una interrupción involuntaria del rodaje...

MARGUERITE DURAS: Son los accidentes del cine. Hay planos de corte y luego, ¡estamos un poco perdidos! Creo que hablábamos de la prohibición; del valor de la prohibición en general, ¿no?

YANN ANDRÉA: Sí, de la positividad de lo prohibido.

MARGUERITE DURAS: Sí. (Ruido de una puerta).

Alguien acaba de entrar en el apartamento, son las dos de la mañana, ¡es raro!5. Sí, alguien acaba de entrar, efectivamente. Es la cámara oscura, aquí, de L’Été 80, sí.

YANN ANDRÉA: ...¿y de Agatha?

MARGUERITE DURAS: Y de Agatha, sí. La cámara de lo escrito. El mar está ahí, a veinte metro. Lo sabe, claro. Es un lugar magnífico, único, único.

YANN ANDRÉA: Sí, como suspendido...

MARGUERITE DURAS: Es el lugar de lo escrito, para mí.

YANN ANDRÉA: Hablábamos de la prohibición, de lo prohibido, etc. etc. Es muy difícil hablar de todo eso, muy difícil. Comprende, ¿no? Quizá no lo comprende.

MARGUERITE DURAS: Esta especie de pobreza, de empobrecimiento, terrible, del deseo, del amor, etc., del sentimiento en general, que viene de la li-be-ra-li-za-ción -se llaa así- de las costumbres. ¿Pero qué hacer contra ello? Porque se decidió, desde Marx, desde hace cien años, que el progreso era este liberalismo, esta liberalización. Me da pena toda esta juventud que no conoce la pasión, que vive con una pobreza total del deseo y del amor; lo lamento mucho, mucho. Sus fuerzas están muy reducidas.

Bueno, quizá sea una forma de morir, una forma de esperar la muerte, poco a poco. Creo que la vía más segura hacia la muerte es ésa; es esa especie de liberalización -no digo liberalismo-, liberalización de las costumbres, de lo que no se puede, de lo que no se debe, lo que en ningún caso puede estar reglamentado, no puede estar legislado, es decir, el amor. Es lo más importante de lo que hemos dicho esta noche, sí.

YANN ANDRÉA: Volviendo a la cuestión del deseo, porque en los dos textos de los que hablamos, La Jeune fille et l’enfant y Agatha el deseo está como retrasado, como algo que aún no ha llegado, y como tal, el deseo tiene lugar...

MARGUERITE DURAS: Creo que se confunde. Ha llegado, está ahí.

YANN ANDRÉA: Está ahí, pero lo que quiero decir es que no se ha consumado.

MARGUERITE DURAS: Sí, claro. Pero la consumación del deseo es una cuestión secundaria, de todas formas. La cuestión principal, creo, es el deseo en tanto que tal; el deseo, incluso lo no vivido del deseo. La consumación del deseo, de todos modos, es una especie de retraso... del propio deseo. Si no lo sabe, nunca podrá saberlo. ¿Pero quizá no lo sepa? Nada, como decía Rousseau, nada en el mundo... Es el señor Saint-Preux quien lo die, o Saint-Preux, ¿cómo se llama?

YANN ANDRÉA: ...Saint-Preux, sí.

MARGUERITE DURAS: Sí, Saint-Preux6. Que dice que la felicidad es la espera de la felicidad, el momento que precede a la felicidad.

YANN ANDRÉA: Sí, está relacionado con la paradoja de la que hablábamos ahora, en sus películas. Es decir, filmar lo que no se puede filmar, y ahí también, por ejemplo, está el deseo que todavía no ha llegado, es decir, un deseo no consumado.

MARGUERITE DURAS: ¡No, no! ¡Puede que haya llegado y no estar consumado! No, se confunde, creo; hay una confusión de términos aquí. Puede estar perfectamente ahí y no estar consumado. De la misma manera que el amor puede estar perfectamente ahí y no estar consumado. Ha habido miles y miles de amores no consumados a lo largo de los siglos; y han sido igualmente amores, aunque no consumados, aunque no hayan llegado, incluso. No sé qué entiende por llegado... No sé a qué se refiere exactamente; establece una diferencia entre llegado y consumado -esta palabra es horrible, de todas formas; no la utilizo.

YANN ANDRÉA: Sí, pero estamos en una economía, en una sociedad que es mercancía...

MARGUERITE DURAS: No, no, no, ¡no en eso! Siempre escapará... no, no; pero no soy la única que lo sabe, ¡todo el mundo lo sabe! Es imposible; ¡es como si dijera que la noción de Dios puede -no lo sé- volverse tangible, consumible, etc.! No, no es posible; Dios, el deseo, no es posible, en ningún caso. Creo que es una confusión suya.

YANN ANDRÉA: No, no creo que sea una confusión; creo que es una idea recibida un poco así...

MARGUERITE DURAS: No es recibida, es transformada. Creo que nadie dijo nunca eso. Ni siquiera Marx.

YANN ANDRÉA: ¿Qué es finalmente el deseo? ¿Está entre el nacimiento y la muerte? ¿Qué es esta muerte?

MARGUERITE DURAS: Nadie sabe lo que es. Es una pulsión de una fuerza fundamental cuya naturaleza no conocemos. Cuando Kierkegaard, en Frygt og Bæven, habla de la pulsión de Abraham -que va a matar, que recibe esta orden de Dios de matar a su hijo y que, en la ceguera más total, en el negro más total, sale a hacerlo, como ve, debido a esta orden-, creo que está lo más cerca posible de lo que podemos llamar el deseo. Pero puede que sea una noción que termina con la muerte de la humanidad. Es una pena. porque al mismo tiempo la genialidad se va. Creo que la genialidad está totalmente vinculada con el deseo; ya no hay ningún talento, ya no hay ninguna genialidad sin el deseo. Es algo de lo que estoy absolutamente segura.

YANN ANDRÉA: Sí, pero al mismo tiempo, el deseo está helado, de manera ineluctable, por la mortalidad, ¿está de acuerdo?

MARGUERITE DURAS: No, para nada. No es de naturaleza mortal.

YANN ANDRÉA: Tampoco es de naturaleza inmortal.

MARGUERITE DURAS: Es de naturaleza inmortal, es de naturaleza inmortal... Cuando muere, es en la inmortalidad. Muere en plena inmortalidad, o es nada.

YANN ANDRÉA: ¿Muere en plena inmortalidad?

MARGUERITE DURAS: Inmortalidad, sí, sí. Lo cual es muy triste en la homosexualidad, por ejemplo, es el final de esta posibilidad, morir viviendo.

YANN ANDRÉA: No veo muy bien la introducción de..

MARGUERITE DURAS: ¡Sí! Creo, personalmente -sí, es completamente personal- que el deseo es un intercambio imposible entre sexos diferentes; entre sexos irreconciliables, que son los sexos femeninos y los sexos masculinos. Que el deseo, el esplendor del deseo, su inmensidad, tiene lugar entre esos sexos de naturaleza diferente; y que su muerte, su inmensa pobreza, está en la homosexualidad. Ya sabe, es algo personal lo que le digo; pero lo principal, ¡es que estoy segura! Estoy completamente convencida. Como sabe, lo principal es estar convencido de lo que se dice. Y yo estoy segura, completamente.

Pero creo que ya no queda película en la cámara, ¿no? ¿No hay? Hay todavía. Entonces hay todavía, ¡hablemos entonces! ¿Me responde?

YANN ANDRÉA: Sí, quiero decir, a propósito de la homosexualidad, por ejemplo: ¿no sería una forma de no afrontar esta mortalidad de la que habla?

MARGUERITE DURAS: No, es una forma de escapar a ella. De escapar a la inmortalidad, a la mortalidad, es decir, a la pasión mortal, es una forma de escapar a ella; es decir, es una forma de no-vivir, una forma de empobrecimiento. Sí, pero eso, lo sé, completamente, sí; y todos los que frecuentan la homosexualidad lo saben. En fin, lo que digo sobre eso es al mismo tiempo mi opinión, y la opinión de mucha gente; lo siento.

YANN ANDRÉA: No, ¿pero por qué sentirlo?

MARGUERITE DURAS: ¡Porque quizá no es la suya! No lo sé. No se puede tener opinión sobre lo que no existe. La homosexualidad no existe, es una forma de reemplazar al amor.

YANN ANDRÉA: Pero sabe lo que dice... -no quiero citar en exceso-, lo que dice Lacan, que conoce bien lo que ha escrito, puesto que ha escrito un artículo, hace quince años, no sé si más, sobre Le Ravissement.

MARGUERITE DURAS: Hizo un seminario7.

YANN ANDRÉA: Sí, hay un artículo muy famoso...

MARGUERITE DURAS: Sí, quizá; pero sabe, Lacan, no lo es.... todo.

YANN ANDRÉA: ...Lacan, no lo es todo, pero bueno... es algo que no es nada, como diría el otro...

MARGUERITE DURAS: Es alguien, sí; es alguien, alguien como cualquier otro.

YANN ANDRÉA: Como usted, por ejemplo.

MARGUERITE DURAS: Como usted y como yo, no más.

YANN ANDRÉA: No más, no menos. Pero quería decir que...

MARGUERITE DURAS: Pero no menos ni más.

YANN ANDRÉA: Sí, ¿sabe lo que decía? Decía -y es ahí donde creo que coinciden-, decía que no hay relación sexual8, es decir, no dice que no haya sexualidad; no hay relación, no hay transitividad entre lo masculino y lo femenino. Es lo que dice usted.

MARGUERITE DURAS: Ah, ¡claro! Pero nadie ha esperado a que lo diga Lacan para saberlo, ¿entiende? Pero en ese caso, donde es más fuerte el imaginario es en la diferencia sexual. Eso es lo que no se puede alcanzar; es decir, entre el hombre y la mujer. Y esa frigidez de la mujer que todo el mundo pide ahora, es una noción completamente irrecuperable e inmensa, nadie puede alcanzarla. Porque la homosexualidad es una relación masturbatoria, no es más que una relación masturbatoria entre hombres. Mientras que en la heterosexualidad, se intenta alcanzar lo imposible. Y para mí, es la inmensidad de esa relación -le digo lo que pienso, completamente-; mientras que en la homosexualidad ella queda completamente... reducida. Nunca he dicho eso, fíjese, y estoy contenta de haberlo pensado esta noche. Me he dado cuenta de ello al hablar... Sí, está resuelta.

YANN ANDRÉA: ...¿o limitada?

MARGUERITE DURAS: No, está resuelta. Es una masturbación, la homosexualidad. ¡Mientras que la heterosexualidad es una especie de intento increíble! Es como alcanzar la dualidad del deseo. Por eso siempre será, siempre mucho más amplia, mucho más extendida, mucho más... cómo decirlo... respecto a mí..

YANN ANDRÉA: ¿Inmensa?

MARGUERITE DURAS: ...Pero no podemos decir «más inmensa», porque inmensa, es ya más que todo. No, bueno, si quiere, está mucho más cerca de mí que la otra... Sí, es cierto; la otra, la encuentro muy miserable. Pero por otro lado, creo que los homosexuales lo saben. El homosexual, sea una mujer o un hombre, por otro lado, es una solución, ¿ve? Mientras que en la heterosexualidad, no hay solución. El hombre y la mujer son absolutamente irreconciliables y es esta tentativa imposible lo que genera la grandeza del intento, su esplendor y su inmensidad. Y eso es lo que me hará constantemente -para siempre, siempre ha sido así- inconsolable.

Creo que acabo de decir algo que me importa; y estoy bastante contenta. ¡Ciao!



1. Unas semanas después, en una entrevista en Montreal, en abril de 1981, Duras evocará de nuevo el abandono de este proyecto de película sobre La Jeune fille et l’enfant, del que Yann Andréa había hecho una adaptación a partir de fragmentos de L’Été 80: « Yann y yo sentimos una tentación muy fuerte de hacer un découpage magnífico de las escenas de la joven y del niño. Estamos a punto de renunciar». (Marguerite Duras à Montréal. Pág. 76).

2. El rodaje de Agatha et les lectures illimitées tuvo lugar del lunes 2 al jueves 5 de marzo de 1981. El 23 de marzo, un complemento de imágenes -«Retake»- se rodó en Roches Noires, con Jean-Pierre Meurisse, que sustituyó a Dominique Le Rigoleur como director de fotografía.

3. Los manuscritos que incluyen los primeros estados del texto de Agatha muestran que Marguerite Duras había contemplado como títulos al principio «Vers l’été d’Agatha» o «L’été d’Agatha».

4. Marguerite, apellidada Donnadieu, tenía dos hermanos: Pierre, su hermano cuatro años mayor, y Paul, llamado «el hermano pequeño», aunque tuviera dos años más que ella. La escritora tenía una relación privilegiada con Paul, ambos se enfrentaban a la violencia de Pierre, «asesino sin armas» (L’Amant. Pág. 96). Paul Donnadieu, que vivió toda su vida en Indochina, murió de una enfermedad infecciosa en diciembre de 1942 en Saigón, en la época de la ocupación del país por los japoneses. En L’Amant, la escritora evoca el shock que le causó esta desaparición brutal: «Desde el momento en que murió, él, el hermano pequeño, todo debía morir con ella [...] Y desde el momento en que accedí a este conocimiento, tan simple, de saber que el cuerpo de mi hermano era el mío también, debía morir. Y morí. [...] Este amor insensato que le profeso sigue siendo para mí un insondable misterio. No sé por qué le amaba hasta ese punto de querer morir de su muerte» (L’Amant. Págs. 127-129).

5. En los rodajes de las películas de Marguerite Duras, había muchas idas y venidas al apartamento de Roches Noires, en Trouville, así como la casa de Neauphle. En ciertos periodos de su vida, Marguerite Duras acogía igualmente a numerosos invitados en Neauphle. En la emisión de «Femmes d’aujourd’hui», el 11 de abril de 1981, la periodista de Radio-Canada comenta a la escritora que se debe estar bien con ella; ésta responde: «Sí (Risas de Marguerite Duras y de Françoise Faucher). En mi casa reina una cierta libertad, un poco demasiado, quizá. Estoy bastante contenta con eso. No hay ningún tipo de horarios». (Marguerite Duras à Montréal. Op. cit. Pág. 48).

6. Saint-Preux es el protagonista de Julie ou la Nouvelle Héloïse (1761), la novela epistolar de Rousseau que cuenta la pasión imposible entre Julie d’Étange y su preceptor. Duras sentía predilección por la obra de Rousseau, que le encantaba releer: «Este año he releído las Confessions de Jean-Jacques Rousseau, puede que con menos felicidad», «pero apenas, en comparación con las lecturas precedentes». («La lecture dans le train». Le Monde extérieur. Pág. 140).

7. En el seminario de Lacan del 23 de junio de 1965, Michèle Montrelay (que escribiría un ensayo en parte consagrado a Duras, titulado L’Ombre et le nom. Sur la féminité), había leído y comentado fragmentos de Le Ravissement de Lol V. Stein. A partir de este seminario, Lacan publicó un artículo que se hizo famoso: «Hommage fait à Marguerite Duras, du ravissement de Lol V. Stein». En una entrevista de 1979, Marguerite Duras evoca las circunstancias de su encuentro con el psicoanalista: «Le Ravissement de Lol V. Stein es de todos mis libros, el que más se me ha escapado, porque tenía la seguridad, por primera vez, de haber hecho un libro impublicable. Michèle Montrelay llevó el libro a Lacan, que lo había leído. Me llamó por teléfono y me citó a medianoche en un café en la calle Bernard-Palissy, en el sótano. Me habló durante dos horas de forma inolvidable» («Entretien avec Catherine Francblin». Art Press International, nº 24, enero de 1979. Pág. 5).

8. Esta fórmula -que suscitará numerosos comentarios- fue pronunciada por Lacan en un seminario el 4 de noviembre de 1971 («D’un discours qui ne serait pas du semblant». Le Séminaire, Libro XVIII, Seuil, 2006. Pág. 25); plantea la cuestión del Otro y de lo real en el placer. En 1979, Lacan dio una explicación que forma un eco con lo que dice Duras a propósito de Agatha: «La relación sexual, no existe, pero no es algo evidente. No existe, salvo la incestuosa. Es muy exactamente lo que había avanzado Freud -no existe, salvo la incestuosa, o la asesina. El mito de Edipo señala esto, que la única persona con la que uno se quiere acostar es con su madre, y que en lo que respecta al padre, se le mata» (Ornicar ? Bulletin périodique du champ freudien, «L’escroquerie psychanalytique», 1979, 17. Pág. 9).

 

 

Entrevista realizada en la noche del domingo,
1 de marzo de 1981, en Trouville.

Publicada originalmente en Le Livre dit. Entretiens de Duras filme.
París: Gallimard, 2014.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.