ESPECIAL MARGUERITE DURAS

‘Othon’, de Jean-Marie Straub

Por Marguerite Duras


Corramos el riesgo de lanzarnos al cine sin esperar el permiso: inventemos nuestros criterios, fiémonos sólo de la crítica salvaje, existe. Y ya somos muchos quienes sólo creemos en ella. Leer en un anuncio, en los programas, los nombres de Dreyer o Straub, ir a ver las películas. Son de las que los críticos nos defienden, para que no las vayamos a ver. Razón de más para verlas.

En 1964, una de las obras maestras del cine, Gertrud, de Dreyer, fue asesinada y enterrada (ocho días en París) por la crítica. ¿Quién es el responsable? Vosotros, que habéis creído a la crítica. Demasiado tarde.

¡Atención! Othon, quinta y última película de Jean-Marie Straub, se estrenó el 13 de enero en París. Tienen quince días para verla. Una vez esta prórroga agotada, si la rentabilidad de la película no alcanza una determinada cifra, Othon abandonará las salas, os abandonará. ¡Atención! Es difícil creer que los críticos de profesión puedan juzgar Othon. Está claro que no pueden escuchar, ni ver, ni siquiera percibir algo del proyecto y del trabajo de Straub. Porque se trata de un cine que no reconocerán. De la inteligencia de un texto tan puro que no lo reconocerán. De una libertad dejada de lado, sin ninguna solución, de la que huyen.

Hablamos a desconocidos, no sabemos cómo responderán a la película de Straub, nuestro único motivo para hablaros de Othon es intentar evitar que corra la suerte de Gertrud.

Yo, Marguerite Duras, pienso que Othon ha sido exhumada de la sepultura en la que dormía desde 1708, y que Straub ha remontado el tiempo para encontrarla en su estado naciente. Milagrosamente, veo al hombre de Ruán furioso contra el poder, escribiéndola. Comprendo que no es casual que esta tragedia sólo se haya representado treinta veces entre 1682 y 1708 en la Comédie Française y que ponga en escena el poder y sus contradicciones internas. No lo sabía. Creía que Corneille, Shakespeare, Racine (Bérénice de Planchon aparte) dormían en el polvo, en la sempiterna repetición de la cultura, y que ya no se podían ni oír ni ver. Y cuando vi Othon, la violencia de la propuesta es tal que olvidé a Corneille y a Straub. Es la primera vez que me sucede.

Decir de una obra que es oscura o que es una obra maestra de claridad es un desastre estrictamente equivalente para la obra y limita paralelamente el texto con un a priori que impide la relación del lector con la obra. La obra sigue cerrada. El espectador también sigue cerrado. Straub ha abierto las puertas de dos cárceles. Othon se presenta liberada de todas las visiones que os han precedido. El espectador de Corneille no está acostumbrado a esta libertad. Y es justamente esta libertad que se le deja lo que constituirá el proyecto de Straub. El texto no se dice aquí para gustar. No está ni bien ni mal dicho: está en un estado de lectura interior. La versificación no es aquí una inflamación, una embriaguez, un gargarismo de quien lo dice.

El texto se desenvuelve dialécticamente, con un ritmo respiratorio, espacio blanco. Y esto da que pensar, el teatro está en todas partes, allí donde se hable para decir. Por debajo de los textos políticos, aparecen los menos versificados, Saint-Just, arx, el golpe del choque sordo del contrabajo corneliano. Aquí se permiten todos los acentos, salvo el de la Comédie Française, es decir, el del camuflaje del sentido, el de la autoridad. Aquí, el encuadre es el de la palabra. El ceremonial heredado de la tragedia, el énfasis del gesto ha desaparecido, no hay nada inútil, todo es eficaz. La universalidad del sentido se encuentra. Straub fue a buscar Corneille en el tiempo. Rompió la unión de la tragedia con su alcance histórico literal, que dio una vez por todas la cultura racionalista.

Dicho de otro modo, le dio su alcance subversivo. Extraordinario trabajo de asesinato, de resurrección. Un crimen se había cometido con Othon, durante tres siglos. Aquí Othon joven. Hay subversión, dentro, fuera. La película se ha rodado ahora, y lo vemos. En el monte Palatino, en Roma, en 1969. Esta altura juega con el espacio y con el tiempo. El espacio escénico queda rodeado por la circulación de los coches en la Roma contemporánea: este movimiento imperturbable que se convierte poco a poco en un movimiento puro, río o avalancha de lava. Escuchamos la circulación incesante. ¿Acaso sería un lugar en el que no se escucharía leyendo el texto? Sería falso no oírla en paralelo al texto. No hay más espacio sagrado intemporal. Hay que leer a Corneille ahora o no hacerlo.

Existe aquí el poder denunciado, como los coches. Como dice Lacus, y como dice todo hombre de gobierno de cualquier época: «Preocupémonos por nuestra seguridad y burlémonos del resto. Nada, nada del bien público si se vuelve funesto. No vivamos sino para nosotros y no pensemos sino en nosotros».

Sobre la capa de plomo de este poder, un hombre libre ha leído a Corneille: Straub.

 

Publicado originalmente en Chronique, RTL, 1967.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.